
BARREDA'S WAY
Francisco Costantini
Barreda, exasperado, volvió a insistir:
—¡No, te digo que no! ¡Jamás se me cruzó por la cabeza la idea de comerme sus cuerpos! ¿Quién haría eso?
En el ángulo opuesto de la sala, el doctor Lecter esbozó una sonrisa indescifrable. Se acomodó en el sillón y estudió detenidamente cada detalle de la fisonomía de su interlocutor.
—Decime —dijo, luego de varios segundos en silencio—, ¿así que te decían “conchita”?

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