sábado, 30 de abril de 2011

Nimbo - Rolando Revagliatti


Era enorme y bueno. Trabajaba y residía en un taller mecánico. Entre sus pertenencias figuraban un colchoncito con cotín engrasado como él y unas frazadas asquerosas. Dos gatos dormían a su lado. Cocinaba huevos y sopa y se calentaba mate cocido con una garrafa. A los chicos del barrio les producía curiosidad. Un día, ese hombre que se trasladaba bamboleándose, que sonreía y silbaba, que apretaba con los dientes un toscano, ese hombre de paz, muerto, apareció nimbado, semi-empotrado en un pilar, inapacible, limpio, con alígero nimbo de barniz selenita.

Rolando Revagliatti

Atardece en el jardín - Jorgelina Etze


Las agujas de pino cubren todo como una espuma verde.
Mientras el jardín es triturado por los últimos instantes de la tarde; yo me encuentro aquí, sola, clavada sobre el mármol.
¿Cómo abandonarte en la noche que se acerca? ¿Cómo dejarte sabiendo que, debajo, ya sos gangrena y podredumbre?

Jorgelina Etze

Mutación – Guillermo Vidal



Algo había cambiado, lo podía sentir en las yemas de los dedos, en la carne, en la planta de los pies o en los sonidos inesperados que susurraban su nombre. Estaba cambiando sin su consentimiento, tanto que sentía bajo la piel como espinas que intentaban destrozarle los poros para salir a la superficie. Estaba seguro que el corazón latía desde otro lugar distinto al habitual, a un ritmo desconocido. Se tanteo la nariz y ya no estaba allí, donde siempre la había encontrado. Fue demasiado y se despertó con un grito de angustia que despertó a toda la colmena.
—¡Soñé que era humano!
—Que terrible pesadilla.

Guillermo Vidal

jueves, 28 de abril de 2011

Hasta el conurbano y más allá - Alejandro Bentivoglio


El viaje al espacio en la camioneta se hace difícil. Salimos a la madrugada, de Berazategui y recién después de parar en una estación de servicio para comernos unas medialunas encendimos los propulsores. Tuvimos que agarrar bien las carpas para el campamento. Llevamos de todo, porque dicen que nadie fue antes para el lado del espacio. Cuentan historias raras, de que se acaba la Tierra y todo se hunde en un abismo de bichos interespaciales. Pero no nos gusta darle importancia a los comentarios de gente que no sabe nada de nada.
También nos decían que el viaje al Infierno iba a ser un horror y apenas si tuvimos que abrirnos la camisa para bancarse ese calorcito que se te mete por todas partes.

Cierto sabor a podrido - Carlos Enrique Saldivar Rosas & Sergio Gaut vel Hartman


Es terrible no sentirse limpio, se dijo. Lo obsesionaban todas las cosas que podían convertirlo en un ser inmundo: las bacterias, las liendres, los nanoseres microscópicos que las compañías de alimentos siembran en las viandas para controlar a las personas desde el comienzo de la liberalización productiva. Soy un descuidado montón de piezas indebidamente esterilizadas, casi cien kilos de materia contaminada; una criatura febril y sucia al mismo tiempo. Comienzo a devorarme a mí mismo.
La purificación ha dado inicio.

Cita a ciegas - Alejandro Ramírez Giraldo


Estoy nervioso, no lo niego. A mi edad es la primera vez que cometo la estupidez de acudir a una cita a ciegas. Nos conocimos en el chat y bla bla bla bla… Conservo de ella una única descripción que a la vez me tiene entusiasmado y perplejo: “Soy tetona y mal encarada”. Quizá siga esperando con paciencia…


tomado del blog: http://www.minicuento.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Lunes – Irma Verolín


Los lunes son días de frío. Juan no lo sabía y aquel lunes salió desprevenido a la calle. Ráfagas de viento gélido y copos de nieve surgieron de pronto desde el centro de la tierra y Juan, en mitad de la avenida, sobre la hilera de franjas blancas del pavimento, quedó convertido en estatua de hielo. "Todos los lunes deberían ser días feriados", pensó alguien que miraba la ciudad desde una alta ventana.

De cara al río - Diana Sánchez


El viejo blanco agitaba una bandera blanca. Débiles y pobres los dos: la bandera y el viejo. Desde el balcón de cañas de su precaria casa sobre el Paraná de las Palmas y el río Carapachay, el viejo pobre y débil tenía, al menos, dos ríos para él. Y el cielo abierto. Total, pleno.
Tenía las estrellas del Delta, el viejo. El sol y la luna.
No importaba la pobre bandera, ni su propia pobreza. El viejo tenía la bandera, el río. Y el cielo. También, la juventud apoltronada sobre los huesos. La vida vivida.
Lo saludé con la mano cuando pasé con mi canoa. A él no le importó. Siguió agitando de cara al río, su bandera de esperanza.


Acerca de la autora:
Diana Sánchez

Visiones - Claudio Leonel Siadore Gut


No hay que ser un gran profeta de la historia para ver el futuro en los espejos, portales a través de los que fantasmagorías violentas irrumpen en nuestro ambiente con mensajes absurdos, interpretados al antojo de quien pule el discernimiento.
En nocturnas ocasiones, corrientes arcanas asoman sus cabezas desde el marco del espejo y nos miran mientras dormimos. Momentos como esos nos procuran pesadillas, sus caras en nuestra conciencia turba el alma, porque son parte de nosotros. Los espejos reflejan lo que nos importa y preocupa, siempre.

Sed - Jesús Ademir Morales Rojas


Cuando Henry Chinaski se vomitó a sí mismo, decidió dejar por fin esa bebida. Aplastó con sus sucias botas aquel pequeño cuerpo arrugado. La bolsa membranosa que lo contenía dejó escapar un quejido y grumos verdosos. Pero antes de irse de allí el viejo beodo decidió tomar un último trago: introdujo su botellita al mar y se bebió el refrescante —y extrañamente dulce— líquido salino. Pronto Chinaski se alejó de la costa californiana hacia su propio destino. El sol se puso con un extraño brillo en el horizonte marino. Más allá, mientras tanto, Japón, resplandecía como nunca.

martes, 26 de abril de 2011

Ojos que no ven – Sergio Gaut vel Hartman


Leo que Milton Erickson, el famoso médico estadounidense que revolucionó su especialidad al cambiar las técnicas de hipnotismo aplicadas a la psicoterapia, nació en 1901 en Aurum, una pequeña ciudad de Nevada ya desaparecida. ¿Desaparecida? ¿Desaparecen las ciudades? Me inclino a pensar que Erickson pergeñó una alucinación colectiva que ha puesto a Aurum fuera del alcance de los sentidos ordinarios y que en ella, desde hace medio siglo, viven y trabajan multitudes de científicos de todas las áreas que diseñan el futuro de la Tierra y preparan el salto de la cuna al universo, tal como previó Arthur C. Clarke. Tengan en cuenta que, como señaló el autor de El fin de la infancia, la ciencia más avanzada es indistinguible de la magia.

Sergio Gaut vel Hartman

Castillos en el aire - Luisa Hurtado González


Desde hacía muchos años disfrutaba de su construcción, de ir añadiendo día a día pequeños y sutiles detalles.
Recordaba haberlo hecho desde siempre, desde niña, desde hacía más o menos 30 años.
Sin embargo, en cuanto esa cifra surgió en su mente, su peso hizo que las murallas empezasen a ceder, que las almenas se desplomasen, que el foso se llenase y que los torreones de derrumbasen.
Todos los castillos, sus castillos, se vinieron abajo, se evaporaron, sin siquiera levantar una nube de polvo, sin que nadie lo notase, inundándole los ojos de lágrimas.

Ilustración de Guillermo Vidal

Conjura psíquica - Jorge De Abreu


—¿Así que usted piensa que la KGB está detrás de sus escritos? —el agente se reclinó en la poltrona y cruzó las piernas. Una delgada línea partió de uno de sus impecables zapatos, rodeó su cuerpo y se conectó con el perfil de la mesita del centro de la sala.
Escuché el débil zumbido dentro de mi cabeza, descodificando instrucciones.
—Sí —me limité a repetir, pero en ese momento el cuerpo del agente se plegó sobre sí mismo y fluyó por un agujerito corriéndose al rojo en un instante.
En la pared de enfrente las agujas del reloj comenzaron a girar más rápido y sentí la taquicardia.
Jane posó su manita sobre las mías y puso la botella de elixir de Ubique en mi mano. Tomé un buen sorbo. El mundo se detuvo y enseguida se volvió mucho más luminoso. Cerré los ojos, arrullado por una monótona voz interior.

El barquero - Esteban Moscarda


Llegó ante Caronte y se dió cuenta de que no tenía un cobre. Por suerte, al meter la mano en uno de los bolsillos de su alma encontró la tarjeta de débito con la que había muerto. ¿Acepta tarjeta?, le preguntó al barquero. Sí, le respondió secamente este. Entonces, aliviado, se sentó en la barca final. Qué bueno que el sistema financiero haya trascendido a la vida, pensó mientras las costas de la Tierra se alejaban lentamente.

Esteban Moscarda

Razón de Dios para no existir – Héctor Ranea


Ciertamente, los dados de Dios deberían tener infinitos lados. Pero él podría contarlos, de modo que no serían infinitos. Ergo, tendrían un número finito de caras. Entonces él no podría tomar infinitas decisiones. Así, no es omnipotente. Un Dios enclenque no podría jugar a los dados con infinitas caras, menos contarlas. En tal caso podrían ser infinitas y él jamás lo sabría; entonces, no sería omnisapiente. Si no fuera omnisapiente no sabría dónde está, ergo podría estar en el Universo equivocado: tal vez, éste. Si estuviera acá, sin saber, sin entender, tirando dados al azar, podría pasar cualquier cosa. Entre ellas, que el Universo se expandiera para hacerle lugar a sus dados arrojadizos, ergo: este dios ocuparía lugar. Si ocupara lugar no sería ubicuo aunque podría, pero no por propia voluntad. O sea, no juega a los dados. Pero si no juega a los dados es porque no puede…

domingo, 24 de abril de 2011

B-613 – Raúl Sánchez Quiles


Aquel día erupcionó un volcán en mi jardín. Vino precedido de leves movimientos sísmicos hasta que se manifestó de forma violenta con una andanada de piroclastos, una columna de dos metros de cenizas y un pequeño hilo de lava que bajó por la rampa del garaje. Mi mujer ya estaba llamando al seguro de hogar cuando vi a un extraordinario hombrecito rubio que me miraba gravemente. Antes de irse, sólo me dijo: “Nunca se sabe lo que puede ocurrir”. Desde entonces, no he dejado de buscar baobabs por toda la casa.

Tomado de Hiperbreves, S.A.

Protocolo - Diana Sánchez


Tendí la mesa, se rompió el mantel. Lo cosí, se rompió la mesa. Acomodé los platos en el suelo, el pan a la derecha, el vino, a la izquierda. Serví la comida, la sopa se volcó en mi pecho. El vino, se derramó sobre mis rodillas. Empapada, olorosa y hambrienta, me agaché y empecé a lamer el piso. Después, manoteé la panera. Las migas resbalaron de mis dedos para caer en mi pecho, allí, absorbieron la sopa. Después, bajaron hasta mis rodillas donde se regocijaron con el vino. Y ya, colmadas y felices, se fueron al patio cuchicheando entre ellas, para dormir la siesta al sol.
Envidio a las migas. Les importa un pito, el protocolo.


Acerca de la autora:

La criatura fantástica - Jorge Sánchez Quintero


—¡Mira lo qué encontré!
—¿Qué es? —preguntó su compañero intrigado.
Y entonces lo vio, era un pedazo de metal circular donde venían grabados símbolos extraños y la efigie de una criatura fantástica.
—¡Es hermosa! —exclamó—. ¡Qué forma tan rara tiene! Su piel está cubierta de algo parecido a las hojas de los arbustos, y se está devorando un brazo.
—Del otro lado hay un símbolo que parece una columna y otros que no entiendo. Quién lo haya hecho debe tener mucha imaginación.
—Vamos a enseñárselo a los demás. Y los dos comenzaron a arrastrar sus voluminosos y gelatinosos cuerpos con sus seis tentáculos, mientras sostenían aquel círculo metálico con aquellos símbolos impronunciables e indescifrables: ESTADOS UNIDOS MEXICANOS.

Los chicos crecen - Claudia Sánchez


Habían olvidado definitivamente sus orígenes.
Pinocho, ya hombre, se dedicó a la venta de viruta de madera para embalaje fino.
El gato del marqués de Carabás abrió una fábrica de botas -las de tacos aguja y piel de liebre hacen furor entre sus clientas-.
También se supo que cuando Hansel vio a Gretel tan apetecible en esa casita de chocolate, pactó con la bruja un hechizo para los Grimm y entonces fueron transformados en lobo y caperucita y la bruja, en Cenicienta.
Pero todo esto fue hace muchos, muchos años, cuando todavía se leían libros de papel. Cuando las ficciones de realidad virtual eran apenas una fantasía. Cuando…
El niño ya está dormido. Esta grabación se terminará en 4, 3, 2, 1

Fotografia - Daniel Sánchez Bonet


Éramos dos turistas como el resto. Las vacaciones se habían hecho esperar, pero este año llegaron en forma de lujoso crucero. En Eduardo, me fijé nada más verle subir al barco. Muchos creerán que fue una coincidencia, pero tenía la misma cámara de fotos que yo. Quizá era porque compartíamos el mismo gusto, quién sabe.
Antes de tocar tierra, los animadores nos avisaron de que haríamos una última parada: una familia de delfines había decidido hacernos una visita y nadie quiso perderse la posibilidad de captar el momento. El hecho lo merecía. El cielo, no tardó en llenarse de flashes.
Nunca imaginé que los delfines fueran tan fotogénicos y menos aún, que la cámara de Eduardo me estuviera enfocando, justo, cuando le estaba tomando un bello primer plano.

viernes, 22 de abril de 2011

Romance perfecto - Miguel Dorelo


Apenas la vio supo que estaba en presencia de una mujer fuera de lo común.
En cambio ella ni siquiera imaginó que él la llevaría a un punto que nunca hubiese sospechado; mucho menos aún que por un hombre resignaría parte de algo muy suyo.
La noche fue cómplice de un momento soñado.
—Sos una mujercita dulce y encantadora —le dijo mientras encendía un cigarrillo.
—Me encantó estar con vos —respondió ella primorosamente.
—Me gustaría repetir esta velada —acotó él.
—La próxima vez te cobro la mitad—aseguró ella.
—Acepto. Pero hoy quedáte con el vuelto —concluyó él.
A veces una profesional muestra su lado más humano.
Y, también a veces, coincide con un cliente que sabe comportarse como un auténtico caballero.

Miguel Dorelo

Rastros de tinta - César Socorro


Desperdigados junto a la cama hay varios cascos de cerveza y ropa interior femenina. Solo posee un vago recuerdo de como acabó así. Entonces, trata de poner rostro a la morena y desnuda figura que se oculta bajo la colcha café. Pero la evocación de su dorso le intriga. Recuerda haber observado algo peculiar en él. La descubre con cuidado, evitando interrumpir su imperturbable sueño. Su espalda es un tatuado de grafías lineales, el análogo de un laberinto. Entre los infinitos caminos que se perfilan sobre las paredes del galimatías, percibe un matiz. Sigue ese sendero con el dedo índice; al paso del cual, los vellos se alzan como afiladas espinas. Al término del laberinto halla grabadas unas iniciales sobre las que desliza sus dedos; con el mismo ímpetu que si estuviesen grabadas en braille. Tal presión sobre las siglas provoca que, en ese preciso instante, la mujer se desvanezca.


Tomado del blog:http://elblogdeismed.blogspot.com/

Wikileaks 4.0 – Esteban Moscarda


Lo de wikileaks es muy serio. Los marcianos no son como nosotros. No se olvidan fácilmente. Y encima implicaron a la emperatriz en un supuesto romance con el presidente de Buenos Aires. No veo una solución rápida al problema. Propongo que se manden inmediatamente varias naves de guerra. Quizás esto sea beneficioso de alguna manera: podría ser la excusa perfecta para robarles el petróleo rojo…

Refutando a los ateos – Esteban Moscarda


Dios vive y sueña y su voluntad es la energía que hace temblar a todos los universos. El doctor Gaut le negó una voluntad. Su argumento fue muy efectivo: solo los Hombres poseen una voluntad. Pero si la voluntad, el dolo, es saber más querer, aquel que sabe todo también quiere todo, y, por ende, lo puede todo. El problema radica en que concebimos solo lo volitivo como exclusivamente humano. Dios, les digo, tiene voluntad y, sin embargo, no es un hombre ni una mujer; es un escritor, y en este momento, le está dando vida a usted, estimado lector…

La empalagosa miel - Luisa Hurtado González


-¡Soy un romántico de la vida! –decía sin parar.
Sin embargo ella odiaba aquella frase porque significaba que él no quería entender que ya no le quería, que las flores, los bombones y los regalos la molestaban, que los malos gestos eran que quería quedarse sola, que los dolores de cabeza nacían con sus continuas atenciones absurdas
Decidió entonces ser la amante perfecta, la miel en persona, e interrumpirlo siempre para decirle que le quería apostando fuerte por una inundación persistente de carantoñas.
Ayer recibió un correo electrónico en el que la dejaba. Ella no contestó siquiera.

Proyecto municipal – Héctor Ranea



Los lunes en que la Luna está llena, suelen salir de huecos ignorados por los empleados municipales, una suerte de diminutos lobisones que la emprenden contra los neumáticos de los automóviles rojos. No se les conoce una motivación clara y, como no dejan rastros escritos, sólo se puede inferir que tienen cierta aversión por los colores rojos. Se sabe del odio que desarrollan por el tendal de tordos que dejan a medio comer y los pobres horneros, protegidos y todo por las leyes nacionales, que no tiene ninguna forma de salir indemnes de semejantes ataques. El Municipio sólo optó por colgar de los árboles almanaques lunares pero claro, falta la educación correspondiente en Astronomía a los pobres pájaros. Por cierto, son poco propensos a las clases nocturnas que se les ofrecen en ciertos establecimientos educacionales. Otra, no hay, desgraciadamente.

El gran secreto – Esteban Moscarda & Sergio Gaut vel Hartman



—Ya está —definió el escritor en su plenitud, en la totalidad que cabe en esa palabra—: cada texto propio es un engendro pergeñado por las manos de todos los autores que me gustan...
—¡Iluso! —exclamaron a coro Sturgeon y Sófocles; Rabelais, Lem y Salgari; Vonnegut, Dostoievski, Wells y Ursula K. LeGuin—. Todo lo que escribiste es el residuo torpe y deshilachado de lo que hubieras podido escribir si recordaras lo que tu mente y tu corazón urdieron en secreto y no lograron dar a luz. Los fantasmas no existen, criatura, tampoco los titiriteros, y mucho menos la inspiración.

Un fuerte olor a podrido 2 - Sergio Gaut vel Hartman & Miguel Dorelo


Es terrible no sentirse limpio, se dijo. Lo obsesionaban todas las cosas que podían convertirlo en un ser inmundo: las bacterias, las liendres,los nanoseres microscópicos que las compañías de alimento siembran en las viandas para controlar a las personas desde el comienzo de la liberalización productiva.Soy un descuidado montón de piezas indebidamente esterilizadas, casi cien kilos de materia contaminada; una criatura febril y sucia al mismo tiempo, no aguanto más los picores en el cuerpo, todos mis fluidos corporales sublevados, deslizándose por mi carne, empapándome hasta los huesos,esta repugnante sensación de estar inmerso en un gran tonel lleno de estiércol. Y sobre todo me resulta totalmente imposible soportar este fuerte olor a podrido que ya invade todos y cada uno de los rincones de mi féretro.
Yo pedí expresamente ser cremado. Y no me han hecho caso.

Sergio Gaut vel Hartman
Miguel Dorelo

Un fuerte olor a podrido 3 – Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldívar Rosas


Es terrible no sentirse limpio, se dijo. Lo obsesionaban todas las cosas que podían convertirlo en un ser inmundo: las bacterias, las liendres, los nanoseres microscópicos que las compañías de alimentos siembran en las viandas para controlar a las personas desde el comienzo de la liberalización productiva. Soy un descuidado montón de piezas indebidamente esterilizadas, casi cien kilos de materia contaminada; una criatura febril y sucia al mismo tiempo.
Comienzo a devorarme a mí mismo.
La purificación ha dado inicio.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldívar
Sergio Gaut vel Hartman

¿Hay probabilidad de que una nimiedad provoque una catástrofe? – Guillermo Vidal


Una muralla de agua de novecientos kilómetros de largo y treinta de alto se acercaba a Atlan, como era usual en esta época, por fortuna disponían de un potente escudo de energía para protegerlos.—Querido, no uses el ventilador que está en corto —dijo y escuchó un click. Quedaron a oscuras en toda la ciudad y cayó el escudo en el mismo momento que la ola gigante tocaba la costa.

miércoles, 20 de abril de 2011

El zombi - Isabel María González, Gabriela Baade, Héctor Ranea, Fernando Puga, Ricardo Giorno, Jorge De Abreu, Marcos Zocaro & Sergio Gaut vel Hartman


El muerto salió del sepulcro, con los pies, el cuerpo y las manos aún vendadas. Miró a ambos lados y tras asegurarse de no ser visto, se encaminó al desierto. Era el único entre sus pares cuyas facciones eran perfectas. Podía pasar por actor. ¿Dónde encontraré alimento?, se preguntó con la angustia en sus ojos de recién nacido. Se adentró aún más en el desierto y ahí reconoció a la serpiente.
—¡Tanto tiempo, noble señor! —dijo la serpiente, sibilante—. ¿Vuelvo a tentarte?
—¿Tentarme? —preguntó mirándola con sus ojos huecos—. Nada me tienta ahora. Salvo… —Se quedó pensativo.
—¿Salvo? —lo apuró el reptil, con sus ojos inyectados en sangre.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del resucitado. —Salvo que decidamos asociarnos y fundar una nueva religión.
—¡Hecho! —exclamó la serpiente—. Lo único que lamento es no poder sellar nuestro pacto con un apretón de manos.


Error fatal – Sergio Gaut vel Hartman


El sacerdote le había dicho a los niños que las plegarias los librarían de todo mal, pero no tuvo en cuenta que sus faltas de ortografía, a la larga, resultarían fatales. Cuando se produjo el terremoto de nueve grados en la escala de Richter, estaba enseñando el catesismo, y en lugar de ahuyentar la catástrofe, la llamó a voz en cuello. El techo de la iglesia cayó sobre las cabezas de los cuarenta y nueve inocentes y ni siquiera el representante de Dios en la Tierra pudo salvarse.

Sergio Gaut vel Hartman

Código secreto - Daniel Frini


Temprano en la mañana, el enemigo descifró nuestros códigos. Lo supimos cuando Colina Cuatro desapareció quemada por el napalm. Quedamos aislados de nuestro comando y en posesión de información valiosísima: las coordenadas del Headquarter enemigo. La idea fue de Sánchez. Su compadre, Zapata, estaba en el Puesto Catorce, a media altura de la Colina Ocho. Sanchez sabía que el otro lo estaría mirando con sus prismáticos. Levantó apenas la cabeza y tiró un beso; luego cerró ambos ojos, hizo una mueca con su boca hacia la izquierda y guiñó su ojo derecho. El centro de comando enemigo desapareció bajo un impacto directo siete minutos después. Qué grandes los compadres, por eso nunca nadie les pudo ganar al truco.

Sobre el autor: Daniel Frini

Una de gigantes – Héctor Ranea


—Cosas vederes, Sancho, que non crederes.
—¿A qué se refiere esta vuelta, Don Quijano?
—¡Al gigante Fukushima, hombre! ¿Acaso no lee los diarios?
—¡Otra vez con los gigantes? ¿No escarmentó usted?
—Este es peor que los gigantes que tú llamas molinos. Al menos, aquesos revoleaban sus brazos para atacar y defenderse. Este posee –dicen– armas más poderosas que mi casco de Mambrino.
—¡Pues sí que desvaría, hombre! ¿De qué habla?
—Radiactividad llaman a su fuerza. Al parecer una radiación invencible. Diz que se tira un cuesco y nos morimos todos, vea.
—Pues espéreme a que termine este cocido madrileño y ya va a ver ese Fukushima y sus pedos de gigante. ¡Esperen a Sancho Panza, esperen! ¡Aquestas sí son radiaciones, o irradiaciones, mortales!

Diálogo imposible sobre Poe - René Avilés Fabila


Con admiración para  Sergio Gaut vel Hartman

Borges: “La muerte y la locura fueron los símbolos de que ése (Poe) se valió para comunicar su horror de la vida; en sus libros tuvo que simular que vivir es hermoso y que lo atroz es la destrucción de la vida, por obra de la muerte y de la locura”.*
MK: Hoy tendría que visitar a un psiquiatra.
Borges: “Sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Esto creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perduraría, el otro es casi un sueño.”**
MK: Insisto, quien redactó esa literatura, como Kafka la suya, requería de tratamiento profesional.
RAF: Estoy de acuerdo, Borges, no así con usted, María: Si Poe se hubiera sometido a tratamiento psicológico, sus días habrían concluido escribiendo Mujercitas de Louise M. Alcott.

***Las palabras de Jorge Luis Borges aparecieron en La Nación,  Buenos Aires, 1949.

René Avilés Fabila

El don - Sebastián Chilano


Lo que menos me gustaba de ella eran sus uñas. Las tenía puntiagudas. Perfectas. Y cada vez que respiraba le crecían un centímetro. O dos, dependiendo de cuán profundo fuera el estertor. Ella pulía sus uñas, y cada vez que lo hacía, se representaba en ellas todo una escena. A veces un presagio. A veces una tragedia. El mundo entraba en el reflejo de sus uñas. Y mi vida también. Mi hermana tenía trece años y mis padres nunca le habían cortado las uñas. De todas partes venían a mirarlas. Las uñas mágicas. Pasen y vean. Algunos se iban contentos. Otros tristes. Algunos lloraban. Otros, de rabia, querían pintárselas. Una noche soñé con tijeras. Soné que alguien le cortaba las uñas mientras ella dormía. Me desperté con la tijera en la mano. Alrededor, y por toda la cama, estaban sus uñas muertas. Ella me miraba. No lloraba. Estaba feliz.

Sebastián Chilano

Homenaje literario - Vladimir Koultyguin


La semana son cinco días: el lunes lunático, el martes de guerra declarada desde el alrededor sonámbulo, el miércoles mensajero de planes y propuestas, el jueves colérico, el viernes que trae nupcias de descanso. Los sábado y domingo son un solo día sin fin, día de cuatrocientos años, un mahayuga* interminable y un universo desde el nacimiento hasta la derrota.

*Literalmente, gran edad. Es el agregado de cuatro yugas o edades y consta de 4.320.000 años solares.

Las estrellas que nos separan – Guillermo Vidal


—¡Perverso, voyerista, sádico!, te quedaste observándolos mientras morían, como un espectador impasible.
—¿Pero…?
—¿No te importó que no tuvieran salida, que miles de años de cultura y millones de evolución desaparecieran en un instante?
—No es seguro que…
—Cálculos fríos, es todo lo que fuiste capaz de hacer.
—Una nova era una oportunidad única. ¿Cómo saber si algún planeta estaba habitado?
—Lo imposible es que alguno no haya estado habitado, repetís hasta el cansancio, y te enfureces cuando no te creen.
—Pero amor, era una estrella a millones de años luz de distancia. ¿Qué podía hacer?
—Al menos derramar una lagrima ante tan enorme perdida. ¿Qué clase de insensibilidad es esa? ¡Quiero el divorcio!

Guillermo Vidal

Hambriento – Claudio Calomiti


El hombre espera. Frente a la computadora toma una decisión. Algunos dirán: "la decisión". Para ponerle un nombre llama, a la decisión, "huelga de hambre". 
—¿Por qué? —pregunta la gente. 
—No insistan —responde—, decisión tomada. 
—¿A partir de cuando? —lo interrogan. 
—Desde ahora —contesta el hombre. 
—¿Y que espera? —le dicen. 
Él los mira, sabiendo lo inútil de la respuesta y contesta: —Letras, solo letras. 
—¿Letras? —interrogan sorprendidos. 
—Sí, letras, capítulos, historias. Hasta que no lleguen seguirá la huelga. Ese es mi alimento.
El florista de la esquina codea a un hombre de anteojos que se había sumado al interrogatorio.
—Lo conozco —dice—, está medio loco. Es psicólogo; asegura que hasta que no le manden nuevos capítulos corregidos no se va a mover de la compu. Que abandona todo, los pacientes, la mujer, el teatro, el tenis, todo, a la espera de los nuevos capítulos. Pobre tipo.

lunes, 18 de abril de 2011

El último asalto - Óscar Román Alconada


Después de seguir el coche de Carlos llegaron a una nave industrial, eran unas veinte personas. Todo estaba preparado: el ring improvisado, los apostantes y el que hacía de juez. Andrés asistía por primera vez a este “espectáculo”.
—Fíjate, Carlos, que tu doberman me ha mirado cuando le he llamado Roni.
—Sí, se parece al que perdiste. ¿Cuál de los dos crees que saldrá vivo de la pelea?
—No apostaría por ti, Carlos —le dijo mientras sacaba una pistola del interior de su gabardina.

Tomado de http://oscarroman.com

Depende - Carlos Rodríguez Arévalo


Al fin pudo ver después de una vida de no poder y salió de su casa, vio a una mujer bella vestida de verde y creyó entonces que el color del amor es el verde, volteo hacia arriba y trató de ver el sol pero un acto reflejo le hizo cerrar los ojos y vio el color rojo de la sangre de sus parpados y creyó que el color del sol era ese, después volteo hacia atrás y vio un auto azul venir hacia él que lo golpeó y sintió morir por lo que creyó que el color de la muerte es ese. Después de ese golpe perdió de nuevo la vista pero al menos conocía tres colores, el del amor, el del sol y el de la muerte, los conoció y les contó a todos, y aunque nadie coincidía con él, tampoco nadie logró convencerlo de lo contrario.

Sobre el autor:
Carlos Rodríguez Arévalo

Génesis (Gen 1, 26) - Antonio Cruz


(Para Teresita)

Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que mande sobre los peces del mar y las aves del cielo, a las bestias, a las fieras salvajes y a los reptiles que se arrastran por el suelo.”
Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó.
Desde entonces, el hombre vagabundea por la tierra creyéndose Dios.

sábado, 16 de abril de 2011

El maestro de shiatsu – Sergio Gaut vel Hartman


Rufus Tigankov, escritor de ciencia ficción de Frunze, agradeció al cielo cuando el experto en shiatsu Armand Ogliaze lo hizo ver las estrellas al destaparle los canales energéticos obliterados por el sedentarismo y la abulia. Después de eso escribió su mejor novela: Los seres gato del Can Mayor, una historia de encuentros y desencuentros en un mundo desolado y oscuro por la que fue galardonado con el premio Hugo.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Escalera al cielo – Sergio Gaut vel Hartman


Dicto un cuento usando un programa de reconocimiento de voz. Un ente, tal vez extraterrestre, quizás mefistofélico, me utiliza para que procese sus pensamientos y los convierta en ideas literarias. Es posible que él esté siendo empleado por algún ser extradimensional, a su vez manipulado por un demiurgo al que Dios, apremiado por su propio titiritero, incordia todos los lunes, irritado después de una intensa semana como constructor de universos.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Todo un empresario – Sergio Gaut vel Hartman


—Hijo mío. —El primogénito prestó atención; su padre estaba pronunciando las últimas palabras en el lecho de muerte—. La vida se ha hecho para ser vivida; lo importante no es evitar gastos de dinero sino saber generarlo. Debes darte los gustos, paladear los placeres. Sé emprendedor y verás que la fortuna te sonríe. No te detengas ante nada; sé feliz.
—Entiendo, padre; gracias por el consejo. —Y sin perder un segundo, el hijo llamó por teléfono a un estudiante de medicina y vendió al futuro cadáver en quinientas coronas.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Sin zorra ni uvas – Sergio Gaut vel Hartman


Torpe y desmañado, el zombie se tambaleaba por las calles de la ciudad en ruinas. A lo lejos, los sobrevivientes de la catástrofe que había matado a millones y devuelto la vida a unos pocos, ponían distancia para no ser alcanzados por el monstruo. En realidad no había peligro para los humanos vivos, actores jóvenes y bien entrenados en películas de Mel Gibson y Bruce Willis; el zombie, en cambio, era un anciano rescatado del geriátrico por un productor ahorrativo. Tampoco había guionista, gracias a lo cual la acción quedaba librada al pobre oficio de un escritor novato y a la bendita improvisación. Por eso, casi nadie se sorprendió cuando el zombie, extendiendo la mano, dijo con absoluta naturalidad:
—No vale la pena perseguirlos; estos humanos, llenos de siliconas y anabólicos, deben ser incomibles. Definitivamente, no son un plato apropiado para alguien con tan buen paladar como yo.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Problema de comunicación – Sergio Gaut vel Hartman


El Primer Congreso Pangaláctico de Escritores Muertos estaba en su apogeo. De pronto, Ernest Hemingway se calentó por algo que dijo (o pareció decir) O’Lopoliwik, un oscuro poeta de Hu’lilim el cuarto planeta de Lalande 34534. Del dicho se pasó al hecho. El autor de Adiós a las armas le dijo hola a una AK 49 y convirtió a O’Lopoliwik en un montón de átomos dispersos. El Primer Congreso Pangaláctico de Escritores Muertos se fue de cabeza al perigeo.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Infractor – Sergio Gaut vel Hartman


Todos los caminos conducen a Roma, se dijo Atila, pero no tardó en descubrir que eso no es cierto. Se puso en marcha confiado, sin mirar el mapa y se metió de cabeza en los Campos Cataláunicos, donde el invicto Flavio Aecio le puso una multa por avanzar a contramano y le sacó el registro de conductor.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Manías y fobias secretas - Sergio Gaut vel Hartman


—¿Hablo con el FBI? No me corte, señorita, y tómenme en serio, por favor. Me persigue un androide loco llamado Rick Deckard; quiere secuestrarme. Me confinarán en la isla de Guam y extraerán de mi mente todos los elementos para construir universos alternativos en los que los Estados Unidos vuelven a ser la primera potencia mundial. ¡No estoy alucinando! El androide se parece a Harrison Ford y tiene órdenes de Barak Obama para que los del SS me asesinen luego de robar todos mis delirios.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Otra vez Moebius haciendo de las suyas - Sergio Gaut vel Hartman


—Quiero promover un juicio por difamación —dijo el exaltado llegando al juzgado a la carrera.
—¿Motivo? —contestó el tipo de la mesa de entradas sin levantar la cabeza.
—He sido difamado.
—De acuerdo. ¿En qué consiste la difamación?
—En que uno dijo cosas infamantes sobre mí.
—¿Las dijo sobre usted, acerca de usted, encima de usted? ¿Puede explicar la naturaleza de la infamia? ¿Tiene pruebas?
—Sí, el que las dijo es un infame.
—¿Quiere decir que es alguien que carece de honra, crédito y estimación?
—Sí, eso.
—¿Y quién dice que el sujeto carece de honra, crédito y estimación?
—Lo digo yo.
—¿Tiene pruebas?
—No las necesito. El tipo es una basura, una porquería, una mierda.
—¡Espere! Eso que usted está haciendo es difamación.
—¿Usted no escucha lo que digo? Cuando entré le dije que quiero promover un juicio por difamación.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman