
Clodomiro se miró en el espejo cascado, en la casita. Se había vuelto viejo de repente.
—Para que se mire —le dijo la nena el día que trajo el espejo encontrado en el basural—. Así se afeita mejor.
Recuerda las mejillas que tenía antes de verse en ese vidrio: rozagantes, llenas de barba tupida y negra. Ahora las ve flojas, la barba mal cortada y amarilla.
Piensa en romper el espejo, pero cree que mejor se lo da a la nena así lo hace plata.
—A mí no me sirve —le dijo—. El viejo quiere hablar con usted.
—El viejo soy yo, nena —dijo Clodomiro y volvió a mirarse.
—¡Qué imbécil sos, che! —le dijo el reflejo borroso largando una carcajada.
Furioso, destrozó el vidrio contra la pared.
Dicen que enloqueció. Que vive con la nena. Y que un viejo se apoderó de todo.
Incluso de ellos.

3 comentarios:
Un texto notable, enigmáticamente esquizofrénico!
Saludos!
Gracias, Germán!!
Gracias a vos por tu texto.
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