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martes, 2 de septiembre de 2008

Derrumbes - Miguel Sardegna


DERRUMBES
Miguel Sardegna

El silbido marino del viento anunció en la tarde malos augurios.
Vi cómo la torre del este era la primera en desmoronarse. La siguieron las murallas del foso, de extremo a extremo, y las construcciones de cúpulas circulares, con sus ventanas y puentes.
Era el fin.
—¡Joaquín! —llamó mamá, por encima del grito de las gaviotas—. Joaquín, se hace tarde.
Guardé la palita y el balde y pateé por última vez la arena hasta el próximo verano. De nadie más sería mi castillo.
El regreso a casa fueron falsas promesas de Nesquik y dibujitos en la tele: cuando llegamos, los bomberos todavía intentaban apagar el incendio, todo se había venido abajo, no pude salvar ni un solo juguete de aquellas ruinas.

sábado, 16 de agosto de 2008

Donación - Miguel Sardegna


DONACIÓN
Miguel Sardegna

—¿Es la primera vez?
Noté que su ambo era abierto en el cuello, que no llevaba nada debajo. Le quedaba demasiado ajustado, como la ropa de látex que usaban en aquel club del bajo que frecuentábamos con el Matías.
Moví la cabeza. Creo que llegué a pronunciar un “sí”, no estoy seguro. No podía apartar la idea de liberarla de ese delantal que la oprimía.
—No tenés cara de primera vez —soltó. Ataba una banda de goma en mi antebrazo. Hizo el nudo con fuerza, sentí que había estado a punto de partirme el brazo.
Sonreí, por mero reflejo.
—Lo usual son 475 cm3. El cuerpo los recupera rápido. Dos meses y estás listo para repetir la experiencia.
Seguía hablando, no sé qué decía...
...Y entonces la picadura.
Su cara enterrada en mi brazo.
El flujo cobrizo chorreándole de la boca, como si fuese un animal.