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sábado, 6 de septiembre de 2008

Utopía del músico - Pablo Dobrinin


UTOPÍA DEL MÚSICO
Pablo Dobrinin

El artista abrió los ojos y vio los barrotes de la prisión. Luego tomó su instrumento y pulsó una cuerda. Cuando el guardia llegó y encontró la celda vacía, aún vibraba un sonido en la noche azul.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Utopía del escultor - Pablo Dobrinin


UTOPÍA DEL ESCULTOR
Pablo Dobrinin

El hombre terminó la escultura de piedra y señaló:
—Eres hermosa...
Iba a decir: "quiero que seas un ser humano, como yo". Pero ella fue más rápida. A la luz de la luna, la mujer abrió la boca y sentenció:
—Ahora compartirás conmigo el sueño eterno.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Utopía de la bailarina - Pablo Dobrinin


UTOPÍA DE LA BAILARINA
Pablo Dobrinin

Había pasado semanas ensayando. El anfiteatro se veía repleto y todos los ojos estaban puestos en ella. Cuando llegó su momento, alzó el mentón, corrió entre el resto de sus compañeros, y extendiendo grácilmente los brazos y las piernas, pegó el salto.
Mientras iba en el aire, pensó en las incontables horas que había destinado a practicar ese paso, a estudiar ballet en la academia, y a alimentar la ilusión que tenía desde niña. Quizás por eso recordó también a su abuela, ya fallecida, que desde el principio la había alentado a ser una gran artista. La volvió a ver, con su cabello blanco, su barriga, su sonrisa y sus brazos abiertos, esperándola tras el portoncito de madera.
Los espectadores tuvieron que levantarse de sus asientos, para poder seguir viendo a aquella joven que volaba en la cálida noche de Montevideo.

Ilustración: Salvador Dalí

miércoles, 18 de junio de 2008

Sentencia postergada – Pablo Dobrinin


SENTENCIA POSTERGADA
Pablo Dobrinin

—¡Basta de tonterías! —bramó el Rey—. ¡Cortadle le cabeza!
El prisionero estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda. Sobre su cuello pendía una afilada espada de acero, que un guardia sostenía con infinita paciencia.
— Espere majestad —suplicó el prisionero—. Sé que es difícil de entender para usted, pero debe creerme. No soy un espía, sino un viajero del siglo XXII. Tengo unos microchips concectados bajo la piel del cráneo, que funcionan como una máquina del tiempo. Vine a realizar una investigación histórica, pero se produjo un desperfecto que no me permite abandonar este mundo.
—¡Basta de tonterías! —bramó el Rey—. ¡Cortadle la cabeza!