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viernes, 10 de enero de 2014

Recursos extremos – Sergio Gaut vel Hartman


—Si durante la Tercera Guerra Mundial se lanzan bombas atómicas —dijo Albert Einstein—, la Cuarta se peleará con palos y piedras.
—Se equivoca, amigo —dijo Joe Facebook—. La Tercera Guerra Mundial ya la estamos peleando en la web. —Joe Google y Joe Twitter movieron sus cabezas virtuales, pero se dieron cuenta de inmediato que era una treta del enemigo para distraerlos y sacar alguna microscópica ventaja, por lo que se esfumaron sin completar el gesto.

Sobre el Autor: Sergio Gaut vel Hartman

lunes, 30 de diciembre de 2013

Encuentro en la cumbre – Sergio Gaut vel Hartman



—Lo que importa es el corte final —dijo Ingmar.
—Disiento —dijo Orson sacudiendo su habano—. Si la cosa viene mal barajada no hay Cristo que la pueda arreglar.
—¡Cristo! —vociferó Luis—. Me junto con ustedes para oír hablar de Cristo. ¿No podemos dejar de filosofar y hacer lo que vinimos a hacer?
—No se alteren —dijo Woody, encogiéndose en la silla—. Y por favor no griten.
—Da Luis —dijo Orson—. Y espero que me toquen mejores cartas que la última mano.

Sobre el Autor: Sergio Gaut vel Hartman

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Tiempo eléctrico – Sergio Gaut vel Hartman & Ana Caliyuri


La mujer dormitaba, mientras en su mente se reconstruían los episodios ocurridos cuando tenía veinte años. Pero los recuerdos no venían solos: un suave zumbido ronroneaba en sus oídos, acompañado por una sensación de textura eléctrica, como si estuviera volando por debajo de una línea de alta tensión. Inmersa en un sopor semejante al que se logra con un baño de inmersión, Karla esperó que la sensación pasara y mientras lo hacía, trató de anclar en una imagen positiva, agradable. No pudo concentrarse en el rostro de sus hijos, ni en el de su esposo. Intentó relajar los músculos (que cada vez denotaban más tensión) y visualizó un prado virgen. Pero, nada cambiaba.El zumbido persistía. La luz que aparecía y desaparecía. Un flash, el shock, y finalmente la voz del médico: 
La hemos resucitado Karla. Tranquila. La trasladaremos a la sala de cuidados intensivos.


Acerca de los autores:
Ana Caliyuri
Sergio Gaut vel Hartman

lunes, 2 de diciembre de 2013

Ciclo de venganzas – Sergio Gaut vel Hartman


Franz Kafka despertó convertido en un monstruoso escarabajo; la venganza de Gregor Samsa se había consumado. Y no solo esa. Ahí estaban también Ernest Hemingway, recostado contra una pared, borracho, tratando de calzarse unos zapatos de bebé demasiado pequeños; Huang Tsu aleteando como loco contra el vidrio de la ventana, y el dinosaurio, devorando a dentelladas muy poco escrupulosas al mismísimo Augusto Monterroso. Llorando amargamente, Kafka añoró sus épocas de escritor, cuando sufría sin medida y eso lo llenaba de felicidad. En fin, reflexionó, hay que resignarse, sacar lo bueno de lo mano, como escribió alguna vez Robert Penn Warren. De pronto su olfato detectó algo que no esperaba. ¡Maravilloso! El dinosaurio y él serían grandes amigos. Se acercó al gigantesco animal y dijo carraspeando:
—Perdón, ¿me permite?
—Es toda suya —respondió el dinosaurio. Kafka sonrió; era muy pesada, pero el esfuerzo valdría la pena. Empezó a empujar.


Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 24 de noviembre de 2013

Atrapado sin salida – Sergio Gaut vel Hartman


Fue una mañana aciaga. Me quedé sin Internet cuando debía ratificar un pasaje aéreo o lo perdía; cortaron la luz y se cayó la línea telefónica, por lo que tuve que bajar quince pisos antes de enterarme que el apagón era general. Para colmo de males, al llegar a la plata baja encontré la novedad de que habían entrado ladrones al edificio y tras asesinar al encargado andaban por los pisos saqueando todos los departamentos. Una situación kafkiana, pensé en algún momento. Y solo existe una persona en el universo que entiende de esto.
—Dígame, Franz, ¿cómo se sale de una situación kafkiana?
El escritor me miró con esa mezcla de desconcierto y susto, tan propia de él, y respondió con lágrimas en los ojos.
—Quisiera ayudarlo, joven, pero me resulta imposible; yo nunca resolví ninguna de las situaciones que planteé en mis ficciones.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

miércoles, 30 de octubre de 2013

El gato envenenado – Sergio Gaut vel Hartman


Mi gato Atila se enfermó y lo llevé al hospital Fiorito. Dijeron que había comido veneno para ratas, lo que no deja de ser bastante surrealista, ya que uno no come la comida de sus enemigos, aunque tal vez lo gatos sí; nunca fui gato. Las entrañas de Atila parecían un matadero, con toda esa sangre chorreando por mil orificios. Luego de dos días de espera, me encaró el profesor Alexander Kurchatovinov, futuro premio Nobel de medicina, y me dijo:
—Las próximas veinticuatro horas determinarán si Atila tiene posibilidades de sobrevivir o no. —Pero lo dijo en ruso, por lo que solo hoy supe lo que dijo, demasiado tarde, cuando mi gato ya había sido vendido como liebre a un restaurante gourmet de Puerto Madero. Calculo en cuantas porciones puede haber sido dividido Atila y levanto apuestas sobre la cantidad de muertos que pueden resultar de esa ingesta.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 26 de octubre de 2013

La última batalla en el templo de Tse Kim-tao – Sergio Gaut vel Hartman


Sin pensarlo, respondí con energía a desafío de la física. Trepé los escaños en diagonal al suelo, desafiando la lógica euclidiana e inaugurando otra, imprecisa y ambigua. Me quité la máscara y dejé que la corriente fría que venía de la claraboya refrescara las magulladuras de mi rostro. Mientras forcejeaba con mi propia naturaleza, los pesados dardos que lanzó mi oponente golpearon mi cuerpo con eficacia. Pero no tardé en descubrir que no enfrentaba a un joven samurai, diestro como un héroe y zurdo como el demonio, sino a un monje de setenta años, solo sustentado por su fe. Nada estaba perdido, comprendí, y me lancé sobre él sin calcular. Separados por un puño, me consolidé sobre la última viga y lo insulté de arriba abajo.
—¡Hijo de puta! ¡Sorete de cerdo! ¡Llaga purulenta!
Él bajo los brazos y se puso a llorar. Su dios lo había abandonado.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

miércoles, 23 de octubre de 2013

Descartes en el tren - Ana Caliyuri & Sergio Gaut vel Hartman


La filosofía es mi dilecta materia. Nada sé por no saber, nada sé para poder aprender, nada sé de mi… o poco. Solo sé que acabo de bajar del tren en una estación cuasi espacial. Nieva y lo único generoso que hallo a mano es la mano (valga la redundancia) de Descartes. Estoy dudando como loca en dirección contraria, pero dudando si he de volver a subir a ese tren o es el destino quien me deja en el andén. Es el destino, concluyo cuando un adolescente se acerca con el mazo en la mano.
—Quisiera descartar tres cartas —digo temblando.
—¿Las escribió usted?
—Creo que sí.
—No son buenas. Y esto no es un mazo de naipes sino un mazo de amazar. —No llego a corregirlo cuando el mazo se descarga sobre mi occipital. Como ya no está Descartes para tenderme una mano muero filosóficamente; no conozco otro modo.

Sobre los autores:
Ana María Caliyuri
Sergio Gaut vel Hartman

lunes, 14 de octubre de 2013

Perseguir y alcanzar - Sergio Gaut vel Hartman


Había probado con casi todo, pero no obtuvo buenos resultado en nada. Así que decidió cambiar y en vez de perseguir el éxito se dedicó a provocar el fracaso ajeno. Un día descubrió que un filósofo alemán le había puesto nombre al placer por la desgracia ajena: schadenfreunde, lo llamó. Esa idea le gustó tanto que empezó a estudiar filosofía, algo que jamás se le hubiera ocurrido en su vida anterior; se recibió con honores, alcanzó un enorme prestigio como catedrático y se casó con una famosa actriz, dejando a su paso un tendal de desgraciados. Lo que no previó es que alguien descubriría por casualidad las herramientas que él había utilizado para provocar el fracaso ajeno, decidió utilizarlas y le hizo perder el invicto.

Acerca del autor:

viernes, 11 de octubre de 2013

Lado B - Sergio Gaut vel Hartman


—¡Vamos, rápido! ¡Arreglen este desastre! —Blancanieves estaba nerviosa, agitada, a punto de perder los estribos—. ¡Vienen los de la CNN, carajo! ¡Vienen a hacerme un reportaje y no quiero que sospechen nada!
—¿Qué sospechen qué? —preguntó Félix, con fingida inocencia.
—¿Son tontos o imbéciles? ¡Nadie lo tiene que saber! ¡Nadie! —La voz de Blancanieves alcanzó la terraza de la histeria. Pero eso no fue obstáculo para que se afanara cambiando sábanas, guardando objetos de uso indefinible y tirando a la basura la mitad de lo que encontraba sin que los enanos movieran un dedo.
—Sin embargo —susurró Doc al oído de Bufón—, un poco de escándalo no vendría mal. —Bufón asintió entusiasmado y pensó en todo lo que harían con el dinero que el canal Venus les había pagado por el video.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

miércoles, 9 de octubre de 2013

Mas acá de todo - Sergio Gaut vel Hartman



Nuestro navegador puede compararse con esos grandes matemáticos que trabajaban en la creación de un espacio a prueba de imbéciles. Pero él se limita a marcar palabras que encuentra diseminadas por el océano léxico, rémoras de frases putrefactas que cuelgan, como apéndices vestigiales, de las ficciones de los novatos, torpezas e impericias, desaciertos, ignorancia, estupidez... ¿Disfruta? ¡Por favor! Sufre como una ninfa junto al teléfono, imagina cataclismos, finales irreversibles y ataques de todos los colores. ¿Quién ataca? Todos. Nadie. En su universo se postula la idea de que lo que existe es el producto de una construcción semántica, late el poder del rabino de Praga y vive engrillada la obsesión de Víctor Frankenstein. ¿Quién se atreverá a decirle que todo es cierto, pero que el manipulador no es un demiurgo sino el patético ganador del último premio Nobel de Literatura? No yo, por cierto, no yo.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman


lunes, 7 de octubre de 2013

Retroactivo - Sergio Gaut vel Hartman


Maquinaldo Tempone no inventó el DTC (Dispositivo de Traslación Cronoléptica) para encarar un frívolo experimento literario. Es un hombre ético y preocupado por la justicia. Así que elige el primero de los 17.800.000 resultados de "ponerse" obtenidos gracias a Google —que como cualquiera que lo desee puede comprobar es “cómo ponerse un condón”—, convierte el texto en un elástico casi infinito y retrocede, como en el juego de la oca, a la primera palabra del resultado, que es “cierta”. Fortalecido por la certeza, Maquinaldo se enrolla en el condón y va a parar a la China en el mismo momento en que el emperador Chen-Nung descubre el té. El emperador no se sorprende en absoluto por la intempestiva aparición de Maquinaldo Tempone y le ofrece una taza. Maquinaldo acepta. Beben mucho té. A las siete Maquinaldo corta el condón y regresa al presente.

Acerca del autor:

domingo, 29 de septiembre de 2013

Paradoja ficcional - Sergio Gaut vel Hartman


—Arruinaste mi novela —protestó el escritor; estaba muy enojado.
—No me hubieras creado —respondió el personaje con displicencia.
—¡Soy el dueño y señor de mis ficciones!
—No tanto, pero en ese caso no habría nada de qué preocuparse, ¿no es cierto? —El personaje se levantó y se dirigió hacia la salida.
—¡Un momento! Negociemos.
—No hay nada que negociar. Me creaste con determinadas características; no puedo contrariar mi naturaleza. Y mi naturaleza es tu elección.
—¡No tenías derecho a contar el final de la obra cada vez que aparecías en escena!
—Estás pasando por alto un detalle esencial: en tu novela soy Drafenón, el mago: hechicero y augur, alquimista, nigromante y cabalista. Predecir el futuro es mi talento, pero también mi carga. Y ahora predigo que para eliminarme no tendrás más remedio que arrojar al fuego el esfuerzo de tres años.

Acerca del autor:

lunes, 23 de septiembre de 2013

Planos de vida – Sergio Gaut vel Hartman


Remigio despertó con la sensación de haber perdido un amor entre los pliegues del sueño. Estaba tan conmocionado por la pérdida que demoró un buen rato en comprender dónde se hallaba. Pero la misma habitación gris de todos los días, colmada de objetos mustios y sin vida, le procuró la respuesta que tanto ansiaba: este es el sueño, Remigio, le dijeron los trapos y las sillas astilladas, los escasos cubiertos y los cuadros oscuros; la existencia real es la que abandonaste al despertar; Leticia, sus labios dulces, sus abrazos, eso es real, ¿entendés? Remigio entendió, pero por alguna razón incomprensible, no pudo volver a dormirse, nunca más.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 21 de septiembre de 2013

Un cuento que se cuenta a sí mismo – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Un cuento que se cuenta a sí mismo? No entiendo. ¡Es muy difícil! —La niña cerró el libro y golpeó la cubierta. Pero el libro se volvió a abrir y habló.
—No es tan difícil para una niña inteligente. ¿Acaso no te estoy hablando en este mismo momento?
—Claro, pero esto es una fantasía del escritor; no es de verdad.
—No estés tan segura de lo que es real y lo que no lo es —insistió el libro—. Si te hago vivir la historia, te emociono, te asusto, te divierto, he cumplido mi objetivo. Soy real.
—¿Otra realidad?
—Otra forma de verla. Si una moneda está sobre la mesa solo vemos una cara, ¿cierto?
—Cierto.
—Pero la otra cara sigue existiendo. Si fuéramos capaces de meternos entre la mesa y la moneda...
—¡Ahora lo entendí! Contame más.
El libro se cerró y en la mente de la niña se encendió esta historia.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Ilustración de Delfina Porolli Triffiletti

jueves, 19 de septiembre de 2013

Experimento literario - Sergio Gaut vel Hartman


Maquinaldo Tempone encara un experimento literario que consiste en ponerse el dedo índice en la sien y moverlo como quien atornilla un tornillo en una tuerca. O lo que es casi lo mismo, salta de un noveno piso sin medir las consecuencias... ni la altura del edificio. (Menos mal que me fui por las ramas y las ramas detienen la caída de Maquinaldo). No obstante, el experimento literario no cesa. Maquinaldo saca del bolsillo su DTC (Dispositivo de Traslación Cronoléptica) y retrocede, como en el juego de la oca, a la primera palabra del experimento literario, que no es, como algún trasnochado pretende haber adivinado, “Maquinaldo”, sino otra, “ponerse”. Maquinaldo pone “ponerse” en la caja de Google y obtiene 17.800.000 resultados. Ahora sí, cuenta las palabras y lo da por terminado, considerando que el experimento literario ha sido todo un éxito.

Acerca del autor:

martes, 17 de septiembre de 2013

Certeza - Sergio Gaut vel Hartman


El e-mail de Federico vino rematado por una sentencia concluyente: “El autor del cuento que te envío existe; no es uno de esos seudónimos ad hoc que tanto te fastidian”. ¡Cómo me conoce mi amigo! Pero qué poco sabe...
¿Es posible determinar que alguien existe en tiempos de enmascarados sin gloria, cuando cualquiera puede ser el fraude de sí mismo? No, no es posible. Y para colmo, dado que la constatación es, por fuerza, virtual, las certezas adelgazan hasta volverse anoréxicas.
Sin embargo, este es un caso diferente: Federico no se equivoca, sé que Arsénico Schoin, el autor del cuento de marras, existe, es real... porque he sido testigo de la feroz pelea de dos hembras por ese galán. Y nadie se deja hacer guiñapo por un simple nick. ¿O todavía debo una materia y sigo sin entender lo esencial?

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman


domingo, 15 de septiembre de 2013

Acto de desagravio – Sergio Gaut vel Hartman


Lo tenía a mi merced.
—¿No sabías que esto ocurriría, tarde o temprano? ¿Tu ciencia infalible te abandonó?
Dos lágrimas como gotas de aceite rodaron por sus mejillas.
—¡No, por favor! —suplicó—, no me haga nada.
Desenfundé el kriss que me había regalado Sandokan.
—¿Cómo que no? ¡Por todas las porquerías que tuve que soportar! —Le pinché el pecho con la punta del arma; una flor roja decoró la camisa.
—¡No! —mugió.
—¡Pobre astrólogo! —hundí el kriss hasta la empuñadura. Los planetas no se movieron de sus órbitas, como si no hubiera ocurrido nada.

Acerca del autor:


viernes, 13 de septiembre de 2013

Eterno retorno - Sergio Gaut vel Hartman


Casi diría que me gustó que me vapuleara. Tenía esas cualidades que uno no espera de las mujeres. Además de hermosa, colorida, graciosa y sensual, su voz monótona indicaba que no era un ser humano. ¿Un androide? ¿Un ser traído de otro sistema solar por un aficionado a las películas de ciencia ficción que pasaban en la tele? Pregunté.
—¿Es usted un androide, un ser extraterrestre?
Me pegó una bofetada que repercutió a lo largo de todo el universo. Cientos de manuscritos cayeron de los estantes y perdieron hojas preciosas. El terremoto afectó especialmente a los libros de superación personal, que por una vez no encontraron remedio para sus propios problemas. Ahora el asunto era plasmarlo en el papel para salir del círculo vicioso. Pero el tiempo se acabó: conectaron la Máquina de Dios y el universo se fue por el sumidero.

Acerca del autor:

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La lección del maestro - Sergio Gaut vel Hartman


—¿Quién eres? —preguntó Napoleón Bonaparte, moribundo.
—El que te envenenó —respondió el hombre delgado, de aspecto enfermizo.
—Pero ¿quién eres? —insistió Napoleón.
—Nicolás Maquiavelo, un servidor.
—¿Y por qué me matas?
—Para robarte los preciosos manuscritos que has ido acumulando todos estos años. Santa Helena ha sido un buen ámbito para tu talento.
—¿Qué harás con ellos? —logró articular el que fuera emperador, ya sin aliento.
—Los iré publicando, poco a poco. Un juego para mitigar la soledad del inmortal... y crecentar aún más mi fortuna.
—Pura codicia... entonces... —alcanzó a murmurar el corso antes de expirar.
—El fin justifica los medios, maestro. Tú me enseñaste: poco importa lo demás, el éxito es la medida de todas las cosas.
Maquiavelo terminó de empaquetar los manuscritos y salió de la habitación.