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domingo, 27 de marzo de 2011

En la húmeda selva - José A. García González


Aparecí, sin saber cómo ni por qué, en medio de esta jungla desconocida. Sin saber en qué parte del multiuniverso había caído.
Sólo.
Desprotegido.
Y con un tintero.
Pero sin papel al cual recurrir para dejar constancia de mi experiencia.
Sobreviví varios días. Aprendí a no comer bayas ni setas. A alejarme de las raíces azules y de todo lo que aparente ser un gato.
Cosa alguna descubrí que me ayudara a saber cuándo y dónde, tiempo y espacio de mi estadía.
Debo dejar de escribir. Aún hay tinta, si. Pero toda mi piel está cubierta de garabatos que el sudor vuelve indescifrables.

Tomado de: http://proyectoazucar.blogspot.com/

jueves, 11 de septiembre de 2008

De cómo nació el universo y afines - José A. García González



Primero existió una roca, grande, poderosa, monolítica. Hasta que decidió estallar y ocupar el vacío de la nada con sus hijos. Cada hijo era menor, más débil, y pequeño que la roca madre, y propenso a la putrefacción de la vida.
Destilaban agua y desechos, génesis y final.
Y cuando el imperturbable tiempo aniquiló cada roca, cuando sólo las creaciones menores conservaban su conciencia, y los recuerdos se dilataban en pesadas meditaciones sin fundamento, comenzó el reinado del agua y las lluvias.

jueves, 7 de agosto de 2008

Guerrero - José Antonio García González


GUERRERO
José Antonio García González

Los brazos en reposo, descansando sobre las rodillas; la armadura con señales de óxido no reluce bajo el sol que no la toca bajo el árbol; el yelmo en el suelo, no muy lejos de las manos; el mango de la espada aún aferrado.
El fragor llega a sus oídos, la batalla está cerca; el caballo se aleja unos pasos para mascar tiernos pastos; el escudo caído.
Sentado sobre una roca, ¿tienes los ojos cerrados? ¿Duermes acaso? Con qué delicias sueñas, guerrero, qué maravilla es capaz de hacerte apartar la vista de la batalla que crece a tu espalda…

martes, 22 de julio de 2008

Triunfo - José Antonio García González


TRIUNFO
José Antonio García González

Irrumpió en el depósito con estruendo. El lugar estaba en penumbras, su uniforme cubierto de suciedad, y su rostro de sudor. Sólo una caja había allí, se acercó rengueando hasta ella para abrirla y descubrir el último trozo de ceolita que quedaba en el mundo. Una roca no mayor que su mano y capaz de dar energía a todo un país por años.
Cargándola junto con su fusil regresó al patio de aquella fábrica que, minutos antes, había sido el mayor campo de batalla de la historia de la humanidad. Levantó la roca por sobre su cabeza y gritó: —¡Ganamos! —antes de que una bala le perforara el pecho.