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jueves, 14 de abril de 2011

Atrapé el infinito - Eduardo Mancilla


Seis espejos se ven a sí mismos, se reflejan en ellos y no salen de su asombro al encontrar parecido semejante.
Cada uno copia hasta el más ínfimo detalle del que está frente a si, cuando están completamente seguros de su perfecta igualdad, recapacitan...
—¡No hay absolutamente nada!
—Lógico, encierra el espacio entre seis paredes de espejos en forma de caja y hallarás el infinito, pero en el preciso momento que la abras para observarlo, se volará toda la fantasía y con ella el infinito, que por un momento fue absolutamente tuyo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Amor Hi-tech - Eduardo Mancilla


Tenía perfectos pechos redondos. Piernas suaves y largas, perfectas. Su boca era la entrada al cosmos rojo de sus labios perfectos. Sus ojos abiertos al asombro, eran perfectos y su cintura era perfectamente pequeña. Sus contorsiones y movimientos perfectos nacían en mis deseos y vibrábamos hasta el amanecer. No necesitamos amoldarnos a ningún preconcepto porque estaba diseñada para mí, así de perfecta era. Una noche de amor irrefrenable y entregado a ciertos excesos, decidí experimentar con helio y escapó por la ventana. Por la mañana, un vecino me aviso que estaba enroscada en los cables de alta tensión. Lucía perfecta, delgada pero perfecta.

Ilustración: "El sueño", de Henri Rousseau

sábado, 13 de noviembre de 2010

Amor adolescente - Eduardo Mancilla


Ellos habían consensuado hacer el amor por primera vez tras un fogoso debate sobre intereses y prejuicios. Inmediatamente, el joven se sumergió en el mundo instantáneo de la pornografía. Su desvelo era ofrendarle una maestría de amor. Ella lo consultó con su madre. La lluvia de la siesta los acompaño hacia el lugar oportuno. Él dejó evidencias de su remolino de pasión. Ella le cobró doscientos pesos.


sábado, 12 de junio de 2010

La fe mueve montañas - Eduardo Mancilla


En la tierra del sol naciente, dos monjes ya ancianos presumían al borde de un acantilado.
—¿Recuerdas el monte que se elevaba en aquel valle? —preguntó uno de ellos mientras señalaba a sus espaldas, y sin esperar respuesta, dijo—: Ese monte lo he desmenuzado con la ayuda de la fe.
—¿Ah, sí? ¿Has hecho eso? —preguntó el otro—. ¿Y cómo has logrado semejante milagro?
—Con 9 puntos en la escala de Richter.