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lunes, 23 de julio de 2012

Al amigo desconocido - David Vivancos Allepuz



La que siempre lucía antes de que los bombardeos acabasen con él, concluyó Criado. Y yo quise decir que sí, que tenía razón, en cuanto podía hacía ostentación de aquella pitillera, regalo del subsecretario de Gobernación, que tantas veces nos había mostrado cuando quería presumir de contactos en el ministerio. Cierto, Criado, cuánto alardeaba de su insignia del sindicato, siendo peligroso como era, se me adelantó Illescas. Illescas, Criado se refería a que lucía mucha pluma, rió alguien. Pues yo pensaba que hablabais de su dentadura postiza, la había mandado hacer en Suiza, apuntó Gorostiza, algo corrido. Nos miramos incómodos. Pedí otro café más que nada para romper ese silencio tan embarazoso.


domingo, 17 de julio de 2011

Comida de trabajo - David Vivancos Apelluz


Hace tiempo que dejé de ir a comer con mis compañeros al bar del juzgado para hacerlo en mi despacho. Aunque sus platos difícilmente habrían satisfecho las expectativas del gourmet más exigente, sería injusto achacar mi decisión a la calidad de lo servido: de hecho, también había ido allí algún domingo con los niños. Mi elección tampoco guardaba relación con la crisis, ya que sus precios eran razonables. Fue fruto de la casualidad, supongo. No recuerdo cómo probé mi primer expediente pero sí su agradable sabor en mi paladar. Devoré providencias y papel timbrado con fruición desde ese día hasta la mañana en la que el juez entró en mi despacho alertado por los muchos documentos que últimamente se habían, digamos, traspapelado. Innecesario fue improvisar una excusa plausible: mis carrillos hinchados de celulosa me delataron. Dejó sobre mi escritorio una apelación particularmente incómoda. Ya sabe qué hacer con ella, dijo.

Imagen: Abstract land, de Amyandromain en deviantArt

martes, 13 de enero de 2009

Su monstruo, al fin - David Vivancos Allepuz


SU MONSTRUO, AL FIN
David Vivancos Allepuz

Los diarios devorados en busca de inspiración se amontonaban junto a la papelera, llena de arrugadas cuartillas desechadas. Un tipo de Louisiana se había comido a su compañera, previa sazón de sus partes más insípidas, mientras un duque alcoholizado fotografiaba niñas ajenas en sus nobles dependencias, y un cantante negro, que ni siquiera cantaba ya, se metamorfoseaba en hembra caucásica ante la indiferencia de la opinión pública. Le sacó de su ensimismamiento una enorme mancha de tinta en el papel, incapaz de perfilar el monstruo que debía protagonizar su próximo relato por encargo. El escritor deslizó con mimo infantil la pluma estilográfica, demasiado sucia o rota, sobre el borrón fresco, y le añadió grandes ojos, afilados colmillos y doce patitas peludas. Su monstruo, al fin.

miércoles, 30 de julio de 2008

Monstruo de feria - David Vivancos Allepuz


MONSTRUO DE FERIA
David Vivancos Allepuz

Hacía poco más de dos meses que la Dirección General Penitenciaria me había vendido, con arreglo a la recién dispuesta Ley de Exhibición y Manutención de Reclusos Peligrosos. El contrato establecía que, tras el primer pago, el Estado autorizaba la exhibición en la feria del asesino de las seis viejecitas. En la jaula contigua, un enano vicioso con unos genitales desproporcionados me asqueaba con sus proposiciones repulsivas. Algo más allá, el niño cocodrilo. Un hombre sin brazos ni piernas aseguraba leer el futuro. Dejé de escarbar distraídamente en la paja y clavé los ojos en el homúnculo, que lamía los barrotes mirándome libidinoso. Cuando se encontraron nuestras miradas, mis remotas esperanzas de indulto se desvanecieron para siempre. Supimos que era hombre muerto. Enano muerto.

miércoles, 2 de julio de 2008

Muerte de Ivan Ilich - David Vivancos Allepuz


MUERTE DE IVÁN ILICH
David Vivancos Allepuz

El criado corrió hasta la habitación de su amo alertado por los gritos. Con la
mirada perdida en alguna parte del cuarto, Tolstoi respiraba agitado sentado en su lecho. Por tercera noche consecutiva Iván Ilich le había sorprendido durante el sueño, se le había echado encima, sus dedos como garfios habían apretado desesperadamente el cuello del escritor mientras le reprochaba enloquecido la crueldad de su enfermedad, el dolor insufrible, angustioso, el desconsuelo, la impotencia ante la muerte inevitable, la indiferencia de sus seres queridos.
Todavía consternado, Tolstoi pidió su batín y se sentó delante del escritorio
dispuesto a poner fin al padecimiento de Iván Ilich. El reloj marcaba las tres
de la madrugada.

lunes, 30 de junio de 2008

Historia del jazz, volumen 2 - David Vivancos Allepuz


HISTORIA DEL JAZZ, VOLUMEN 2
David Vivancos Allepuz

Leo en un periódico que Jim Morrison vive. El músico posa para el reportaje con uno de sus imposibles trajes blancos de Las Vegas, medio de espaldas, y se aprecia en todo su esplendor el águila de pedrería de la capita. Según informa el rotativo, vive en un destartalado pesquero varado en Almuñécar y declara no añorar para nada la fama. Reconoce, eso sí, haberse animado a interpretar el himno norteamericano tocando la guitarra con los dientes, como solía hacer en los años sesenta, en alguna juerga flamenca organizada por los gitanos en la playa. Ni una mención sobre cómo sobrevivió a los cinco tiros que le descerrajaron frente al edificio Dakota.