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miércoles, 8 de octubre de 2008

Cuerno y marfil - Enrique Anderson Imbert


CUERNO Y MARFIL
Enrique Anderson Imbert

Penélope le dice a Odiseo:
—Hay dos puertas para los sueños: una, construida de cuerno; otra, de marfil. Los que vienen por la de marfil nos engañan; los que vienen por la de cuerno nos anuncian verdades.

En Homero (Odisea, XIX) esas puertas eran alegóricas: no existían sino como imágenes de ideas. Ahora sabemos que existieron de verdad. El periódico de hoy trae la noticia de que el arqueólogo Michael Ventris, en las excavaciones de Knossos, acaba de encontrar dos enormes puertas labradas, una sobre un solo cuerno y la otra sobre un solo colmillo. Interrogado por un periodista, Ventris ha dicho que su impresión, más que de asombro, es de horror, al pensar, en vista de ese cuerno, de ese colmillo, en el tamaño que debieron de haber tenido los rinocerontes y elefantes pre-homéricos.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Sententia Nominum - Enrique Anderson Imbert


SENTENTIA NOMINUM
Enrique Anderson Imbert

Verano de 1116. Casa del canónigo Fulbert, en París.
Pierre Abélard ve acercarse a Héloïse. Va a abrazarla pero ella lo detiene diciéndole:
—No te equivoques. Sólo soy la imagen que llevas en tu corazón.
Abélard replica:
—Según eso, yo seré la imagen que Héloïse lleva de mí en su corazón. Da lo mismo, pues.
Y las imágenes se tendieron sobre la alfombra y se juntaron.

martes, 2 de septiembre de 2008

Los dos fantasmas - Enrique Anderson Imbert


LOS DOS FANTASMAS
Enrique Anderson Imbert

En esa noche de verano, cerrada, fosca, me fui a acostar bajo un ombú. Ya estaba dormido cuando una vaca se puso a mugir. Un mugido largo, oxidado, de goznes chirriantes. En el campo —negro, negro, negro— se abría una gran puerta con ruido de hierros. Y por allí entró él, como un fuego fatuo.
—Ah, perdón —dijo al verme. Yo debía de estar iluminado por su resplandor.
Medio me incorporé apoyándome en un codo, y con la garganta seca lo interpelé:
—Y usted ¿quién es?
—Perdón. Me he equivocado.
—¿Qué quiere?
—¿Yo? Nada. Adiós. Me he equivocado. Este es el trasmundo ¿no?
—No. ¡Qué trasmundo ni ocho cuartos! Este es el mundo.
—Ah, ¿así lo llaman ustedes?
Y desapareció.

viernes, 15 de agosto de 2008

La montaña - Enrique Anderson Imbert

LA MONTAÑA
Enrique Anderson Imbert

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
—¡Papá, papá! —llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
—¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

jueves, 14 de agosto de 2008

Las estatuas - Enrique Anderson Imbert


LAS ESTATUAS
Enrique Anderson Imbert

En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche —todo el colegio, dormido— una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo, regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la estatua de la señorita fundadora.

Ilustración: Juan Gris, Guitarra ante el Mar.

miércoles, 13 de agosto de 2008

El ganador - Enrique Anderson Imbert



EL GANADOR
Enrique Anderson Imbert

Bandidos asaltan la ciudad de Mexcatle y ya dueños del botín de guerra emprenden la retirada. El plan es refugiarse al otro lado de la frontera, pero mientras tanto pasan la noche en una casa en ruinas, abandonada en el camino. A la luz de las velas juegan a los naipes. Cada uno apuesta las prendas que ha saqueado. Partida tras partida, el azar favorece al Bizco, quien va apilando las ganancias debajo de la mesa: monedas, relojes, alhajas, candelabros... Temprano por la mañana el Bizco mete lo ganado en una bolsa, la carga sobre los hombros y agobiado bajo ese peso sigue a sus compañeros, que marchan cantando hacia la frontera. La atraviesan, llegan sanos y salvos a la encrucijada donde han resuelto separarse y allí matan al Bizco. Lo habían dejado ganar para que les transportase el pesado botín.

martes, 5 de agosto de 2008

Cortesía de dios - Enrique Anderson Imbert


CORTESÍA DE DIOS
Enrique Anderson Imbert

Hoy yo estaba descansando, en mi rincón oscuro, cuando oí pasos que se acercaban. ¡Otro, que descubría mi escondite y venía a adorarme! ¿En qué tendría que metamorfosearme esta vez? Miré hacia el corredor y vi a la pobre criatura. Era peludo, caminaba en dos pies, en sus ojos hundidos había miedo, esperanza, amor, y su hocico parecía sonreír. Entonces, por cortesía, me levanté, adopté la forma de un gran chimpancé y fui a su encuentro.

De Cuentos en miniatura.

sábado, 2 de agosto de 2008

Atlas - Enrique Anderson Imbert


ATLAS
Enrique Anderson Imbert

Atlas estaba parado, con las piernas bien abiertas, cargando el mundo sobre sus hombros. Hiperión le preguntó:
—Supongo, Atlas, que te pesará más cada vez que cae un aerolito y se clava en la tierra.
—Exactamente —contestó Atlas—. Y, por el contrario, a veces me siento aliviado cuando un pájaro levanta vuelo.

De El gato de Cheshire.

martes, 29 de julio de 2008

La cueva de Montesinos - Enrique Anderson Imbert


LA CUEVA DE MONTESINOS
Enrique Anderson Imbert

Soñó Don Quijote que llegaba a un transparente alcázar y Montesinos en persona —blancas barbas, majestuoso continente— le abría las puertas. Sólo que cuando Montesinos fue a hablar Don Quijote despertó. Tres noches seguidas soñó lo mismo, y siempre despertaba antes de que Montesinos tuviera tiempo de dirigirle la palabra.
Poco después, al descender Don Quijote por una cueva el corazón le dio un vuelco de alegría: ahí estaba nada menos que el alcázar con el que había soñado. Abrió las puertas un venerable anciaño al que reconoció inmediatamente: era Montesinos.
—¿Me dejarás pasar? —preguntó Don Quijote.
—Yo sí, de mil amores —contestó Montesinos con aire dudoso— pero como tienes el hábito de desvanecerte cada vez que voy a invitarte...

De Cuentos en miniatura.

Grabado de Gustavo Doré.

domingo, 27 de julio de 2008

Microscopía - Enrique Anderson Imbert


MICROSCOPÍA
Enrique Anderson Imbert

Creímos que eso que colgaba de la pared era algo así como un colmillo de hipopótamo pero nuestro minúsculo anfitrión explicó que no, que era nada menos que su primer diente de leche. Parecía increíble, pero evidentemente nuestro anfitrión debió de haber sido un gigante y estaba encogiéndose, año tras año. Ahora, cincuentón, tenía el tamaño de un gorgojo. Conservaba, sin embargo, su gallarda figura humana. Nos acompañó hasta la calle recién llovida y antes de despedirnos lo vimos nadar vigorosamente en el aguazal. Nos gritó, mientras braceaba, que la próxima vez que volviéramos a visitarlo trajéramos el microscopio.

De Cuentos en miniatura.

martes, 15 de julio de 2008

Teologías y demoniologías - Enrique Anderson Imbert


TEOLOGÍAS Y DEMONOLOGÍAS
Enrique Anderson Imbert

Samuel Taylor Coleridge soñó que recorría el Paraíso y que un ángel le daba una flor como prueba de que había estado allí.
Cuando Coleridge despertó y se encontró con esa flor en la mano, comprendió que la flor era del infierno y que se la dieron nada más que para enloquecerlo.

De El gato de Cheshire.

lunes, 14 de julio de 2008

Simbad - Enrique Anderson Imbert


SIMBAD
Enrique Anderson Imbert

Algunos de los marineros que regresaban de sus largos viajes solían visitar a Simbad, el paralítico. Simbad cerraba los ojos y les contaba las aventuras de sus propios viajes interiores. Para hacerlas más verosímiles a veces se las adjudicaba a Odiseo. "Apuesto", pensaba Simbad cuando se quedaba solo, "a que tampoco él salió nunca de su casa".

De El gato de Cheshire.

miércoles, 9 de julio de 2008

El sacrificio - Enrique Anderson Imbert


EL SACRIFICIO
Enrique Anderson Imbert

Guillermo está en peligro mortal: lo han atado de pies y manos contra un árbol y una serpiente cascabel va a clavarle los colmillos. De súbito se aparece Benito y se dispone a salvarlo: para salvarlo, debe morir.
Guillermo, noblemente, dice:
—No puedo consentir semejante sacrificio.
—Como quieras —contesta Benito retrocediendo—. A mí me da lo mismo. Después de todo, eres tú, no yo, quien está soñando.

Pesado plumaje - Enrique Anderson Imbert


PESADO PLUMAJE
Enrique Anderson Imbert

Se fabricó unas alas con plumas de avestruz, subió al campanario y se lanzó al aire. Cuando lo recogieron, con las piernas rotas, explicó que había caído por culpa de las plumas que pesaban demasiado.
—La próxima vez —dijo— volaré sin alas.

lunes, 7 de julio de 2008

Un camino - Enrique Anderson Imbert


UN CAMINO
Enrique Anderson Imbert

Seguí por el camino, seguro de que me llevaba bien. Sólo me asaltaron dudas cuando el camino se metió en el bosque y empezó a dar vueltas. Yo confiaba en que un camino sabe lo que hace. Pero el camino se perdió y allí nos quedamos los dos, perdidos entre los árboles; y la noche se nos acercaba.

viernes, 27 de junio de 2008

La pierna dormida - Enrique Anderson Imbert


LA PIERNA DORMIDA
Enrique Anderson Imbert

Esa mañana, al despertarse, Félix se miró las piernas, abiertas sobre la cama, y, ya dispuesto a levantarse, se dijo: "¿y si dejara la izquierda aquí?" Meditó un instante. "No, imposible; si echo la derecha al suelo, seguro que va a arrastrar también la izquierda, que lleva pegada. ¡Ea! Hagamos la prueba".
Y todo salió bien. Se fue al baño, saltando en un solo pie, mientras la pierna izquierda siguió dormida sobre las sabanas.

Niño - Enrique Anderson Imbert


NIÑO
Enrique Anderson Imbert

Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca.
Una tarde me trajeron a un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté
—¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?
—¿Volar? —me dijo—. ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

lunes, 23 de junio de 2008

El cigarrillo - Enrique Anderson Imbert


EL CIGARRILLO
Enrique Anderson Imbert

El nuevo cigarrero del zaguán —flaco astuto—, lo miró burlonamente al venderle el atado.
Juan entró en su cuarto, se tendió en la cama para descansar en la oscuridad y encendió en la boca un cigarrillo.
Se tendió furiosamente chupado. No pudo resistir. El cigarro lo fue fumando con violencia y lanzaba espantosas bocanadas de pedazos de hombre convertidos en humo.
Encima de la cama el cuerpo se le fue desmoronando en ceniza, desde los pies mientras la habitación se llenaba de nubes violáceas.