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miércoles, 6 de junio de 2012

Telefónicamente – Sergio Gaut vel Hartman




Usted se ha comunicado con la casilla de mensajes de Ray Bradbury. En este momento no puedo atenderlo porque un marciano vengativo está tratando de tomar posesión de mi cerebro. Deja tu número de teléfono que cuando logre el control completo del terrícola me pondré en contacto contigo. Mi uhushed, las uhujires del uhumida y un uhufero de Juge’iko también desean habitar un cuerpo humano.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Cuestión de perspectiva – Sergio Gaut vel Hartman



—¡Se murió Bradbury! —exclamó el joven imberbe soltando la pluma de ganso con la que trataba de escribir Guerra y paz, el regreso—. ¡Qué desgracia!
—¿Desgracia? —Theodore Sturgeon aferró al chico del cogote y Philip Dick le propinó un par de cachetadas.
—Es la mejor noticia que ha llegado a este lugar infecto desde que se cerró mi mirilla —soltó Kurt Vonnegut, sin anestesia, antes de contribuir con un sonoro puñetazo en la nariz del desubicado.
Stanislaw Lem miró a su alrededor, reparó en el desorden imperante y se acercó tanto al muchacho que le asperjó el rostro con una lluvia de saliva.
—Necesitábamos al viejo Ray —dijo finalmente—. No te das cuenta porque tus banales escritos se sustentan en la triste y prosaica realidad, no viajan a otros planetas, no maravillan ni estremecen. Desgracia para ellos, estúpido, los infelices mortales; para nosotros es como volver a vivir.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

El código marciano – Sergio Gaut vel Hartman





Cuando Ray Bradbury publicó sus Crónicas marcianas, Yru B’Darbyar, un dragador de canales de Sirte Major, casi se muere de envidia. Trató de refutar al californiano con sus Anacrónicas terrícolas, pero sólo logró ser el hazmerreír de los recolectores de basura de su planeta. Testarudo como buen marciano, viajó a la Tierra haciendo nave-stop y adoptó una nueva identidad que le permitió trabajar de proxeneta durante varios años, sin llamar demasiado la atención. Un día, caminando por las calles de Exeter, Nuevo Hampshire, se cruzó con un escritor principiante y le tiró un par de ideas.
—¿Le parece que el público aceptará semejante bizarría? —dijo Dan Brown abriendo los ojos desmesuradamente.
—¿Usted creería que soy marciano?
—No.
—Entonces mire esto. —B’Daryar mostró un par de cosas que ocultaba bajo la ropa—. Creer o reventar.
—Creer o reventar —aceptó Brown. Y fue corriendo a escribir la novela.


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Futuro confuso - Héctor Ranea




Laublát se levantó de su asiento en su mesa del Bar, dejando a sus amigas para venir a mi encuentro, apenas había entrado. Me sorprendió. Habíamos sido compañeros de escuela y ahora nos encontramos en la oficina de Satélites Extraviados. Siempre la más bella mujer pero nunca me dio la hora. Tanto que casi creí necesario presentarme, pero me estampó un beso y me invitó a cenar a su casa. Accedí, claro. Esa noche inolvidable en su cama, su bañera y ahora, como amantes permanentes, me dejó una lección. Su padre habrá sido un cobarde al huir ayer del Tiranosaurio Rex y pisar la famosa mariposa de Bradbury que cambió el futuro; en muchos casos habrá sido para mal, pero a mí, qué quieren que les diga, me lo cambió de forma estupenda.

Acerca del autor:
Héctor Ranea