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lunes, 11 de noviembre de 2013
Cautiva - Diana Sánchez
La cintura se ajustó en el portaligas, prisionera.
Los pezones acobardados volvieron a erguirse, como la cobra al oír el sonido misterioso.
Agonizantes de sueños inconclusos, los ojos hicieron un último esfuerzo.
Se estremecieron las rodillas, musicales.
Y los dedos extendieron ilimitados una plegaria al crepúsculo sangrante.
El pelo despedazó la espalda en un latigazo rubio.
Atravesaron sutiles los pies, palomas de humo, todas las calles y todas las veredas.
El parque se perdía en el límite de las hojas. Entonces, ella se sentó a esperar.
Y un murmullo de violetas desnudas fue creciendo sobre la dudosa penumbra de la luna.
Sobre la autora: Diana Sánchez
martes, 3 de septiembre de 2013
Los pasos del ángel - Diana Sánchez
C. Pavese
Contra el viento. De cara al sol. No se proyecta su sombra en la pared. Ni en las veredas. Él no tiene sombra. Ni sombra del ángel. No se apura. Ni se preocupa por llegar. Igual se llega, piensa el ángel.
Espera a que el semáforo se ilumine de verde. Y cruza con pasos seguros. De espaldas.
El hombre-apenas-ángel rescata de espaldas a la gente los escombros del pasado. Y vislumbra en el futuro, acaso el paraíso.
Entonces sí, despliega las alas desgarrando la camisa que flamea alocada en su espalda. Y un estruendo de polillas y de luciérnagas que dormían ajenas, aletean también enloquecidas.
Abajo, crece la sombra de un grito en la ciudad que está muriendo.
Acerca de la autora:
Diana Sánchez
martes, 21 de mayo de 2013
Tardecitas sombreadas - Diana Sánchez
Luego de pelearse a los gritos, la pareja de ancianos se sentaba en el patio debajo del paraíso, a disfrutar de la sombra.
Un día, el viejo furioso, le pegó en la espalda a la vieja. Ella juró vengarse.
Esa noche la tormenta quebró una de las ramas del árbol. Cuando la anciana salió a barrer, lo notó, y con rapidez cambió las sillas de lugar. A la tardecita salieron al patio. Al volver con el mate, el anciano, aplastado por la rama, le imploró ayuda. La anciana volcó la pava sobre la mano del viejo y salió a la calle. Parecía volar.
Acerca de la autora: Diana Sánchez
martes, 23 de abril de 2013
Tatuaje - Diana Sánchez
Me saqué la blusa. Liberé mis pechos y en el hueco que los separa te guardé para siempre en un tatuaje.
Cansada de llorar tu olvido, salí a la calle. ¡Libertad! gritaban. Era el fin de la dictadura y me uní al festejo.
Alguien me rozó la mano. Después, la caricia llegó a mi brazo y fue subiendo por el cuello. Las bocas se unieron y las lenguas entrelazadas me hicieron vibrar.
Antes de unirnos, pregunté su nombre. ¿Qué importa? —me dijo.
Las palomas volaron sobre el campanario.
Froté cuanto pude, el tatuaje ya no se lee.
Él nunca volvió.
Acerca de la autora: Diana Sánchez
jueves, 28 de marzo de 2013
El olvido se hace esperar - Diana Sánchez
Papelito tirado en “La Perla” de Once.
Lo levanto; edwinabearrobagmail. La conozco; éramos amantes. Fuimos.
Manos nerviosas. Corro la silla.
Baño-sucio. Lluvia afuera y el recuerdo.
Adentro, café-quemado y el recuerdo.
Una tarde más. Y el recuerdo.
Oscurece.
De noche todo se vuelve más claro. O más negro.
Bufanda y cigarrillo.
Arrugo el papel y lo dejo caer en mi bolsillo.
Acerca de la autora: Diana Sánchez
viernes, 8 de febrero de 2013
Cautiva - Diana Sánchez
La cintura se ajustó en el portaligas, prisionera.
Los pezones acobardados volvieron a erguirse, como la cobra al oír el sonido misterioso.
Agonizantes de sueños inconclusos, los ojos hicieron un último esfuerzo.
Se estremecieron las rodillas, musicales.
Y los dedos extendieron ilimitados una plegaria al crepúsculo sangrante.
El pelo despedazó la espalda en un latigazo rubio.
Atravesaron sutiles los pies, palomas de humo, todas las calles y todas las veredas.
El parque se perdía en el límite de las hojas. Entonces, ella se sentó a esperar.
Y un murmullo de violetas desnudas fue creciendo sobre la dudosa penumbra de la luna.
Acerca de la autora:
viernes, 28 de diciembre de 2012
La mirada del ángel - Diana Sanchez
No tiene ojos de tímido. O de perverso. No entorna los párpados. Ni frunce las cejas. Mira de frente. Directo a los ojos de los otros. Nubecitas o estrellas se reflejan en los iris del ángel. La luna.
A veces el amarillo le llena los ojos y se vacía de color en los ojos de los otros. En los ojos ajenos. Es en ese momento cuando el ángel se detiene, y busca a los ciegos. En especial, a los de los ojos blancos. El ángel les roza las manos. Y ellos saben adónde mirar. Hay color en la mirada del ángel. Apenas unos segundos y los ciegos se llenan de color. Y de calor.
Entonces, por lo menos hasta el final de la calle caminan seguros, sin el bastón. Los ciegos.
Sobre la autora: Diana Sanchez
lunes, 6 de agosto de 2012
La grieta – Diana Sánchez
Quise salvarme en José, en Ezequiel en Abelardo. En Lucrecia quise salvarme.
En Marcia, en Octavio. En Teresa quise salvarme.
El día empezaba fragante, impúdico. Des-naturalizado.
El
perfume del aire balbuceaba de rocío. Desde los techos de las cabañas
el humo subía sabio quebrando un cielo empañado de lilas.
Quise salvarme en la tarde muerta. En la noche etérea zigzagueando el infinito, quise salvarme.
Desnuda
de piel con el amor atado y las palabras rotas, internalice mi útero
deshabitado y se lo arrojé a los perros. Me quedé mirando su orgía de
sangre y mutilamientos. Al partir, percibí el follaje de unos ojos
rozándome la boca. Y el deseo, desde el fondo mismo del tiempo enhebró
como una grieta a mi cuello el escándalo de unos ojos.
No pude. No quise.
Salvarme.
Acerca de la autora:
Diana Sánchez
miércoles, 25 de julio de 2012
La felicidad es siempre de las otras – Diana Sánchez
Sucedió en Guadalajara.
En la jocunda vagina de la mujer-mudejar, el perdulario infante retozó amplio y feliz.
Tan ajeno a las recomendaciones de su santa madre hallábase que deleitándose con tanto gozo, se hizo la noche y no encontró la salida. Ella, tampoco se la indicó.
La mujer-mudejar vive ahora en Cuernavaca, luego de intentar Guanajuato. Se mudó con su jocunda vagina y el habitante interior.
Se deleita paseando entre albercas y madrigales, orgullosa, rosada. Y pudenda.
Hace caso omiso (la mujer) de las críticas despiadadas, de los cuchicheos envidiosos de Teodosia, Rodobalda y Endora, anoréxicas y de poco donaire. Solteras, ellas. Vírgenes, ellas.
Pasó el tiempo. La mujer ya entrada en años (y en carnes) continúa paseándose con su habitante interior por la hermosa Cuernavaca.
Las hermanas (ancianas, ahora) siguen acusando a la infinitesimal mujer-mudejar de insaciable, mientras ruegan morir en Irapuato.
Acerca de la autora:
Diana Sánchez
miércoles, 11 de julio de 2012
Los pasos del ángel - Diana Sánchez
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
Césare Pavese
Contra el viento. De cara al sol. No se proyecta su sombra en la pared. Ni en las veredas. Él no tiene sombra. Ni sombra del ángel. No se apura. Ni se preocupa por llegar. Igual se llega, piensa el ángel.
Espera a que el semáforo se ilumine de verde y cruza con pasos seguros. De espaldas. El hombre-apenas-ángel rescata de espaldas a la gente los escombros del pasado y vislumbra en el futuro, acaso el paraíso. Entonces sí, despliega las alas desgarrando la camisa que flamea alocada en su espalda y un estruendo de polillas y de luciérnagas que dormían ajenas, aletean enloquecidas.
Abajo, crece la sombra de un grito en la ciudad que está muriendo.
Acerca de la autora:
martes, 19 de junio de 2012
La mosca - Diana Sánchez
Tarquino El Soberbio se presentó en el foro de la antigua Roma para leer sus leyes. El pueblo lo esperaba enardecido. Apenas comenzó, una mosca se posó sobre su mano. El intentó matarla.
Pero la mosca voló hasta su pecho. La muchedumbre, antes atenta al discurso, estaba ahora perpleja por las palmadas que El Soberbio pegaba sin respiro al centro de su túnica. La mosca logró escapar y posarse en su frente. Ahora, los manotazos desaforados del emperador apuntaban a la cara. Por fin, un súbdito divisó a la mosca. Entonces, exaltando al pueblo, gritó: ¡Hay que deshacerse de ella! ¡Protejamos a Tarquino! Y el pueblo, entusiasmado, echó sobre él centenares de uvas y de flores con la intención de aplastar a la mosca. El otrora aclamado séptimo y último rey de Roma, murió de asfixia.
En los funerales, encabezando el cortejo, serena, impávida, pequeña como un micrón, revoloteaba la mosca.
Acerca de la autora:
domingo, 26 de febrero de 2012
Silla – Diana Sánchez
Todas las mañanas, yo miraba el balcón de enfrente. Nadie levantaba la silla. El sol le resquebrajaba las patas. Dolía verlas. La lluvia se deslizaba a sus anchas por el respaldo y golpeaba alocada en el asiento.
Pasaron muchos días. Un año pasó.
Una mañana bien temprano, alguien levantó la silla. Esa noche se cayó el balcón.
Acerca de la autora:
miércoles, 18 de mayo de 2011
La mirada del ángel - Diana Sánchez

No tiene ojos de tímido. O de perverso. No entorna los párpados. Ni frunce las cejas. Mira de frente. Directo a los ojos de los otros. Nubecitas o estrellas se reflejan en los iris del ángel. La luna.
A veces el amarillo le llena los ojos y se vacía de color en los ojos de los otros. En los ojos ajenos. Es en ese momento cuando el ángel se detiene, y busca a los ciegos. En especial, a los de los ojos blancos. El ángel les roza las manos. Y ellos saben adónde mirar. Hay color en la mirada del ángel. Apenas unos segundos y los ciegos se llenan de color. Y de calor.
Entonces, por lo menos hasta el final de la calle caminan seguros, sin el bastón. Los ciegos.
A veces el amarillo le llena los ojos y se vacía de color en los ojos de los otros. En los ojos ajenos. Es en ese momento cuando el ángel se detiene, y busca a los ciegos. En especial, a los de los ojos blancos. El ángel les roza las manos. Y ellos saben adónde mirar. Hay color en la mirada del ángel. Apenas unos segundos y los ciegos se llenan de color. Y de calor.
Entonces, por lo menos hasta el final de la calle caminan seguros, sin el bastón. Los ciegos.
lunes, 2 de mayo de 2011
Apenas ángel - Diana Sánchez
No está desnudo. No está petrificado en una estatua. Ni enfriado en el bronce.
No tiene un sexo demasiado grande. O demasiado chico.
No tiene el pelo ensortijadamente rubio. Tampoco negro. Sí, son chicas las manos del ángel. Pero saben.
Él no es. Sólo va por la vida siendo ángel. Entonces duerme. Se levanta de mañana y toma mate. No lee diarios, ni escucha radio. No le gusta que le mientan. Al ángel.
Trabaja y come. No siempre usa jeans; cuando es necesario; traje. Corbatas tiene: tres. Cuando es necesario; hace el amor. El ángel.
Acerca de la autora:
Diana Sánchez
jueves, 28 de abril de 2011
De cara al río - Diana Sánchez

El viejo blanco agitaba una bandera blanca. Débiles y pobres los dos: la bandera y el viejo. Desde el balcón de cañas de su precaria casa sobre el Paraná de las Palmas y el río Carapachay, el viejo pobre y débil tenía, al menos, dos ríos para él. Y el cielo abierto. Total, pleno.
Tenía las estrellas del Delta, el viejo. El sol y la luna.
No importaba la pobre bandera, ni su propia pobreza. El viejo tenía la bandera, el río. Y el cielo. También, la juventud apoltronada sobre los huesos. La vida vivida.
Lo saludé con la mano cuando pasé con mi canoa. A él no le importó. Siguió agitando de cara al río, su bandera de esperanza.
Acerca de la autora:
Diana Sánchez
domingo, 24 de abril de 2011
Protocolo - Diana Sánchez

Tendí la mesa, se rompió el mantel. Lo cosí, se rompió la mesa. Acomodé los platos en el suelo, el pan a la derecha, el vino, a la izquierda. Serví la comida, la sopa se volcó en mi pecho. El vino, se derramó sobre mis rodillas. Empapada, olorosa y hambrienta, me agaché y empecé a lamer el piso. Después, manoteé la panera. Las migas resbalaron de mis dedos para caer en mi pecho, allí, absorbieron la sopa. Después, bajaron hasta mis rodillas donde se regocijaron con el vino. Y ya, colmadas y felices, se fueron al patio cuchicheando entre ellas, para dormir la siesta al sol.
Envidio a las migas. Les importa un pito, el protocolo.
Envidio a las migas. Les importa un pito, el protocolo.
Acerca de la autora:
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