jueves, 15 de enero de 2015

Oveja - Mario Cesar Lamique


La Oveja tan distraída y desorientada como era, alcanzo a oír a ese nene que extendiendo su mano hacia ella exclamo :” papá mira una Abeja...” , mientras el padre lo arrastraba del brazo, el nene, seguía señalándola.
Desde ese momento, la Oveja tan crédula e ingenua como era, se comporto como una Abeja, zumbando por todos lados, volar nunca pudo,aunque un día, el lobo, tan hambriento y feroz como el era, la ataco y ella asustadiza e impulsiva le clavo su aguijón,pero,la pobre Oveja tan exagerada y cabeza dura como era, tristemente murió.

Sobre el autor: Mario Cesar Lamique

Los cuerdos – Héctor García


"El falo verde deber quiere un palo verde", dijo Gutiérrez, y entonces concluimos que estaba loco y que había que matarlo. Así que tomamos a Mjölnir (siempre lo llevo conmigo) y procedimos. Acto seguido, le quitamos sus ropas y las devoramos.
Después del banquete desollamos el cadáver y con el cuero cubrimos nuestra desnudez. Se acercaba el invierno y el enfermero aún no había podido dar con un gasista como la gente...

Sobre el autor: Héctor García

Gira, gira - Rafael Blanco Vázquez


Hace diez días que estoy tomando antibióticos y que no pruebo una gota de alcohol (para ciertas cosas soy muy obediente).
Esta noche, por fin, me voy a meter semejante lingotazo de whisky sin hielo que ya se me está haciendo la boca agua.
Será un momento de una intensidad poco común, tan poco común que la vida seguirá su curso.

Tomado del blog: El hámster y otros cuentos

Sobre el autor: Rafael Blanco Vásquez

miércoles, 14 de enero de 2015

El plato del día - Sergio Gaut vel Hartman & Luciano Doti


Julius Finger no podía hacerle entender al cocinero jefe de la nave interestelar terrestre que había arribado al sistema planetario de Tau Ceti, que los nativos no eran comestibles.
—Parecen pavos —argumentó Jean-Pierre Debussy, que hasta el momento de la partida había sido chef principal del famoso restaurante Maxime's de Paris.
—Parecen pavos —le respondió Julius—, pero no son pavos. Tienen una tecnología espacial muy desarrollada y controlan sus naves telepáticamente.
Jean-Pierre aceptó de momento el veredicto de Julius, aunque aún no estaba muy convencido. Siguió observándolos como quien está eligiendo los ingredientes para elaborar el plato del día. Entonces, volvió a la carga.
—¿Y si sacrificamos uno solo? Para probar.
—Utilizarían sus naves para atacarnos.
—¿Y cómo es que lograron incrementar tanto sus habilidades telepáticas?
—No estoy seguro, pero con alas a modo de extremidades superiores, no les habrá quedado más opción que operar todo con la mente.

Acerca de los autores: Sergio Gaut vel Hartman & Luciano Doti

Un caserón del otro lado de la calle - Eduardo Poggi & Ada Inés Lerner


Desde su Nissan estacionado en la puerta del colegio, Lucanor miraba el viejo caserón del otro lado de la calle. Un portón de hierro oxidado daba acceso al pasillo exterior que bordeaba la casa cubierta por una tupida enredadera que dejaba adivinar los ventanales con celosías. Entonces abrió la puerta y se bajó del auto, caminó por los adoquines, y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad distinguió a un hombre sentado en las sombras. Se abrió una puerta y apareció una figura deforme, vacilante, que avanzó torpemente hacia el hombre sentado. Lucanor penetró en las tinieblas del caserón, y vio cuando dos cuerpos se revolcaban inmersos en una tormenta surgida de la nada. Un rayo los fulminó, y los muertos vivos quedaron carbonizados junto a la casa que ardía como una pira. Lucanor se regocijó por los dos nuevos conversos para su ejército de vampiros.

Acerca de los autores: Eduardo Poggi & Ada Inés Lerner

jueves, 1 de enero de 2015

Lo mismo en la vida que en la muerte - Alejandro Bentivoglio


Su afición al dinero continuó aún en la muerte. Así que cuando vio la barca de Caronte, preparó dos monedas falsas para pagar. El barquero tomó lo que se le daba y le indicó que subiera. El viaje fue largo y silencioso. Cuando llegaron a tierra, Caronte le hizo una seña para que bajara, ya estaba en la última morada de los muertos.
Al dar los primeros pasos encontró un enorme palacio de cartón pintado. Árboles de papel. Ridículos animales de telgopor.


Sobre el autor: Alejandro Bentivoglio
Tomado del blog: http://memoriasdeldakota.blogspot.com/

Los últimos de Howland - Xavier Blanco


Regresa otra vez la muerte disfrazada de ángel y los habitantes de Howland la aguardan, sentados en la quebrada, con sus túnicas blancas y sus collares de nautilo. Los seres que moran esas tierras son enjutos, como maderas carcomidas por la existencia, barbados de tundra, los ojos glaucos y sus cuerpos erosionados por la lluvia y el viento. Esos hombres son sólo memoria, un ovillo deshilachado de recuerdos: sin poder sucumbir y  sin poder engendrar, eternos pero solos. Y en el día de San Matías, porque así está escrito, el ángel negro retorna, señala con su dedo y, tensando su arco, dispara una flecha. Y ese haz de luz marca un único elegido que fallece y vuelve a germinar muerto, pero humano, en la luz que lo fosiliza. En ese relámpago, cuando la vida y la muerte interseccionan en una espera minúscula, los seres de Howland gritan en silencio, con los ojos, con el cuerpo, y lloran odio,  sollozan sangre. Para ellos el tiempo anida vacío como un erial pedregoso y solo queda volver a esperar sedientos, en el desierto de la perennidad, que retorne el querubín de la expiración y los enhebre con su estilete.

©  Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog Caleidoscopio 

Sobre el autor: Xavier Blanco

El chocolate y el paladar - Cristian Cano


¿Por qué empalagan los libros de poemas? ¿Por qué un escritor rompe en enojo y ríe en la soledad al escribir una novela?
El poema: es la máxima significancia en el mínimo significado… y como una andanada de chocolate, si se lee un libro en poco tiempo, empalagarse es posible. No seas angurriento como los poetas.
Y en la novela: Uno vive, a veces, con menos compromiso; pero eso no quita que se vivan dos vidas; por eso la rabieta, por eso… pequeños bombones comprados en los kioscos de un largo tiempo en soledad.
Sobre el autor: Cristian Cano

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sábila - Jaime Arturo Martínez Salgado


A la memoria de Juanita Romero Scott.
La joven pintora entró, decidida y optimista en aquel parque descolorido y gris. La esperaba su amante. En sus manos llevaba envuelto su último cuadro, una sábila que había escogido como modelo. Al verlo sentado en la banca de siempre, retiró la envoltura y con él de frente, caminó despacio a su encuentro. A su paso, todo copiaba los tonos verdes del cuadro, los árboles y las secas plantas se tiñeron de verde almendra, de verdejade, de verde lirio, de verde mirto, de verde musgo, de verdepensamiento y la estatua del prócer sonrió.

Sobre el autor: Jaime Arturo Martínez Salgado

El documento perdido - Carlos Rodríguez Arévalo


Había perdido sus papeles en un país ajeno al suyo, la pesadilla de todo viajero, había perdido todo, todo hasta su dinero, además no sabía hablar el idioma de esa nación y se preguntaba ¿ahora, qué haré? No le quedaba más que empezar a caminar hacia su país, lo único que le hacia falta era saber hacia donde quedaba el sur.

Tomado de Microtexteando

Sobr el autor: Carlos Rodríguez Arévalo

Siempre hay lugar en el fondo – Héctor Ranea


—¡Vamos que hay lugar, che… pasen! ¡Dejen lugar que en el fondo hay para todos! —grita el conductor.
—¡Pare, pare, que no somos ganado!
—¿Tas loco, tas? La tengo clara que no son ganado. Si lo fueran los trataría mejor. ¡Je!
—¡Sarnoso! —gritan los pasajeros.
—Griten… me importa medio rábano por no decir cosas más groseras por el lugar donde estamos.
—¿Dónde estamos? —dice un pasajero medio desorientado.
—Nunca falta un despistado —comenta el conductor al gil acompañante—. ¡No leyó las noticias, Don? Los trasladan a todos. Ahora que su Papa limpió el limbo, los sacan a todos. ¡Vamos, que no tengo toda la eternidad, suban, suban, carajo!
—¿Y adónde nos llevan? —se preocupa el despistado.
—¡Ah! No sé. Eso no es cosa mía. Pregunte en la oficina de deportación.
Mientras, la punta del alfiler se llenaba…

Sobre el autor: Héctor Ranea

Reestructuración – Sergio Gaut vel Hartman


─Prometo ─dijo el anciano encargado del depósito─ respetar y hacer respetar las normas de este lugar.
─Me alegro ─respondió sonriendo el nuevo gerente─; pero no se olvide de dejar salir alguna microficción de tanto en tanto.
─Mmm. ─La expresión del rostro del viejo guardián se tornó agria y desconfiada─. Soy el encargado del depósito, no el chico de los mandados.
─Alguna, de vez en cuando ─dijo el gerente, a sabiendas de lo que significaban las microficciones para el anciano. Es más celoso de lo que imaginaba, reflexionó.
─¿Puede ser esta? ─dijo el encargado después de una larga pausa, con la esperanza de no tener que gastar ni una de las microficciones que atesoraba desde hacía tanto tiempo.

Sobre el Autor: Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 18 de diciembre de 2014

Mundos paralelos – Eduardo Poggi & Carlos Enrique Saldivar


Todo cambió: el comedor, el dormitorio, la cocina, la casa misma. Quisiera saber qué ocurrió con aquellos que la habitaban. Sé que no murieron ni abandonaron el hogar de siempre. Sé que aquella tarde de energías violáceas terminó con ellos. Dudo de la razón que justifica al hecho, y sin embargo no dudo de que la yuxtaposición de mundos paralelos haya sido el comienzo.
¿Dónde están? Debo encontrarlos. Esperaré a que suceda de nuevo…
He dormido durante horas. Este sillón parece de piedra... un momento… este asiento es verde… el sofá en que me recosté era amarillo. ¡Ocurrió cuando yo descansaba!
Mis familiares deben estar aquí, grito sus nombres… No responden.
¡No puede ser! Estoy en un mundo distinto. En otra casa, enorme, desierta.
He fallado. Abro la puerta para salir y… todo es negro.
¡Jamás volveré a la Tierra!
Y mañana habrá nuevas energías violáceas que… ¡Maldita suerte!

Sobre los autores: Eduardo Poggi & Carlos Enrique Saldivar

La morada - Pascual Angel Rampi & Esteban Moscarda


El espacio era muy pequeño —las paredes heladas y de un material desconocido—. ¿Cuánto tiempo pasó desde que los desconocidos me alojaron en el habitáculo? ¿Tres días, dos meses, cuarenta años? ¿O siempre estuve allí y los desconocidos fueron producto de mi siniestra imaginación y el lugar mi tumba? No, no, tumba no; me alimentaron/alimenté por la sonda que penetraba en mi estómago. En el sepulcro no hay comida ni forma de suministrarla, por lo menos comida tal como la conocemos. Pero, ¿realmente me están/estoy alimentando?
En un momento se abre la siniestra puerta. El miedo hace presa de mis células. Veo a los desconocidos, comprendo sus formas. Son alienígenas.
—Estamos llegando a Regel II. Preparen a este humano para el banquete —dice uno de ellos.
Ahora entiendo. El final se acerca. Solo pido que se indigesten con mi carne.

Sobre los autores:  Pascual Angel Rampi & Esteban Moscarda

Los ecos del lugar - Sergio Gaut Vel Hartman & Ada Inés Lerner


El lugar al que llegamos estaba silencioso y frío. Las altas bóvedas amontonaban los ecos y devolvían las voces de los muertos transformadas en sordos sonidos de oleaje, de mareas inclementes, mientras que en las habitaciones contiguas no se oía otro ruido que el palpitar de los corazones de aquellos seres asustados. Me hubiera gustado que el viejo señor de Weberly estuviera allí, aunque no habría servido de gran ayuda: los que yacían muertos no resucitarían y los que estaban a punto de morir carecían de valor para afrontar lo que venía, necesitaban fe en el Creador, en sus propios principios. Yo sabía que el miedo aturde y les hablé, pensé que el tono calmo de mi voz más que el sentido de mis palabras les ayudarían a enfrentar lo inevitable, porque el temor no demora la fatalidad.

Sobre los autores: Sergio Gaut Vel Hartman & Ada Inés Lerner

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Todo sigue igual... - Héctor Ugalde

Todo sigue igual:
El Sol sale para todos...
Lo cortés no quita lo valiente.
El necio cree que todo lo sabe.
Más vale maña que fuerza.
El que busca encuentra.
Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
El que mucho abarca poco aprieta.
Quien mal anda mal acaba.
El que calla otorga.
La esperanza es lo último que se pierde.
El que parte y reparte se queda con la mejor parte.
Nadie escarmienta en cabeza ajena.
Lo que uno no quiere, el otro lo desea.
Más vale prevenir que curar.
El que ríe el último, ríe mejor.
El que siembra vientos recoge tempestades.
Y sin embargo, a pesar de todo, ya nada es igual...


Sobre el autor: Héctor Marcial Ugalde Corral

Frente a la tormenta - María Ofelia Ceballos

La tormenta de la noche anterior azotó los árboles cercanos la casa. Y comenzó la destrucción: ramas pequeñas, ramas grandes, muchas ramas se quebraron. Hasta un tronco comenzó a quebrarse. Sin embargo, cuando menos se lo esperaba, apareció una luz en el paisaje. Y no se trataba de rayos ni de relámpagos. Simplemente era una luz roja que comenzó a tener sobre los árboles su magia protectora. Y fue a sí que esa poción de la naturaleza comenzó a salvarse.

Las mariposas se suicidan - Maritza Álvarez

En el mes de agosto las mariposas acuden a suicidarse. Lo hacen en cualquier lugar. Vi como miles de ellas volando se pegaban contra el parabrisas de la camioneta donde viajaba, eran de muchos colores pero todas tenían un mismo norte: morir allí. Para otros quizás es un espectáculo trivial, pero para mí adoradora de las mariposas, era una elegía. Sí, ese canto triste, no podía entender por qué se suicidan, si son tan hermosas y además Dios les dio el don de volar. Así absorta en el paisaje, vi como de una bosta de Vaca salían miles de mariposas multicolores, todas pequeñitas. Fue allí cuando entendí el misterio; solo se estaban renovando, púes así como morían, nacían. Pensé en la levedad del ser, en el alfa y el omega, el principio y el fin.

Quien tiene el control es quien manda - Erath Juárez

El látigo irrumpió el aire y se estrelló contra la piel de ébano. El negro se sacudió como si el golpe hubiera penetrado hasta el cartílago. El verdugo, un bárbaro de la Germania, era pésimo para la tortura. No tenía ni el más mínimo vínculo con la Roma, pero era rápido y sus servicios eran casi gratuitos. El vástago del esclavo esperaba su turno bajo el cálido cielo de la Arena. El público gritaba con el estímulo visual y sangriento de lo que acontecía.

—Te he dicho que no me gustan las películas de esta temática. Mucho menos después de aquél sórdido escándalo del protagonista. Prefiero el humor cáustico de Allen o el horror pestífero de Craven.

Dicho esto. La novia le dio click al ícono de “películas de horror” y el novio tuvo que aguantarse.

El autor:  Erath Juárez

jueves, 4 de diciembre de 2014

Terremoto - Estefanía Páez

Estaba en hora de clase; la profesora de geografía daba un tema que hasta el momento desconozco en un idioma extraño.
Sólo yo percibí el movimiento inverosímil del banco que se tambaleaba sin razón aparente, antes de que cualquiera lo notara.
Atiné a esconderme bajo el banco, antes de que el techo se derrumbara sobre nosotros.
Después del descalabro salí de mi escondite y vi, con horror, a mis compañeros yaciendo ensangrentados, entre escombros, ninguno parecía estar vivo. Intenté salir de la destruida aula por un agujero que se había formado en la pared, entonces escuché la voz débil de mi compañera de banco llamándome desde un lugar lejano; y desperté cuando sonaba el timbre y todos mis compañeros salían alborotados al recreo.

Tomado del blog de autores santiagueños En Los Esteros

Metamorfosis - Condessa Nadja


Algo enverdeció mi cara. Sentí piedad de mí. El espejo me proyectaba una imagen escalofriante. Alguna enfermedad me estaba aguardando. Me abrí la bata y una cicatriz apareció en mi torax. Nunca me operé de cosa alguna. Mi desconcierto aumentó, tenia una costra de alguna herida en mi muñeca.
—¡Oigan no es lo que piensan! No soy suicida.
Tomé un cuchillo de la cocina y me raspé la herida. Escuché un sonido y estaba justo bajo mi piel. Acerqué la muñeca a mi oído y ahí estaba, era intermitente. Seguir seria suicida. Me sentí mareado. No podía más...
Me dormí. Escuche ruidos. Quise despertar. No pude. Y unas voces con idioma desconocido casi electrónico se comunicaban ahí afuera.
En mi intento por abrir los ojos, veo mis manos... A través de una imagen borrosa observo que solo tengo tres dedos en cada una.

Sobre la autora: Condessa Nadja.

El robot - Raquel Sequeiro


«Soñamos con un mundo de máquinas. Soñamos con un mundo de construcciones blancas inteligentes. Te digo que no dejo de soñarte...» «Era el miedo, ese miedo a abandonar lo que somos y ser de otra manera, embalsamados como momias, para que nuestros sentimientos -que conocíamos tan bien- desapareciesen. El Mutante dice que han mutado. Yo observo el gris del cielo, las bombas cayendo, mutando, mutatis mutandis: Son como balas onomatopéyicas, esquivando la muerte durante tantos siglos; la raza humana ha conseguido una transformación enorme, sobre todo en la robótica y en el capital, entendido como algo distinto a los execuo-Bonos del Estado Ulterior de Lanisppolaneuss».
«Soñamos un mundo de máquinas, habitamos un mundo de máquinas. Todo el mundo tiene miedo a pensar que esto es positivo. ¡Vivir en uno de esos enormes planetas a los que se les ha condonado la sentencia!». Me llama con la mano extendida.

Sobre la autora: Raquel Sequeiro.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Sontag – José María Pallaoro

En el breve atardecer, la noche desnace al hijo. La lluvia cae salpicando las naranjas que aún no pude juntar. Hace frío en el galpón de los sueños, y a ella le agrada la fotografía perfecta del amor. Su nombre vibra lejos, como el negro cigarrillo que seguro se consume entre sus dedos. Hay un humo que se disipa junto al corte de luz involuntario. A oscuras, cierra los ojos y, en el hueco que dejó mi corazón extirpado hace más de seis años, ve nuestro atardecer mojado de jugos ilícitos.

El autor: José María Pallaoro

El Conde Marco - Guillermo Rossini

Recordó el salón, atiborrado de muebles de ébano e iconos tribales: un ambiente místico, cálido. Las tardes con el Conde Marco, que hablaba rápido un pésimo ingles y era apasionado por la temática africana, eran casi mágicas cuando contaba del sórdido continente, el manejo del látigo y hacía algún cáustico comentario sobre el vástago del Rey Ammbu, el bárbaro gobernante de la tribu de los Rajiies, que usaban un cartílago atravesado en la frente.
El Conde no necesitaba mucho estímulo para hablar: con sólo mencionar la famosa película “El pestífero mundo de la selva” y teniendo un interlocutor válido, era imparable.
La casa estaba abandonada. El Conde –según los diarios- había muerto en un accidente. Se acercó hasta la ventana del frente y miró a través de un mínimo resquicio entre las tablas. Le pareció ver una mano alzando una copa delante del rostro de un niño asombrado, feliz.

Sobre el autor:  Guillermo Rossini

Superella - Lucio Maggi

—Ésto tiene menos desarrollo que Sudán.
Quiso ser cáustico, pero quedó pésimo.
—Personaje flaco. Ni ícono de la moda, ni heroismo mínimo. Coger un poco, bueno; es válido porque sabemos que los superhéroes no la ponen. Pero esta mina es del porno sórdido, de película berreta.
Apagué la estufa. El ambiente había pasado de "cálido" a "calor bárbaro". Y el machaqueo seguía.
—Demasiado trola. Cualquier estímulo, rápido polvete. Y cero vínculo con la realidad.
Me tiré un pedo pestífero. Sonó como un cartílago roto. Restalló como un látigo. Abrí la ventana.
—Temática pobre. No pretendo algo místico, no; ¡pero bueno!
Agarré una lapicera con el tanque explotado. Carajo. Y cuando me quise lavar, el vástago de la canilla giraba en falso. Dios.
—¿Vos que opinás?
Corté el teléfono. Encendí el audio. Empezó a sonar "Ébano y marfil", de Jackson y Mc Cartney.
Suficiente por hoy.

El autor: Lucio Maggi

Pampa y Lavía - Ana Silvia Mazía

Pampa y Lavía eran inseparables. A todas partes, juntos.
Así se les había ido la vida, casi, pero ellos, nada. Si no era juntos, nada.
Incluso cuando el dueño llamaba, severo:
¡Pampa! porque él, Pampa, se había parado a mear junto a un arbolito.
Incluso entonces, Lavía andaba cerca. Sólo se habría detenido unos minutos a olfatear un rastro ajeno. Pero en cuanto oía que el patrón lo llamaba a él, se apresuraba a ponerse, ella también, a la par.
Flacos y estropeados, tanto él como ella, pero juntos, qué tanto.

La autora: Ana Silvia Mazía

martes, 25 de noviembre de 2014

Demasiada risa – Carlos Enrique Saldívar y Ana Caliyuri



Estoy en la calle y tengo deseos de reír. No sé cómo ni por qué. Me río de todo y de todos; avanzo por la avenida, tambaleando, sin poder controlar mis estridentes carcajadas. Tan poderosamente me mato de risa que siento a mis entrañas a punto de salirse.
Unos pandilleros ofendidos me rodean y uno de ellos me dice: «¿De qué te ríes, huevón?».
Señalo con mi dedo aquella cara de rata y me río más fuerte que nunca. El tipo visiblemente molesto comienza a apretar con sus dos manos mi garganta. A punto de expirar saco fuerzas de los recuerdos de mi historia genética ancestral. Zafo de la opresión; siento extenderse mis dos colmillos, se los clavo en la yugular. Un hilo de sangre completa el cuadro. Me mira desorbitado y comienza a reír a carcajadas, no sabe bien cómo, pero ahora sí él conoce el por qué.


Los Autores: Ana Caliyuri, Carlos Enrique Saldívar

La contención de las sombras – Carlos Enrique Saldivar & Esteban Moscarda







Existe un mundo horripilante dentro de mí, un universo plagado de aberrantes demonios que realizan orgías de sangre y destrucción todo el tiempo, lo cual me produce un inmenso dolor; estos seres tenebrosos muy pronto acabarán con el último rincón bondadoso de mi cuerpo. En cuanto exterminen mi última célula limpia, estas horrendas criaturas escaparán fuera de mi organismo e invadirán el planeta. No debo permitir que eso ocurra. El suicidio no es una opción.

Queda poco tiempo. Sin embargo, se me acaba de ocurrir una idea. Comencé a escribir. Mi madre me mira como loca, con sus ojos de piedra. Mis escritos versarán sobre dichos horrores, sobre el caos que repta adentro y afuera, más allá de las cálidas estrellas. Ya tengo un par de cuentos. La firma abajo tranquiliza a los monstruos: H. P. Lovecraft.

Los Autores: Carlos Enrique Saldívar, Esteban Moscarda

Cierto pacto – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar




—Quiero tres deseos —dijo el hombrecillo.
—Soy el diablo, no soy un genio, no concedo deseos —objetó el Príncipe de las Tinieblas. Intentaba disipar la nube de azufre que lo envolvía dando manotazos aleatorios.
—Pero quiero tres deseos —insistió el otro.
—Mmm, la jurisprudencia diabólica —dijo el Oscuro, mientras sacaba pergaminos de su negra capa—, no tiene nada al respecto. Bueno, te ofrezco tres deseos a cambio de tu alma, solo firma aquí.
El hombrecillo firmó y dijo:
—Quiero ser el hombre más rico del mundo. El más famoso del mundo. Y el más bello del mundo.
—Hecho.
—Uhm… no sentí el cambio.
—Sí, eres dueño de una inmensa fortuna, está escondida en algún rincón del planeta, búscala; eres más famoso que el mismísimo Adolf Hitler, y eres una verdadera hermosura, mírate en el espejo. Adiós.
El hombrecillo buscaba una fuente para contemplarse cuando lo rodearon los violadores.


Los Autores: Alejandro Bentivoglio, Carlos Enrique Saldivar

Noche fiera y sin alcohol — Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar




Cuando ya solo se oyó el sonido del viento y el rugido de las olas golpeando furiosas el viejo muelle de madera, encaré a Kurt y, tras estrellar la botella de ajenjo contra el bargueño de cedro, le hice la pregunta decisiva.
—¿Qué vas a tomar ahora?
—¿Tu sangre? —rió.
—Lo dudo —repliqué sin inmutarme—. Tiene tan poco alcohol como la leche.
—No bromeo, ¿podría morderte el cuello y beber de ahí hasta dejarte seco?
—Estás bastante ebrio, hip.
—Quizá, pero aún tengo sed.
—¿Como un chupasangre?
—Sí.
—Imposible, hip. Los vampiros no beben licor. Hubieras vomitado.
—Supongo que he escupido todo el ajenjo.
—No te vi.
—De seguro fui rápido.
—¡Y un despilfarrador!
—Cállate, voy a clavarte mis colmillos.
Lo hizo, y pronto comenzó a toser sangre. Luego se durmió.
Estando borracho, Kurt siempre olvidaba que yo también era un «no muerto» y que sí podíamos embriagarnos.


Los Autores: Sergio Gaut vel Hartman, Carlos Enrique Saldívar