jueves, 18 de diciembre de 2014

Mundos paralelos – Eduardo Poggi & Carlos Enrique Saldivar


Todo cambió: el comedor, el dormitorio, la cocina, la casa misma. Quisiera saber qué ocurrió con aquellos que la habitaban. Sé que no murieron ni abandonaron el hogar de siempre. Sé que aquella tarde de energías violáceas terminó con ellos. Dudo de la razón que justifica al hecho, y sin embargo no dudo de que la yuxtaposición de mundos paralelos haya sido el comienzo.
¿Dónde están? Debo encontrarlos. Esperaré a que suceda de nuevo…
He dormido durante horas. Este sillón parece de piedra... un momento… este asiento es verde… el sofá en que me recosté era amarillo. ¡Ocurrió cuando yo descansaba!
Mis familiares deben estar aquí, grito sus nombres… No responden.
¡No puede ser! Estoy en un mundo distinto. En otra casa, enorme, desierta.
He fallado. Abro la puerta para salir y… todo es negro.
¡Jamás volveré a la Tierra!
Y mañana habrá nuevas energías violáceas que… ¡Maldita suerte!

Sobre los autores: Eduardo Poggi & Carlos Enrique Saldivar

La morada - Pascual Angel Rampi & Esteban Moscarda


El espacio era muy pequeño —las paredes heladas y de un material desconocido—. ¿Cuánto tiempo pasó desde que los desconocidos me alojaron en el habitáculo? ¿Tres días, dos meses, cuarenta años? ¿O siempre estuve allí y los desconocidos fueron producto de mi siniestra imaginación y el lugar mi tumba? No, no, tumba no; me alimentaron/alimenté por la sonda que penetraba en mi estómago. En el sepulcro no hay comida ni forma de suministrarla, por lo menos comida tal como la conocemos. Pero, ¿realmente me están/estoy alimentando?
En un momento se abre la siniestra puerta. El miedo hace presa de mis células. Veo a los desconocidos, comprendo sus formas. Son alienígenas.
—Estamos llegando a Regel II. Preparen a este humano para el banquete —dice uno de ellos.
Ahora entiendo. El final se acerca. Solo pido que se indigesten con mi carne.

Sobre los autores:  Pascual Angel Rampi & Esteban Moscarda

Los ecos del lugar - Sergio Gaut Vel Hartman & Ada Inés Lerner


El lugar al que llegamos estaba silencioso y frío. Las altas bóvedas amontonaban los ecos y devolvían las voces de los muertos transformadas en sordos sonidos de oleaje, de mareas inclementes, mientras que en las habitaciones contiguas no se oía otro ruido que el palpitar de los corazones de aquellos seres asustados. Me hubiera gustado que el viejo señor de Weberly estuviera allí, aunque no habría servido de gran ayuda: los que yacían muertos no resucitarían y los que estaban a punto de morir carecían de valor para afrontar lo que venía, necesitaban fe en el Creador, en sus propios principios. Yo sabía que el miedo aturde y les hablé, pensé que el tono calmo de mi voz más que el sentido de mis palabras les ayudarían a enfrentar lo inevitable, porque el temor no demora la fatalidad.

Sobre los autores: Sergio Gaut Vel Hartman & Ada Inés Lerner

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Todo sigue igual... - Héctor Ugalde

Todo sigue igual:
El Sol sale para todos...
Lo cortés no quita lo valiente.
El necio cree que todo lo sabe.
Más vale maña que fuerza.
El que busca encuentra.
Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
El que mucho abarca poco aprieta.
Quien mal anda mal acaba.
El que calla otorga.
La esperanza es lo último que se pierde.
El que parte y reparte se queda con la mejor parte.
Nadie escarmienta en cabeza ajena.
Lo que uno no quiere, el otro lo desea.
Más vale prevenir que curar.
El que ríe el último, ríe mejor.
El que siembra vientos recoge tempestades.
Y sin embargo, a pesar de todo, ya nada es igual...


Sobre el autor: Héctor Marcial Ugalde Corral

Frente a la tormenta - María Ofelia Ceballos

La tormenta de la noche anterior azotó los árboles cercanos la casa. Y comenzó la destrucción: ramas pequeñas, ramas grandes, muchas ramas se quebraron. Hasta un tronco comenzó a quebrarse. Sin embargo, cuando menos se lo esperaba, apareció una luz en el paisaje. Y no se trataba de rayos ni de relámpagos. Simplemente era una luz roja que comenzó a tener sobre los árboles su magia protectora. Y fue a sí que esa poción de la naturaleza comenzó a salvarse.

Las mariposas se suicidan - Maritza Álvarez

En el mes de agosto las mariposas acuden a suicidarse. Lo hacen en cualquier lugar. Vi como miles de ellas volando se pegaban contra el parabrisas de la camioneta donde viajaba, eran de muchos colores pero todas tenían un mismo norte: morir allí. Para otros quizás es un espectáculo trivial, pero para mí adoradora de las mariposas, era una elegía. Sí, ese canto triste, no podía entender por qué se suicidan, si son tan hermosas y además Dios les dio el don de volar. Así absorta en el paisaje, vi como de una bosta de Vaca salían miles de mariposas multicolores, todas pequeñitas. Fue allí cuando entendí el misterio; solo se estaban renovando, púes así como morían, nacían. Pensé en la levedad del ser, en el alfa y el omega, el principio y el fin.

Quien tiene el control es quien manda - Erath Juárez

El látigo irrumpió el aire y se estrelló contra la piel de ébano. El negro se sacudió como si el golpe hubiera penetrado hasta el cartílago. El verdugo, un bárbaro de la Germania, era pésimo para la tortura. No tenía ni el más mínimo vínculo con la Roma, pero era rápido y sus servicios eran casi gratuitos. El vástago del esclavo esperaba su turno bajo el cálido cielo de la Arena. El público gritaba con el estímulo visual y sangriento de lo que acontecía.

—Te he dicho que no me gustan las películas de esta temática. Mucho menos después de aquél sórdido escándalo del protagonista. Prefiero el humor cáustico de Allen o el horror pestífero de Craven.

Dicho esto. La novia le dio click al ícono de “películas de horror” y el novio tuvo que aguantarse.

El autor:  Erath Juárez

jueves, 4 de diciembre de 2014

Terremoto - Estefanía Páez

Estaba en hora de clase; la profesora de geografía daba un tema que hasta el momento desconozco en un idioma extraño.
Sólo yo percibí el movimiento inverosímil del banco que se tambaleaba sin razón aparente, antes de que cualquiera lo notara.
Atiné a esconderme bajo el banco, antes de que el techo se derrumbara sobre nosotros.
Después del descalabro salí de mi escondite y vi, con horror, a mis compañeros yaciendo ensangrentados, entre escombros, ninguno parecía estar vivo. Intenté salir de la destruida aula por un agujero que se había formado en la pared, entonces escuché la voz débil de mi compañera de banco llamándome desde un lugar lejano; y desperté cuando sonaba el timbre y todos mis compañeros salían alborotados al recreo.

Tomado del blog de autores santiagueños En Los Esteros

Metamorfosis - Condessa Nadja


Algo enverdeció mi cara. Sentí piedad de mí. El espejo me proyectaba una imagen escalofriante. Alguna enfermedad me estaba aguardando. Me abrí la bata y una cicatriz apareció en mi torax. Nunca me operé de cosa alguna. Mi desconcierto aumentó, tenia una costra de alguna herida en mi muñeca.
—¡Oigan no es lo que piensan! No soy suicida.
Tomé un cuchillo de la cocina y me raspé la herida. Escuché un sonido y estaba justo bajo mi piel. Acerqué la muñeca a mi oído y ahí estaba, era intermitente. Seguir seria suicida. Me sentí mareado. No podía más...
Me dormí. Escuche ruidos. Quise despertar. No pude. Y unas voces con idioma desconocido casi electrónico se comunicaban ahí afuera.
En mi intento por abrir los ojos, veo mis manos... A través de una imagen borrosa observo que solo tengo tres dedos en cada una.

Sobre la autora: Condessa Nadja.

El robot - Raquel Sequeiro


«Soñamos con un mundo de máquinas. Soñamos con un mundo de construcciones blancas inteligentes. Te digo que no dejo de soñarte...» «Era el miedo, ese miedo a abandonar lo que somos y ser de otra manera, embalsamados como momias, para que nuestros sentimientos -que conocíamos tan bien- desapareciesen. El Mutante dice que han mutado. Yo observo el gris del cielo, las bombas cayendo, mutando, mutatis mutandis: Son como balas onomatopéyicas, esquivando la muerte durante tantos siglos; la raza humana ha conseguido una transformación enorme, sobre todo en la robótica y en el capital, entendido como algo distinto a los execuo-Bonos del Estado Ulterior de Lanisppolaneuss».
«Soñamos un mundo de máquinas, habitamos un mundo de máquinas. Todo el mundo tiene miedo a pensar que esto es positivo. ¡Vivir en uno de esos enormes planetas a los que se les ha condonado la sentencia!». Me llama con la mano extendida.

Sobre la autora: Raquel Sequeiro.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Sontag – José María Pallaoro

En el breve atardecer, la noche desnace al hijo. La lluvia cae salpicando las naranjas que aún no pude juntar. Hace frío en el galpón de los sueños, y a ella le agrada la fotografía perfecta del amor. Su nombre vibra lejos, como el negro cigarrillo que seguro se consume entre sus dedos. Hay un humo que se disipa junto al corte de luz involuntario. A oscuras, cierra los ojos y, en el hueco que dejó mi corazón extirpado hace más de seis años, ve nuestro atardecer mojado de jugos ilícitos.

El autor: José María Pallaoro

El Conde Marco - Guillermo Rossini

Recordó el salón, atiborrado de muebles de ébano e iconos tribales: un ambiente místico, cálido. Las tardes con el Conde Marco, que hablaba rápido un pésimo ingles y era apasionado por la temática africana, eran casi mágicas cuando contaba del sórdido continente, el manejo del látigo y hacía algún cáustico comentario sobre el vástago del Rey Ammbu, el bárbaro gobernante de la tribu de los Rajiies, que usaban un cartílago atravesado en la frente.
El Conde no necesitaba mucho estímulo para hablar: con sólo mencionar la famosa película “El pestífero mundo de la selva” y teniendo un interlocutor válido, era imparable.
La casa estaba abandonada. El Conde –según los diarios- había muerto en un accidente. Se acercó hasta la ventana del frente y miró a través de un mínimo resquicio entre las tablas. Le pareció ver una mano alzando una copa delante del rostro de un niño asombrado, feliz.

Sobre el autor:  Guillermo Rossini

Superella - Lucio Maggi

—Ésto tiene menos desarrollo que Sudán.
Quiso ser cáustico, pero quedó pésimo.
—Personaje flaco. Ni ícono de la moda, ni heroismo mínimo. Coger un poco, bueno; es válido porque sabemos que los superhéroes no la ponen. Pero esta mina es del porno sórdido, de película berreta.
Apagué la estufa. El ambiente había pasado de "cálido" a "calor bárbaro". Y el machaqueo seguía.
—Demasiado trola. Cualquier estímulo, rápido polvete. Y cero vínculo con la realidad.
Me tiré un pedo pestífero. Sonó como un cartílago roto. Restalló como un látigo. Abrí la ventana.
—Temática pobre. No pretendo algo místico, no; ¡pero bueno!
Agarré una lapicera con el tanque explotado. Carajo. Y cuando me quise lavar, el vástago de la canilla giraba en falso. Dios.
—¿Vos que opinás?
Corté el teléfono. Encendí el audio. Empezó a sonar "Ébano y marfil", de Jackson y Mc Cartney.
Suficiente por hoy.

El autor: Lucio Maggi

Pampa y Lavía - Ana Silvia Mazía

Pampa y Lavía eran inseparables. A todas partes, juntos.
Así se les había ido la vida, casi, pero ellos, nada. Si no era juntos, nada.
Incluso cuando el dueño llamaba, severo:
¡Pampa! porque él, Pampa, se había parado a mear junto a un arbolito.
Incluso entonces, Lavía andaba cerca. Sólo se habría detenido unos minutos a olfatear un rastro ajeno. Pero en cuanto oía que el patrón lo llamaba a él, se apresuraba a ponerse, ella también, a la par.
Flacos y estropeados, tanto él como ella, pero juntos, qué tanto.

La autora: Ana Silvia Mazía

martes, 25 de noviembre de 2014

Demasiada risa – Carlos Enrique Saldívar y Ana Caliyuri



Estoy en la calle y tengo deseos de reír. No sé cómo ni por qué. Me río de todo y de todos; avanzo por la avenida, tambaleando, sin poder controlar mis estridentes carcajadas. Tan poderosamente me mato de risa que siento a mis entrañas a punto de salirse.
Unos pandilleros ofendidos me rodean y uno de ellos me dice: «¿De qué te ríes, huevón?».
Señalo con mi dedo aquella cara de rata y me río más fuerte que nunca. El tipo visiblemente molesto comienza a apretar con sus dos manos mi garganta. A punto de expirar saco fuerzas de los recuerdos de mi historia genética ancestral. Zafo de la opresión; siento extenderse mis dos colmillos, se los clavo en la yugular. Un hilo de sangre completa el cuadro. Me mira desorbitado y comienza a reír a carcajadas, no sabe bien cómo, pero ahora sí él conoce el por qué.


Los Autores: Ana Caliyuri, Carlos Enrique Saldívar

La contención de las sombras – Carlos Enrique Saldivar & Esteban Moscarda







Existe un mundo horripilante dentro de mí, un universo plagado de aberrantes demonios que realizan orgías de sangre y destrucción todo el tiempo, lo cual me produce un inmenso dolor; estos seres tenebrosos muy pronto acabarán con el último rincón bondadoso de mi cuerpo. En cuanto exterminen mi última célula limpia, estas horrendas criaturas escaparán fuera de mi organismo e invadirán el planeta. No debo permitir que eso ocurra. El suicidio no es una opción.

Queda poco tiempo. Sin embargo, se me acaba de ocurrir una idea. Comencé a escribir. Mi madre me mira como loca, con sus ojos de piedra. Mis escritos versarán sobre dichos horrores, sobre el caos que repta adentro y afuera, más allá de las cálidas estrellas. Ya tengo un par de cuentos. La firma abajo tranquiliza a los monstruos: H. P. Lovecraft.

Los Autores: Carlos Enrique Saldívar, Esteban Moscarda

Cierto pacto – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar




—Quiero tres deseos —dijo el hombrecillo.
—Soy el diablo, no soy un genio, no concedo deseos —objetó el Príncipe de las Tinieblas. Intentaba disipar la nube de azufre que lo envolvía dando manotazos aleatorios.
—Pero quiero tres deseos —insistió el otro.
—Mmm, la jurisprudencia diabólica —dijo el Oscuro, mientras sacaba pergaminos de su negra capa—, no tiene nada al respecto. Bueno, te ofrezco tres deseos a cambio de tu alma, solo firma aquí.
El hombrecillo firmó y dijo:
—Quiero ser el hombre más rico del mundo. El más famoso del mundo. Y el más bello del mundo.
—Hecho.
—Uhm… no sentí el cambio.
—Sí, eres dueño de una inmensa fortuna, está escondida en algún rincón del planeta, búscala; eres más famoso que el mismísimo Adolf Hitler, y eres una verdadera hermosura, mírate en el espejo. Adiós.
El hombrecillo buscaba una fuente para contemplarse cuando lo rodearon los violadores.


Los Autores: Alejandro Bentivoglio, Carlos Enrique Saldivar

Noche fiera y sin alcohol — Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar




Cuando ya solo se oyó el sonido del viento y el rugido de las olas golpeando furiosas el viejo muelle de madera, encaré a Kurt y, tras estrellar la botella de ajenjo contra el bargueño de cedro, le hice la pregunta decisiva.
—¿Qué vas a tomar ahora?
—¿Tu sangre? —rió.
—Lo dudo —repliqué sin inmutarme—. Tiene tan poco alcohol como la leche.
—No bromeo, ¿podría morderte el cuello y beber de ahí hasta dejarte seco?
—Estás bastante ebrio, hip.
—Quizá, pero aún tengo sed.
—¿Como un chupasangre?
—Sí.
—Imposible, hip. Los vampiros no beben licor. Hubieras vomitado.
—Supongo que he escupido todo el ajenjo.
—No te vi.
—De seguro fui rápido.
—¡Y un despilfarrador!
—Cállate, voy a clavarte mis colmillos.
Lo hizo, y pronto comenzó a toser sangre. Luego se durmió.
Estando borracho, Kurt siempre olvidaba que yo también era un «no muerto» y que sí podíamos embriagarnos.


Los Autores: Sergio Gaut vel Hartman, Carlos Enrique Saldívar

domingo, 23 de noviembre de 2014

Fantasmas en el jardín – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Desde 1714, los alemanes con inquietudes espirituales estudiaban para ser curas en el seminario Joseph Ratzius Aloisinger de Dresde. Llegó el nazismo y el lugar se transformó en semenario, el sitio en el que los jóvenes de la Neue Deutschland se preparaban para perpetuar la raza con eficiencia. En nuestros días, convertido en escuela de primeras letras, los maestros toman precauciones para que los niños no se asomen a las ventanas y vean paseándose por el jardín a los fantasmas de los antiguos estudiantes. Una buena sexualidad, dice el director, Arnold Negger-Schwartz, es la base de una vida feliz.

Sobre los Autores: Héctor Ranea y Sergio Gaut vel Hartman

El juez - José Vicente Ortuño


El Juez, con mano temblorosa, cerró el expediente en el que figuraba un nombre: Alberto Anastasio. Al mafioso lo habían encontrado muerto de un hachazo en el cráneo. El magistrado esperaba que nadie encontrase ninguna relación entre él y el hampón. Por suerte, éste también tenía sobornada a la policía. Estaba a salvo, al igual que los políticos locales y funcionarios de alto nivel.
Cuando el comisario entró en su despacho y sacó un hacha ensangrentada de una bolsa, se preguntó por qué venía a enseñarse el arma del crimen. Lo comprendió todo durante el segundo que tardó el policía en abrirle el cráneo con ella.
El justiciero abandonó la escena del crimen en busca de su siguiente objetivo.

‎La garza - Fernando Andrés Puga


La niña del cielo intenta captar mi atención. Extiende hacia mí la punta de su dedo. En el borde de la uña, apenas visible, un pellejito sangra.
—Mirá lo que me pasó — dice en su media lengua que el tiempo me ha ido enseñando a comprender. A continuación, yo le señalo un pequeño raspón en mi dedo índice. Lo mira con detenimiento y deja ver esos diamantes que brillan a la espera de un cincel.
Luego despliega las alas. Aletea. Asciende hacia las nubes. Ajenas a este mundo fulguran sus largas sonatas melancólicas; más allá, siempre más allá de la prosaica sucesión de los días. En picada se lanza sobre el piano y captura de a una las notas. La garza camina en puntas de pie sobre las teclas, tintinea y se desvanece ante mis ojos. Por el aire, una cadencia la sigue hasta las estrellas.

Sobre el autor: Fernando Puga
Ilustración: Gala Moscoso

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La horazontalidad - Carlos Rodríguez Arévalo


Un hombre había perdido la capacidad de caminar sobre el horizonte, caminaba siempre sobre las verticales, siempre en las paredes, en las barandas, en las ventanas, en los lugares donde nunca nadie podía hacerlo. El problema era el tropezar con la gente que sí caminaba normal, porque era cuestión de agacharse para que alguien pasara por el mismo lugar si este era un pasillo estrecho. Él ya se había acostumbrado pero había algo que lo molestaba y es que nunca había encontrado una pareja, todas se quejaban de lo difícil que era besar en forma de cruz. Un día encontró a su pareja perfecta, una mujer que no tenía sentido de gravedad por lo que la horizontalidad o la verticalidad era más una cuestión de decisión.

Tomado de Microtexteando

Deshoras – Sergio Gaut vel Hartman


─Me quedo trabajando, querida. Supongo que no terminaremos antes de la una o dos de la mañana. El balance...
─Ay, qué pena. ¿En serio no querés venir a comer los ravioli con salsa de hongos que preparé?
─Me encantaría, amor, pero ya sabés cómo es mi jefe.
─¿El gordo? Sí que lo sé; él aprecia mis ravioli.
─¿Aprecia? Si nunca lo invitamos a comer...
─No estés tan seguro, bichi.
─Esperá que le pregunto; no recuerdo que haya venido a cenar a casa...
─Dejá, mejor le pregunto yo.

Sobre el Autor: Sergio Gaut vel Hartman

Ráfaga pampera o variaciones sobre temas gauchescos – Héctor Ranea


Tengo un poco ensombrecida mi sesera, pero ya se me está haciendo la noche en la mitá de la pampa y lucero que no escurece sirve para otra querencia así como vaca que cambia lechero se pone la teta´e punta.
Y con esto quiero decir que no por mucho madrugar me vuá dormir más temprano porque el gaucho no es taimáu ni guarda para la ocasión juanete que no es de chancho es al ñudo que lo fajen.

Sobre el autor: Héctor Ranea

El policía - José Vicente Ortuño

El comisario miró el cadáver con gesto inexpresivo. Había visto tantos que ya no le causaban ningún tipo de sensación. El que tenía delante, en otro tiempo, quizás le habría provocado un poco de satisfacción. Era el cuerpo de un capo mafioso local, dueño de multitud de negocios sucios. No era peor que cualquier otro. Lo malo eran sus aspiraciones políticas. Pero, después de que el hacha le abriese el cráneo, congelando su expresión de sorpresa y desconcierto, ya no aspiraba a nada —ni siquiera aspira aire—, pensó.
El comisario limpió el hacha en el carísimo traje, que vestía el muerto, y la guardó en la bolsa de deporte donde la había traído, luego dio media vuelta y salió, dejando atrás la escena del crimen a la que volvería más tarde, con sus compañeros de la Brigada de Homicidios. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

El mafioso - José Vicente Ortuño

Don Alberto Anastasio era el dueño de todos los negocios sucios del distrito Marítimo. Controlaba las apuestas, la prostitución, el tráfico de drogas y el contrabando de tabaco del puerto. Pero no estaba satisfecho. Tenía comprados a los políticos locales que gobernaban y los de la oposición, así se aseguraba tener siempre el control. Pero cuando más dinero y poder se tiene, más se desea, por eso decidió entrar en política. Empezaría por ser alcalde de su ciudad, luego saltaría a la capital, podría ser ministro o presidente del gobierno.
Cuando el hombre de mirada torva entró en su despacho y le partió el cráneo con un hacha, sus sueños de grandeza se evaporaron en un instante. 

Diario de peregrinos pajueranos pentecostales – Daniel Alcoba


El siete de noviembre entramos en Cochabamba con el Zurdo, disfrazados de otros. Íbamos de derviches giróvagos, moviéndonos como trompos dormidos sin parar de cantar los versos de al-Rumi mediante altavoces diminutos que ocultábamos en los turbantes (ignoramos el árabe y los derviches son letrados místicos). 
El ocho buscamos el potrero del Diario de Bolivia, expuestos a las garrapatas como el comandante. Había también mosquitos, jejenes y zancudos. Y una rata, que se comió la puntera de la bota y un pedazo del dedo gordo derecho del Zurdo. (Debió dormirse durante la guardia, algo que sin duda nunca admitirá.) Esta es una baja que nos infligió una rata el nueve. 
El diez de noviembre el Zurdo, con la bota agujereada en la punta y el pulgar vendado, llamaba la atención como un caballo con bufanda; esta vez la de perros cimarrones que se lo almorzaron, comenzando por el pulgar.

Acerca del autor: Daniel Alcoba

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Bay, bay biscuit – Guillermo Vidal


Se despidió con la ternura contenida en una frase casual, como si no fuera más que una separación momentánea. Un beso esquivo, sin fijar la mirada, para esconder la tristeza de la partida. Los dos sabían del para siempre pero jugó al héroe recio entregado a su tarea. ¿Había una canción que tenía ese estribillo ridículo? Bay, bay biscuit, repitió ya en la puerta acompañando las palabras con una melodía tristona. Estoy en el horno, pensó, y nadie va a retirarme hasta que me consuma el fuego y la nostalgia. Ojala no importara la distancia pero cuanto más se extiende, más se sufre. Ni intento ya cubrir la brecha con algún sustituto, se los traga como un agujero negro No me duele el corazón como relatan las novelas y los poetas, se me parte la cabeza en dos, un pedazo que se va, allá adonde vayas y yo aquí.

Acerca del autor: Guillermo Vidal

Un cuento más - Sergio Fabián Salinas Sixtos


Llegué a París de vacaciones con un morral y mi ejemplar manoseado de Rayuela bajo el brazo. El morral contenía: una muda de ropa, una libreta de apuntes, estilográfica, un frasco de tinta verde y un guijarro blanco. La piedra era una ofrenda del jardín de mi casa para la tumba de Cortázar. En un café ordené: un croissant y café con leche. Desplegué el mapa de París sobre la mesa y busqué con avidez el Pont des Arts: "¿Encontraría a la Maga?". Sabía que no; pero sería delicioso soñar despierto: hallarla y hablar con ella hasta que París sea una fiesta.

Acerca del autor: Sergio Fabián Salinas Sixtos

La cerradura – Héctor Ranea


—Y el bípedo me pudrió, che. Lo tuve que morder en el cuello. Dos o tres veces entre Luna y Luna me hacía pelota la tela. Con lo que me cuesta, pero no: el animal hijo de perra me pasaba la llave por la cerradura y rompía todo: la tela, el nido, las presas.
—¿Y te parece que era necesario? —le contestó la otra araña.
—Para mí, no había otro remedio. Contra mi naturaleza pacífica, pero no había otra cosa qué hacer.
—¡Con razón la mujer del bípedo estaba tan extrañada!
—Sí; le extrañó que una araña tan pacífica hubiera mordido al marido. Pero de alguna manera, te digo, vi una sonrisa dibujada en su rostro. Era un hijo de puta.

Acerca del autor: Héctor Ranea