sábado, 19 de abril de 2014

Cierta paranoia – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Sospecho que nadie me sigue. Esto me tiene bastante inquieto. Todo el tiempo me doy vuelta, pero no veo a nadie. Nunca escucho pasos a espaldas mías. Ni me acechan por las ventanas. Tampoco recibo cartas anónimas e insultantes o llamadas con terribles amenazas de muerte. Permanezco alerta, mas nadie parece interesado en hacerme daño, lo cual me preocupa muchísimo. Comienzo a estresarme, aunque mi cuerpo no se resiente, ¿cómo es posible que nadie quiera atentar contra mi persona? Camino por las calles, como un chiflado, pidiéndole a la gente que se compadezca de mí, que necesito recibir algún daño. Pero todos me desoyen. Intento cortarme las venas, sin embargo, llegado el momento, desisto de mi intención. Mi salud se torna excelente, me siento demasiado bien; esto acrecienta mi temor. Finalmente el taumatúrgico bienestar me invade tanto que me hace reventar y perezco, con una mueca de absurda complacencia.

Sobre los autores:
Alejandro Bentivoglio
Carlos Enrique Saldivar


En el espacio – Esteban Moscarda & Ana Caliyuri


Un ruido. Pero en el espacio no hay ruidos. Vacío o sueño disfrazándose de realidad. Olvidé el sabor de la ginebra y del pasto. Estoy en un palacio de sombras. Otro ruido. Pero sé que estoy en una nave de cristal. La Luna se enterró hace mucho. Sinfonía rusa del siglo XXX: creo que he encontrado mi cabeza sobre la cama láser. Eso no es todo, colijo que además han incinerado mis más lucientes pensamientos. Otro ruido me inquieta. Es color púrpura. Un crujido enrojecido tiembla dentro de mí. El aire embalsama mis últimas ideas. El vacío es la huella de éste tiempo. Todos los muelles adónde asirme se evanescen. Soy un pedazo de embriago, un hombre sin paraíso, una mujer sin útero: soy sólo el espectro de una raza humana que resplandece transparente. En el cosmos nada zumba, no obstante dilato mi cabeza. Estallo. Soy un ruido muerto.

Acerca de los autores:
Ana Caliyuri
Esteban Moscarda

El lugar oscuro – Sergio Gaut vel Hartman & Guillermo Vidal


Cuando abrí los ojos noté que el sol no alumbraba con aquel terrible resplandor que recordaba haber soñado, aunque su brillo era bastante intenso y estaba desprovisto por completo de sombras. Intenté ponerme de pie y por primera vez advertí que estaba muy enfermo, tanto del cuerpo como de la mente. Mis percepciones eran una confusa mezcla de objetos irreales y pensamientos erróneos, algo tan poco digno de confianza como casi todo lo que lograba captar con los sentidos. ¿Era cierto que estaba tumbado en el asfalto mientras una bandada de palomas hurgaba en mi interior? La más enconada batalla se estaba librando entre mis sentidos abotagados y la mente alerta detrás de pensamientos insignificantes, ¿dejé la pava en el fuego?, nunca tuve pava. Las dudas me asaltaron, ¿acaso había perdido la razón o era una hoja con veleidades de humanidad, rescatando los últimos recuerdos del cadáver desde donde había caído?

jueves, 17 de abril de 2014

Mejor que hacer es recordar – Sergio Gaut vel Hartman






—Crezcan y multiplíquense —dijo el Poeta, y miles de diositos salieron de las páginas del Libro y se metieron en los hormigueros y en las madrigueras y en todos los agujeros que encontraron y crearon millones de universos paralelos basados en los versos que recordaban malamente. Pero al cabo de algún tiempo se pusieron a escribir narraciones luego de beber el jugo de la manzana del mal y el Poeta los castigó y les retiró la inmortalidad, la invulnerabilidad y la invisibilidad, por lo que tuvieron que vagar por el mundo desprotegidos y en pelotas. Siempre temerosos, siempre temblorosos, los diositos sabían que sus días estaban contados. Y contaban bien, porque solo habían transcurrido 345.545.234 días, cuando Gutemberg Hormiga inventó la imprenta de ocho patas, se la tiró por la cabeza y los aplastó a todos.


Sobre el Autor: Sergio Gaut vel Hartman

Huellas - Patricia Nasello



Mejor me apuro, dije. Tomé la bicicleta y salí a la calle.
Fuiste a ese lugar de ustedes. Alguien en tu interior -tal vez no hayas sido vos mismo- determinaba el rumbo. Ojalá llegue a tiempo, pensabas. Ella no esperaría hasta la noche: cuando los feligreses salieran de misa se uniría al grupo para regresar a su casa. Pedaleaste como nunca, pero no estaba. Dos semanas duraba ya su ausencia.
El anciano recordó al ver el banco vacío. Regresó caminando trabajosamente, del mismo modo en que había llegado.

Sobre la autora: Patricia Nasello

Precisamente, la lluvia – Héctor Ranea

—En un campo que entra el agua, mientras sale de a poco, la sal va secando la lengua de las vacas.
Eso, partido en versos de alguna manera que no sé, cantaba un viejo en el almacén de Amanda, en Arroyo Querandí, el profundo.
—La Luna no seca el agua del río, la llena de lágrimas para que le quede más sal y la cigüeña se vaya por donde vino y el flamenco se vuelva rosa en otra primavera —cantaba el paisano.
—¡Documentos! —entró pidiendo el sargento Lacrema, con ese grito especial que tienen los canas.
El paisano seguía llorando la lluvia, no escuchó. Tenía oídos para esas diosas en que él no creía. Al segundo grito del sargento le siguió un tiro de la 45.
—¡Gaucho retobado! —gritó el sargento.
Mucha sangre. Nunca vista en Arroyo Querandí salvo durante el carneo de los chanchos, para los chorizos ¿sabe?


Autor: Héctor Ranea

martes, 1 de abril de 2014

Protesta - Christian Lisboa


Setecientos mil perros coparon la Gran Avenida, seguidos desde las veredas por las cámaras de Metrópolis Tevé. El gran Can exigía entrevistarse con el gran Jefe. El gobierno respondió con gases lacrimógenos y balines. Los quiltros se reagruparon en medio de las calles, interrumpiendo el tránsito y mordiendo a los policías. La ciudad era un caos, en todas las comunas se replicaba el movimiento. Comandos espontáneos de perros destrozaban los neumáticos de los coches públicos. Luego, comenzaron los saqueos. En cinco minutos un supermercado era arrasado, en seguida la acción se repetía a kilómetros de distancia. Finalmente, el presidente abandonó su despacho y accedió a entrevistarse con el Gran Perro Negro. Pero éste no quiso recibirlo. Su objetivo era dialogar con el verdadero Jefe, la mascota de la casa de gobierno. Sin intermediarios.

Guerra de los cuatro mundos - Raquel Sequeiro


Dejo mi ojo de cristal sobre el escritorio. Albert está intranquilo: son muchas las ocasiones en que el lagarto sagrado se ha despertado, dejando su envoltorio sobre los restos de ceniza de la chimenea. Ha vomitado a un monstruo -es un lagarto sagrado-. Vuelvo a ponerme el ojo por la mañana, Albert tendrá todos los datos en 45 segundos. En verdad es doloroso, otra salamandra muerta y otro animal extraño para el animalario de Albert y otros monjes milenarios. (El monstruo de ayer custodia la puerta norte; estamos asustados porque pronto llegará la amenaza, valgos, bonzos y harcos, estamos preparados para la batalla). Mi perro Albert duerme con sosiego; mi mesa se acerca caminando. Le entregaré un sobre lacrado al rey de Birmania, en Algodonosa están pendientes del ataque mortal del señor de esas fieras: Norte, Sur, Este y Oeste están en guerra.


Autora: Raquel Sequeiro

Reunión en la selva – Christian Lisboa


Se desarrollaba la última sesión de la asamblea de todos los animales. Con un atraso de tres días, cuando casi todos los representantes habían presentado su ponencia, apareció el perro, rodeado de gigantescos mastines.
—Mis disculpas por el atraso —dijo—. Sólo vengo a decirles que soy el indicado para liderarlos en la gran cruzada contra nuestro enemigo común, el hombre.
—¿Por qué tú –dijeron todos a coro.
—Es evidente. He convivido por miles de años con nuestro enemigo. Conozco todos sus trucos y sus debilidades. Soy inteligente. Él confía en mí.
—Es verdad –dijeron todos. Y estaban a punto de elegirlo cuando, de un salto, un gato común se encaramó en el estrado, diciendo:
—Es verdad todo lo que dices, perro. Pero el comandante seré yo.
—¿Por qué? –dijo el perro.
—Porque yo hice todo lo que tú has dicho. Pero mantuve mi independencia. 

Acerca del autor:
Christian Lisboa

El bebé – Ada Inés Lerner




Teodora y Ruperto se fueron de luna de miel al Uritorco (Cerro de los Loros, en quechua santiagueño). Acamparon al pie subyugados por la leyenda de misterio que rodea a “un lugar para el asombro”.
Teodora quedó embarazada y Ruperto muy contento decidió llamar al niño Voltán en honor de un jefe indígena desaparecido. Aquel bebé nació rápido, Teodora y Ruperto seguían en la zona. La partera, una vieja india, la asistió. Todo anduvo bien y los tres volvieron a su hogar. El bebé se desarrollaba normalmente aunque no era parecido a sus padres. “Vol”, como lo llamaban, repetía cuánto decían los adultos, tenía la boca en forma de pico de loro y sus patitas (perdón, piernitas) eran parecidas a las del ave en cuestión.
¡Cuánto sufrimiento y esfuerzo para que nazca un bebé que lentamente abrió alitas verdes y amarillas y un día se fue volando bajito. 

domingo, 30 de marzo de 2014

No hay ave sagrada que no vuele cuando es viernes – Héctor Ranea


—Dígame —le pregunté al pajarraco—: ¿Usted es un animal sagrado?
—Depende, master —contestó con la voz retumbosa de los que tienen moco de pavo—. Algunos me consideran bastante sagrado porque, cuando sobro, se corta su mayonesa, pero a decir verdad: ¡todas patrañas! Soy un pájaro del montón.
—¡Pero habla!
—Sí; claro. Como todo humano, usted es demasiado humano: piensa. Así, aunque insisto que no soy ni vaca ni buey sagrado, le digo que anduve con el mismísimo Zarathustra.
—¡Amalaya! ¡Usted era el águila!
—A decir verdad, master, si yo fuera águila usted sería una sirena.
—¡Qué perspicacia! ¡Qué profundidad!
—Profundidad, sí. No hay duda. Y ya que estamos: ¿cuánto calcula usted el pozo donde se ha caído? —me dijo el bípedo emplumado.
—No mucha. Esto que usted ve acá es un tonel.
—¿Vacío? No sé si llorar por tí o irme al carajo volando. Mejor elijo volar.

Sobre el origen de ciertas cosas – Héctor Ranea

 La mariposa fue a parar a la boca del dinosaurio pues éste poseía una amígdala fosforescente para atraer animalículos de otra calaña. La acción de la mariposa fue que el saurio vomitara debido al cosquilleo y en los miasmas apareció una pareja de espantosos hexápodos que hoy llamaríamos cucarachas.
Al reaparecer en el mundo, dichas alimañas manifestaron admiración por la mariposa (fenecida en la acción) y consideraron heroico algo que fue casual, sagrado un animal que apenas entrevieron en su condición alada y cantaron alabanzas a la volátil muerta aunque la considerarían eterna.
El científico que había enviado con su máquina del tiempo al robot mariposa, en cambio, dijo impaciente:
—¡Qué estúpida mariposa! La próxima que envíe tendrá que estar inhibida de entrar en las fauces de un dinosaurio.
Pero el daño estaba hecho: las cucarachas cantaban. 

Acerca del autor:
Héctor Ranea

El tero se esconde si el murciélago es más grande – Héctor Ranea


—Hasta el tero cimarrón amaina cuando llega el hombre murciélago —sentenció Don Aparicio Legüero en el entrevero de la feria. Por eso nadie le escuchó, esa tarde había demasiado ruido de galope corto de caballitos criollos y de mozas trenzándose las crenchas. Siguió Aparicio:
—Y si él viniera nadie lo vería, colijo. Todos se miran a la cara, nadie ve volar al murciélago.
Aunque repitiera, nadie le escuchó.
La Zulemita, que vendía empanadas fritas, pensó que Aparicio pedía una y le acercó un plato y un buen vaso de tinto. Pero el Aparicio, aunque no la rechazó, con insistencia religiosa le gritó:
—¡Tenga cuidado moza! ¡Viene el hombre murciélago!
La piba rió. ¿Cómo iba a volar un murciélago en plena tarde? Sin embargo, ahí nomás el volátil la tomó de las axilas.
—Cuando te agarra el murciélago, es inútil bañarte en acaroína —dijo el viejo, sentencioso.

Autor: Héctor Ranea

lunes, 24 de marzo de 2014

Congreso – Héctor Ranea



Ngenechén mandó los cincuenta mil seis mensajes de texto que tenía gratis por la colectora de telecomunicaciones, a todos los dioses y diosas conocidas. Organizó una conferencia televisada via Skygods a la que asistieron todos ellos, con sus mensajeros y subalternos. Tenían un par de días para expedirse sobre tres cuestiones fundamentales: ¿Quién fue el Dios que jugó a los dados irresponsablemente y perdió el Universo en la mesa del casino? ¿Cuál sería el futuro de la perinola para decidir vida y obra de la gente? ¿Dónde se haría el próximo Congreso? (Esta última porque la colectora de telecomunicaciones amenazó con no dar más gratis los mensajitos).

Sobre el autor: Héctor Ranea

Leviatán – Esteban Moscarda


¿Es posible, acaso, que el dolor que se arremolina en mi cuerpo gastado y que pretende destruir mi alma sea fruto de un monstruo nuevo, inefable y terrible? Nuevo no: ha querido destruir al Hombre desde mucho tiempo atrás; inefable y terrible si: no puedo, no podré nunca, describir la maldad de la que es capaz el Leviatán Totalitario, cuyos miembros eléctricos y sus atuendos de fajina están a punto de borrar mi existencia.

Sobre el autor: Esteban Moscarda

jueves, 20 de marzo de 2014

Maternidad – Nicolás Ferraiolo


–Ahí se acerca alguien, mamá, ¿abro, abro?
– Hijo, nunca abras a un desconocido.
– Está bien, mamá, ufa –dijo el nene, ya cerrando la puerta–. ¡Ahí viene papá!, ¿¡abro, abro!?
– Ahora sí hijo.
– ¡Ay, mamá! ¡dónde dónde dónde!
– ¿Qué cosa hijo?
– ¡Sos re tonta!, ¡dale!, ¡el cuchillo!
– Lo tenés en la mano hijo.
– Ay…, acá está.
– Vas y me venís eh.
– ¡Sí! Voy y te vengo.

Sobre el autor: Nicolás Ferraiolo

miércoles, 19 de marzo de 2014

Mariscos galácticos — Cristian Cano y Guillermo Vidal



Se arrojó por la ventana en un último intento de escape. Al caer sobre unas macetas sintió un dolor punzante en las costillas: la noche estaba estrellada. Se puso de pie justo cuando, con movimientos amuñecados, la cabeza alargada del Densilak asomó pestilente. Javier retrocedió unos pasos sin apartar la mirada del engendro: colgajos plasmáticos abandonaban el esqueleto cordal del ente y caían formando una huella abominable. Pensó en correr pero se obligó a permanecer firme mientras el engendro se arrastraba hacia él sin poder apartar la mirada de los múltiples ojos. El Densilak lo cortaría en trozos con las extremidades acabadas en cuchillas, para servirlo en la cena de su nido, festejando con vino tinto la victoria.
—Soy terrestre pero vine en paz, a curar, soy médico.
—¿Medico? Primero nos enferman y luego nos ofrecen los remedios —dijo con su lengua rasposa el Densilak mientras lo rebanaba.

Autores: Cristian Cano, Guillermo Vidal

Experiencias – Ada Inés Lerner & Guillermo Vidal



Estaba confundida por el camino que habían tomado las últimas lecturas de Walter. Su esposo y un amigo habían intentado concretar lo que sólo fueron al principio tentativas de representar chamanes. Cuando alquilaron un local pequeño en un barrio alejado según decían para estudiar sobre personas que, según ellos, estaban en el proceso de adquirir las cualidades mentales y espirituales de distintas bestias.
—Dice el manual que solo se puede encarnar las bestias que se llevan en el interior.
—Bueno eso queda claro —dijo ella en un exabrupto del que se arrepintió de inmediato—, siempre fuiste un burro.
—El burro eligió una burra —dijo el mostrando una sonrisa componedora— y carga las frustraciones de ella, tanto como las propias. ¿Qué otra cosa dice?
—Empatía, dice el manual —agregó. Tal vez ella era la equivocada y esta búsqueda que le parecía inútil, lo había vuelto sensible— ¿Sigo leyendo?


Autores: Ada Inés Lerner, Guillermo Vidal

El lenguaje del fuego – Guillermo Vidal & Ana Caliyuri



P´sotuma amaba la boca, como topos de encuentro entre diversos niveles de ser, material, espiritual o entre especies diversas. Consume pero también permite el habla, transforma el simple sonido en una palabra que atraviesa la dura corteza de los mundos y enloquece con su melodía a los oyentes más allá de las estrellas. La boca que mastica, que lambe, que se alimenta, reúne, también regurgita, escupe, vomita, desata guerras y tormentas. Pero la boca de esta especie expelía fuego, su único lenguaje. Quien diera testimonio de su destreza fue la retórica del agua a través de las fauces marítimas. Fue así como apagándose y avivándose, convocaron al aire como mediador para dirimir la infinita esgrima. El aire, distraído, falló a favor de la tierra. Son las cuatro fases de la materia, dijo el profesor.
–¿Y el humano? —preguntó el alumno.
–Es un dragón domesticado, respondió, mientras se encendía cual volcán…

Autores: Guillermo Vidal, Ana Caliyuri

lunes, 17 de marzo de 2014

Maël, el pintor y la luz - Héctor Ranea & Guillermo Vidal




Internada en terapia intensiva Mabel Strom, la Maël del pintor, aprendió cuestiones básicas sobre su cuerpo y el de otros. Aprendió a preocuparse en sus pensamientos, dejar que las personas que, como ella, estaban pendiendo de tubos y cañerías, la vida o la muerte les transcurriesen sin su sobresalto. Aprendió a ver morir sin llorar, aprendió a oler como demonio, a ser olida por pálidas enfermeras nocturnas, a ser inyectada con drogas que la hacían vivir en una luz estroboscópica y parte de ella, tal vez la menos tangible, salía a bailar por los corredores persiguiendo las luces del cielo raso como las moscas cuando se apretaban a los tubos pálidos para caer con violencia cuando concluía el efecto. Coincidía con la mejor época del pintor, como si solo él pudiera ver y pintar lo que le pasaba, mientras que para los otros era un bulto en la cama.


Autores: Guillermo Vidal, Héctor Ranea

Ser espiritual – Sergio Gaut vel Hartman & Guillermo Vidal



Resplandecía, y esto quiere decir que irradiaba un brillo espiritual, como si estuviera rodeado por partículas de oro centelleante que se convertían en una dulce melodía cuando alguien las tocaba. Era casi como si estuviese inmerso en una sustancia especial cuya naturaleza nadie había podido descubrir. Sentado frente a él, Gregorio se sentía incluido en aquella bruma áurea que insuflaba en sus venas una profunda corriente de felicidad. Restaba esperar la siguiente etapa que convertía el resplandor en fuego y el desafío consistía en permanece inmóvil, por propia voluntad, a pesar que los sentidos abrumados por el dolor, decían incluso que se sentía arder el corazón sin perder la conciencia, buscaban refugio huir e intentaban ordenar a los miembros que se movieran con gritos desgarradores. El estaba decidido a llegar hasta el final, hasta que todo se consumiera, lo que quedaba era materia espiritual, a veces no quedaba nada.


Autores: Sergio Gaut vel Harman, Guillermo Vidal

Adiós a la infancia, adiós – Anna Rossell Ibern


Se habían descubierto una a otra una mañana de verano cuando Marga, como todos los años, pasaba parte de las vacaciones estivales en la casa de campo de sus abuelos. Estaba allí, agazapada e inmóvil entre la maraña de hierba que rodeaba la alberca, mirándola con ojos fijos. Marga recordaba vivamente aquel momento: había permanecido un buen rato a su lado, en silencio, y sólo transcurrido un tiempo se había atrevido a aproximarse, lentamente. Con inmensa cautela acercó su mano izquierda hasta tocarla y palpó con dedos temblorosos su piel húmeda. Estaba fría. El leve estremecimiento de aquel cuerpo le cambió la vida para siempre. Entonces la besó, y perdió al instante su inocencia cuando comprobó que la rana no se había transformado en príncipe. A pesar de la pata herida, la vio desaparecer de un enorme brinco por detrás de la tapia.
© Anna Rossell

Sobre la autora: Anna Rossell

Forever - Alejandro Hugo González


Es ella, por fin, es ella, pensó él mientras admiraba la magia de su cuerpo, sus ojos, su sonrisa, todo en medio de las burbujas del champagne, de aquella preciosa música, de la algarabía de la gente que danzaba y reía, desenfrenada; la que siempre he esperado, la mujer a la que voy a amar toda mi vida. Nunca lo hubiera creído, se dijo, sorprendido, si alguien le hubiera dicho que aquello iba a ocurrir, cuando hacía unos pocos días había abordado con solitario pie la gigantesca cubierta del Titanic.

Sobre el autor:  Alejandro Hugo González

sábado, 15 de marzo de 2014

Del manual del buen robot: cómo llegar a casa en una pieza - Héctor Ranea


Trate de que no desatornillen su caja de caudales de su bolsillo.
Evite a toda costa que le tiren demasiado las mangas hasta dejarlo sin brazos (o, llegado el caso, sin piernas).
Sea lo menos curioso posible con avisos callejeros: no se deje tentar con perros calientes o chicas frías, clarifíquese la memoria flash en caso de emergencia
Tenga mano a la hora de disputar por un lugar sentado en transportes públicos para que no dejen sin batería sus ojos y oídos
Respete la señal de tránsito, sobre todo si tiene un congénere adelante que zumba como un zombi zarpado
Vuelva con calma pero con prisa antes de que empiecen a chupar sus jugos vitales como en los lugares de reposición de energía mediante masticación y plática.
Si usted no pudo regresar, no podrá leer esto. Desolado.

Ludópata - Esteban Moscarda


Dios juega conmigo. Me hace temblar de miedo o explotar en orgasmos. Me hace laburar, me hace estudiar, me hace cosquillas mientras duermo. Me conduce por pasillos de tela en un cuarto luminoso, me hace caer en una superficie de pana absurda. Y solo luego de una larga jornada entiendo la razón de mi existir: solo soy un dado cargado, cargado por error de consciencia.

Sobre el autor: Esteban Moscarda

Nostalgia - Matías González





Al fin en tierra, el almirante pedía la mejor botella. Un minúsculo caos de olas rompía contra sus encías, y un perfume de borrascas salubres, le llenaba el suspiro... Recobrada la nostalgia del mar, corría a embarcarse, en busca de otra taberna.


Acerca del autor:  Matías González

miércoles, 12 de marzo de 2014

Las que trabajan - Nélida Magdalena Gonzalez

María, amasaba bolitas de fraile por las noches. Su familia pasaba por una grave situación económica y su esposo no quería trabajar.
Mientras ella ponía dedicación al trabajo, sus hijas pequeñas dormían.
Aprovechaban las fábricas cercanas para la venta. Allí los obreros entraban a trabajar muy temprano.
—Chicas, levántense ya es hora de salir —dijo María.
—¿Podemos comer una? —preguntó la menor.
Su padre no esperó a que su esposa responda.
—¡Son para la venta, apúrense que se hace tarde! —dijo gritando.
Las niñas salieron con las canastas y muy arropadas a causa del frío.
Al verlas indefensas, los hombres les compraron rápidamente.
Llegaron a su casa y le dieron el dinero a su madre. Pero su padre se los quitó.
—¡La mitad es mío, necesito vino y cigarrillos! —expresó el haragán.

Proyecto Apocalipsis - Lucila Adela Guzmán

Poco a poco las acciones cotidianas fueron perdiendo el sentido y aquellos que insistían en “hacer” fueron enloqueciendo pues no encontraban satisfacción por el deber cumplido El aplauso y la recompensa eran resabios de una humanidad de egos ahora perdidos y ya no tenían valor El proyecto Apocalipsis se había iniciado marcando una muesca en la línea del tiempo Un virulento cambio de conciencia fue poniendo fin al engaño y los sentidos humanos ya no tuvieron el deseo de percibir. Cuando estuvo todo listo, simplemente el interruptor cambió de posición

Ahora somos.

Metamorfosis pajuerana - Daniel Alcoba

Relámpago erótico, rayo que desata el aguacero para satisfacer nuestra sed de mamíferos y productores de trigo y carne: hijos del relámpago.
Tal como se escribió hace tres eones en todos los horóscopos inteligentes de la Polvareda de Andrómeda: en el octavo día del ciclo estelar Psicuéeros se produce la Gran Metamorfosis de la gente. La humanidad global, nativa, parasitada o poseída, y aún los alienígenas naturalizados terrícolas, servirán como materia prima de una nueva especie que desde mañana poblará la tierra de pajuera.
Coro:
Mírense en los espejos a las 0000 o las 2400 de sus respectivos meridianos, y verán por ustedes mesmos, como seremos larvas, crisálidas, grandes bichos con alas que acechan musarañas y murciélagos.
En estas coordenadas galácticas las metamorfosis resultan de incalificable crueldad. Yo vigilo la destrucción de mi humanidad en el espejo. De pronto soy de nuevo quien fui otra vez que fui viejo.

El autor: Daniel Alcoba

Hacia un nuevo mundo - Fernando Andrés Puga

Cuando al fin trabaron desde afuera la escotilla hermética de la nave y se dispuso a ingresar en la cámara de hibernación donde permanecería hasta llegar a destino, a Eva le entró la duda. ¿Había cerrado la llave del gas antes de salir de casa?
Una profunda congoja la invadió al comprender que no podría verificarlo. Si alguna vez volvía, seguramente todo habría cambiado y ni siquiera la casa estaría en el lugar donde la estaba dejando. Una lágrima le rodó por la mejilla y mientras se acariciaba el vientre con ternura trató de imaginar un nuevo hogar.
—Bueno —se dijo—. Al menos espero que la vecina haga lo que le pedí y no se olvide de regar los malvones del balcón. ¡Ay! Jamás me perdonaré haberlos abandonado a su suerte.

Sobre el autor: Fernando Puga