Un niño juega en el jardín mientras sus padres lo ven a través del amplio ventanal. El niño lanza su pelota al cielo. Cuando regresa al suelo se escucha un gran estallido. Los padres salen, se tienden sobre el pasto reptando, y comienzan a devorar los jirones de carne desperdigados aquí y allá.
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domingo, 24 de octubre de 2010
sábado, 14 de febrero de 2009
Parafilia - Javier Ortiz

PARAFILIA
Javier Ortiz
El niño siempre jugaba. Cada noche era lo mismo: una caja de cerillos y sus muñequitos de plástico. Prendía fuego, se regocijaba mientras iban derritiéndose. Noche a noche el mismo juego, el mismo ritual… Pero el niño creció; ahora no permitía los juegos de niñez. Sin embargo, en los sueños veía montañas de plástico encendidas. Despertaba a mitad de la noche gritando, el sudor corría por su cuerpo.
Pero un buen día, tras largas noches en vela, luego de cavilaciones intensas, quiso volver a los juegos. Está vez decidió ser él mismo: envolviéndose en plástico, prendiéndose fuego; hule y piel se fusionaron: rictus sexual fetichista. Mientras, en el cuarto contiguo se escuchaban gemidos: padre y madre y un grupo de diez o más personas, envueltos en látex derrochaban placer mientras veían a través del espejo un cuerpo encendido.
Pero un buen día, tras largas noches en vela, luego de cavilaciones intensas, quiso volver a los juegos. Está vez decidió ser él mismo: envolviéndose en plástico, prendiéndose fuego; hule y piel se fusionaron: rictus sexual fetichista. Mientras, en el cuarto contiguo se escuchaban gemidos: padre y madre y un grupo de diez o más personas, envueltos en látex derrochaban placer mientras veían a través del espejo un cuerpo encendido.
domingo, 11 de enero de 2009
Escritor - Javier Ortiz

ESCRITOR
Javier Ortiz
Una hoja filosa. Un disparo en el aire. Un murmullo ahogado…
Dejo lo que estoy haciendo, me abalanzo hacia la puerta. Miro por el ojo de buey… nada. Deslizo el cerrojo, hecho una ojeada por el largo corredor: vacío.
Regreso a la Rémington. Prendo otro cigarrillo. Una, dos, tres, cuatro bocanadas; doy un sorbo a mi café ya frío; cierro los ojos con intención que la idea llegue... El cigarro cae, los sueños me envuelven…
¡Un tronido más! Fuertes golpes a la puerta. Caigo de bruces. Los golpes, insistentes, continúan. Me pongo en pie y, sin pensarlo, abro la puerta: allí, una mujer alta, esbelta, enfundada en nailon y piel con revolver en mano sonríe y dice:
—Hola, soy tú personaje ¿puedo pasar?
Dejo lo que estoy haciendo, me abalanzo hacia la puerta. Miro por el ojo de buey… nada. Deslizo el cerrojo, hecho una ojeada por el largo corredor: vacío.
Regreso a la Rémington. Prendo otro cigarrillo. Una, dos, tres, cuatro bocanadas; doy un sorbo a mi café ya frío; cierro los ojos con intención que la idea llegue... El cigarro cae, los sueños me envuelven…
¡Un tronido más! Fuertes golpes a la puerta. Caigo de bruces. Los golpes, insistentes, continúan. Me pongo en pie y, sin pensarlo, abro la puerta: allí, una mujer alta, esbelta, enfundada en nailon y piel con revolver en mano sonríe y dice:
—Hola, soy tú personaje ¿puedo pasar?
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Delirio - Javier Ortiz

DELIRIO
Javier Ortiz
...Otra vez las voces. Otra vez las sombras por la pared. Me hago un ovillo. Me arrincono en el lecho. Quisiera gritar, pedir ayuda; pero la voz no responde...
Muy temprano me despierto. Escucho ruidos que llegan desde fuera. Después de unos instantes de angustia (cuerpo tembloroso, dientes tiritando), caigo en la cuenta: el sacristán barre la capilla. Tambaleante me pongo en pie, a duras penas llego a la puerta, giro el picaporte y me desplomo...
...Abro los ojos. ¡Pego un salto! La imagen se aclara, el rostro del sacristán me recibe. Oigo ruidos a mi diestra. La enfermera cambia el suero. Entra el doctor.
—Padre ¿otra vez por acá? Ya se lo habíamos dicho: ¡no vuelva a embriagarse por más de dos semanas! Siempre termina igual.
Muy temprano me despierto. Escucho ruidos que llegan desde fuera. Después de unos instantes de angustia (cuerpo tembloroso, dientes tiritando), caigo en la cuenta: el sacristán barre la capilla. Tambaleante me pongo en pie, a duras penas llego a la puerta, giro el picaporte y me desplomo...
...Abro los ojos. ¡Pego un salto! La imagen se aclara, el rostro del sacristán me recibe. Oigo ruidos a mi diestra. La enfermera cambia el suero. Entra el doctor.
—Padre ¿otra vez por acá? Ya se lo habíamos dicho: ¡no vuelva a embriagarse por más de dos semanas! Siempre termina igual.
Foto: Vista de Valencia
martes, 2 de diciembre de 2008
Sirvientes de Dios - Javier Ortiz

SIRVIENTES DE DIOS
Javier Ortiz
Habían cruzado la frontera del ciberespacio. Un mundo más increíble, pisado por muy pocas personas se abría ante sus ojos. Hubo un mareo, una leve pérdida de la razón. Cuando la recobraron, se hallaban frente a Dios. Con sus múltiples tentáculos, los tomó al unísono por la cabeza y en vilo los alzó. Les propinó un par de cachetadas y dijo: “¡mira nada más! ¡Otro grupo de Nerds que atraviesa la frontera! Bien, pueden entrar, el arcángel Gabriel los guiará”. Otro ser pulposo, aunque menos grotesco, apareció de la nada. Sus ventosas les jalaron del pecho y los arrojó dentro de una jaula. Allí, cinco mesas, cada una con un monitor y un teclado los esperaban. “¡Está bien, sigan creando mundos!”, dijo el arcángel, y se fue. Los Nerds lanzaron una carcajada, y comenzaron a teclear.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Puro cuento - Javier Ortiz

PURO CUENTO
Javier Ortiz
—¡Eres puro cuento! —oigo decir a mi madre mientras sube y baja el cuchillo sobre la carne fresca recién abierta, dispuesta para el desayuno de mi padre. Yo no quiero voltear, ver esa carnicería, sé que me desmayaré. Sólo cierro los ojos y aprieto los dientes.
—¿Pero yo qué culpa tengo? —por fin me atrevo a musitar.
—¡Calla, eres puro cuento! Yo te imaginé, yo te hice, yo te saqué de la nada, y ahora debes morir.
—Pero ¿yo qué culpa tengo? —alcanzo a reprochar de nuevo, antes de recibir el cuchillo sobre la yugula… ¡aaarg!...
—¿Pero yo qué culpa tengo? —por fin me atrevo a musitar.
—¡Calla, eres puro cuento! Yo te imaginé, yo te hice, yo te saqué de la nada, y ahora debes morir.
—Pero ¿yo qué culpa tengo? —alcanzo a reprochar de nuevo, antes de recibir el cuchillo sobre la yugula… ¡aaarg!...
jueves, 30 de octubre de 2008
Calle Soledad - Javier Ortiz

CALLE SOLEDAD
Javier Ortiz
Caminaba por la calle, solitario, hasta que vi su rostro perdido entre una multitud. Me quedó grabado en la mente; se fue conmigo. Ahora no estoy solo. A diario, varias veces al día, cierro los ojos y lo recorro: cada detalle, desde la fina cabellera hasta la puntiaguda barba, veo hasta la más mínima facción, cada poro, cada arruga; es como un mapa que deja un abultamiento en la entrepierna. Por las noches, lo acaricio dentro de los sueños. Pero lo más regocijante es cuando me levanto cada mañana: abro el refrigerador y la encuentro allí, quizás ya un poco pálida y cada vez más verde. Entonces tomo mi desayuno, mi maletín y salgo a trabajar.
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