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miércoles, 20 de abril de 2011

Homenaje literario - Vladimir Koultyguin


La semana son cinco días: el lunes lunático, el martes de guerra declarada desde el alrededor sonámbulo, el miércoles mensajero de planes y propuestas, el jueves colérico, el viernes que trae nupcias de descanso. Los sábado y domingo son un solo día sin fin, día de cuatrocientos años, un mahayuga* interminable y un universo desde el nacimiento hasta la derrota.

*Literalmente, gran edad. Es el agregado de cuatro yugas o edades y consta de 4.320.000 años solares.

jueves, 17 de marzo de 2011

El fuego - Vladimir Koultyguin


La sombra de fuego entra en su casa y el hombre la sigue, de verdad, es él quien le sigue, pero ninguno de los dos puede averiguarlo, es imposible seguir los movimientos del fuego, y menos aún si es una sombra. La casa está vacía y llena del frío invernal, que todavía no se ha ido, por eso el fuego mismo duerme debajo de una piedra-altar, no muy lejos de allí; todos conocen el lugar, aunque nadie sabe que aquí, exactamente aquí, hay un escondite. Nadie sospecha siquiera, cuando pisa el eslabón de piedra tallada, que es el fuego quien duerme en este lugar, y sueña con su propia sombra que huye de una persona, un hombre mayor que la persigue sin saberlo. Es una pesadilla muy pesada, dado el peso de la piedra y la densidad del aire, soportado en las rejas metálicas del agua. No hay ninguna persona alrededor, solo hay humo de lejanas fábricas.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Motu improprio - Vladimir Koultyguin


Soñaste con unos ojos que te vigilaban. No te vigilaban; te soñaban y soñaban contigo, soñolientos y voraces de tu carne onírica. No soñaste; vigilabas aquellos ojos, en un momento precioso de temblarte las cejas, provocando un terremoto (¿diríase mejor, visiomoto?) a la meseta que no hay y nunca hubo.

sábado, 24 de enero de 2009

Párrafos del café: 168 (Revenant) - Vladimir Koultyguin


Tomando el segundo trasgo de café, sintió el aire que venía desde la ventana, a cuyo lado estaba sentado. El flujo iba acelerándose poco a poco, hasta hacerse, primero, una brisa, y después, viento ligero, que lo mordía haciendo pedazos su piel; al fin, se quedó sin ella, pareciendo un revenant; y la gente seguía ausente, charlando de sus cosas, bordando trenzas de tabaco en el ámbito del local; después se fueron todos; el revenant ordenó otro irish coffee y se durmió.

sábado, 10 de enero de 2009

Párrafos del metro: 189 - Vladimir Koultyguin


Cuando la mujer que estaba delante de mí en la escalera automática, me miró seriamente, como si estuviera diciendo, «¿qué?, mucha gente, ¿no?» —una mirada a la vez de reproche y de compasión— me di cuenta de que un tipo borracho estaba subiendo por el lado izquierdo de la escalera, empujando a todos; lo cogí, antes de que me empujara a mí, y lo metí en mi bolsillo (que era bastante grande para que en él quepan bolígrafos, trozos de papel para escribir, arcoiris y máquinas de recobrar fuerzas). No supo qué decir una vez que estuvo adentro, mientras sentía la pequeña, seca y calma sepultura-de-unos-momentos; lo dejé sobre el puente del sauce vacío de la carretera; convertido en pájaro; se puso a volar con un vuelo blanco y gorjeando para mayor alegría de la gente.

domingo, 4 de enero de 2009

Párrafos del metro: 138 - Vladimir Koultyguin


Al regalarle la tercera flor del ramo que tenía en las manos, la anciana del vagón le dijo a la chica que se acercaban ya a su estación. La anciana, que empezaba a bullir por dentro, por haberle robado unas flores de las que había preparado para su nieta, dio un suspiro de relieve. La chica, también; afirmó que era su estación y apretó las flores contra su pecho para no resfriarlas en el aire fresco del metro; eran como el tejadito de la cruz ortodoxa, ubicados en dos receptáculos simétricos sobre los pechos, y el otro, bajo el mentón; así podría sentirlos durante el camino. Salieron los tres, porque la anciana, con temor, se acordó que era también su estación, y mientras la chica daba un beso al chico de las flores, empezó a bajar una escalera automática pensando en la felicidad fácil de los jóvenes (con alegría), en su artritis (con angustia) y en su nieta (con alegría).