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sábado, 28 de abril de 2012
Alma - Arlette Luévano
No recuerda en qué momento lo invadió, pero Alma ha estado habitando distintas partes de su cuerpo.
Cuando habitó sus ojos, el mundo parecía muy grande y el resto del cuerpo le era distante, ajeno.
Luego, habitó sus manos. Todo parecía sencillo entonces, como aproximarse al calor y ser llama, pisar la tierra y echar raíces, tocar la piel y extenderse, expandirse, estallar.
Después fue hacia la cintura. Unas punzadas constantes le quitaron el sueño durante muchas noches.
Y llegó a las piernas. Él perdió la risa, la memoria, toda esperanza.
Ahora yo recorro ciudades y ciudades siguiendo el rastro luminoso que dejan. Algún día los encontraré. Espero no demasiado tarde.
Acerca de la autora: Arlette Luévano
viernes, 20 de abril de 2012
Musa - Arlette Luévano
Sucede que tus dedos van de una tecla a otra, que tu vista no está precisamente sobre la pantalla revisando las palabras que vas ordenando, si no en tu propio reflejo, en la mueca triste que reconoces mejor ahí que en cualquier retrato. Que tu cuerpo se mantiene en suspensión, dormita, se olvida a sí mismo. Cuando el cansancio llega, tus dedos fríos siguen trabajando.
Yo miro tus uñas chatas, las arrugas que la sequedad provoca, el color azulado de tu piel que resalta las huellas magenta de alguna herida por la que no te ocupaste. Los lunares que se te han ido borrando.
Te estiras como un gato sobre tu asiento y la máquina. Tu cuento comenzó con una línea que ya no recuerdas, jamás sabrás lo que te estoy dictando. Tú me llamaste. Yo acudí a ti antes de que te dieras cuenta.
Ilustración: Michael Parkes
domingo, 18 de enero de 2009
Evidente - Arlette Luévano
jueves, 11 de septiembre de 2008
La muñeca – Arlette Luévano

LA MUÑECA
Arlette Luévano
Descansó su mano sobre los ojos del bebé. Hacía rato que había dejado de llorar. A ella le pareció advertir una mueca escalofriante: ahí estaba él, exhibiéndose, pretendiendo ser bello e inocente, como si no hubiera querido dañarla, pero vaya que lo había hecho.
Ella movió el cuerpecito y tomó el ojo que el bebé le había arrancado. Lo colocó de nuevo en su lugar y se miró al espejo. Aun bajo la sangre, la belleza era suya y no habría quien la culpara de nada. Sonrió complacida.
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