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jueves, 15 de marzo de 2012

Tango feroz - Guillermo Rossini



Mientras bailaban el vals, una mosca salió de la letrina, voló sobre el sendero y se posó en el fideo que colgaba del labio inferior de Rodolfo. Mirta vomitó sobre la solapa de su socio y la vasta pista de baile quedó sumida en un profundo silencio. Él se alejó cabizbajo disimulando el temblor de su mano derecha y reprimiendo las ganas de darle una patada al perro que saltaba ladrando a su alrededor. Se acarició el peinado a la gomina y por fin se sentó al lado del asador. 
—¿Quiere un chorizo? —le preguntó—. Basta que me lo pida y se lo pongo entre dos panes.
Una nube en el cerebro lo llevó a cometer el crimen. Tiró al viejo sobre la hierba, le metió un clavel en la boca, le arrancó una uña y se la clavó en el corazón.

viernes, 20 de mayo de 2011

La última visita - Guillermo Rossini


Dejó la puerta abierta. La esperaba. Se sentó suavemente en su sillón preferido y tomó el diario. Lo abrió al azar y se concentró un momento en una noticia trivial y enseguida cambió de página. James alargó la mano y, sin sacar la vista del periódico, tomó su último cigarrillo. Ella ya estaba sentada en el sofá, esperando que el hombre cumpliera su última voluntad antes de pedirle que la acompañe.
-Estoy listo –dijo él.
Y la casa se cerró para siempre, impregnada de olor a tabaco.

sábado, 5 de febrero de 2011

Escrito en un cuaderno - Guillermo Rossini & Sergio Gaut vel Hartman


La tapa del cuaderno estaba descolorida. El hombre lo abrió con cuidado y empezó a escribir. Desde la otra mesa, yo lo observaba con atención y sorpresa: a medida que la mano se movía, su figura iba desvaneciéndose. Primero, alrededor de la cabeza se formó una especie de halo grisáceo y luego todo el cuerpo adquirió una tonalidad cenicienta a la vez que el bar se hacía más nítido y real. Llegado un punto, el hombre, por entonces apenas una transparencia, miró hacia donde yo estaba y me guiñó el ojo.
—¿Qué se siente? —dijo.
—¿Me habla a mí?
—Sí, a usted, aunque podría tutearte.
—¿Nos conocemos?
—Yo te conozco. Te acabo de dar vida. Sos el personaje de esta microficción.
Tragué con dificultad. Eso sólo podía significar una cosa. Y no me gustó en absoluto.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Morir en el intento - Guillermo Rossini


Escapó. Una loca carrera por la calle principal del pueblo en medio de un cielo sin luna. Loco, aburrido de tanta quietud, de tanto muerto en vida en ese rejunte de casas bajas y siestas eternas. Escapó. Quería sentir el latido de la gran ciudad, aferrarse al insomnio para soñar despierto con otra vida, con otro horizonte que no fuera una línea negra detrás de los sembradíos. Llegó a la ruta y empezó a caminar en dirección norte.
Cuando despertó, supo que había soñado. Una profunda tristeza lo invadió cuando miró por la ventana y vio despertar al pueblo como todos los días. Como cada día. Un despertar lánguido, silencioso. Aterrador. Arrastró los pies hasta el armario de caza. No corrió. Abrió las puertas y cargó la escopeta de dos caños. Miró por última vez la postal de Buenos Aires que le había mandado su primo.
Escapó.

martes, 6 de julio de 2010

Vuelta de página - Guillermo Rossini

Dejó el libro abierto en la página ciento catorce, donde el protagonista de la novela quedaba encerrado en un departamento, a merced del asesino. Sonó el portero eléctrico y Juan atendió.
—No puedo bajar a abrirte —dijo con voz segura—. Tengo que terminar la novela.
Lo encontraron dos días después, muerto, con un libro sobre el pecho abierto en la página ciento quince.

domingo, 12 de julio de 2009

El suicida - Guillermo Fernando Rossini


Estuvo pensando y llegó a la conclusión de que su vida era harto monótona. Y lo peor era que no tenía ganas de cambiarla: esa resignación, ese descansar en su dejadez se le representó como una larga siesta; su vida en sí misma era una siesta eterna.
Y que la muerte, tal vez, sería el despertar.

Imagen de Wikipedia