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sábado, 3 de septiembre de 2011

Pronto - Samanta Ortega


Dio un suspiro al acercarse. Echó agua en el florero. Me puso dentro de la cintura para abajo. Colocó el florero junto a la ventana que da al jardín. No hubo un día que no me haya contemplado, por eso cuando empecé a marchitarme tuve miedo de que me descartara por mustio. No estoy seguro de si me equivoqué; me dejó entre las hojas del libro que le regalé cuando nos conocimos. A saber cuándo lo volverá a leer.
Ahora, parece que el florero vuelve a estar ocupado. Descansa en la misma ventana que da al jardín. Es un trozo de tallo simplón que no dice nada, pero que asegura echará raíces pronto.

lunes, 30 de mayo de 2011

Cosas de niños - Samanta Ortega



Cuando llego a la casa de mi hija para darle una mano, Pablo, Ramiro y Marcos estaban jugando, creo que a las escondidas. Tres torbellinos corriendo por todas partes. Mercedes, en la cocina, pelaba patatas mientras escuchaba música con los auriculares, una práctica habitual para no perder los nervios cuando llueve y los niños no pueden salir a jugar afuera. Al verme se los quita y, un segundo después, algo parecido a una explosión nos deja mudas. Mi hija sale inmediatamente al living y allí los encuentra a los tres, uno a lado del otro. “Ya estás grandecito, Pablo, para estas cosas. ¿Quién fue?”, le pregunta a su marido con la mirada clavada en sus ojos.

jueves, 14 de abril de 2011

Sin huellas - Samanta Ortega


Se llama, en teoría, Antonio, como su abuelo, pero toda la vida lo han llamado Eduardo. Sus padres no se habían puesto de acuerdo. El padre tomó ventaja e hizo lo que quiso al registrarlo y lo inscribió insistiendo: Antonio. Y la culpa dio permiso a que Eduardo ganara el boca a boca dejando sepultado el otro nombre en documentos y papeles legales.
Mientras siguieron vivos sus padres, le quedó cómodo no saber quién era ni mucho menos lo que quería. No me digas Eduardo; yo no soy Antonio. Hoy, es un hombre que ha resuelto no ser nadie, también por comodidad.

lunes, 21 de febrero de 2011

Mandado a ser - Samanta Ortega

El control remoto (mando a distancia) no responde. Sabe que necesita pilas nuevas, pero prefiere zarandearlo y darle pequeños golpecitos. Ha resultado, piensa.
Al día siguiente en la oficina, se encuentra desmotivado y con pocas energías para trabajar, hasta que llega su jefa y le inyecta una dosis de adrenalina. Le dice que se busque la forma de estar a gusto con lo que hace, que de lo contrario tendrá que prescindir de sus servicios en estos momentos de crisis. Ha resultado, piensa.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Día de la madre - Samanta Ortega


Feliz día mamá. ¿Qué me contás de lindo? Ya sé. Siempre te traigo lo mismo, pero esta vez son Orquídeas. No se me ocurre otra cosa. Es verdad, podría pintarte algo, pero hace tanto tiempo que no lo hago que… Ma, no me sigas dando las gracias por haber venido. ¿Cómo no voy a venir, estás loca? Es más, me traje un libro así te hago compañía todo el día. Espero que no tengas otros planes. No te preocupes, vieja, que los niños se quedaron con Elisa.

Y cuando terminó de hablar, colocó las flores sobre la tumba.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Ausencia de despedidas - Samanta Ortega


Cuando se despertó puso la mano sobre el lado de la cama que aún estaba tibio. ¿Marcos? Lo llamó recorriendo la casa. Al llegar a la mesa frente a la puerta, vio la carta con su nombre. Reconoció la letra. Cuando la abrió, la carta estaba en blanco, vacía. Solo la fecha y, debajo, la firma de Marcos.
No entendió qué quiso decirle. Nada. Evidentemente nada. La ausencia había llegado a su punto máximo. Ella dudo si se hubiera tomado la molestia.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Desde hace una semana - Samanta Ortega

Desde hace una semana, salgo todos los días al jardín por la mañana y al atardecer.
Lleno la regadera con agua fresquita.
Las semillas no se ven pero hay miles.
Utilizo las dos manos porque la regadera es de 5 litros y tengo los brazos finos.
Echo toda el agua en mi cabeza.
Ahora hay que esperar.

sábado, 13 de noviembre de 2010

¡A comer! - Samanta Ortega


Como de niño no había manera de que comiera y en la casa la mayoría de las veces había puré, la madre desesperada transformaba la bola de patatas en una niña. Si hacía hamburguesas o cualquier otra cosa, también le daba la misma forma porque era la que mejor le salía: Y ahora, le comemos la pierna, ¿ves, qué rico?
El problema fue cuando empezó a manejar los cubiertos solo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Vidriera - Samanta Ortega


El virus llegó al pueblo aislado. El doctor, convertido en muñeco de cera, dejó una nota explicando que en cuestión de horas todo el pueblo sufriría de lo mismo hasta morir. Carlos fue el último en padecer los síntomas. Primero la piel se le puso aceitosa, después se encontró que no podía moverse, ni hablar, aunque aún oyera bien. También sintió correr la sangre caliente hasta que, poco a poco, se endureciera. A partir de ese instante el tiempo se detuvo casi por completo.
Pero antes de que la mente se le quedara en blanco por completo, creyó escuchar el ruido de un camión y unas voces que gritaban “Llévenlos al depósito del Corte Ingles que, hace más de un mes, los están esperando”.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Amor a primera vista - Samanta Ortega


Cuando la vio pasar supo que era la mujer de su vida, hasta el instante en el que se distrajo y miró a la señora que la acompañaba, su madre. En ese mismo momento decidió darle una segunda oportunidad en la cocina.

viernes, 13 de agosto de 2010

Caso Matilde - Samanta Ortega


Matilde. 59 años. Soltera. Editora de una revista femenina. La encontraron muerta en el baño de su casa.
Caso típico de sobredosis, le dijo el policía al familiar de la víctima mientras guardaba en una bolsa de plástico transparente las pruebas con las que se cerraría el caso: mezcla de cremas anti-age con distinto contenido químico y de distintas marcas competidoras.

viernes, 30 de julio de 2010

La noticia - Samanta Ortega


Su madre fue, como todos los días, a la hora del té. Ambas tenían que darse una noticia.
Mamá, la gente dice que estás muerta.
Qué tontería más grande.
Sí, ¿verdad? Me alegra de que no te lo hayas tomado mal. ¿Y tú, qué tenías para contarme?
He venido a buscarte.

lunes, 12 de julio de 2010

Amor de tres - Samanta Ortega


Estoy enamorado de una muchacha de veintipocos años y atrapado en el cuerpo de un hombre mayor. Podría ser mi hija, se dice el hombre cada vez que busca que me sienta culpable. Después se calma y me dice que no lo comparte pero que no le queda otra que aceptarlo.
Ayer, acostados por primera vez en mi cama, noté que las manos de la muchacha transpiraban frío. El hombre mayor, antes de que lo arruinara todo, me apartó bruscamente a un costado. Con suavidad la abrazó y comenzó a acariciarle el pelo hasta que se quedó dormida.
Esa noche, no me dejó dormir con ella. Me prometió que, más adelante, se lo agradecería.


Imagen: Oaza Restaurant Dancing, de Tadeusz Gronowski

martes, 6 de julio de 2010

La eternidad - Samanta Ortega

Desde que la eternidad del alma se hizo oficial, los cuerpos dejaron de preocuparnos. En el armario contamos con docenas de ellos para todo tipo de ocasión.
Como nos cuesta bastante reconocernos, ya han abierto universidades para enseñarnos a hacerlo sin tanto esfuerzo. Los que no tienen dinero para comprar un cuerpo nuevo, pueden pedirlo al gobierno mediante certificado médico por mal funcionamiento, pero tendrán que demostrar además que son buenas almas y merecedoras de ello. Creo que con un certificado expedido por la policía basta, pero no estoy muy segura.

domingo, 4 de julio de 2010

Lo de siempre, por favor - Samanta Ortega


Voy a la cafetería de toda la vida a encontrarme con mi mujer.
Después del accidente que tuvimos decidió que era mejor que vivamos separados y que vayamos paso a paso, como cuando éramos novios. Lo bueno es que he logrado que me perdone.
La cafetería de la calle Valcarlos es ideal porque nos conocen desde hace años y porque siempre me cobran un café en vez de dos; una consideración que nunca nadie había tenido con nosotros.
A pesar de que algunas veces insista en querer pagar los dos porque estoy a principios de mes, los empleados se niegan rotundamente, haciendo de cuenta que no han visto a nadie más que a mí. Esa es otra de las cosas que me gusta del lugar, la discreción.

lunes, 17 de mayo de 2010

El niño pintor - Samanta Ortega


El niño no quería pintar en un trozo de papel. Por eso continuaba haciéndolo dentro de su habitación por el suelo, las paredes, la mesa, la cama, hasta en su propio cuerpo.
Por más que lo castigaran no había caso, él seguía trasgrediendo los límites del papel rectangular blanco, sea cual fuera el tamaño. Tenía prohibido pintar en otro sitio. Y hacía caso; no quería terminar como la pobre tortuga Jacinta, que la aplastaron, por error, por salirse de la caja de zapatos.
Un día vio cómo le pegaban a su perro por hacer pis dentro de la casa y se sintió identificado con su amigo y no tan solo. ¡Qué suerte que esto no le pasó a Dios!, le dijo un día a la madre cuando ella lo vigilaba en el comedor mientras el niño estrenaba sus primeras acuarelas.

martes, 11 de mayo de 2010

Por buena conducta - Samanta Ortega


Liberaron al preso de la cadena perpetua después de veinte años de encierro.
Al salir, como se encontró con el precipicio del que todos hablaban, se sentó a la puerta del edificio de reclusión por si se abría alguna vacante.

miércoles, 7 de abril de 2010

El globo - Samanta Ortega


La niña llora en el parque. La pena que siente llega hasta una señora mayor que descansa a unos metros de ella. Se acerca y le pregunta, ¿qué te pasa, querida? La niña señala un globo que vuela en el cielo. ¿Y dónde están tus papis?, la señora se agacha para preguntarle. La niña le contesta dándose la vuelta y señalando con un dedo, “papá está allí, comprándome otro globo. Mamá se llevó el mío con ella”.

domingo, 14 de marzo de 2010

El asesino - Samanta Ortega


El amigo del amigo de mi amigo acababa de llegar a Madrid y acepté hospedarlo. Fue un error. No bien abrí la puerta me disparó a quemarropa. Lo curioso fue que, desde ese momento, el corazón comenzó a latirme cada vez más deprisa.
No le quedó otra a mi marido que dejarme, para él ya estaba muerta.

viernes, 5 de febrero de 2010

Sin trucos - Samanta Ortega


Retocó el maquillaje y cubrió la pequeña manchita verde. Recibió a su marido con el plato preferido. Cenaron. Recogió la mesa. Puso la vajilla sucia en la lavadora. Miraron un rato de tele y se fueron a la cama. Hicieron el amor. Después, la mujer le dio un beso de buenas noches, arropó al marido y le dijo hasta mañana, antes de que se quedara dormido. Por último, tomó la escoba y salió volando por la ventana.