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sábado, 3 de abril de 2010

La sombra de una duda - Adriana Menéndez



Sólo cuando se hubo dado cuenta de que lo irreversible no se podía eludir, se dedicó a observar. A prestar atención, a no pestañear, a merodear, a catar palabras. La espera le resultaba agotadora. Esa guardia permanente. Pendiente de todo mínimo detalle. Tratando de descubrir a cada instante alguna pista que fuera el puntapié inicial de algo que no sabía con seguridad qué era. Terminaba el día y no pasaba nada. Un alivio. Pero, ¿y el próximo?

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Ellos - Adriana Menéndez


La puerta de entrada se cierra y ellos quedan del lado de adentro. Uno prende las luces. Otro las apaga. El agobio, ese que se instala en la espalda, entremedio de los dos hombros, se vuelve silencio y el silencio se vuelve miradas y las miradas se esquivan, se escapan una de otra y, por suerte, no vuelven a encontrarse por un rato largo. Los dos, convencidos de que se han enamorado de una máscara que se cae, se vuelven a guardar, cuidadosamente. Dos corazones difíciles. Ninguno sabe qué piensa el otro mientras duerme. Hacen preguntas esperando que el otro mienta. La verdad, esa que cada uno por separado está convencido de no tener, le hubiera quitado el sentido a todo. Se creen tan distintos. Tal vez por eso nunca nada los va a separar del todo.


Tomado de: http://adriana-menendez.blogspot.com/

viernes, 24 de julio de 2009

Códigos - Adriana Menéndez


Siempre esperando, tanto que ya no sabía qué. Cansada de pretender que no le importaba, se envió un ramo de flores con una tarjeta que decía “Te amo”. Se lo agradeció de una manera descomunal. Él, como en ese momento no quería que le contestaran, no preguntó. Sólo dijo: “Por favor, mi cielo, es lo menos que te merecés”. Se llamó a silencio y decidió volver a perderse en la cotidianeidad del trapo rejilla y la lavandina. A la noche hicieron el amor, aunque era lunes.

domingo, 28 de junio de 2009

Sueños rotos - Adriana Menéndez


Se despierta con la boca seca y perturbada. Va a la cocina para servirse un vaso de agua y así borrar la cara sin rostro, el sabor amargo y la certeza de no poder nunca alcanzar algo que está tan cerca. El agua es inútil; ya lo dice el refrán: la realidad supera ampliamente a las pesadillas. Sólo quiere entonces poder vender sus recuerdos al mejor postor y con ese dinero comprar ingenuidades nuevas. Volver a pensar en la posibilidad de que haya buenos y malos. Se queda en el sillón del living, mirando una película que no entiende.


Tomado de: http://adriana-menendez.blogspot.com/