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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Carroña - José Vicente Ortuño


Tenía un hambre desesperada. Para aplacarla empezó a evocar el olor de los cadáveres. Añoró el hedor espeso y dulzón de la muerte y sólo sirvió para que los jugos gástricos le torturaran más el estómago. Pensó que pronto moriría y comenzaría a pudrirse, y a oler a cadáver... El hambre se hizo insoportable. Lo que más le jodía de morir era que algún otro disfrutaría de su carroña. Sería una comida un tanto magra, pues la carne de carroñero es sosa pero, a falta de otra cosa…
Puesto que iba a morir decidió fastidiarle el banquete a quien encontrase su cadáver y procedió a devorarse a si mismo. Al menos moriría con el estómago lleno.
El buitre comenzó su último festín por el ala rota, que le impedía volar, y que lo había condenado a morir de inanición en el desierto.

Acerca del autor:
José Vicente Ortuño

sábado, 15 de septiembre de 2012

Comportamiento Inadecuado - José Vicente Ortuño


—Un cadáver semoviente como usted, que por el porte se ve hombre refinado, que en vida fue una persona de amplia cultura y educación —dijo el hombre enfrentando al zombi, que se tambaleaba parado ante él con los hombros caídos y la mirada triste que dan los ojos velados, blancos, como los de un pez cocido—, estoy seguro de que puede renunciar a la bárbara costumbre de la antropofagia.
—Tiene usted razón —balbuceó el zombi—. Fui catedrático de antropología y doctor honoris causa por varias universidades. Escribí tratados sobre la realidad humana y los aspectos biológicos y sociales del hombre. Sé mejor que nadie que la antropofagia es una costumbre deleznable. 
El hombre sonrió esperanzado. 
—Espero que sepa disculpar mi comportamiento, caballero —añadió el zombi con voz gorgoteante. Luego agarró a su víctima por el pelo y le mordió en el cuello. 

Sobre el autor: José Vicente Ortuño

sábado, 5 de marzo de 2011

El sabio y el hambre - José Vicente Ortuño

El sabio Rasputila, aburrido y hambriento caminaba bajo el sol por una senda polvorienta. Para ejercitar su mente recitaba versos que aprendió en su niñez:

“Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.”

Hizo un alto, se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con un pañuelo ajado, mientras, seguía recordando los versos de Calderón de la Barca:

“¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.”

Rasputila se volvió. Tras él no caminaba otro sabio, sino su pobre aprendiz que, con la cara demacrada por el hambre, lo miraba con admiración.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Un final es un final - José Vicente Ortuño

Un chirrido de bisagras oxidadas precedió a una corriente de aire gélido. La vela que iluminaba el escritorio se apagó. El hombre dejó la pluma y fue a cerrar la ventana. El viento gélido lo azotó con el olor putrefacto del bosque. Cerró la ventana y observó la oscuridad a través de los cristales. Imaginó ser el protagonista de su novela y ver los ojos de la bestia mirándolo desde la tenebrosa negrura. Escuchó su respiración, un jadeo largo y ronco como el de un enorme fuelle. Incluso percibió su olor acre, mezcla de sudor animal, sangre de sus víctimas y carne descompuesta. Se estremeció. Aseguró las contraventanas y se giró. Allí estaba la bestia, con los ojos inyectados en sangre y las fauces babeando ante el festín que le esperaba. Es un buen final para mi novela, pensó el novelista.

miércoles, 24 de marzo de 2010

El payaso - José Vicente Ortuño


El payaso hizo alarde de toda su panoplia de trucos y la parafernalia propia de su oficio, pero el público permaneció en silencio, ajeno a las gracias con las que intentaba provocar su hilaridad. Al término de su actuación salió de la pista cabizbajo, arrastrando la guitarra con la que había efectuado su último intento para hacerlos reír.
Comenzó el siguiente número, el de una trapecista que realizaba increíbles proezas. Tampoco el público se sintió impresionado por la habilidad de la muchacha, ni siquiera cuando un soporte del trapecio se rompió y ésta cayó al vacío, estrellándose en el centro de la pista.
El payaso corrió a socorrer a su compañera y amada, pero no pudo hacer nada, sólo llorar sobre su cuerpo roto. Durante unos instantes, bajo la carpa sólo se escuchó el llanto del payaso, luego, el público comenzó a reír.

martes, 9 de febrero de 2010

Marte está lleno – José Vicente Ortuño




—¡Marte está lleno de marcianos! —gritó el astronauta mientras lo sacaban de la lanzadera inmovilizado con una camisa de fuerza—. ¡Os digo que Marte no está desierto, son invisibles para poder espiarnos!
—Denle un sedante y déjenlo dormir un par de días —dijo el médico de la Agencia Espacial Calagurritana—. El pobre diablo ha pasado por una experiencia traumática.
—Sí, ser el único superviviente de una expedición a Marte debe de ser terrible —dijo un científico bajito, calvo y monoceja.
—Además, volver solo en la nave es para enloquecer —añadió otro científico de aspecto tan anodino que no vale la pena describirlo.
—La mente humana tiene extrañas formas de reaccionar —intervino el camillero que ataba al astronauta con esmero.
—¡Vaya que sí, pero si no lo hubiésemos traído nosotros…! —exclamó un marciano, invisible a todos ellos. Pero claro, nadie pudo oírlo

lunes, 18 de enero de 2010

Espejismos de Marte – José Vicente Ortuño


Creíamos que Marte estaba desierto y lo llenamos de cúpulas geodésicas presurizadas, carreteras, tuberías, depósitos de sustancias toxicas, chatarra y basura; mucha basura.
El primer signo de la existencia de los marcianos fueron los sabotajes. Tornillos que se aflojaban. Fusibles que se fundían. Escapes de fluidos vitales para las máquinas. Sólo travesuras, nada que dañase a ningún ser humano.
Luego fueron las visiones fugaces. Sombras entrevistas en los reflejos. Pálidos espejismos en el metal bruñido. Corrientes de aire gélido en la oscuridad.
Pronto descubrimos que, utilizando dos espejos colocados en cierto ángulo, podíamos ver a los marcianos y sus ciudades. Observamos su cultura y fuimos incapaces de comprender una sociedad tan fantástica, que a los orgullosos humanos nos hacía parecer pobres cavernícolas menesterosos.
Abandonamos el planeta rojo convencidos de nuestra necesidad de evolucionar y el propósito de parecernos algún día a los marcianos.

domingo, 10 de enero de 2010

Fin de año – José Vicente Ortuño


Tenía todo listo: doce uvas en una mano, una copa de cava en la otra, un tanga rojo que me apretaba los huevos, un puñado de lentejas en el bolsillo, monedas en los zapatos que me atormentaban los juanetes…
Sonaron las doce campanadas. Deglutí las uvas como si me fuera la vida en ello. Bebí cava hasta el coma etílico. Olvidé las jodidas lentejas y, cuando me quité los zapatos, las malditas monedas rodaron debajo del sofá.
Al sonar la última campanada el universo se detuvo y comenzó a encogerse. La entropía y el tiempo se invirtieron. Vomité las uvas y el cava. Me calcé los zapatos con monedas en el interior, mientras las estúpidas lentejas continuaban en mi bolsillo y el tanga seguía apretándome los cojones. Pero lo que más me jodía era tener que vivir de nuevo, pero al revés.

miércoles, 6 de enero de 2010

Macondo – José Vicente Ortuño


El viento se llevó a Macondo, pero no muy lejos, porque cayó a un barranco y quedó allí, amontonado. Un especulador construyó en su lugar una zona residencial con piscinas y campo de golf. El barranco donde yacían los restos de Macondo fue utilizado como vertedero, hasta que se llenó, tras lo cual el área resultante se utilizó para edificar un centro comercial con multicines. Durante la construcción del aparcamiento se encontraron los restos de Macondo. Un grupo de eminentes arqueólogos de una ilustre universidad, tras un concienzudo estudio que tuvo lugar mientras jugaban al póquer con el dueño del solar, dedujeron que carecían de valor y se utilizaron para rellenar un socavón abierto por las lluvias en la vía del tren de alta velocidad. Y Macondo siguió en el olvido.

sábado, 10 de octubre de 2009

Deconstruyendo - José Vicente Ortuño


Un gran cocinero y un escritor de éxito acordaron halagarse mutuamente con lo mejor de su arte.
Le tocó primero al literato probar el menú que había encumbrado al otro a la fama. En el plato encontró un huevo, una patata y una cebolla, crudos y sin pelar, algo de aceite y sal.
—¿Qué es esto? —preguntó extrañado.
—Es tortilla de patata deconstruida —respondió el orgulloso cocinero.
Al novelista le fue imposible comerse la “tortilla”, lo cual ofendió grandemente al cocinero.
Al día siguiente el escritor se personó en el restaurante para entregar el cuento prometido. El cocinero tomó la página que éste le tendía y leyó:
“20 sustantivos, 15 artículos determinados, 16 artículos indeterminados, 19 adjetivos, 30 pronombres, 25 verbos, 14 adverbios y 3 conjunciones.”
—¿Pero esto qué es? —preguntó perplejo el cocinero.
—Pero, si está claro —respondió el escritor—, es literatura deconstruida.

lunes, 11 de mayo de 2009

La grieta - José Vicente Ortuño


LA GRIETA
José Vicente Ortuño

Sin previo aviso se abrió una grieta en el universo y la realidad comenzó a escaparse por ella. El creador de mundos intentó de arreglar la rotura e hizo todo lo que estuvo a su alcance, probó todo tipo de materiales para sellar la fuga, pero todo fue inútil, el tejido del universo es difícil de manipular sin las herramientas adecuadas.
La grieta se hacía cada vez más grande y la realidad fluía a su través a gran velocidad. Incapaz de arreglar el desperfecto por sí mismo, el creador pensó en solicitar ayuda a un especialista. Era difícil dar con uno que acudiese en día festivo y el creador no pudo hacer nada más que contemplar, impotente, como su obra se escapaba hasta que desaparecer por completo. Entonces maldijo a los fontaneros, porque nunca se encuentran cuando se les necesita.

jueves, 9 de abril de 2009

La fase oscura - José Vicente Ortuño



Mirando sobre el hombro de su esposo, la mujer leyó en la pantalla del ordenador: “Rodeó el cuello de la mujer y, mirándola fijamente a los ojos, apretó sin piedad hasta que el cuerpo sin vida cayó desmadejado a sus pies. Luego, con una última mirada de desprecio se marchó.”
—Cariño —le dijo estremecida—, ya sé que estás en una fase oscura y que sólo escribes cuentos de terror, pero, ¿no serías capaz de hacer algo como lo que escribes, verdad?
Él se volvió muy despacio y la miró en silencio. Lo que ella vio en su mirada le hizo huir despavorida.

viernes, 3 de abril de 2009

Noches y trasnoches - José Vicente Ortuño



El reloj señaló la medianoche, la hora en que las brujas remontan el vuelo hacia sus aquelarres, los vampiros buscan sangre fresca, los hombres lobo salen de caza, los fantasmas perturban la paz de los durmientes, los aparecidos espantan a los caminantes solitarios, los íncubos invaden lechos virginales y los súcubos provocan lascivas pesadillas.
Noctámbulos menos sobrenaturales inician también su deambular: Insomnes y trasnochadores, prostitutas y macarras, juerguistas y bebedores, jugadores y tahúres, asesinos y ladrones, golfos y mujeriegos, chulos y chaperos, truhanes y almas perdidas.
Las calles y antros de la ciudad, atestados de criaturas de la noche, se convierten en un hervidero de ruido y sensaciones. Pero alguien permanece oculto en su guarida, en silencio. Baraja ideas, hilvana palabras y las transforma en vivencias, creando universos alternativos y mundos fantásticos. Y al amanecer, el escritor duerme satisfecho de su nueva obra.

jueves, 26 de febrero de 2009

Medianoche 3 - José Vicente Ortuño


MEDIANOCHE 3
José Vicente Ortuño

El reloj señaló la medianoche. Fue la señal para que el asesino que habita en esa zona, entre la vigilia y el sueño, en la que la realidad ondula y se retuerce, diese tres golpes en la puerta. Ésta se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas. Entró deslizándose en la oscuridad. Olió el miedo de su víctima. Escuchó los latidos apresurados de su corazón y su respiración entrecortada. Sintió el aura espesa de pánico que llenaba la habitación. Avanzó cauteloso, en silencio como una sombra. Desenvainó la hoja. Olió la sangre de pasadas víctimas. Contuvo la respiración para mantener el pulso firme. Escuchó el filo hender el aire. Gorgoteo. Estertor. Éxtasis.

domingo, 22 de febrero de 2009

Medianoche 2 - José Vicente Ortuño


MEDIANOCHE 2
José Vicente Ortuño

El reloj señaló la medianoche. El lector se encontraba en esa zona, entre la vigilia y el sueño, en la que la realidad ondula y se retuerce. “Tres golpes estremecieron la puerta”, leyó en el libro. Un escalofrío recorrió su espalda. “Una corriente de aire gélido apagó la vela”, continuaba el texto. “Viento agitando los árboles. Crujido de tablas. Una respiración a su espalda”, siguió leyendo. De pronto se apagó la luz. Retuvo la respiración, escuchando los sonidos de la noche. Una alarma lejana. El camión de la basura. Un ciclomotor con el escape libre. El deslizar de una hoja afilada en su yugular. La sangre saliendo a borbotones con cada latido de su corazón… Lástima, no podré terminar el libro, pensó.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Medianoche 1 - José Vicente Ortuño


MEDIANOCHE 1
José Vicente Ortuño

El reloj señaló la medianoche. El escritor se encontraba en esa zona, entre la vigilia y el sueño, en la que la realidad ondula y se retuerce. Tres golpes estremecieron la puerta. El chirrido de unas bisagras oxidadas precedió a una corriente de aire gélido. La vela que iluminaba el escritorio se apagó. A pesar de la oscuridad, gracias a la costumbre, dejó la pluma en el tintero sin vacilar. Escuchó los sonidos de la noche: El follaje de los árboles agitado por el viento. El crujir de las tablas del suelo. Una respiración pesada a su espalda. El suave deslizar de un cuchillo afilado por su yugular. La sangre saliendo a borbotones con cada latido de su corazón… ¡Qué buena historia, pensó, si todavía pudiese escribirla!

viernes, 6 de febrero de 2009

El madrugador - José Vicente Ortuño


EL MADRUGADOR
José Vicente Ortuño

Madrugo mucho, tanto que mis amigos suelen preguntarme si me he caído de la cama. Yo respondo que cuando salgo de casa todavía no han puesto las calles. Aquel día la broma se hizo realidad. Al abrir el portal de mi casa no había calles, ni aceras, ni contenedores de basura, ni coches aparcados… Nada. Me dio vértigo y tuve que agarrarme al marco de la puerta para no caer al abismo. Perplejo, pero intentando mantener el control de mi mismo, miré a lo lejos. Centenares, miles de edificios flotaban, al igual que el mío, en la oscuridad del vacío. Daba la impresión de que la Tierra hubiese desaparecido, dejando todo lo que había sobre ella flotando en la nada. ¿Qué había sucedido? ¿Acaso aquella mañana el tío que pone las calles se había dormido?

lunes, 2 de febrero de 2009

Alma en venta - José Vicente Ortuño


ALMA EN VENTA
José Vicente Ortuño

Mi problema sólo tenía una salida: vender mi alma al diablo. Me documenté profusamente para poder invocar a Lucifer. Leí el Necronomicón, las obras completas de H.P. Lovecraft y el manual de la bruja Lola. Realicé todos los rituales que figuran en ellos. No obtuve respuesta.
Mi situación se hizo insostenible y me llevó al suicidio. Cuando llegué a las puertas del infierno pregunté al funcionario de recepción:
—Verá usted, quise vender mi alma e invoqué a Lucifer repetidas veces, pero nadie acudió. ¿Podría decirme qué hice mal?
—¿Cómo hizo las invocaciones?
—Utilicé los rituales del Necronomicón y otros libros de magia negra.
—¡Pero vamos a ver! —exclamó—. ¿Usted se cree que en el Infierno estamos en la edad media?
—¡Hombre, es lo clásico! Lo he visto en las películas.
—¿No se le ocurrió enviar un e-mail, ni consultar nuestra página: www.elinfiernomola.org?

martes, 6 de enero de 2009

Sueño de escritor - José Vicente Ortuño


SUEÑO DE ESCRITOR
José Vicente Ortuño

Soñó que tenía el argumento perfecto para la novela perfecta, la que le convertiría en escritor de renombre. Cuando despertó no pudo recordarlo. Volvió a dormirse, esperando recordar la historia y no olvidarla de nuevo al despertar. Sin embargo, soñó otro argumento distinto y volvió a despertar sin acordarse de nada. A la tercera va la vencida, se dijo. Regresó al mundo de los sueños, escribió un libro y triunfó. No volvió a despertar, pero no le importó, porque al fin se había convertido en un escritor inmortal.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Gusano tornillo - José Vicente Ortuño


GUSANO TORNILLO
José Vicente Ortuño

Dedicado a Miguel Gila

El gusano tornillo entró por la nariz. Intentó sacárselo hurgando en sus fosas nasales con unas pinzas, pero el insecto se adentró veloz en su cráneo, dejando a su paso unas babas verdosas que fluyeron cual molesto resfriado.
Los primeros días el insecto se abrió paso taladrando el hueso, lo que le produjo constantes dolores. Cuando llegó a la bóveda craneana y comenzó a devorar el cerebro, el dolor se hizo insoportable. Además, la pérdida de masa encefálica, que manaba por su nariz junto con las babas verdes, le provocó desorientación y pérdida de memoria.
Al vigésimo día el gusano se instaló en el hipotálamo y desarrolló miles de zarcillos, finos como cabellos, que se extendieron por su cerebro durante los siguientes días.
El trigésimo día el parásito se miró al espejo y comprobó que el cuerpo que había ocupado le satisfacía.

Ilustración: Fotomontaje del autor.