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martes, 26 de agosto de 2008

El muerto vivo — Marcelo di Marco


EL MUERTO VIVO
Marcelo di Marco

Dieciocho años. Treinta y seis kilos. Sesenta pacos por día.
La caverna fría irisada en poderes mágicos.
La tiniebla de otoño guardando la magia entre el callejón. Gruta de hielo que estalla de poderes mágicos. La tiniebla en otoño. La mágica cueva en declive de luces y harapos mágicos. Pulmón que estalla de a poco en oscuros pedazos grises: la magia del humo filoso, en cada escupida.
Y los verdugos invisibles que vienen a buscarlo. La magia.
Pero él se atreve. Bajo los pliegues de la negrura, él se atreve. Él se atreve y empuña el .38. Y empieza a cruzar la autopista.

Ilustración: Salvador Dalí
Marcelo di Marco

sábado, 23 de agosto de 2008

La infiel - Marcelo di Marco


LA INFIEL
Marcelo di Marco

Proximidad.
Algo suave.
Un sol lejano. Mares.
Medio despierta, en el final de un bostezo, sueña algo dormida. Un crucero en el Caribe, la proximidad, margaritas, una maraña de músculos, un slip rojo.
La proximidad.
Un paso. La proximidad.
Algo de seda. Otro. Algo furtivo. La proximidad algo lejana.
La lejanía de un grupo de palmeras, una eslora de veinte metros.
Otro paso y otro, un sol exquisito y otro daikiri.
Una mano en su nuca, firme.
Un cuchillo de treinta centímetros, reluciente.

Marcelo di Marco

jueves, 21 de agosto de 2008

El gato - Marcelo di Marco

EL GATO
Marcelo di Marco

El gato. No el que brilla en la calle todo su asombro, el que se arquea.
El gato. La chica de la vida.
Hubo días en que lo pudo todo. Su almohada parecía un horizonte rojo.
El gato. No era muy cara.
Evocaba aguas movedizas de peces. Era olor de pantanos encendidos de negrura.
Descalabró su humanidad en polvos descomunales. Sus ojos herían las estrellas. Infinita entre revoltijos de sábanas. Callejera.
El gato. La chica de la vida.
Un día no pudo más: con sólo un tajo, hizo de su cama una parcela de sangre.

Marcelo di Marco

martes, 19 de agosto de 2008

Morir en casa, morir despacio - Marcelo Di Marco

MORIR EN CASA, MORIR DESPACIO
Marcelo Di Marco

Por fin estaba a punto de firmar, pronto sería libre de una vez.
Postrada y jadeante, ella lo espiaba con sus ojos de rata. Era evidente que la vieja tenía miedo: en sesenta años jamás se habían separado.
Pero él dejó la lapicera en el aire. Y volvió a cada humillación, a cada derrota suya frente a esa mujer. Y contuvo la furia para tomar aliento.
—Cambié de opinión, mamá —dijo, solemne, rompiendo los papeles del geriátrico—. Nadie va a tratarte como pienso hacerlo yo.

Marcelo di Marco