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sábado, 16 de noviembre de 2013

Fukushima - Jesús Ademir Morales Rojas


El terremoto lo despertó: la planta emitía su cotidiano llamado. Se arrastró entre las ruinas hasta que llegó al ingenio al rojo vivo. La grieta emitía un humo fosforescente. Se arrojó allí sin pensarlo. Su último pensamiento: mañana le tocaría a otro, pero esta vez, la fortuna fue solo para él.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

viernes, 8 de noviembre de 2013

Sirena - Jesús Ademir Morales Rojas


La Estación Espacial Internacional recibió aquel llamado desconcertante desde la Tierra, justo antes de ser derribada. Los astronautas desesperados hicieron lo posible por sobrevivir al abrupto amaraje. Aguardaron durante mucho, flotando y aferrándose a los restos de la estructura inservible, hasta que las olas los arrojaron a una costa. Caminaron, buscaron. Pronto llegaron a las instalaciones en ruinas. Cuando los ingenieros salieron a recibirles, lo entendieron todo: avanzaron resignados hacia el interior de la planta nuclear, escoltados y vigilados por aquellos rostros de luz. La grieta luminosa aguardaba y emitía de nuevo su llamado al cosmos.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

lunes, 2 de septiembre de 2013

Condena - Jesús Ademir Morales Rojas


Intentando remediar su falta, el creador de la planta nuclear de Fukushima se arriesgó con su último invento. Manejó el artefacto lo mejor que pudo. Sin embargo, al final, cuando el artilugio terminó de operar, el resultado fue de nuevo el esperado: el peor posible. Al llegar a la fecha deseada, la máquina del tiempo provocó un terremoto devastador. Cuando el tsunami devoraba el horizonte, el desventurado tuvo el consuelo de saber que su condena sería eterna.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

domingo, 21 de julio de 2013

El santuario - Jesús Ademir Morales Rojas


Asimo por fin logró detener la fuga de radiación de la planta de Fukushima. Y cuando salio del lugar en ruinas, fue levantado en hombros por la muchedumbre. Pero la satisfacción del androide pronto se hizo añicos—literalmente—bajo las garras de los venerantes. Lo arrojaron al mar gelatinoso en donde fue devastado por ciegos engendros. Nadie volvería a tocar el templo sagrado. El sol verdoso parpadeó por un momento.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

sábado, 6 de julio de 2013

Visión - Jesús Ademir Morales Rojas


Trepé al castaño y observé sin pestañear: en un hueco del tronco, algo se movía, me miraba. Reconocí mi propio rostro, oculto. Abrió la boca. Me deslicé por ese conducto de humedad y ecos. Caí en un extraño páramo de arbustos torcidos. Caminé; lo dúctil de suelo me desagrado: era piel humana, el horizonte entero. Corrí hacía los arbustos. En cada uno, descubrí deformada, mi propia persona. Y en la luna, mi faz, inmensa, grotesca, espiándome. Un viento furioso: mi voz en alaridos. La luna acercó sus fauces a la tierra. Todo se estremeció en atroz agonía.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

viernes, 14 de junio de 2013

La lección - Jesús Ademir Morales Rojas


—¡El arpón Charles! ¡Ahora!
La pequeña barca de emergencia se estremecía ante la fuerza de la furiosa tormenta. La descomunal ballena pugnaba por hacerles naufragar de la misma manera con furiosos impactos de su cola.
—¡Vamos mozalbete! ¡el arpón!
Entonces Charles le pasó al capitán Ahab el arma deseada.
El anciano capitán obsesionado, pronto se arrojó a los lomos de enloquecida ballena.
Pronto se perdían en las olas sombrías, trenzados en su colosal batalla.
Impresionado por la intensidad de los sucesos, Charles perdió el sentido. Cuando despertó ya había sido rescatado por una inesperada nave. Ante las preguntas de la tripulación sobre lo acontecido, Charles no dijo nada. Pero nunca olvidaría aquella dolorosa lección de fuerza y supervivencia.
Y así, sin haberlo planeado, se vio conducido a las Islas Galápagos, el joven Charles Darwin.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

miércoles, 1 de mayo de 2013

El destino del dios blanco - Jesús Ademir Morales Rojas




Arthur Gordon Pym no murió. Transcurrieron eones en las entrañas del gigante blanco. Sin embargo, cuando el monstruo quedó varado en la playa vacía, Arthur Gordon Pym escapó de los restos putrefactos del dios antártico. Decidido a explorar los límites de su propia racionalidad, forjó un navío con los huesos del coloso. Desde entonces transita por las aguas frías de una Antártida oscura e infinita: hace mucho tiempo que el mundo ha dejado de girar y lo único que altera las penumbras heladas- bajo constelaciones que se desploman una a una- es el fuego de una mirada perdida en horizontes en perpetuo devenir. Cuervos de llamas en busca de su propia estela.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

sábado, 22 de diciembre de 2012

El funcionario - Jesús Ademir Morales Rojas




K abre la puerta. Tras un escritorio, el funcionario que buscaba, señalando a otra puerta. K titubea. Luego se decide: abre tal puerta. Negrura. Se interna allí. Ruidos. Voces. K, avanza durante mucho entre esas tinieblas sofocantes. Fatigado, se acuesta a dormir. Cuando despierta, está sentado en un escritorio. Alguien abre la puerta. K señala.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

sábado, 24 de noviembre de 2012

Ecos - Jesús Ademir Morales Rojas


...no sé cuánto estuve encerrado en aquel cuarto oscuro poblado de ecos. Periódicamente me rociaban con luces extrañas y líquidos de raro sabor. En algún momento abrieron una zona de la celda. Entonces me asomé: sólo había allí un horizonte de sombras, y las quietas olas de un mar metálico. Salí. Anduve vagando sobre las aguas durante mucho, mucho tiempo. Hasta que el tedio me sofocó hasta la muerte...

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

viernes, 16 de noviembre de 2012

Libre - Jesús Ademir Morales Rojas




K un día, luego de su trabajoso empeño, por fin entró al inmenso edificio. Nadie le impidió el paso. Nadie le puso obstáculo alguno ya. Nadie le obligó realizar largas esperas, ni a presentar documentos imposibles. Nadie le cerró las puertas. Porque el Castillo estaba vacío por completo. K no supo que pensar de esto. Y no lo hizo, porque el viento cerró las puertas del edificio abandonado y ya nunca volvieron a abrirse.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La cinta de Moebius - Jesús Ademir Morales Rojas



K abre la puerta. Tras un escritorio, el funcionario que buscaba, señalando a otra puerta. K titubea. Luego se decide: abre tal puerta. Negrura. Se interna allí. Ruidos. Voces. K avanza durante mucho tiempo entre esas tinieblas sofocantes. Fatigado, se acuesta a dormir. Cuando despierta, está sentado en un escritorio. Alguien abre la puerta. K señala.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas

lunes, 25 de junio de 2012

Tiempo - Jesús Ademir Morales Rojas



Había pasado tanto tiempo, desde que K intentaba tramitar ese asunto en el Castillo infructuosamente, que un día comenzó a sospechar que el tiempo mismo estaba en contra del éxito de su tentativa. Desconfiado desde entonces, llevaba siempre consigo un martillo, y cada vez que un reloj suyo perdía la hora, K lo hacía añicos sin titubeos. Un día, luego de innumerables golpes, se dio accidentalmente en la mano. Y entonces K cayó al suelo, desmoronado en fina arena.

Sobre el autor:  
Jesús Ademir Morales Rojas

jueves, 29 de marzo de 2012

Fuga - Jesús Ademir Morales Rojas


Tras haber saltado de la silla, con la soga al cuello, el suelo acolchado de mi celda se hizo un firmamento turbio, color carmesí. Ángeles de fauces dentados y largas colas de castor jugueteaban en las profundas nubes iridiscentes. Y entre los rayos multicolores de una luna fragmentada, escuche los alaridos metálicos de tu llamado infinito. Entonces por fin, más allá del tiempo, solté la cuerda.

lunes, 19 de marzo de 2012

Solución - Jesús Ademir Morales Rojas


Poirot nunca se había enfrentado a un caso así. En la estación espacial, ahora desolada, las cosas flotaban en una lenta vorágine. Entre este desorden, los cuerpos de los astronautas deambulaban errabundos, como ahogados en un mar invisible. Alguien había cometido un crimen perfecto: al desactivar los sistemas estabilizadores de la estación espacial, había acabado con todos en un golpe maestro. Sin embargo, el enigma se percibía a todas luces; ¿cómo había escapado el asesino de su propia trampa? Luego de efectuar un complejo ejercicio deductivo, Poirot, con matemática exactitud, dio por fin con el culpable. Lo puso a buen recaudo. La computadora de la nave, Poirot, triunfalmente, se auto-desconectó.

martes, 13 de marzo de 2012

La sirena quimérica - Jesús Ademir Morales Rojas


Incapaz de olvidar a Odiseo, Penélope acudió a Dédalo, para que le forjase un traje de recuerdos. Con cada objeto que le ayudaba a evocar al rey errabundo, la nostálgica se fue cubriendo de una armadura increíble: conchas marinas, trozos de espadas, redes de pesca, pieles y oro. Y así pudo Penélope soportar de mejor modo la espera ardorosa. Cuando el viajero volvió por fin, y deseo tomar en sus brazos a su anhelada consorte, fue retirando los elementos de esa sorprendente cubierta. Al final no halló nada allí, pero el suspiro anhelante que broto de sus labios, le supo tanto a ella- canto de sirena consciente de su propio imposible- que nunca más dejo de estar en él.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Fuego final - Jesús Ademir Morales Rojas


La estación solar se consumía y agitaba, pequeña concha de cristal, a la deriva en un mar de brillos. Cuando el sol comenzó su muerte —refulgiendo con una intensidad que devoró a todos los planetas del sistema solar— La Tierra, nuestro mundo, se desvaneció, como una burbuja al contacto con la brisa. Entonces, tú y yo, los últimos seres humanos, ya puestos nuestros trajes espaciales, un último abrazo —con fervor, dibujando nuestros enteros cuerpos, a fuerza de despedidas—, dejamos la estación solar y nos arrojamos a las olas ígneas.

Jesús Ademir Morales Rojas

Ilustración: René Magritte: "La vida real"

lunes, 5 de marzo de 2012

Lenguajes - Jesús Ademir Morales Rojas


K deambula por el Castillo, confundido y desorientado. Se acerca a un guardia a preguntar por la oficina de los trámites. Pero el guardia le responde en un lenguaje desconocido. K desesperado, intenta hacerse entender gesticulando con el rostro y agitando las manos. El guardia parece sorprendido. Pero luego asiente y busca que K lo acompañe. El joven le sigue. Está satisfecho de finalmente haberse hecho entender. El guardia conduce a K a un cuarto. Oscuro, silencioso. K se consterna. Allí varios guardias le derriban. Le someten. Poco antes de ser ejecutado, K les maldice. Los verdugos sonríen, como si comprendieran.

Jesús Ademir Morales Rojas

domingo, 9 de octubre de 2011

Babel - Jesús Ademir Morales Rojas


K deambula por el Castillo, confundido y desorientado. Se acerca a un guardia a preguntar por la oficina de los trámites. Pero el guardia le responde en un lenguaje desconocido. K desesperado, intenta hacerse entender gesticulando el rostro y agitando las manos. El guardia parece sorprendido. Pero luego asiente y busca que K lo acompañe. El joven le sigue. Está satisfecho de finalmente haberse hecho entender. El guardia conduce a K a un cuarto. Oscuro, silencioso. K se consterna. Allí varios guardias le derriban. Le someten. Poco antes de ser ejecutado, K les maldice. Los verdugos sonríen, como si comprendieran.


Jesús Ademir Rojas

K, el mar y los sueños IV - Jesús Ademir Morales Rojas




Naufrago de soledad, K decide encerrarse en una botella y aventurarse al capricho del mar. El mensajero anduvo errabundo hasta que fue depositado en las soleadas playas de Ítaca. Allí Penélope y Frieda lamentan a sus ausentes amados. Para suavizar la espera, Frieda descorcha una botella que las olas han dejado en la arena. La bebe entera. Alguien Llora. En el horizonte, las naves de Ulises.


Jesús Ademir Morales Rojas

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Tortura - Jesús Ademir Morales Rojas


Dante le preguntó a la sombra, tras haber llegado, por fin, a la cima del monte:
—Maestro, ¿qué condena se purga en este espacio infernal?
—No lo sé, llevas aquí más tiempo, dímelo tú.
Dante miró difuminarse aquella fantasmal sonrisa.
Y al pie del monte una vez más, los umbrales del infierno le dieron la bienvenida.

Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas