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viernes, 24 de febrero de 2012
El beso postergado - Federico Demarchi
Habíamos llegado caminando hasta la orilla del río con la excusa de desayunar en algún bar que estuviera cerrado. Hablábamos. La noche se desmoronaba a nuestras espaldas y el amanecer nos obligaba a entrecerrar los ojos.
Aburridos de la mutua estupidez, tratando de parecer inteligentes con la mención de manidas paradojas, hablábamos y hablábamos.
Ocurrió que, en medio de una frase, mientras buscabas una expresión que huía, preguntaste: "¿Cómo se dice?...". Y yo, en la precipitación de responder, me equivoqué: "Estaba pensando lo mismo; no puede decirse". E inmediatamente quise rectificarme, al descubrir lo que estabas pensando. Pero ya era demasiado tarde. Ajenas a una y otra lengua, nuestras miradas se olvidaban de nosotros.
Se alejaban. Y conforme nos contemplaban desde un futuro cada vez más íntimo y más remoto, iban adivinando que en nuestro principio había sido el silencio.
Entonces, por fin, nos quedamos sin palabras.
Tomado del blog: Poesía y Microficción
miércoles, 22 de febrero de 2012
Rescates emotivos - Federico Demarchi
El incendio comienza en la sala de guardia del hospital, gana rápidamente los corredores y se apodera de toda la planta baja del edificio. Secundados por una espesa columna de humo, pacientes, enfermeros y médicos asoman por las ventanas del primer piso.
Un empleado administrativo surge de entre las llamas que bloquean la puerta principal y cae de rodillas en la vereda. “Logré salvarlos a todos...” alcanza a susurrar, y luego, desplomándose, extrae del bolsillo un CD cuyo rótulo aclara: Archivo de Historias Clínicas.
Más allá, dos bomberos intentan mitigar los espasmos de un extinguidor, en tanto la jefa de hemoterapia acuna un saché de sangre cero negativo.
Tomado del blog: Poesía y Microficción
jueves, 13 de octubre de 2011
Regresión - Federico Demarchi

Has entrado al laberinto, aunque no recordás en qué momento. Estás dispuesto a perderte por mil senderos distintos hasta dar con el monstruo. Sin embargo, conforme avanzás, las paredes ralean. Finalmente llegás a un descampado. Bajo el tibio sol caminás sin rumbo fijo. Cuando tu buen olfato te pone sobre aviso, te plantás en medio del valle y bajás la cabeza buscando tu espada. Pero no hay tal espada. Te dejás caer de rodillas. Se te hace agua la boca. El pasto tierno entre los dientes te enseña la libertad.
Tomado del blog Poesía y Microficción
martes, 13 de septiembre de 2011
Actualidad – Federico Demarchi

Una enorme bola de acero atraviesa la medianera del antiguo caserón y arranca la cabeza de la anciana sentada frente al televisor.
Adherida a la bola, cruzando el aire con un gesto de satisfecha aprobación, la cabeza muere informada: de acuerdo con lo manifestado en el noticiero, un juez ha puesto fin a la ola de desalojos.
Tomado del blog Poesía y Microficción
viernes, 3 de junio de 2011
Apagón metafísico - Federico Demarchi

Cae la noche sobre el rancho vacío en medio de la llanura. No hay caballos, ni perros que ladren, ni campos sembrados, ni caminos.
El hombre que imagina el rancho envuelto por el silencio y la penumbra, no logra hallarse él mismo dentro de la escena. Y esto lo lleva a sospechar, llega incluso a dudar de la realidad de su cuerpo, de la cama en la que está tendido, del rancho, de la llanura, de la noche que sigue cayendo y que lo arrastra con ella, desintegrándolo de vértigo por el abismo del sueño hasta otro día.
Tomado del blog Poesía y Microficción
domingo, 22 de mayo de 2011
Explícito – Federico Demarchi

Al otro explorador, le avisé que era un animal redondo, que vivía en los huecos de los árboles, dormía de día y salía a cazar por las noches, y que aun siendo pequeño, saltaba al cuello de grandes mamíferos, les infligía una mordida letal que los derribaba y luego los despedazaba con paciencia.
Le conté además que, tal como indicaba la leyenda, poseía lenguaje y, por lo general, procuraba entablar conversación con las potenciales presas, pero sólo los hombres sabios, diestros en las lenguas de los animales, se salvaban de la funesta mordida.
Se lo expliqué todo punto por punto, hablándole al oído porque no me gusta gritar, pero o era sordo o no me entendió. Así que tuve que comérmelo.
Tomado del blog Poesía y Microficción
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