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martes, 1 de abril de 2014

Protesta - Christian Lisboa


Setecientos mil perros coparon la Gran Avenida, seguidos desde las veredas por las cámaras de Metrópolis Tevé. El gran Can exigía entrevistarse con el gran Jefe. El gobierno respondió con gases lacrimógenos y balines. Los quiltros se reagruparon en medio de las calles, interrumpiendo el tránsito y mordiendo a los policías. La ciudad era un caos, en todas las comunas se replicaba el movimiento. Comandos espontáneos de perros destrozaban los neumáticos de los coches públicos. Luego, comenzaron los saqueos. En cinco minutos un supermercado era arrasado, en seguida la acción se repetía a kilómetros de distancia. Finalmente, el presidente abandonó su despacho y accedió a entrevistarse con el Gran Perro Negro. Pero éste no quiso recibirlo. Su objetivo era dialogar con el verdadero Jefe, la mascota de la casa de gobierno. Sin intermediarios.

Reunión en la selva – Christian Lisboa


Se desarrollaba la última sesión de la asamblea de todos los animales. Con un atraso de tres días, cuando casi todos los representantes habían presentado su ponencia, apareció el perro, rodeado de gigantescos mastines.
—Mis disculpas por el atraso —dijo—. Sólo vengo a decirles que soy el indicado para liderarlos en la gran cruzada contra nuestro enemigo común, el hombre.
—¿Por qué tú –dijeron todos a coro.
—Es evidente. He convivido por miles de años con nuestro enemigo. Conozco todos sus trucos y sus debilidades. Soy inteligente. Él confía en mí.
—Es verdad –dijeron todos. Y estaban a punto de elegirlo cuando, de un salto, un gato común se encaramó en el estrado, diciendo:
—Es verdad todo lo que dices, perro. Pero el comandante seré yo.
—¿Por qué? –dijo el perro.
—Porque yo hice todo lo que tú has dicho. Pero mantuve mi independencia. 

Acerca del autor:
Christian Lisboa

martes, 18 de febrero de 2014

Sobre los tejados - Christian Lisboa





Sólo ella podía escuchar las suaves pisadas felinas en el piso flotante. Por la puerta de la cocina, desde el patio de luz comenzaron a entrar más gatos. La salida hacia la calle estaba bloqueada con cerraduras imposibles de franquear. No necesitó abrir el paso hacia la habitación del amo, pues él dejaba un resquicio para escuchar sus movimientos y dormía con la pistola al alcance de la mano. Cuando la sala de estar estuvo llena de cuerpos peludos que se acariciaban contra sus piernas, ella hizo un gesto y los invasores comenzaron a entrar en el dormitorio.
Salió al patio interior rodeado por muros de seis pisos de altura y comenzó a trepar, introduciendo la punta de los dedos entre los ladrillos. Lo hizo bastante rápido. Los gritos le llegaron cuando estaba en los techos. Aunque podía tomar posesión de esa casa, no volvería allí en mucho tiempo.


Acerca del autor:  Christian Lisboa

lunes, 30 de diciembre de 2013

La pesadilla de Fermín - Christian Lisboa


La peor pesadilla del ministro de bienes nacionales no era aquella en la cual un peso asfixiante aprisionaba su cuerpo en la oscuridad. En su sueño recurrente más temido, un delincuente de poca monta corría con una pistola en la mano, apuntando a todo el mundo. Fermín Alcayaga huía por calles oscuras y llegaba al linde del bosque, en el cual se internaba. A poco de andar, se encontraba con un gorila y temiendo ser atacado, comenzaba a retroceder lentamente. Pero el gorila era hembra y se acercaba cariñosamente a Fermín, quien terminaba acostado con ella sobre los helechos. La pesadilla terminaba bruscamente cuando un gran chimpancé se acercaba, vestido como un gentleman, con una biblia en una mano y una escopeta en la otra. Fermín no sabía si sería ajusticiado o sería obligado a casarse con la mona y despierta reconociendo al simio: su nombre era César.

El autor: Christian Lisboa

martes, 12 de marzo de 2013

Filippo Giordano - Christian Lisboa



Filippo se levantó de madrugada y no encendió la radio, pues no tenía. Transpiraba. Nuevamente había soñado con fuego, una pesadilla recurrente. Se dirigió a la única ventana y contempló, extasiado, la luna. La precisión de su movimiento lo inspiraba. Asistió a la salida del sol, imaginando miles de soles similares rodeados de mundos habitados entre las estrellas lejanas que aún resplandecían en el cielo. No encendió la computadora para consultar Wikipedia, pues no tenía. Tampoco tenía TV cable. Encendió fuego para calentar su desayuno, debía apresurarse. Su alumno, Zuane Mocenigo, ya estaría en camino a denunciarle. Media hora después se puso el abrigo y salió a la calle, con un bulto lleno de ropas, libros y documentos al hombro. Ya era muy tarde, los soldados venían a su encuentro. Era la primavera de mil quinientos noventa y uno.


Acerca del autor:  Christian Lisboa

domingo, 3 de junio de 2012

In memorian ALICE - Christian Lisboa




ALICE jugaba con TOTEM. A cada tirada del acelerador, ellos competían por quién contaba más partículas. Pero TOTEM hizo trampa. Confabulado con ATLAS, quien contaba todo antes que ninguno, él siempre ganaba. Indignada, ALICE generó un pequeño agujero negro que duró más de un milisegundo. Este se tragó a TOTEM, ATLAS y a todo el CERN. En un par de segundos, se tragó a toda Europa y luego al Planeta. Alice alcanzó a gritar, en su idioma de ceros y unos: "¡Yo gano esta vez!" antes de desaparecer engullida por el primer hoyo negro creado en un acelerador.

Acerca del autor:
Christian Lisboa

sábado, 21 de abril de 2012

Shalom - Christian Lisboa


Entre Qufayrah y y Al Judayya, a lo largo de veintisiete kilómetros, una línea de cientos de tanques se mantenía a la espera, bajo el abrasador sol de las Alturas del Golán. Tras la línea, decenas de piezas de artillería pesada ajustaban los objetivos electrónicos. Entre ellas, Jesús se paseaba, de bluejeans y con una camiseta blanca con la leyenda “Shalom”.
El general se acercó a Jesús y le dijo:
—¿No fuiste tú el que dijo: “No he venido a traer la paz sino la espada”?
Jesús se tomó la cabeza con las manos, tirándose los pelos. —¡La espada, dije, no los misiles de largo alcance, no las ojivas nucleares!
—Consecuencias del libre albedrío —dijo el general—, la tecnología ha cambiado algo en dos mil años.
—¡Es espantoso, ustedes han creado un monstruo!
—Todos debemos asumir nuestra responsabilidad —dijo el general.

Acerca del autor:
Christian Lisboa

sábado, 26 de noviembre de 2011

Vampiros en la noche sin estrellas - Christian Lisboa


Descendimos suavemente entre las sombras proyectadas por las débiles luminarias. Entramos sin ruido, entre los últimos borrachos que abandonaban el local sin saber si el placer que experimentaban se debía al sabor del licor o al contacto de los últimos labios que besaron.
Pasamos entre las noctámbulas atravesando sus pupilas y desnudando sus cuerpos con miradas abrasadoras. Danzamos en círculos a su alrededor susurrando quedamente, apropiándonos de sus risas y sus cantos. Recorrimos todos los salones, todos los dormitorios, el comedor, la cocina. Absorbimos sus alientos y sus lágrimas. Nos quedamos sólo el tiempo suficiente para extraer una parte de sus vidas, el exceso de energía que aún les quedaba después de una noche de juerga. Ellas cayeron rendidas en sus camas una a una, sin pronunciar palabra,.
Luego, abandonamos la casa con energías suficientes para un par de días, hasta la próxima bajada, y emprendimos vuelo nuevamente.

lunes, 31 de octubre de 2011

Encuentro - Christian Lisboa


Cuando llevaba meses (años, quizá) en la larga fila de los que esperaban reencarnar, Francis Fukuyama reconoció a Thomas Malthus. Le saludó con una reverencia y un tímido comentario:
—Esta fila es inmensa, maestro. Llevo mucho tiempo aquí, no entiendo cómo no le vi antes.
—Hay que estar atento, muchacho. Algunos se retiran y puedes saltar varios lugares—. Luego agregó, en tono sarcástico: —Parece ser que aún falta mucho para la llegada del último hombre, ¿eh?
Ignorando la ironía, Francis dijo:
—Mientras más gente puebla el mundo, parece ser que hay más almas disponibles. ¿Cómo se entiende eso? ¿De dónde salen?
—Ley de oferta y demanda, hijo. Recuerda que pueden venir de otros sistemas, además. ¿Leíste mis libros?
—¿Paquetes turísticos para almas de otras galaxias? Leí todos sus libros y no encontré nada de eso.
—Lee entre líneas, hijo— dijo Thomas mientras avanzaba treinta lugares.

Solución - Christian Lisboa


Lucifer llegó a la oficina de Dios pasado el mediodía.
—Supe que abriste un concurso por el problema de sobrepoblación en tu modelito.
—Es verdad. El tercer planeta nuevamente está en peligro. Ahora están llegando a los siete mil millones de habitantes pseudo inteligentes.
—Muy por encima de la densidad media. Yo te puedo ayudar, y de paso ganar el concurso.
—Habla.
—Todos los días puedo escoger unos cincuenta mil de esos brutos para mi cena. En cincuenta años te soluciono el problema.
—Lo siento. Tu solución no es original. Tú mismo lo has hecho antes, con distintas excusas.
—Está bien. Pensaré otra cosa. Pero no podrás evitarles sufrimiento.
—Ya lo sé. —Dios cerró la puerta antes de que la olla a presión soltase el vapor. Estaba llena de humanos para el almuerzo, y no quería que el olor llegase a las narices de su visitante.

jueves, 7 de julio de 2011

Broma de 29 de diciembre – Christian Lisboa


El camaleón se miró las botas manchadas de sangre y pensó: “¡Qué desperdicio!”. Luego, se lavó minuciosamente y ocultó con crema las ojeras. No había dormido una pestañada. Había cambiado de apariencia tres veces durante la noche, y estaba cansado por la lucha y la carrera de regreso. Recién comenzaba a caerle el peso de la culpa. “¡Qué joder, aquí vamos de nuevo!”, se dijo, y se encaminó a la oficina. Aún no retiraban las guirnaldas navideñas de la puerta. Apenas entró, se le acercó Carlitos, todo compungido, con cara de culpable, y le dijo a media voz:
—¡Perdóname, ya sé que es una broma pesada eso de que tu mujer y Arturo anduvieron revolcándose por ahí!, pero era día de los inocentes, ¿sabes?
—Yo te tengo una broma de veintinueve de diciembre —dijo el camaleón desenvainando el facón.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Robo en la pastelería - Christian Lisboa


ROBO EN LA PASTELERÍA
Christian Lisboa

—Así que no sabes nada del robo.
—No, oficial.
—¿Qué hacías entonces en la pastelería a esa hora?
—Compraba pasteles de crema, oficial.
—Pasteles. Bueno. Gómez, compre crema.
—¿Crema, jefe?
—Sí, Gómez. Varios litros.
El detenido, amarrado a la silla, chorreaba crema y saliva. Dos hombres le sujetaban y le obligaban a tragarla. El tipo intentaba rehusarse apretando los dientes, pero le apretaban la nariz y se la hacían tragar a bocanadas.
Estuvieron toda la tarde en eso. Con la camisa bañada en vómito, el detenido se quejaba por sus derechos.
—¿Cuáles derechos, desgraciado? Di lo que sabes y podrás descansar.
—¡Me están torturando! —gritó, entre espasmos. El solo olor de la crema le producía interminables arcadas, y un insoportable dolor en el bajo vientre.
—¿Tortura? Este será tu único alimento, hasta que decidas contarnos todo. Aquí no pasarás hambre, infeliz.

Exploradores - Christian Lisboa


EXPLORADORES
Christian Lisboa

Oteado a través de millones de kilómetros, el planeta había develado sus secretos a los instrumentos. Imaginaban grandes vegetales, animales fantásticos. La inmensa masa de materia orgánica revelada en los espectrogramas aseguraba comida y agua suficiente. Al entrar en la atmósfera, no habría retorno por seis meses, al regreso de la nave madre.
La humedad densa les envolvió, el aterrizaje fue difícil. Los sensores indicaban una calidad del aire adecuada para los humanos. Descendieron atentos al peligro, enfundados en trajes protectores y con armas desenfundadas. Ningún ruido, salvo el producido por la brisa. Se desprendieron de las máscaras. El aire podía respirarse, pero… un olor nauseabundo, inaguantable, lo impregnaba todo. Caminaron por la selva, vomitando. Gigantescos cadáveres de animales de veinte metros de largo se descomponían entre la vegetación. Obligadamente, acamparían entre masas descomunales de carne putrefacta. Quizá sería necesario alimentarse de ella. Por seis meses.

sábado, 21 de junio de 2008

Oniros - Christian Lisboa


ONIROS
Christian Lisboa

La manada de caballos corría desbocada por la campiña. El frío amanecer lo despertó en medio del campo, vestido sólo con un camisón de dormir. El ruido atronador de los cascos golpeando el suelo confirmó su sospecha: se encontraba en medio de la trayectoria de los animales. Aterrado, intentó correr, pero sus piernas no respondían...
Data le dijo al capitán Picard: —No responde. ¿Por qué este paciente se descompensa tanto con la máquina inductora de sueños? ¿De qué época lo trajeron?
—Debes consultar tu base de datos. Viene de principios del siglo XX. Se llama Sigmund Freud.