Mostrando entradas con la etiqueta Aleida Galmiche. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aleida Galmiche. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de diciembre de 2008

¿Nueva vida? - Aleida Galmiche


¿NUEVA VIDA?
Aleida Galmiche

Como cada día, M. Moliner salió apresurado de casa, entró al metro y esperó pacientemente la secuencia de estaciones que lo llevaría al trabajo. Por la noche abandonó la oficina con una sola idea, jamás repetir de nuevo el itinerario que lo sumergió en el tedio hasta convertirlo en un muerto ambulante. Sin embargo, entró al metro, lo abordó pero en dirección contraria a su casa, sin rumbo fijo, sólo por alejarse y cambiar un poco. Quería revivir.
Al tercer día de tomada la decisión de cambio, M. Moliner se arrancaba jirones de ropa y puñados de cabello. La rutina lo abandonó. Lo estrecharon los brazos del azar. Abordó el último tren sin destino ni tiempo que solo e imparable surca las entrañas de cualquier ciudad.

Ilustración: Salvador Dalí

miércoles, 27 de agosto de 2008

Sibarita - Aleida Galmiche


SIBARITA
Aleida Galmiche

Con tan sólo leer el pasaje de la historia ella supo que aquel era su lugar de origen. Por eso la manía de vestir de púrpura y atarse el cabello con hilos de oro que le daban un brillo angelical. Sí, esa era la causa de que Serena, la mujer del siglo XXI, fuera admirable para unos y excéntrica para otros; ejemplo de actitud, cultura y refinamiento pero a quien los más básicos y superficiales se rehúsan a admirar.
Claro, la adicción al cuidado personal, a la paz, al lujo, a la meditación y cualquier otro placer exquisito no puede ser propiedad de un esclavo voluntario con Rolex y BMW. Serena consideraba esos desplantes vulgaridades, su idea era más sutil: el lujo más esencial y la verdadera clase se deben ver en la persona que los tiene, aun desnuda e indefensa en medio del desierto.

lunes, 30 de junio de 2008

El castaño - Aleida Galmiche


EL CASTAÑO
Aleida Galmiche

Trepé al castaño y observé sin pestañear. Aurora se desnudaba; se asumió sola, ignoraba mi irrupción. Al otro día, como siempre, la vi en la escuela, indiferente e ignorante de mi nuevo conocimiento sobre ella. Llegó la tarde y el castaño me guiñó de nuevo, viejo compañero de juegos que ahora me enseñaba los primeros signos del alfabeto erótico. Aurora no apareció, la casa muda y oscura añoraba su presencia, yo también. Aurora no volvió a mostrarse a mis importunos ojos. El lunes en la escuela supe que murió, tratando de verme por la ventana, trepada en nuestro castaño.