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jueves, 22 de agosto de 2013
El licenciado Salzman y su paciente - Carla Dulfano
—Cuando no distinguimos entre entre malos y buenos, comenzamos a alejarnos unos de otros hasta que la soledad se hace insoportable —dijo el psicólogo Salzman.
—Está describiendo un cuadro de paranoia —observó su paciente.
—Exactamente.
—¿Cómo puede uno saber si sufre de paranoia o de veras lo están siguiendo?
—Es muy sencillo: Si hay alguien con usted en la habitación, puede ser que lo estén siguiendo; pero si usted está solo, estamos frente a un caso de paranoia.
—¡Haberlo sabido antes! Llevo gastada una fortuna en terapia. Hubiera ido yo a Acapulco en vez de usted.
Sobre la autora: Carla Dulfano
lunes, 1 de abril de 2013
El despido – Carla Dulfano
Mi madre siempre me decía: “Nadie escapa de su destino”. Sin embargo,
en esta ocasión decidí burlarlo. Estaban despidiendo a todo el mundo en
la oficina. Sabía que en algún momento me tocaría a mí, pero si nadie
me lo informaba, técnicamente yo no estaba despedida. Así que dejé de ir
a mi trabajo para no darles la oportunidad de decírmelo. Yo vivía
enfrente de la empresa, y para no encontrarme con mi jefe, no salí más.
Para no morir de inanición, sacaba la mano por la ventana que daba a la
calle. Pasaron tres meses y nadie me daba comida, mi único alimento era
el agua de la canilla. ¡Un día alguien puso algo en mi mano! Era el
telegrama de despido… Mi madre tenía razón, nadie escapa de su destino.
Acerca de la autora:
Carla Dulfano
domingo, 30 de diciembre de 2012
¡Te pedí ayuda, Dios, y no me la diste! - Carla Dulfano
—Sí que te ayudé. ¡Te dejé 20 millones de dólares en al baño del restaurante!
—Pero no los vi. ¿No sabías que las mujeres tratamos de evitar los baños públicos?
—No, no lo sabía, no soy mujer, y si lo fuera no sería tan quisquillosa.
Sobre la autora: Carla Dulfano
domingo, 7 de octubre de 2012
Relato bíblico I: José y sus once hermanos - Carla Dulfano
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó José, el asesor hebreo del faraón, en el lujoso palacio.
—Venimos de Canaán, necesitamos comida —contestaron once hombres flacos y harapientos.
—Ustedes me resultan conocidos… ¡Son mis hermanos, los que me vendieron como esclavo a los egipcios!
—Bueno, en realidad no es que te vendimos, sólo te pusimos en el camello de unos traficantes de esclavos.
—¡Pero recibieron una paga por eso!
—No se puede llamar a eso dinero, apenas alcanzó para compensar nuestro esfuerzo de envolverte en una bolsa.
—Qué tristeza —lloró José—, daría cualquier cosa por cambiar el pasado y no haber sido vendido por ustedes.
El deseo se cumplió. Hubo un remolino y de pronto aparecieron José y sus once hermanos, pidiéndole comida a otro asesor del faraón; y éste contestó:
—Ustedes no son parientes míos, vuélvanse a su tierra árida.
Y así los doce hermanos murieron de hambre.
La autora: Carla Dulfano
sábado, 14 de abril de 2012
La funeraria - Carla Dulfano

Trabajaba en una empresa funeraria.
La viuda del millonario Filomenti me extendió un cheque, advertí que había cinco ceros; se lo arranqué de la mano y lo guardé en un cajón.
La morgue estaba de paro y no me permitían sacar al difunto. ¡Necesitaba un muerto o perderíamos el cheque!
Fui a otra casa de velatorios, estaban velando a un tal López.
-En la funeraria de la otra cuadra estamos promocionando velatorios -le dije a la Sra. López-, es gratis.
Mudamos el féretro de López a mi funeraria.
-Por fin traen el cajón –dijo la Sra. Filomenti-. ¿Quiénes son las personas que la acompañan?
-Eran empleados del Sr. Filomenti -contesté.
A medianoche, las dos viudas se fueron conformes.
Mi jefe dijo:
-Usted está despedida -y me arrojó el cheque de la Sra. Filomenti.
Tenía seis ceros en vez de cinco. ¡La primera cifra también era un cero!
miércoles, 5 de octubre de 2011
El árbitro complaciente - Carla Dulfano

Gómez, el árbitro de fútbol, de chico era muy complaciente, le gustaba dar la razón a todos. Cuando sus padres se separaron les dijo que ambos tenían razón en detestarse. Lo desheredaron inmediatamente.
De joven lo contrataron para arbitrar entre dos clubes barriales.
—Pujol tocó la pelota con la mano —dijo Ramírez, un jugador.
—Tiene razón —dictaminó el árbitro Gómez.
—No la toqué —replicó Pujol con una voz profunda y gutural.
—Usted también tiene razón —aseguró Gómez.
Ramírez y Pujol se arrojaron sobre el árbitro con furia.
Un enfermero vino con la camilla para auxiliarlo. Le dijo:
—Pero Gómez, no puede darle la razón a todo el mundo.
—¿Sabe una cosa? Usted también tiene razón.
Ese fue el fin de su carrera. Tiempo después, alguien lo encontró viviendo en una plaza. Mediaba entre dos palomas que se disputaban una miga de pan, hasta que una le picoteó un ojo…
Acerca de Carla Dulfano
sábado, 3 de septiembre de 2011
Innovación cinematográfica - Carla Dulfano

El doce de abril un diario publicaba esta crítica: "El nuevo film de Perlman nos ha sorprendido con una innovación artística que consiste en intercalar la imagen de un perro entre escenas. El can simboliza la condición humana de desamparo. Este recurso fílmico le ha valido cinco premios de la academia.
Tres meses antes...
—¡Saquen ese perro de ahí! ¡Se cruzó en cámara! —gritó Perlman, el famoso director de cine—. Ahora tendremos que rodar de nuevo.
—No podemos —explicó su asistente—, se nos acabó el rollo de película y la productora no piensa invertir un peso más. Tendremos que dejar al perro en la filmación... Pero puede quedar como una metáfora de la condición humana. Si no, tendremos que tirar a la basura seis meses de trabajo.
—¡Eso nunca! —dijo Perlman—. La escena queda, editen al perro e intercálenlo entre escenas…
Sobre la autora: Carla Dulfano
jueves, 1 de septiembre de 2011
El Dr. Sigfrid y su método – Carla Dulfano
El doctor Sigfrid hipnotizaba a sus pacientes para curar la tristeza. Los convencía de que los hechos desgraciados de su vida en realidad habían sido placenteros.
Marta, su asistente, les leía sus cuentos para hipnotizarlos. Ella tenía la habilidad de escribir diez páginas sin que pasara nada en la historia.
Sigfrid y Marta estuvieron enamorados por un tiempo, pero nunca pudieron besarse: se habían acostumbrado a hipnotizar mutuamente y se dormían cuando estaban cerca.
Un día, un paciente despertó asegurando que la extracción dolorosa de su muela había sido una experiencia placentera. Comió dulces durante dos años para repetirla… y perdió toda su dentadura. Enjuició a Sigfrid y éste quedó en bancarrota.
Sigfrid le pidió a Marta que lo hipnotizara y le hiciera creer que había triunfado en su profesión. Así envejeció feliz. Al fin y al cabo su método no resultó un fracaso, a él le sirvió...
Sobre la autora: Carla Dulfano
Ilustración: "Tristeza", de Francisco Arjona
viernes, 15 de julio de 2011
La llama - Carla Dulfano

Una pequeña llama basta para iluminar toda una habitación -vociferó inesperadamente un hombre parado en el fondo del templo.
-Qué hermosa metáfora –dije.
-No es una metáfora, estaba hablando con el portero. Hoy habrá corte de luz y me pregunta si una vela bastará para dar luz a todo el recinto.
-¡No hará falta! –gritó una mujer sentada a mi lado-. Dios va a hacer un milagro y habrá luz.
-Los milagros no existen –le expliqué.
-¡Los que no crean en los milagros divinos serán castigados!
-Señora, Dios sólo castiga a los buenos. Los malos pueden pagarse un abogado.
De pronto la luz se cortó y yo encendí una linterna que traía por casualidad.
-Te dije, querida, que Dios lo iba a solucionar.
-La linterna es mía…
-Pero él hizo que se te ocurriera traerla.
La miré con misericordia y no dije nada más.
Carla Dulfano
viernes, 1 de julio de 2011
Pobre vieja - Carla Dulfano
-¿Le compraste el remedio a la pobre vieja? –preguntó Sergio.
-Uy, se me pasó... en quince años es la primera vez que me olvido –dijo Silvina.
-Ni de tu propia madre te acordás.
-¿Mi madre? ¿Cómo? ¿No era la tuya?
-No. Yo la vi por primera vez el día que nos casamos; pensé que era tu madre. Estaba sentada al lado tuyo. Vos y yo nos conocíamos hacía dos meses…
-Yo pensé que era tu mamá, Sergio. Cuando nos fuimos de la fiesta la metí en el taxi porque vos le dijiste: "Vamos". ¿Te acordás que mi amigo Pablo nos ayudó a sentarla en el asiento?
-Si, el que se fue a vivir a París al día siguiente.
Un timbre interrumpió la conversación. Era el cartero. Llegó una postal.
-Es de mi amigo Pablo, desde Paris -murmuró Silvina-. Dice: "Gracias por cuidar a mi madre estos quince años"...
miércoles, 29 de junio de 2011
Tecnología - Carla Dulfano

“¡Hola! ¿Cómo andás?, te mando este mensajito de texto ahora porque en la semana estoy a mil” ―escribe José.
“Ando bien, ¿y vos?” ―escribe Marta.
“Un poco aburrido, entre música y canapés”
“Igual que yo”
“El otro día fui a ver esa película que me recomendaste”
“¿Te gustó?”
“Si, es impresionante como coincidimos en los gustos. Y no me pasa con mucha gente”
“A mí tampoco”
“¿Qué tal resultó tu trabajo nuevo?”
“Bien, aunque me siento un poco explotada”
“Hay algo peor que ser explotado: no servir ni para ser explotado”
“Ja ja, me encanta tu sentido del humor”
“Y a mí el tuyo”
“Arreglemos para salir un día de estos”
“Dale”
Marta y José se levantan del mismo sillón donde estuvieron sentados durante toda la fiesta, y se van sin mirarse ni saludarse, cada uno a su casa.
Sobre la autora: Carla Dulfano
Imagen: Ornament, de zzen en deviantArt
lunes, 13 de junio de 2011
La biblioteca - Carla Dulfano

Trabajaba en una biblioteca municipal. La gente sólo pedía prestado algún libro para nivelar la pata gastada de su sillón, y las tapas debían combinar con el tapizado.
Un día en la biblioteca apareció una rata. Todos los días comía partes de libros. Entonces tuve una idea: copié en unas hojas varias páginas del diccionario y dejé que la rata las mordisqueara. Comió algunas palabras y otras las dejó. Finalmente quedó un texto bastante raro. Lo envié a un certamen literario y gané. Así comenzó mi exitosa carrera de escritora.
Ahora los medios me catalogan como “artista de vanguardia”. Sigo trabajando en la biblioteca porque necesito a la rata. Mis obras son famosas y están en la vitrina principal. Mi éxito es rotundo. Ahora los usuarios piden únicamente mis libros, especialmente porque me los editan de todos los colores y siempre hay alguno que combina con un tapizado.
sábado, 28 de mayo de 2011
El experimento - Carla Dulfano

Trabajaba en un laboratorio. Experimentábamos con un nuevo químico llamado “Anti-Timidex”, que bloquearía algunos neurotransmisores causantes del miedo, la culpa y la baja autoestima, situados en el hemisferio cerebral derecho.
Dora, la recepcionista, se ofreció como voluntaria y le pedí que tomara una pequeña dosis del frasco.
Ella desató su cabello y arrojó los anteojos por una ventana, besó salvajemente a un operario y a todo el personal masculino del octavo piso. No pudo con los del séptimo porque se descompuso el ascensor.
Después entró a la oficina del gerente Swam sin que pudiéramos frenarla, y le dijo:
-Usted es un orangután.
Para entonces ya habían pasado los veinte minutos del efecto de la droga. Dora recobró de pronto su timidez habitual. Se ruborizó y se retiró con su paso cansino de siempre.
Volví a mi despacho y descubrí que el frasco estaba lleno. Dora no lo había tomado...
domingo, 22 de mayo de 2011
El pedido – Carla Dulfano

—Por favor, Dios, condensá en un solo muchacho las virtudes de todos los hombres —le pedí.
—¿Y con los defectos qué hago?
—Cargáselos a otro.
—Pobre muchacho, sería injusto…
—Después se lo compensás de alguna manera.
Dios concedió mi deseo: creó un hombre con todas las virtudes del mundo y otro con todos los defectos.
Inesperadamente, me enamoré del que condensaba todos los defectos. Esa fue la manera en que Dios lo compensó. El muchacho denuncia que esa no es una compensación sino un castigo; pero Dios no lo escucha, dice que su quejido es sólo un defecto más de todos los que le cargó.
viernes, 27 de junio de 2008
La robot que jugaba ajedrez - Carla Dulfano

LA ROBOT QUE JUGABA AJEDREZ
Carla Dulfano
Me enervaba que Marcos jugara ajedrez con Teresa, su robot preferida.
—Ya no tenemos comunicación —le dije.
—Claro que sí... ¿Tu abuela está mejor?
—Murió hace cuatro años.
—Pero, ¿no estaba enferma?
—Claro, por eso murió. Fue en la navidad de 2030
—¡Ah! Entonces coincidió con el día en que fuimos a ese lugar donde contaban chistes y se comía bien...
—Marcos, ese era el velatorio —dije, y le partí el tablero de ajedrez por la cabeza.
Teresa me agarró del cuello y me fagocitó de un bocado. Desde entonces vivo dentro de su cuerpo metálico. Bueno, por lo menos cuando Marcos la besa, algo me llega a través de la escafandra plateada.
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