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lunes, 17 de noviembre de 2008

Sonrisas - Manuel Tabernero



Por fin llegó el día, en medio del futuro. No hubo ninguna batalla, porque la última guerra terminó el día anterior y no había empezado otra nueva. Hacia el mediodía, incluso el pobre más miserable tuvo un puñado de arroz que llevarse a la boca. Y por la noche, no hubo mendigos calentándose a la lumbre del bidón oxidado. Los sensores globales indicaban niveles de tranquilidad y felicidad desconocidos hasta entonces. La gárgola alienígena sonrió; había llegado el momento. Tocó los controles de su nave y la invasión comenzó. Los radares detectaron cientos de naves de extrañas formas dirigiéndose a la Tierra. En la sala de reuniones, el presidente, los senadores y los asesores militares, aburridos, miraban ascender el humo azulado de los puros.
El teléfono sonó.
Se miraron unos a otros perplejos, incrédulos. Sin embargo, poco a poco, la sonrisa fue dibujándose en sus caras.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Rabia - Manuel Tabernero


RABIA
Manuel Tabernero

Frenó de repente. Las ruedas chirriaron y el coche se deslizó oblicuo sobre el asfalto hasta detenerse en el arcén.
Abrió la puerta y corrió. Las sandalias plateadas vacilaban sobre los bordes afilados de las piedras, los tacones se hundían en la arena y el vestido, el precioso vestido de fiesta, se había rasgado hasta el muslo.
Atisbó un segundo por encima del hombro: el coche seguía allí, con la puerta abierta y las luces encendidas.
Avanzó un poco más, arañándose con las espinas de un arbusto. O eso prefirió pensar. En medio de la negrura y del silencio absoluto, sólo la nitidez de la respiración agitada. Entrecortada.
Miró otra vez: dos faros blancos flotando en la nada.
De pronto, cuando las luces se movieron, un escalofrío se le paseó por la espalda. Quiso correr. El rugido del motor se acercaba. Acelerando con rabia.

Ilustración: M.C.Escher (Early work 1916-1922)

jueves, 3 de julio de 2008

Últimos momentos - Manuel Tabernero Holgado



El Presidente abrió la ventana del despacho. La noche caía sobre el jardín y el aire olía a primavera.
Suspiró y volvió al escritorio.
Trabajaba cuando apareció la mosca. Uno de esos moscardones que dibujan ochos en el aire y zumban en medio del silencio hasta hacerte perder los nervios.
Una y otra vez, la mosca pasaba bajo la luz del flexo, brillaba como un cristal y se escabullía sobre su hombro izquierdo, perdiéndose en la oscuridad.
El Presidente reparó en que el bicho emitía un zumbido uniforme y demasiado potente.
Pero ya era demasiado tarde.
Oyó cómo la mosca volvía otra vez. Nervioso, levantó la vista.
Y la mosca abrió fuego.