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martes, 25 de septiembre de 2012

Estados alterados - Armando Azeglio



La sensación de ser el humilde galeote de una sociedad hipócrita era una molestia. No dejaba de escuchar una suerte de zumbido que le repetía: “te resignaste”. El acuerdo automático con los otros, soslayando riesgos, evitando el perjuicio era un continuo y repulsivo desgaste. No quedaba margen para la discusión de sustancias, para la creación, para el ser. Y todo a cambio de una vivienda digna, un salario justo. O de la aceptación cual antídoto contra la inseguridad. ¿Un plato de lentejas? Cientos, miles, millones de ciudadanos comprando los mismos objetos, vistiéndose del mismo modo, suspirando por el mismo automóvil, soñando con iguales vacaciones, exhibiendo un mismo estilo, con la impresión que se está eligiendo libremente, que se ejerce un sacrosanto derecho: el de elegir entre Coca y Pepsi.
—¿Se va a servir algo? —le preguntó el mozo.
—Una Coca-Cola, por supuesto —respondió despreocupado.


Sobre el autor: Armando Azeglio

domingo, 23 de septiembre de 2012

Naufragio de alcohol – Armando Azeglio



Sintió el glogloteo del whisky en su garganta, luego en su cerebro. El alcohol lo invadía rápido. Gélido. Indudable y preciso. Le resonaron dos palabras en el permisivo dialecto de sus padres: Ninna nanna. Y sintió una suerte de sinergia que lo unía al cosmos. O a una suerte de abstracción aérea, única, difícil de esculpir con huidizos conceptos... con palabras frugales. Vio un extraño bergantín en el horizonte de esta, su nueva locura. El barco se le antojo algo funesto, algo desabrido, algo Inexorable. Entonces —cual náufrago— decidió hacerle señales de humo. Se quitó un zapato. Lo embebió en la mezcla inflamable. Se roció de pies a cabeza. Encendió un fósforo veloz.


Sobre el autor:
Armando Azeglio

viernes, 21 de septiembre de 2012

Ahogado en abismos textuales – Armando Azeglio



En alguna parte de su ser, en algún sedimento de su conciencia, yacía sucio —y sin intención— un texto confesional, quizás un sibilino. En medio de la lluvia (cianótico, desvariado y en toga) argumentaba sórdidos soliloquios en su defensa. O (enojado y ebrio de pegamento) profería imperiosa su condena. Era cuestión de “vida o muerte”, decía él. “Cuestión de tiempo” argüía yo. Un día no aguantó más. Anticipó —sin reservas— su alejamiento. Dijo que le entregaría el rollo a Prometeo, su amigo (yo hubiera preferido que Cronos lo devorara). Tomó una daga y se abrió el cuello. Con la zurda hurgó hacia arriba… y extrajo algo. Próximo al final me dijo (con una suerte de ronquido) que leyera la sección novena. Lo hice. Al instante primero me faltó el aire. Al segundo me puse morado. Luego, dejé de escribir…

Sobre el autor: Armando Azeglio

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cucaracha – Armando Azeglio




Después del hongo radiactivo todo fue distinto. A los ciclos de ansiedad y pánico, se les sumó una fobia a algo cuya procedencia me resultaba imposible de identificar. Algo pretérito, capital, forzado a no detenerse, a sufrir la condena del eterno retorno. Algo que… hacía que me lavase mis eccemas con la propia orina. Era necesario esclarecer con pelos y señales lo que sucedió para, a partir de ese hecho, constituir un futuro nuevo y fresco; sin lamentos ni extinciones irreversibles. Esa era nuestra deuda para con los que vendrían. Añadir unidad a la diversidad, estudio a la erudición. Permiso a la simple imposición. Vi una cucaracha caminar. Pensé que era Gregorio Samsa disfrazado de Kafka que caminaba por mi cuento. Luego me supe ciudadano del mundo.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Confesión – Armando Azeglio



“La verdad es un imposible necesario hijo”, sentenció el cura tallando cada palabra en el aire. La escena me llamó la atención. Me pareció que aludía mucho más al mundo de las parcas griegas (las que hilan, devanan y cortan) que a una epifanía cristiana. No solo porque en sus manos revolvía una soga (como si fuera la serpiente de un hilandero) sino porque la frase sonaba más a Zenón de Elea que a Aristóteles. De pronto, dio un salto sobre un cubículo con una superficie pulida a espejo. “Cuidado con las partes cuando no se las pueda integrar en un todo; se puede caer en algo así como un bochorno cósmico”. Y dicho esto cruzó la cuerda en una viga que atravesaba la estancia a lo largo. Se hizo la noche. El cuerpo quedó suspendido por el cuello. No quise hurgar en su historia. Tampoco esperé la absolución.


Sobre el autor:
Armando Azeglio