sábado, 5 de febrero de 2011

No comieron perdices – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


No pasa un día sin que se me caiga alguna parte del cuerpo. Un dedo, un brazo. La gente me ayuda al principio, pero después comienzan a decirme que soy un descuidado.
—¡Oiga! —grita un guardia urbano haciendo flamear mi pie derecho—. No deje sus partes tiradas en cualquier lado. ¿No se da cuenta que los niños se impresionan cuando ven personas mutiladas?
No puedo decirle que se equivoca, que no son mutilaciones, pero no lo hago porque ayer perdí la lengua y casi todos los dientes. Sigo mi marcha y mi cabeza rueda a un lado. No sin dificultad, la pateo con fuerza y rompo la vidriera de una florería. La vendedora sale a la calle, furiosa, pero al verme se enamora de lo que queda de mí, nos vamos a vivir juntos y somos felices hasta que muere de disrupción molecular maligna, una semana más tarde. 

La insoportable levedad - Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


—Me discriminan —dijo Ana.
—¿Te discriminan otras mujeres o los hombres?
—Todos; piensan que si me invitan a cenar tienen derecho a disfrutar de mi cuerpo, que es muy bonito por cierto; muchos me dejaron porque después de una semana no acepte ir a la cama.
—¿Y por qué no aceptás y listo?
—Es por culpa del insoportable de Enrique. Cada vez que piensa que estoy con otro, me manda decapitar y termino vagando como una tarada en pena por la casa con la cabeza en la mano. Un verdadero espanto, te juro.

Abajo los preceptos - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Estaba segura de que el hermoso príncipe de Camilendia no tenía otro objetivo en la vida que hacerme esposa de su hija Lavandia. Como siempre, las hembras dragón tenemos que aparecer para apagar el fuego, pero presentía que mi destino estaba en encender alguno, y si no era el del Ducado de Camilendia, podría ser el del bosque de Camilendia, aunque luego me echasen los zopilotencidos para tratar de destruirme. Sabía cómo enfrentarlos. No me habían criado para supervisar calderos.
Así fue como me decidí y volé hasta la cima del monte Gilipondia desde donde me lancé en picado sobre el bosque. ¡Qué bello espectáculo! Los guardianes del bosque, en lugar de arrojarse sobre mí, huyeron despavoridos, y la masa vegetal se convirtió en una tea. Luego, satisfecha de mi transgresión, fui en busca de un macho dragón para copular y reírme de los mandatos y las costumbres ancestrales.

Escrito en un cuaderno - Guillermo Rossini & Sergio Gaut vel Hartman


La tapa del cuaderno estaba descolorida. El hombre lo abrió con cuidado y empezó a escribir. Desde la otra mesa, yo lo observaba con atención y sorpresa: a medida que la mano se movía, su figura iba desvaneciéndose. Primero, alrededor de la cabeza se formó una especie de halo grisáceo y luego todo el cuerpo adquirió una tonalidad cenicienta a la vez que el bar se hacía más nítido y real. Llegado un punto, el hombre, por entonces apenas una transparencia, miró hacia donde yo estaba y me guiñó el ojo.
—¿Qué se siente? —dijo.
—¿Me habla a mí?
—Sí, a usted, aunque podría tutearte.
—¿Nos conocemos?
—Yo te conozco. Te acabo de dar vida. Sos el personaje de esta microficción.
Tragué con dificultad. Eso sólo podía significar una cosa. Y no me gustó en absoluto.

No todos los invasores son iguales – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Todos los que comieron esa carne, murieron, comandante.
—¿Venenosa o envenenada?
—Lo ignoramos, comandante. Los biólogos están trabajando con los forenses para determinar qué ocurrió. Si quiere mi opinión, están como si hubieran bebido líquido momificador.
Cada vez que llegamos a un planeta habitado se producen situaciones similares. ¿Es que nunca vamos a aprender de nuestros errores?
—En este caso, comandante, ¡ejem! N-no sólo habitado; si me permite, también levemente civilizado…
—¿Cómo se atreve a decir eso? ¡Queda bajo arresto! Esas… criaturas no son civilizadas… ¿Qué clase de civilización infiere usted de seres que contaminan su propio planeta, se matan entre sí para detentar poder con excusas banales y otras aberraciones por el estilo.

Ruedas - Liliana Mabel Savoia & Sergio Gaut vel Hartman


—Miré a esos cuatro seres, y observé que junto a ellos, en el suelo, había varias ruedas, una dentro de la otra. Las ruedas tenían el color del topacio y cuando se movían iban de costado, sin volverse. Los aros eran altos y espantosos, y estaban llenos de ojos a su alrededor. Y cuando los seres vivientes caminaban, las ruedas andaban junto a ellos; y cuando los seres vivientes se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban.
—Muchachos, lo hizo otra vez.
—Se movían en la dirección que el espíritu les ordenaba que anduviesen, y las ruedas también se levantaban tras ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas, lo juro.
—¿Qué tomó?
—Vaya a saber. Alguna mezcla de yuyos y cereales destilados. Yavhé le dijo que no bebiera esos mejunjes, pero él no; es muy testarudo.
—Llamaré al jefe para que lo castigue.

El organismo aterrador – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


Ayer comenzaron los ruidos, de madrugada. Mi casa siempre había sido un lugar tranquilo, donde para dormir en paz solo se necesita estar cansado. Apartada y silenciosa, nunca me molestó el tráfico o los vecinos. Pero la de anoche fue una noche que no voy olvidar. Cuando comenzaba a capturar el sueño, de las paredes comenzaron a surgir ruidos aterradores, y aunque soy un hombre escéptico, me puse a pensar si mi casa no estaría embrujada. ¿Y si lo está? ¿Qué puedo hacer para remediar eso? Prendí la luz, busqué la guía telefónica y llamé a un brujo de turno.
—Emergencias sobrenaturales. ¿En qué puedo ayudarle?
—De las paredes —balbuceé— comenzaron a surgir ruidos aterradores.
—¿Cómo de seres espantosos que se proponen comerle el seso?
—Algo así. ¿Sabe usted que puede ser eso?
—Que olvidó apagar el televisor. Están pasando La noche de los muertos vivos de George Romero.

Nano – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Si me corto, no sale sangre, sino un montón de tipos pequeños, que se caen al suelo y que a duras penas pueden ponerse de pie. Invariablemente, antes de que se diseminen por la sala, los aplasto apoyando la suela del zapato izquierdo (no sé por qué jamás uso el derecho) sobre la masa semoviente y me quedo contemplando cómo los cuerpos agonizantes supuran humores blancos, vítreos, glaucos, ambarinos. Luego, resentido, intoxicado por la envidia, me dejo caer en el sillón que perteneció a mi abuela y tiendo la mano hacia el cuchillo para repetir la operación, atravesado por una ridícula esperanza.

No puede ser – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


Gabriel Santos hizo girar el lápiz entre sus dedos y observó a su interlocutor soñadoramente. 
—¿Se da cuenta Bohemundo?
—¿Si me doy cuenta de qué?
—Algunas cosas pueden ser y otras no.
—¡Chocolate por la noticia! Pero ¿de qué cosas habla?
—De cosas como esta.
—¿Esta? ¿Esta microficción?
—Exacto. Es imposible porque yo no la he pensado. Y heme aquí hablando con usted, el personaje. ¿Se da cuenta?
—¿No será que la está escribiendo ahora, justo en este momento?
—Imposible. Ayer morí y hoy me enterraron.
Bohemundo contempló a Santos con expresión aterrada. —Entonces sí que estamos fritos —dijo.

Urgente ataque de Andrómeda – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


El Samonta, Juglarísimo de Andrómeda, se enemistó con el payador Minotauro, que le había robado un poncho en un asado comunitario de la feria del Libro Galáctico. Toda la nebulosa se retobó y preparó una invasión de órdago para recuperarlo. Cayeron de los cielos como plaga de langosta, directo, porque los de Andrómeda ni naves necesitan y estaban como agua para mate cordobés, recalientes. Invadieron primero los planetas limítrofes y se comieron todo el papel que había, por lo que la cultura humana no digitalizada desapareció de repente. Fue un malón de antología.
—¿Se da cuenta de lo que hizo, irresponsable? —El Sumo Editor increpó al Samonta—. Afectaron a todo el Planeta.
—No nos importa el Planeta —replicó Samonta—, ni el Alfa Guara, ni el Taurus, ni los cojones de Norma; ahora todo será de Andrómeda hasta el fin de los tiempos.
Y así fue.

jueves, 3 de febrero de 2011

Un pésimo despertar - Sergio Gaut vel Hartman


Cuando Ernest Hemingway despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso dinosaurio. La noche anterior, borracho como una cuba de batista, no sólo no había podido vender los zapatos de bebé con poco uso que heredara de Franz Kafka, sino que, además, los pescadores de pez espada le habían hecho pagar las copas. Y allí no terminaban las desventuras del recio escritor: Augusto Monterroso lo estaba apuntando con una pistola nueve milímetros, decidido a dirimir, de una vez por todas, la primacía en aquel asunto de la microficción más breve etcétera.

Sergio Gaut vel Hartman

El sueño — Claudio Leonel Siadore Gut


El abogado arreglaba la grifería, había goteado durante siglos, la grifería. Un aguacero sobre el tren por el que íbamos rodeados de expedientes. Estabas en algún lado, pero eras otra, y él no había notado tu presencia.
—El sueño expande el tiempo —renegó con la furia de una cascada.
—Si sos vago el último instante de tu vida se expansiona en un sueño, no vas, por lo citado, al Cielo. Resolución.
Sonreí porque lo descifré, pero él miró por el ojo de buey del camarote. Mar, blanco y negro, viejo.
—El agua es tiempo, se me agúa la sopor —vapor.
Sabía que el sueño culminaba y sazoné la angustia con sudor. Creo que abrí los ojos entonces. Era de noche y te habías ido, o no viniste. La grifería goteaba, y nada volvió a tener sentido.

No duermo - Fernando Puga


No duermo. No quiero. Ya sé que si no duermo viene el diablo blanco y ¡zas! me come la patita. Pero si duermo... Si duermo se llena el cuarto de niños perdidos que no encuentran la entrada a este mundo nuestro y piden mi ayuda. Se agolpan, se empujan, se atolondran, no respetan turnos ni excepciones. Ocupan todos mis predios vacíos y me ahogan en las aguas de sus ojos. Es mucho. Prefiero al diablo blanco; es un loco conocido.

K, el mar y los sueños I - Jesús Ademir Morales Rojas


K aguardaba junto al mar deseando contemplar lo más inmenso. Luego de mucho tiempo el paciente se fue difuminando por la espera, hasta que se perdió con la última luz del sol. K nunca se percató que las olas configuraban un muro gigantesco y Todo más allá de él quedó sin ser develado, para siempre.


Jesús Ademir Morales Rojas

Sueños versus software - Jorge Sánchez Quintero


El dragón fue abatido en pleno vuelo, las mujeres sensuales fueron perseguidas y cazadas una a una, el hombre de arena había perecido.
Finalmente los programas de cómputo habían acabado con los únicos que se les oponían; ahora ellos serían los únicos señores de la realidad virtual.
Los hombres nunca supieron lo que había ocurrido, tan sólo que desde ese día jamás volvieron a soñar. Tuvieron que conformarse con remplazar aquel mundo onírico con programas de software.

Mirando dormir a una mujer (fragmento) - Juan Forn


En medio del acto sexual, un hombre repara en que le ha sacado unas gotas de sangre al pecho de su amada, no entiende cómo. Ella tampoco, cuando él se lo hace ver después del orgasmo: ni siquiera puede localizar el punto de donde salieron esas gotas de sangre. En la vida de ese hombre, esa joven terminará siendo únicamente ese momento: aquel en el que aprendió que los labios pueden, si son lo suficientemente suaves, sacar sangre del cuerpo amado sin que duela, más bien al contrario.


tomado de Página12

martes, 1 de febrero de 2011

Pecado de frivolidad – Sergio Gaut vel Hartman


Cuando la hermana Teresa vio los frasquitos de champú y acondicionador para el cabello que el hotel ponía a su disposición, lamentó haber renunciado a su vocación para abrazar la carrera religiosa. Por ser una Esclava de María, le estaba vedado usar productos de belleza y sólo muy ocasionalmente, cuando la Orden la enviaba a un congreso, tenía la ocasión de ponerse en contacto con aquella frivolidad en estado puro. Llegado este punto, sabía que el pecado era inevitable y que a la noche, antes de irse a dormir, se maquillaría como una bataclana para mirarse cien veces al espejo, antes de barrer con todo rastro de cosméticos. Sin embargo, lo que más lamentaba, era tener que confesarse el padre Germán, y ser amonestada por el viejo mariquita, que hubiera dado su mano derecha por una caja llena de productos de Revlon, Max Factor o Artez Westerley.

Sergio Gaut vel Hartman

La próxima estación - Javier López


Acababa de bajarme del tren y lo que veía en aquella estación no me gustaba nada. Así que decidí emprender el camino de regreso:

—Si lo desea, puede poner una reclamación o lo que estime oportuno. Pero, por favor, deje la ventanilla libre para otros pasajeros —me indicó el vendedor de billetes tras una acalorada discusión.
—No quiero reclamar nada. Solo quiero que me cambie el billete por uno de vuelta a la estación más próxima. Y si no puede, me lo vende y lo pagaré —insistí.
—Ya le he dicho que los billetes no admiten devolución. Y tampoco estoy autorizado para venderle uno de vuelta —el tono de su voz iba en aumento.
—¿Cómo que no? ¿Puede decirme por qué?
—Porque éste es el tren de la vida, y solo hay billete de ida. Y ahora apártese de la ventanilla, o me veré obligado a llamar a seguridad.


Javier López

La campaña - Raúl Sánchez Quiles


Preparad los caballos más veloces, convocad a los guerreros más leales y reunid a los arqueros más certeros. Pulid los yelmos y las espadas; lubricad las picas y los escudos; afilad las hachas y las dagas, y sacad lustro a los estandartes. Hoy, al amanecer, quiero todas las catapultas, las torres de asedio y los arietes en las afueras del castillo. Empieza una nueva campaña. Quiero todo dispuesto para partir hacia la conquista de mundos nuevos, derribar imperios y derrocar monarcas débiles. Vamos a ampliar las fronteras de nuestro reino con la fuerza de nuestras armas. Y con la firme voluntad de nuestro pueblo sometido.

Tomado de Hiperbreves, S.A.

domingo, 30 de enero de 2011

Diciembre - Claudia Sánchez


Cada vez que llega diciembre al hemisferio sur, dos entidades que moran, en el centro de la tierra, una, y en lo alto del cielo, otra, se empecinan en extraerme la energía vital que me mantiene en movimiento. Trabajan juntas en una sinergia perfecta. Cuando duermo, la profunda se entromete en mi sueño y me hace trabajar y me persigue y me acosa y me agota, hasta que la etérea llega a despertarme. Y cuando debo comenzar mi día, ésta me duerme, me agobia, me lentifica, me fastidia, me desgana, hasta que la noche llega y todo vuelve a comenzar. ¿Será porque en estos momentos, y según mi altura desde hace añares, la inclinación del eje de la Tierra hace converger las fuerzas de ambas entidades en la intersección de mis dos centros, el vientre y la crisma? Sí, será por eso. No porque se avecine otro diciembre sin ti.

Ilustración: "Green squall", Yacek Yerka.

Tal para cual - Javier López


Se había anticipado a la cita. Y es que Luis tenía la costumbre de llegar siempre diez minutos antes.
Mientras tomaba un café, pensaba en Liberta, su Dulcinea, la mujer con la que compartiría su vida, sus sueños, ilusiones, esperanzas. ¡Eran tantas las cosas que sentía por ella, sin apenas conocerla!
Se preguntaba cómo sería físicamente, pero eso no cambiaría nada. "La belleza está en el interior", recordó. Y eran muchas las virtudes que adornaban a Liberta. Lo demás apenas importaba.
Estaba seguro: aquellos anuncios en el periódico cambiarían sus vidas. Aparecieron el mismo día, en la misma página, como si el destino los hubiera elegido al uno para el otro. Ambos se buscaban, estaba claro. Todo eran señales en favor del encuentro. Ella había publicado "Ama busca sumiso". Él, "Sumiso busca Ama".

Ilustración: "Strawberry beach", Yacek Yerka

Sala de espera - Sergio Gaut vel Hartman


Mientras aguardaba al cardiólogo reparé en el tablero que detallaba las especialidades de los médicos que empleaba la clínica, sus nombres, apellidos y las obras sociales que se atendían. No era demasiado diferente de cualquier pizarra que podía encontrarse en un consultorio, excepto por un detalle que llamó mi atención: en casi todas las palabras faltaba una letra, lo que no era un obstáculo para comprender lo escrito. A “reumatología” le faltaba la “t”, a Oscar Leiva la “o”, a “dermatología” la “d”, y así por el estilo. Lo malo fue que en algún momento, agotado por la espera, decidí organizar las letras que faltaban en un texto coherente, y el resultado me perturbó de un modo atroz. “Todos los pacientes del Dr. Smert morirán antes de fin de mes”. Está de más que señale que el Dr. Smert es el cardiólogo al que visito por primera vez.

Ilustración: "Gameboy", Yacek Yerka.

viernes, 28 de enero de 2011

Siempre he sido, ¿cómo se dice...? Precoz - Stefano Valente


Cuando nací, mi madre ya llevaba veinte años muerta. Luego, obtuve mi grado universitario en la escuela primaria. En mi primera boda, mis hijos del tercer matrimonio fueron los testigos. Consigo trabajo, primer día, me siento en el escritorio, ¡buenos días!, los compañeros con los ojos desorbitados: “¿Pero no hace tres años que te jubilaste?”.
Basta. Esto no es vida. Cuando besé por primera vez a una mujer, sentí en los labios el frío de su tumba...
Me gustaría parar. Respirar profundamente. Reflexionar –sobre los segundos que transcurren lentamente-. Pero sé que es una ilusión. También esta pistola en la sien es inútil.
Apretar el gatillo no sirve de nada.
Y no es por cobardía.
Lo hago siempre, en cada reencarnación.

Traducción del escritor Alejandro Ramírez Giraldo (Colombia)
Stefano Valente

En serio - Silvia D'Imperio



Yo conocí a alguien que no tomaba nada en serio. Se reía todo el tiempo. Lo único que le importaba era tener a quién decirle que no le importaba nada de nada. Entonces, un día ya no encontró a nadie a quien decirle que no le importaba. Y nadie y nada empezaron a ser su compañía todo el tiempo. Entonces dejo de reír. Y por sorpresa le asomó una lágrima.
Esa sensación lo dejó tan confundido que tuvo que buscar a alguien para que le explicara.
Esa fue la primera vez que algo le importó y no le dio risa.

Desde el jardín – Héctor Ranea


A la luz de la Luna llena, vio un murciégalo, luego otro. Pasaron varias veces. No sabría decir cómo podía asegurar que eran los mismos. Tal vez le gustaría que fueran los mismos.
Estaban comiendo. Era evidente. Escuchaba los chasquidos complejos que usaban para comunicarse entre ellos desde lejos. Luego, silencio. Él sabía que durante la cacería usaban sólo sonidos inaudibles.
Al poco rato, los quirópteros eran más de una docena. Obvio que había más comida y la estaban aprovechando. De hecho, a su lado empezaron a revolotear mariposas suculentas, moscas insólitas, escarabajos livianos y jugosos. Miles de otros murciélagos vinieron de varios lugares a comer. Pronto, los comensales no fueron sólo murciélagos. Se animaron los búhos, las lechuzas y otros aprovecharon el banquete. De pronto, todos desaparecieron, comida y predadores. Como si nada de aquello hubiera existido, quedaron las mariposas habituales. Ahora podría comérselas él.

Héctor Ranea

miércoles, 26 de enero de 2011

¿Cuál es el apuro? - Fernando Puga


Te sentarás frente al teclado. Apoyarás tus dedos de acuerdo a lo aprendido en las intensivas clases de dactilografía. Veloces, las palabras se desplegarán sobre la pantalla; sin descanso hasta el punto final.
Con el manuscrito impreso irás a la editorial. Presentarás tu novela al concurso más importante de la lengua castellana y por supuesto ganarás.
Tu vida cambiará irreversiblemente. No más tediosas horas detrás del mostrador, no más la necesidad de que ella trabaje tanto, que lo haga si quiere, a partir de este momento este exitoso escritor mantendrá la casa y darás comienzo a una vida acomodada.
Después abrirás el botiquín. Vaciarás el frasco en la palma de tu mano y breves tragos de agua empujarán de a una las pastillas a través de tu garganta. Tarea cumplida, murmurarás satisfecho, mientras te dispones a dormir por toda la eternidad.

Ganado en buena ley – Sergio Gaut vel Hartman


—Muy bueno. Toda una lección de reciclaje.
—¡Genial!
—¡Me gustó mucho!
—Ingenioso.
Los saludos obsequiados al ganador de la Bienal de Arte Contemporáneo solo sirvieron para aumentar su perplejidad. Él se había limitado a amontonar la basura junto a la estatua de Fauna y no contaba con que un psicoanalista lacaniano hubiera visto en el conjunto que la verdad tiene estructura de ficción y que un junguiano dedujera la relación del grupo escultórico con los extraterrestres arquetípicos que visitan la Tierra desde la más remota antigüedad. Cuando el recolector de desperdicios trató de explicar la situación, los defraudados espectadores llamaron al loquero y enterraron al impertinente bajo una tonelada de ribotril, que fue comprada con el dinero del premio.

Los cables - Claudio Leonel Siadore Gut


Los cables amanecen de poste a poste vibrando, se arraciman sobre las esquinas y desayunan pájaros, trepan de tapia en tapia, de techo en techo, de mano a mano, prendemos luz, prendemos radio, tele, y mientras se infiltran a la casa de al lado a través de un resquicio, desde el poste por el que llegan van segando los pedazos del día, y dividen la noche en parcelas.

Personal especializado – Javier López


Los grandes almacenes Herregud contrataron a un grupo de titiriteros para trabajar en su centro de control.
Su tarea consiste en observar desde los monitores de circuito cerrado a los clientes más indecisos.
Ahora son ellos quienes los dirigen, mediante hilos invisibles, hacia las distintas secciones y productos, para que realicen sus compras.

lunes, 24 de enero de 2011

Fantasía oscura 1 – Cristian Mitelman



Angustiado por un amor esquivo, un hombre decide suicidarse saltando desde el puente que cruza el río Yuán. Tiene la mala suerte de caer sobre la barca de un humilde pescador que navegaba a altas horas de la noche, cuando reina el silencio y hay mejor pique. Mata al pescador que era aquél con quien la mujer había decidido quedarse.
Los jueces encuentran culpable al fallido suicida y lo condenan a la horca. Esta vez el hombre logra su cometido y pasa al trasmundo sin inconvenientes de importancia.