
El otro descubrimiento fue que las manos de los niños eran capaces de colocar los botones mejor que nadie, así que también se dedicó a recolectarlos con idéntico procedimiento.
Todos la miraban cuando llevaba su bandeja de comida en el comedor de estudiantes. Todos, sin excepción: sedientos. Ansiosos. Libidinosos. Ella sonreía porque lo sabía.
Cuando se le acercaban para hablar, sonrojándose miraba a sus amigas.
Yo la estudiaba todos los días en esa rutina y sabía cómo seguían las cosas.
El diálogo era casi siempre el mismo:
—Me dijeron que podías. ¿Es cierto eso?
Ella no contestaba. Miraba para otro lado y se notaba que reía de pura timidez. Si el chico insistía, ella lo miraba fijo con sus lentes pequeñas.
—Sí, es cierto.
—Mostrame —lo oía decir.
Entonces ella sacaba su lengua y llegaba a lamerse la oreja (casi siempre la izquierda). Si él abría desmesuradamente los ojos ella, antes de que nadie pudiera apercibirse, de un único bocado lo devoraba.
Le resultaban irresistibles cuando abrían tanto los ojos.