
Se sienta en el balancín del porche y escucha, en un silencio de bisagras oxidadas, los golpes y los gritos que reverberan en su cabeza. Cuando la tarde agoniza, enciende el farolillo y observa cómo la luz atrae a las polillas. Caen dentro de la urna mortuoria, con las alas quemadas, apiladas unas sobre otras. A medianoche, se levanta, recorre el sendero de grava, empuja la cancela y sale al camino que lleva al puerto. En las tabernas se encuentran los mejores especímenes. Hombres siempre dispuestos a dar un puñetazo, a romper algún diente. Hombres, muy hombres. Como su padre.
Tomado del blog: Lola Sanabria
2 comentarios:
Un título fenomenal para un relato de los que exige relectura. Me gusta la precisión de las palabras y las imágenes, y el tremendo destino que expresan; muy Sanabria, vamos.
Abrazos.
Gracias por publicar aquí mi micro.
Gracias Susana, por tu comentario.
Par de abrazos.
Publicar un comentario