
Esther deseaba tener un hijo, sentía que a sus treinta años era la hora de ser madre. Llevaba un tiempo intentándolo todo, incluso se había enamorado de Mario. Pero algo lo impedía.
Al principio no llegó a preocupar, pero pasaron los meses y la buena noticia seguía resistiéndose. La inquietud fue en aumento y con ella las visitas a los especialistas. Todas las pruebas de fertilidad resultaron favorables.
La recomendación a seguir fue que buscaran tranquilidad y buenos alimentos.
El tiempo implacable, consumía las esperanzas. Sin darse cuenta, algo se les escapaba a todos.
Las ventanas de su casa siempre estaban cerradas. Y las cigüeñas que de París venían con encargo, se veían obligadas a regresar.
Tomado de http://nocomentsno.blogspot.com/
1 comentario:
Ups, ¿Cómo se me pasó éste? Me gusta mucho David! Pobre cigüeña, las veces que habrá pegado la vuelta...
Saludos!
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