viernes, 29 de junio de 2012
Mamá no respeta mi espacio físico - Leo Dolengiewi
Mamá no respeta mi espacio físico. Entra a mi habitación sin golpear, hace oídos sordos a mis protestas. Ordena a su gusto, va poniendo las cosas en bolsas rotuladas. No la entiendo. Se lo digo. Sigue sin oírme. Tira a la basura mis frascos de colección. Tira el de pelusas, tira el de mocos, tira el de uñas. Dice qué asco.
Mamá no respeta mi espacio físico. No sé qué más hacer para que sepa que ya no soy un niño. Pasa a través de mí y arroja a la basura aquella soga con la que hace dos días me colgué del cuello.
Tomado de: http://mepodesleeraca.blogspot.com.ar/
Acerca del autor:
Leo Dolengiewich
Comer vidrio - Fernando Andrés Puga
Ansioso por contárselo a mamá, cruza el jardín y corre hacia la cocina. No advierte que la puerta de vidrio está cerrada. La atraviesa. Intentando escupir las esquirlas que se le meten en la boca, tropieza y cae sobre las puntas que asoman desde el borde inferior del marco de la puerta. Un fragmento filoso se clava en la arteria de su brazo derecho. Incontenible, la sangre fluye a borbotones.
Nadie en casa.
Sobre el autor: Fernando Puga
Jueves - Jordi Cebrián
Día de invenciones, sueños, ideas buscando ser plasmadas. Los planes para el fin de semana son su expresión más vulgar, pero quien conoce la fuerza del jueves procura poner excusas para no ir a trabajar, y se encierra en casa para escribir aquellas historias que lo atormentan, o construye con tizas de colores mundos imposibles en el asfalto, o danza bajo la lluvia, pues es jueves. Los jefes de estado no se llaman, ocupados en inventar utopías. Y hay lugares donde los jueves el trabajo se paraliza por completo, y por un día todos son poetas, o místicos, o actores.
Tomado de Cien Palabras
Acerca del autor: Jordi Cebrián
Elegantly wasted (high society bitch mix) - Alejandro Bentivoglio
Escondés noche y pasados, lo que brilla no puede deslucirse. Pero tu espíritu es viejo y las heridas son de las que agradan. La sangre se esconde pero está allí, alzándose en tu buena vida. ¿Cuánto plástico vas a agregar a su certera sonrisa? Todo lo que amo lo sentís como hielo que separa los mares. Lo que deseamos son paralelas que no encuentran infinito. Lo que odio es todo por cuanto sabés engañar. ¿Acaso correr te hace más sabia? Seguro, todos podemos encontrar las cárceles de tus vestidos de lujo y tu mirada donde juegan los horizontes. Que tus pies descalzos no vuelvan a tocar los tajos en el mundo que solíamos abrir para ver. Qué terrible sería que a esta muñeca se le encuentren los pedazos de porcelana rota. Pequeña estrella mentirosa, muerta por dentro, nunca luciste tan bien.
Tomado del blog: Memorias del Dakota
El autor: Alejandro Bentivoglio
miércoles, 27 de junio de 2012
No todos los inventores son lo que dicen ser – Héctor Ranea
La verdadera inventora de la máquina del tiempo fue Joaquina Ríos. Le resultó muy duro usarla, al principio. Parece que se transformó en pez, también en pájaro, hasta que por fin logró viajar al futuro. Ahí consiguió los números para ganar una fortuna en la lotería pero, al regreso, jugó y no salieron, comprendiendo que su presencia en otros tiempos introducía cambios. Abandonó todo y, quien ahora es reputado como su inventor, recuperó sus investigaciones, años después.
Al turismo temporal que comenzó a explotar le debemos los seis ojos, las ocho patas, el pelo en el cuerpo y la seda en el culo. ¡Miren en qué nos transformó! ¡Maldito sea! Tiene suerte pues las arañas no podemos usar la máquina, que si no...
Acerca del autor: Héctor Ranea
Rota - Laura Ramírez Vides
Hacía tiempo estaba raro.
Hacía tiempo entraba en estados extraños.
Ese día explotó.
Él avanzaba; yo retrocedía.
No sé qué me decía, no sé qué me gritaba, no sé qué mascullaba mientras caminaba encorvado hacia adelante; yo, inclinada hacia atrás.
No entendí o no me acuerdo…
Recuerdo solo haberle preguntado, ya con los hombros contra la ventana: ¿qué vas a hacer?
Recuerdo el ruido que hizo mi alma al romperse.
Recuerdo la marea de dolor invadiéndome, inundándome, rebalsándome.
Recuerdo mi estallido.
No llegó a pegarme sin embargo ese día me rompí.
Ese día envejecí.
Tomado de El patio de la morocha
Acerca del autor: Laura Ramírez Vides
lunes, 25 de junio de 2012
Tiempo - Jesús Ademir Morales Rojas
Había pasado tanto tiempo, desde que K intentaba tramitar ese asunto en el Castillo infructuosamente, que un día comenzó a sospechar que el tiempo mismo estaba en contra del éxito de su tentativa. Desconfiado desde entonces, llevaba siempre consigo un martillo, y cada vez que un reloj suyo perdía la hora, K lo hacía añicos sin titubeos. Un día, luego de innumerables golpes, se dio accidentalmente en la mano. Y entonces K cayó al suelo, desmoronado en fina arena.
Sumergidos - Alejandro Bentivoglio
Hace días que nadie sabe decir adónde esta la noche. Es imposible aguantar este exceso de luz que apenas nos deja dormir. El sol brilla inagotable, mientras nosotros vagamos por el calor y el sudor.
Tiempo más tarde, en la cumbre de una alta mañana, descubrimos un loco con un alfiler. A sus pies, un descomunal globo blanco con pozos que nos sume en el llanto.
Tomado de Memorias del Dakota
Acerca del autor:
Alejandro Bentivoglio
Leer a media tarde – Jordi Cebrián
Estás sentado, leyendo esto, pero el sueño te vence, y al despertar levantas la cabeza y te golpeas contra la tapa del ataúd, todo está oscuro, apenas sitio para doblar un poco las rodillas, descubres que es real y el miedo te golpea el pecho y cuando puedes volver a respirar gritas y nadie responde, y temes quedarte allí hasta morir de sed, de asfixia, de dolor, de horror, pero entonces despiertas, te recuperas, dejas atrás la pesadilla, ya sin sueño prosigues la lectura, no miras a tu espalda, no ves la mano con el pañuelo, el cloroformo, el sueño.
Tomado de CienPalabras.com
Acerca del autor:
Jordi Cebrián
De reyes y dioses - Ana Caliyuri
Rastrilló el universo con todo su poderío. Se tomó el trabajo de quitar una letra de todos los alfabetos conocidos. Luego, ya extenuado se sentó a los pies de un ciprés. Allí dicen que se encontró con Dios y le dijo: —Discúlpame, fue la única forma que hallé para sentirme mejor. No podía soportar estar en la B, ya me conoces soy el rey de todos los fanáticos del fútbol.
—No te preocupes —le respondió Él—, te comprendo; yo le hice un gol a los ingleses con la mano…
Sobre la autora:
Ana María Caliyuri
Emulación – Sergio Gaut vel Hartman
―Patrón ―dijo mi personaje favorito irrumpiendo en el estudio sin golpear la puerta.
―¿Qué querés, Kurosawa? ¿No tenés modales, vos?
―Un amigo, en un microcuento vecino, se clavó un ajenjo con salchichón de morsa. Y me dieron ganas.
―Sabés
que acá no nos privamos de nada, que soy partidario de que mis
personajes se den los gustos. ¿Querés comer salchichón de morsa y
bajarlo con ajenjo? Dale, servite, ahí tenés.
Hice aparecer un
salchichón de morsa y dos botellas de ajenjo sobre mi escritorio.
Kurosawa se abalanzó sobre el piscolabis y se lo mandó antes de que yo
pudiera parpadear. Como sé que es resistente y asimila el alcohol como
una barrendera de San Petesburgo, no me preocupé por la posibilidad de
que lo multara la policía de tránsito. Pero lo apunté con el índice y
sentencié.
―Limpiá el chiquero que hiciste. Me molestan los microcuentos llenos de basura.
Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman
sábado, 23 de junio de 2012
Oportunidad perdida - Luisa Hurtado González
Habían quedado a las siete, era su primera cita. Él había tenido un día muy duro, estaba cansado y ahora veía que se le hacía tarde. Ella buscaba con desesperación un lugar donde poder dejar el coche. A las siete y veinte, a un tiempo, miraron el reloj, pensaron que ya era demasiado tarde y tiraron la toalla.
Estaban hechos el uno para el otro y no llegaron a averiguarlo nunca.
Sobre la autora: Luisa Hurtado González
La pintura es Pareja en el bar de Julio Chico.
El cabeceador – Diego Planisich
El pibe de la esquina no dejaba de cabecear el aire, como si de esa manera alguien se apurara para complacerlo. Por un lado una voz le sugería paciencia, a esa hora la frecuencia de circulación del colectivo disminuía. Por otro lado, otra voz le imprimía impaciencia, los cabezazos volvían.
El colectivo no acusaba presencia y las voces no daban tregua. Más tarde, este aprendiz de ventriloquía, caería en la cuenta que no contaba con las monedas suficientes para ambos.
Sobre el autor: Diego Planisich
Volatilidad - David Moreno
Y la admiré. Y la dibujé en el cuadro más bonito jamás pintado. Y le hice ricitos en su melena azabache. Y con el corazón desbocado la acaricié. Y sumergidos en un imparable frenesí la besé en las manos, en la cara y en los labios. Y la volví a admirar. Y a acariciar. Y a besar en las manos, en la cara y en los labios. Y la deseé más. Y cuando le abrí los ojos comprobé que yo no era más que una ilusión. Y desaparecí. Como hiciera hace tanto la lluvia de estos campos marchitos.
Tomado de microSeñales de Humo
Acerca del autor: David Moreno
Pato de cerámica - Daniel Diez Crespo
Ella rompió su pato de cerámica. Tres trozos y un pico sin sangre sobre la alfombrilla rosa del váter. Lo ahogó en la bañera. Fueron diecisiete segundos de lucha hasta detener su pequeño latido. Le intoxicó con la espuma. Lo estranguló con la toalla aún enganchada a la cintura. Descalza, resbaló en dos ocasiones. Buscó sujeción en la base firme del lavabo mientras el animal graznaba su asfixia. Hundió la ira y su cabeza en el agua, y sin aire, resbaló el pato de entre sus dedos, voló veloz, lo persiguió asustada con la mirada por encima de su cabeza, y pese al intento, no atravesó el espejo. Desnuda, con la cadera hundida entre la sucia espuma y la toalla atornillada al muro de la bañera, decidió recoger el cadáver y jamás declararse culpable.
Tomado del blog El País de la Gominola
Sobre el autor: Daniel Diez Crespo
jueves, 21 de junio de 2012
Una nueva oportunidad – Sergio Gaut vel Hartman
El sentimiento de la inminente catástrofe se apoderó de mí cuando leí el telegrama. “Las fuerzas naturales del planeta Tierra han decidido terminar de una buena vez con la infección”. Pensé en los niños que nacieron en los últimos meses. No están enfermos, están tan saludables como usted o yo, solo tienen la piel verde y lucen consumidos por un terror secreto, seguramente impreso en sus mentes por los mismos que enviaron el telegrama de despido y que se refleja en sus ojos tristes y apagados.
—¿Está seguro? —le dije al mensajero.
—Como que me llamo Hermes Trismegisto. Mis hermanos sincréticos, Jesús Mahomed Buda y Odín Viracocha Quetzal ya tienen todo preparado para esterilizar y plantar nuevas cepas.
—¿Y los niños? —protesté—. ¿Qué culpa tienen ellos?
—Son las nuevas cepas, estúpido. Los hemos modificado para no volver a fallar.
Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman
Invasión - Claudio G. del Castillo
–Querida, no deseo alarmarte pero llegaré tarde a casa. ¡No me lo vas a creer! ¿Sabes de dónde te llamo?: de un platillo volador. Como lo oyes, de un maldito platillo volador. Me han abducido unos alienígenas de cuatro brazos, dos cabezas y ojos muy rojos. Juegan bien al dominó, eso sí.
–¡Horror, cariño, horror! Deben de estar por toda la ciudad pues, en cuanto te fuiste, se coló por la ventana uno muy negro, con huevos como toronjas y un “perico” de dimensiones galácticas. ¡Y el bicho me llevó a las estrellas!
Acerca del autor:
Claudio G. del Castillo
Cementerio de elefantes - Alejandro Bentivoglio
En el piso de arriba viven personas que no conozco. También en el piso de abajo. Nada me costaría inspeccionar, pero, sin embargo, la idea de la simple movilidad me estanca a este puesto de observación. ¿Qué puedo hacerles? o ¿Qué pueden hacerme? Quizás nunca lo averigüemos, quizás alguno de ellos, alguno de todos esos cuyos pasos percibo, se acerque y busque en mí lo que yo no encuentro en ellos, esa palabra en medio del vacío, ese mirarme a los ojos y descubrirnos, tal vez todos quietos, aferrados junto a la pared, pretendiendo saber qué estamos haciéndonos todos aquí, en este anónimo lugar donde reposamos diariamente.
Tomado del blog: Memorias del Dakota
Sobre el autor: Alejandro Bentivoglio
En la casa del herrero - Leonardo Dolengiewich
Los cuchillos no eran de palo pero sí de plástico, de cotillón. Y no por dar la contra ni por seguir al pie de la letra el refrán, sino por la manía de uno de los niños, que ya había destripado un sapo, dos perros y a una tía abuela que había ido de visita.
Acerca del autor:
Leo Dolengiewich
martes, 19 de junio de 2012
La mágica ciencia – Sergio Gaut vel Hartman
—¡Usted está loco, amigo! ¿Cómo va a escribir sobre un hombre normal que se transforma en una bestia por obra y gracia de una sustancia química sintética?
—¿Loco yo? ¿Y usted? ¡Criaturas del planeta Marte que invaden la Tierra! ¡Viajes en el tiempo! ¿Trata de inventar un nuevo género literario? Sus historias no convencen a nadie.
—¡Ni soñarlo! Lo mío es realismo puro, crónicas de viaje, testimonios periodísticos.
—¿Ah, sí? ¿Estuvo en Marte, acaso? ¿Viajó al futuro?
—¿Por qué no? Usted pretende hacernos creer una aventura descabellada que transcurre en una isla, no recuerdo su nombre, y la búsqueda de un tesoro, piratas, un loro sabio, y el tipo ese con una pierna amputada, ¡por favor! ¡Es un disparate!
—No discutan, amigos —tercia un tercer hombre entrando a la taberna—. La ciencia avanzará tanto en los próximos cien años que ninguno de nosotros podrá distinguirla de la magia.
Sobre el autor:
Sergio Gaut vel Hartman
Atención bastante personalizada – Héctor Ranea
—Lávese las manos y espéreme —dijo mi doctor—. Tengo que traerle algunos repuestos.
Pensé que se había equivocado. Aunque yo era parecido al mecánico reparador de articulaciones nanotexturadas, pero no que fuera para tanto.
—Pero... No necesito articulaciones —alcancé a decirle cuando la puerta se cerraba.
—No importa —me gritó desde el pasillo.
Esperé un buen rato mas no apareció. Cuando me aburrí, salí al corredor y me sorprendió el silencio y lo vacío que estaba el hospital.
Caminé hasta la recepción del piso y no había nadie, aunque a los pocos segundos los ví, todos colgados de ganchos, desangrándose, ya muertos. Llamé a la policía.
—Cosa de locos —me dijo el oficial a cargo, aunque no sé si me hablaba a mí o a uno de los que manejaban las ambulancias—. Ponen de médicos a clones de psicópatas. ¿No saben leer los currícula, estos tecnócratas?
Como buen clon, cerré el pico.
Sobre el autor: Héctor Ranea
La mosca - Diana Sánchez
Tarquino El Soberbio se presentó en el foro de la antigua Roma para leer sus leyes. El pueblo lo esperaba enardecido. Apenas comenzó, una mosca se posó sobre su mano. El intentó matarla.
Pero la mosca voló hasta su pecho. La muchedumbre, antes atenta al discurso, estaba ahora perpleja por las palmadas que El Soberbio pegaba sin respiro al centro de su túnica. La mosca logró escapar y posarse en su frente. Ahora, los manotazos desaforados del emperador apuntaban a la cara. Por fin, un súbdito divisó a la mosca. Entonces, exaltando al pueblo, gritó: ¡Hay que deshacerse de ella! ¡Protejamos a Tarquino! Y el pueblo, entusiasmado, echó sobre él centenares de uvas y de flores con la intención de aplastar a la mosca. El otrora aclamado séptimo y último rey de Roma, murió de asfixia.
En los funerales, encabezando el cortejo, serena, impávida, pequeña como un micrón, revoloteaba la mosca.
Acerca de la autora:
Rayas - Susana Camps
Son las seis de la mañana cuando suena el teléfono y me preguntan: ¿Qué tiene usted en el bolsillo del pijama? Llevo maquinalmente la mano al pecho. Me emociono tanto al oír que obtengo el primer premio que no atino a contestar estado civil ni profesión. Volverán a llamarme hacia las doce.
Simpático, metafórico, ocurrente y socarrón son algunos de los piropos que me lanzan durante la entrevista. Alaban mi agudeza mental pese a lo intempestivo de la llamada. Celebran mi audacia cuando contesto que soy camello.
Yo sólo guardé mi coca en el bolsillo antes de echarme a roncar.
Acerca de la autora:
Susana Camps Perarnau
Abolición - Diego Planisich
Él creyó que en un día más, nadie se daría cuenta. Supo entender, cavilante, que todas las oportunidades que dejó escapar, hoy, como si despertase de un mal sueño, otra vez las tenía puertas por delante. También supo en ese mismo instante —como si alguien se lo soplara al oído— que ésta sería la última de las oportunidades.
Se convenció de que tardaría una eternidad en explicar lo sucedido. Cada noche, hasta ese día, observó el libro cubierto de polvo, allí en el estante de la biblioteca. Explicar —decía— sería perder el tiempo de todos. Nadie le creería, todos abogarían por su abolición. Dentro del libro, la mancha de café sabía que su vida no había sido en vano.
Acerca del autor:
Diego Planisich
domingo, 17 de junio de 2012
Muerte de un suicida - Héctor Luis Rivero López
El hombre vio una puerta, la abrió y se sorprendió de que estuviera abierta. Luego encontró que detrás de la puerta había otra puerta; volvió y la abrió y otra vez se sorprendía de que estuviera abierta; pero detrás de la puerta había otras puertas y todas abiertas infinitamente, hasta que llegó a una puerta que no abría…entonces rápidamente todas las puertas anteriores se fueron cerrando…
Acerca del autor:
Tarde animada - David Moreno
Me acerco y anoto sus nombres en mi libreta mágica como mera comprobación de los asistentes. Popeye el Marino, D’Artagnan y los Tres Mosqueteros, Los Caballeros del Zodíaco, El Capitán America, Spiderman, Batman, HeMan… uno a uno van entrando en mi habitación. Asterix reta a La Masa , los Caballeros del Zodíaco luchan contra Los Transformers, Lucky Look rodea al Inspector Gadget y yo intento atrapar a Conan el Bárbaro. Sin darnos cuenta va pasando la tarde hasta que oigo que alguien llega a casa. Mando a todos callar y cierro rápidamente la puerta. Ahora me toca pensar una buena excusa que contente a mi mujer.
Acerca del autor:
David Moreno
Acerca del autor:
David Moreno
Púrpura – Ruy Feben
Para MZ y su Tlayacapan
Hundido en el matorral, Manuel tiembla. Mira a lo lejos piquetes certeros, ojos que explotan, pus brotando de los cuellos: el enjambre voraz embestir una procesión, guarecida bajo figuras de porcelana y estandartes de santos, atrapada en el camino escarpado que bordea el monte. Arriba el cielo es púrpura.
Por el acantilado vuelan cuerpos aterrados que semejan cruces, miembros hinchados, gritos dolientes, abejas cazando a muerte. Manuel escucha un zumbido acercarse y aprieta los ojos.
Despierta de un salto, sudado por la pesadilla. A lo lejos, la figura de San Juan Bautista; al fondo, un niño agita un panal; en el horizonte, el cielo apenas se pinta de púrpura.
Tomado de: http://elclaxon.arts-history.mx/
Acerca del autor:
Ruy Feben
Microtopológico – Sergio Gaut vel Hartman
El tipo se materializó en medio de una gran tempestad de sonidos, con un volumen tan intenso, que mis huesos tuvieron que esforzarse para no escapar a través de la carne.
—¿Quién es usted, qué quiere? —logré balbucear.
—Soy el personaje central de esta microficción y vengo a buscar mis líneas.
El sonido no cesaba; mi mandíbula empezó a vibrar y los ojos buscaron fugarse por la parte posterior de mi cabeza. Aún conmocionado, logré replicar.
—¿Está loco? ¿De dónde sacó que voy a escribir una microficción? Y en el caso de que me viniera en gana hacerlo, ¿por qué lo voy a poner como personaje?
El tipo sacó un palo y lo exhibió. Era un bate de béisbol, famoso en manos de Babe Ruth o Al Capone.
—Me va a poner, no tenga la menor duda. Y si quiere, le dicto la primera frase. “El tipo se materializó…”
Acerca del autor:
SergioGaut vel Hartman
Adiós – Daniel Diez Crespo
Vomitó los ojos y ya nunca los encontró. Tiró de la cadena y alguien rió la torpeza. Le abofeteó pero nunca le golpeó. Dieron media vuelta y desaparecieron. Sus ojos, rotos como añicos de un cristal nunca más aparecieron. Nadie fue impune a los hechos maquiavélicos de aquel asalto al castillo. Ella caminó veloz con sus pies verdes descalzos. Él anduvo despacio con sus pies rojos descalzos y enormes. Nunca se dijeron adiós, lo escribieron invisible en el aire.
Sobre el autor: Daniel Diez Crespo
viernes, 15 de junio de 2012
Origen - Cristian Cano
¿Cuántos Soles crearan ojos con millardo de formas? En la oscuridad y la negrura la vida es como la luz, una situación que desesperadamente intenta corregir su endeble significado y su misteriosa presencia.
Sobre el autor:
Cristian Cano
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