lunes, 12 de diciembre de 2011

Parásitos - Raúl Sánchez Quiles



El señor del traje y el puro se bajó del Audi acompañado por otros dos individuos de chaqueta y gafas negras. Me dio una bofetada, me pidió más austeridad y se llevó el cartel de “No tengo trabajo, sino hambre” y la lata con las monedas. No pude apuntar la matrícula, pero su cara me suena.

Tomado de Hiperbreves, S.A.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Fuga - Sergio Gaut vel Hartman



Desperté bañado en el viscoso aceite de las heridas de Arquelao, lo que me sugirió que la pesadilla era profética. Dejé que esa idea fluyera arrastrando el tibio licor que la noche había depositado en los recovecos de mi alma y esperé la purificación, pero no fue suficiente; metí dos dedos en el hueco, extraje la nuez y descubrí el deterioro al primer vistazo; costras de savia seca se adherían a la rugosa superficie y un rastro de humo sugería que el núcleo estaba agotado. Eso significaba que en la realidad moriría dentro de las siguientes tres horas, pero no tenía ningún interés en permitirlo: cerré los ojos y armé la fuga. Del otro lado, recién renacido, Arquelao esperaba con el arma lista para liquidarme. Empecé a reír; el pobre diablo, atado a una única fase, no tiene idea de cómo son las cosas. 

El espejo en que la medianoche no hace sombra – Héctor Ranea



Mis ojos fueron incapaces de soportar mi mirada. Ese reflejo en un espejo semejante había hecho de mí, de todos nosotros, seres ambulantes sin destino. Cada vez que nos mirábamos a un espejo rememorábamos aquella reflexión y, acobardados por esa penetración cerebral profunda, nos retirábamos descerebrados, malcontentos, fríos, medrosos. Nuestros amores se fueron apagando, por el arte, por la música, por el cuerpo del amado o amada, por la luz y por la oscuridad. Pronto, hasta los cuervos tuvieron más estima de ellos mismos que nosotros de nuestra propia existencia y fue en esos tiempos que se decidieron a tomar en devolución los ojos que nos habían prestado.
Desde entonces (soy) somos incapaces de sostener nuestros recuerdos con las órbitas vacías de los ojos prestados y todo fue para peor.

Piedras y piedritas - Daniel Frini


En soledad, alrededor del sol, gira el Asteroide Zadunaisky, Una gran piedra de más de cuatro mil millones de años. Un poco por debajo de su Norte hay un gran cráter de unos diez kilómetros de diámetro, originado por el impacto de otra piedra en épocas remotas. Dentro de él, hay otros cráteres más pequeños y, lógicamente, más nuevos. Uno de ellos, bastante curioso debido a su forma elíptica, se formó por el choque de otra piedra hace unos cincuenta millones de años. Allí, sentado con la espalda apoyada sobre el borde de acresión, hay un astronauta. Su casco muestra un agujero de bordes limpios, consecuencia de otra piedra del tamaño de un garbanzo que lo atravesó de lado a lado. Está allí desde hace unos seiscientos mil años. En su pecho, quemada por una larguísima exposición al Sol cercano, puede verse una insignia de la Unión Soviética.

Acerca del autor: Daniel Frini

Héroe sádico - Leonardo Dolengiewich


Se acercó hasta el borde del acantilado, mucho más allá del límite indicado por el guía turístico. Todos lo miraron, alguno le gritó que volviera, que no se arriesgara. Se arrojó sin inmutarse.
Cuando no estaba salvando al mundo, Peter Parker se divertía a costa de los turistas que visitaban la ciudad.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Educando a Violeta – Héctor Ranea


―¿Tengo que darle la mano al señor, papá? ―dijo Violeta, acongojada.
―Sí; se una niña educada ―dijo el señor Cuarnes.
―Te la devolveré―. Terció Forbes.
La niña se desatornilló la mano con parsimonia, como quien no quiere dar lo que le es caro.
―Tome ―. Espetó.
El señor Forbes se la engulló de un bocado. La niña, a punto de un llanto desconsolado, dirigiéndose al padre:
―¿Viste lo que hizo? ¿Cómo me la va a devolver ahora, papá?
Y Forbes le contestó: ―Ni te molestes Violetita. Es un muñeco. El ventrílocuo soy yo. Y ahora prepará tu patita, nena. Tengo hambre.

Encuentre al autor en: Héctor Ranea

Virgen - Claudia Sánchez


La teoría se la sabía al dedillo. Su madre ya le había explicado todo lo necesario para esa noche.
Pero al momento de ponerlo en práctica, no contaba con que la correctora, mujer del escritor, fuese tan puritana.
Ahora no sabía cómo proceder con esa túnica blanca encima, con un agujero en la entrepierna y otro en el ombligo.
Ya estaba por sacársela cuando los escuchó detrás de la puerta. Su flamante marido hablaba con una mujer en un tono muy íntimo: “no te vayas amor, en diez minutos acabo este trabajo y estoy contigo”.
Pero ¿qué estaba sucediendo?
—Ay mi vida, pero ¿cómo te han puesto esa bata? —le dijo con ternura—. Ven, quítala… la cabeza va por aquí. Así. Bueno, ¿Te has decidido ya? ¿Qué hacemos… caoba… castaño? Tu pelo virgen tomará muy bien cualquiera.
Bien, la historia continuaba. Porque los hombres no las prefieren rubias.

Encuentre a la autora en: Claudia Sánchez

Obcecación - Lucio Maggi


—No seas boludo, hijo. Eso no sirve.
—Dejá de joder, viejo. Ya soy grande y sé lo que hago.
—Pero mirá que quien me lo dió me dijo que es fenómeno para lo que vos querés hacer, eh.
—No me rompás las bolas...
El hombre bufó. ¿Será de dios que los hijos llevan la contra siempre? ¿Por qué las relaciones padre-hijo en un momento dado empiezan a responder al principio de acción y reacción? Movió la cabeza con desencanto e insistió, aun sabiendo que iba a perder.
—¿Entonces este kevlar no lo querés, Ícaro?
—¡Metételo en el culo!
Y arrancó a volar. Y se hizo mierda, obvio.

Okupa - Fernando Puga


Avanzo entre tus huesos de papel manteca que al roce de mi hálito se deshacen como terrones de azúcar en el agua. Te gano la batalla. Te convierto en remedo de ti mismo, una mala copia del guerrero que doblegaba a cuanto desgraciado osara cruzarse en su camino. Llegaste tarde a la contienda de tanto andar mirándote al espejo, de tanto andar cazando mariposas, de tanto construir castillos en el aire. No me guardes rencor, soy inocente. No puedo renunciar a mi naturaleza. En ti me llevas. Conmigo seguirás hasta que se apague el último leño de tu hogar. Que sirva de consuelo lo bueno que has vivido: algún antiguo amigo que aún hoy te recuerda, algún amor que debió ser más correspondido y esos frutos que ya están maduros, prontos para retar a sus propios demonios.

Encuentre al autor en: Fernando Puga

martes, 6 de diciembre de 2011

Recurrente y empalagoso - Sergio Gaut vel Hartman


Gutha Cunz leyó el cuento de Chuang Tzu y la mariposa antes de irse a dormir. No hay que leer estas cosas con el estómago lleno, reflexionó. Y tuvo pesadillas, claro. Soñó que era Tzu, luego la mariposa y finalmente un monstruo híbrido de chino y mariposa que leía el cuento de Chuang Tzu y la mariposa antes de irse a dormir, lo que le provocaba espantosas pesadillas. Pero aquí no termina la cosa. A continuación, Gutha Cunz soñó que no podía despertar de una pesadilla en la que el emperador de la China obligaba a sus súbditos a soñar la historia de Chuang Tzu y la mariposa diecinueve veces por día. Menos mal, pensó Gutha Cunz al despertar, que todo esto es un sueño. No estuvo tan seguro de esto cuando la doncella, Danaus Plexippus, preguntó.
—¿Café o té? ¿Con leche o solo? ¿Crema? ¿Azúcar? ¿Tostadas o mediaslunas?

Bosques - Luisa Hurtado González


En un rincón oscuro y húmedo del frigorífico, los mohos han cultivado un bosque enano y fragante de tonalidades verdes y grises.

Y, aún sabiendo que será destruido en cuanto sea descubierto, se han hecho el firme propósito de seguir cultivando esos minúsculos bosques de bonsáis, han decidido seguir poniendo color y olor en ese mundo tan frío.


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

¿Será verdad? - Héctor Ranea


El ingenioso hidalgo estaba pasándola lo más bien con Dulcinea, cuando entendió que ella estaba volviéndose lo que era en realidad: una zombi. No tuvo tiempo de esquivar la dentellada y perdió un buen par de hectogramos de seso en el ataque. Después de eso se dedicó a la lectura y sus famosas aventuras. El casco se lo puso para disimular el agujero.

Con esta señorita me caso yo - Saurio


Caperucita entro a la habitación de su abuelita, pero en la cama no estaba ni la anciana ni el lobo feroz, sino un niña como ella.
―Abuelita, qué ojos tan gran…, eh, no, qué orej…, eh… qué boc…― desalentada exclamó ―¡Todo es pequeño! ¡No sé qué es lo que tan grande tienes!
―Esto― dijo Gretel (pues de ella se trataba), destapando su cuerpo desnudo y mostrando un enorme falo de cuero y otros juguetes eróticos. ―Y son para cogerte mejor.
―Guau― dijo Caperucita, despojándose de la prenda que le daba su nombre.
El leñador ni vino al rescate ni se unió a las rijosas muchachas. Partes de él estaban en la heladera, junto a la abuelita y el lobo, y el resto se cocinaba lentamente en el horno.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Desatino – Sergio Gaut vel Hartman


Una tarde de domingo en la que muchas personas toman sol en el parque, una potente ráfaga de viento parte una rama de pino; la rama vuela, se estrella en la cabeza de una mujer y la mata. La policía detiene al pino agresor, lo somete a prisión domiciliaria mientras se sustancia el juicio y tres meses después lo encuentra culpable de homicidio en primer grado, agravado por alevosía y lo condena a ser talado.
Un periodista, crítico feroz del sistema judicial humano, dice por TV:
—Una nueva prueba de necedad: la sociedad ajusticiará a un pino por asesinar a una mujer.
En cambio el pino, avanzada de una invasión alienígena, piensa que su plan ha sido descubierto, que la estrategia elegida ha fracasado; sabe que solo faltan horas para que todos sus compañeros, que acaban de tomar posesión de otros pinos, corran la misma suerte que él.

De a caballo – Héctor Ranea


—¿Usted que siempre está cabalgando bajo las estrellas de la noche —dijo el paisano de boina azul a un gaucho de botas de potro, montando uno un rosillo, el otro un alazán alto— creería que hay vida en otras estrellas, diga?
—En mi humilde opinión, no. ¡Y mire que miro las estrellas, eh!
—Claro, don. Entiendo. —Lo miró de soslayo y pensó: “Idiota, no sabe que los vecinos de Eta Vega somos carnívoros”. Y el de las botas de potro, sonrió ocultando sus labios en la sombra del chambergo, mientras pensaba: “¡Pobre imbécil terrestre! Esta noche su sopa será libada en ómicron Oberón.” La enorme llanura se abría a los pies de las cabalgaduras, mientras sus sombras se alargaban, pacíficas, en el crepúsculo largo de la pampa.

Segunda oportunidad – Sergio Gaut vel Hartman



La criatura contempló acongojada la devastación. El planeta, al que había arribado tras un viaje tan prolongado que insumió la mayor parte de su vida, estaba vacío. No era eso lo que su especie había determinado al enviarlo como embajador, trayendo la buena nueva de que no estaban solos en el universo y portando las ofrendas tecnológicas suficientes para favorecer un salto evolutivo de gran magnitud. Pero debía resignarse: la especie originaria de aquel mundo se había empeñado en autodestruirse y ahora, durante el tiempo que le quedara de existencia, se pondría a trabajar para regenerarlos a partir de los residuos biológicos que encontrase. Detectó una gran concentración de cuerpos sin vida y se dirigió al lugar con el equivalente de una sonrisa bailándole en el equivalente de los labios. Los zombies también sonrieron: después de tanto tiempo podrían disponer de comida fresca.

Transporte público – Sergio Gaut vel Hartman



Subí al bus galáctico con dificultad. El conductor, un jiliriano de piel con escamas como monedas y cinco ojos pedunculados, me miró con acritud, me parece. Resoplé observando a mi alrededor; los pasajeros pertenecían a tantas especies diferentes que sería imposible enumerarlas y los asientos tenían manchas de las sustancias más extrañas que pueda imaginarse. Cuando pude respirar normalmente, dije:
—¿Me deja en Rigel 3?
—No —dijo el conductor—; tiene que tomar el ramal verde; este es el amarillo.

Trabajo de demolición – Sergio Gaut vel Hartman



En cuanto las naves quedaron disimuladas entre los matorrales y arbustos espinosos, el jefe de la expedición invasora repartió los roles. La estrategia era sencilla, aunque desarrollada para ser efectiva en el largo plazo.
—¿Qué te tocó? —dijo uno.
—Pescador en un lugar llamado Galilea.
—¡A mí también! Creo que nos toca ser hermanos.
—Yo entro en escena en el segundo acto —dijo otro.
—¿Y a quién le toca el papel de Yesú?
—A mí —dijo uno con cara de pocos amigos—. Tengo que morir crucificado.
—¿Les parece que va a funcionar? —susurró uno.
—Estos nunca se equivocan —respondió el que había hablado primero—. Recuerden Tomashek.
—Es cierto. Pero allá demoramos unos seiscientos ciclos, y acá están previstos más de dos mil.
—Estos son testarudos y soberbios. No vamos a poder desmoronarlos tan fácilmente.

No el fácil adaptarse a otro mundo - Fernando Puga



A él le pasó. Tenía que acomodarse para sobrevivir en ese extraño mundo habitado por seres casi lampiños, que caminan en dos patas, que emiten sonidos incoherentes, que se reproducen sin intervención del Supremo. Lo tuvo que hacer para cumplir con las órdenes recibidas y enviar a la nave madre la información necesaria para que la invasión resultara exitosa. Después la conoció y ese espécimen femenino, con la humedad de su piel cristalina lo fue transformando.
Hace tiempo que vive en La Tierra. Tiene una hermosa familia. Apenas recuerda que alguna vez obedeció voces del más allá.

Q.E.D. - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman



La invasión extraterrestre finalmente se produjo, y fue exitosa, tan exitosa como para terminar por completo con la civilización humana. ¿Quieren conocer la causa de su triunfo? Muy sencillo: una estrategia adecuada y una sucesión de golpes tácticos perfectos. Los alienígenas se disfrazaron de humanos, pero no de cualquier humano, sino de humanos estúpidos, necios, torpes, imbéciles, estólidos, idiotas, ceporros. Y se disfrazaron tan bien que ni siquiera ellos mismos se daban cuenta de que lo eran; pensaban ser únicos y no se reconocían como colectivo. De ese modo hicieron muchísimo daño, indujeron al caos, nos precipitaron en la confusión y limpiaron el camino. Dice un proverbio judío: cuando un tarado encaja una piedra, ni cien avispados la pueden desencajar.

Al desalojar, anoche. Escena en New York: tierra de libertad – Héctor Ranea



—¡Ma qué alienígena ni que cinco de diciembre! ¡Te vamos a sacar del parque junto a los otros indignaditos del carajo! —gritó el policía de New York meneando al intruso ocupa con vigor desvergonzado. En una de las sacudidas se salió uno de los ojos del pobre zarandeado, quien, extendiendo dos dedos logró ponérselo en su lugar. El cana, a todo esto, ni cuenta se dio. Lo único que quería era cumplir la orden: “nadie debe llegar al edificio de la Bolsa”. Cuando creyó que lo había sacudido bastante quiso ponerle las cintas de sujeción para las manos. Recién ahí se enteró de que ni modo que funcionaría. En el Precinto nada le habían dicho sobre qué hacer si el detenido tuviera tres manos. Hay radicalizados acá —pensó el de azul— pero ¡la mierda! Éste ya es el colmo.

Oportunidad irrepetible – Sergio Gaut vel Hartman



—¿Puede demostrar que es alienígena?
—No lo creo. En mi mundo, como en el suyo, Dios nos hizo a su imagen y semejanza. ¿O es usted ateo?
—¡Válgame Dios, no soy ateo!
—Entonces aceptará, sin más prueba que mi palabra, que soy extraterrestre.
—Bien, lo acepto. ¿Cómo dijo que se llama el artefacto que me ofrece?
—Abducidor polificcional de matriz cuéntica.
—¿Cuántica?
—Dije cuéntica.
—¿Y cuesta?
—Doce mil ochocientos treinta.
—¿Acepta tarjeta?
—¡No, por supuesto! Ya le dije que soy extraterrestre.
—No tengo tanto efectivo.
—¿Cuánto tiene? 
—Con lo que llevo encima y sacando lo que pueda de tres cajeros automáticos, creo que redondeo unos cinco mil.
—Usted me cae simpático. Le dejo el abducidor polificcional de matriz cuéntica en cinco mil.
—Pero ¿funciona?
—Oiga, ¿por quién me toma?
—Disculpe.

Parásitos interplanetarios – Marcos Zocaro



Con los dos soles escondiéndose por debajo del volcánico horizonte, el último de los insectos voladores inicia un moribundo y espiralado descenso a tierra, sellando así el fin de toda clase de vida sobre el planeta. Ante esto, el comandante de la nave nodriza felicita al resto de las naves, miles y miles que pueblan los cielos de este mundo en llamas, por el éxito de la misión: ya todos los recursos naturales y energéticos han sido consumidos. A continuación, sin perder más tiempo, el líder de los parásitos interplanetarios fija un nuevo rumbo y un nuevo objetivo: ahora la víctima será Betelyún, un planeta gigante que orbita alrededor de la estrella Betelgeuse, un planeta cuya civilización jamás podrá defenderse del ataque del Imperio humano.

En un restó de Tau Ceti V – Sergio Gaut vel Hartman



—¿Conoce las reglas?
—Regular
—¿Cómo regular?
—Cuando visité Ergulano, el cuarto planeta de Régulo, aprendí algo que, a partir de entonces, reguló mi vida.
—¿Qué aprendió? ¿A cumplir las reglas?
—A cumplir las normas, o mejor dicho, a cumplir con Norma, Norma Regalado, pero esa es otra historia, y a usted no le importa.
—¿Cómo que no me importa? Yo soy el regulador del curso regular de gula disciplinada.
—¿Gula disciplinada? Nunca imaginé que pudiera existir algo como eso.
—Existe, y cumple reglas muy estrictas.
—¿Existen reglas para disciplinar la ingesta de Norma?
—Reglas que comen normas. Eso sí que es nuevo.
—Cierto. ¿Se va a quedar ahí parado toda la noche o va a tomar mi pedido? Tengo mucho hambre.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Gratificaré devolución - Ana Silvia Mazía


Gratificaré devolución o cualquier dato acerca de un celular piel de pantera" XC32 ", extraviado en el barrio de Palermo Soho.
En el momento de su desaparición, llevaba antenita baja, batería recién cargada, y tiene una rayadura entre el 6 y el 0.
Dueña desesperada, grave depresión, debió ser hospitalizada.

Peleas internas - Fernando Andrés Puga


Abrí otra cuenta en facebook y solicité mi amistad. No acepté. ¿Quién puede aceptar ser amigo de un tipo como yo que pretende ser amigo de sí mismo sin antes conocerse un poco? Eso sí, la lista de amistades de ambas cuentas es muy parecida. Y no es muy extensa por cierto. Hoy, sin ir más lejos, cuando fui a la cita que pacté en la web me encontré a mí mismo parado en la esquina con un ramo de flores. Creo que esperaba a la misma chica. Al menos eso parecía, porque los dos la encaramos al mismo tiempo al verla bajar del taxi. Ojalá que esta vez no me gane de mano.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Ecos – Héctor Ranea


El murciélago planeó sobre sus innumerables cenas de esa noche. No podía escuchar el zumbido que hacían, pero su ecolocalizador no le fallaba y tampoco lo delataba. En efecto, todos esos volátiles allá abajo nunca sabrían qué fue lo que les pasó ya que jamás podrían detectar su presencia. Nunca había fallado y sin embargo, esos avechuchos seguían viniendo, siempre migrando hacia o desde ese punto.
Tenía localizados decenas para esa noche así que se lanzó confiado en los ecos que le venían indicando que todo sería un mero trámite. Se limitó a abrir la boca y uno a uno entraron a ella primero un Boeing, luego varios Airbus y finalmente un Hércules lleno de ayuda a un país con brote de Ébola.

Sobre el autor: Héctor Ranea

Deducción - Óscar Román Alconada


Quitamos el IRPF y las contingencias comunes. Me pediste cobrar las extraordinarias a parte, así que quitamos el prorrateo. Quitamos las estructurales y las no estructurales. Quitamos el desempleo y la formación. Quitamos las deducciones de horas extraordinarias y otras deducciones a voluntad. Y, ¿ves? ¡Qué suerte! ¡Otra nómina a cero! No te sale a cobrar, pero tampoco a devolver.

Recortes - Fernando Andrés Puga


Al antropólogo, el Rincón Gaucho. Al arquitecto, el suplemento del sábado. A la médica, el mamotreto de la Academia. Al futbolista, el diario Olé. Al ama de casa, la revista de variedades. A los niños, palomitas de papel. A nadie, un beso.
No hay besos en el diario de la mañana.

Sobre el autor: Fernando Puga

Octavo B - Alejandro Bentivoglio


Mi romance con la bailarina no prosperó. Ella se paseaba todo el día por el departamento dando saltitos descalza. Yo trataba inútilmente de agarrarla en alguno de sus vuelos, pero fracasaba estrepitosamente. La mayor parte de los días yo no hacía más que terminar en el suelo, herido por el golpe contra algún mueble inoportuno. Ella, por su parte, sólo se dedicaba a su arte y exageraba cada vez más sus giros y especialmente sus largos saltos.
Pero no, no fue por despecho sino por descuido que dejé el ventanal abierto de par en par.

Sobre el autor: Alejandro Bentivoglio
Tomado del blog: Memorias del Dakota