jueves, 19 de septiembre de 2013

El infierno de los filósofos - Héctor Ranea



Sócrates no creía lo que veía. Llegó Lao Tse a su hexedra del infierno y se levantó de su tumba Pico Della Mirandola para conversar cabeza a cabeza con el caminante que nunca se movió. Le permitieron venir a Leonardo a visitarlo. Marx recordó el poema: sólo quienes saben estar padeciendo un mal, no lo padecen y le recordó que, en algún lugar de sus Tesis, lo citaba sin citarlo. Sócrates se frotaba los ojos para arrancarse el pasmo, porque según él veía las cosas (la cicuta clarifica el intelecto) él pronunció esas aladas palabras antes que el chino. Pero claro, el recién venido, de la mano de Borges, Macedonio, el inefable Nietzsche y el danés que seguía analizando el Sacrificio de Isaac, era la estrella. La genial Xantipa le dijo:
—Convencete, gordo, a los ídolos ahora los pergeñan los medios.

El autor: Héctor Ranea