sábado, 28 de diciembre de 2013

Todo profeta sabe dónde está su whisky – Héctor Ranea


La obra dejada por Kirlian Josephson: miríada de cuentos brevísimos, plétora de poemas que nadie podrá recordar, ensayos ensayados pero nunca finiquitados, un impresionante muestrario de novelas comenzadas hasta el punto de saber cómo iban a terminar. Esto afligía al prolífico escritor, pues conocer el final lo inhibía de seguir su escritura. En efecto, razonaba: si sé cómo termina, cualquiera podría adivinar el final mediante la lógica, el álgebra, la teoría de fractales y la asociación ilícita de Freud, todas cosas archiconocidas por mis lectores, bastante escasos, por cierto.
La dulce Ariabella conoció poemas dedicados a ella, pero los recibió con la misma alegría con la que recibía el vaso de escocés enfriado (no toleraba el hielo) que usaba como aperitivo. En ese sentido, K-J no llegó a ser profeta en su tierra ni falso dios de falsos profetas. Quien pueda leer, que lea y entenderá de qué hablo.

Acerca del autor:
Héctor Ranea