lunes, 14 de noviembre de 2011

Deus ex Machina - Víctor Lorenzo Cinca


Lleva días pensando el final del cuento, pero no acaba de dar con la solución. Mientras, el protagonista espera perdido en mitad del desierto, solo y muerto de sed. Debe sacarlo de ahí de un modo original pero los finales que se le ocurren se desmoronan por su propio peso: éste por poco creíble, aquél por demasiado fácil, el otro por inconexo... Al fin, tras mucho darle vueltas al asunto, se le ocurre una gran idea para dar por concluido el relato. Por desgracia ya es tarde: cuando abre el documento guardado en el ordenador, una bandada de buitres picotea un bulto descarnado sobre la arena.

Tomado de Realidades para Lelos
Sobre el Autor: Víctor Lorenzo Cinca


Imagen: Floratricity, de Laurazee en deviantArt

sábado, 12 de noviembre de 2011

Yone – Rita María Félix da Silva


Del diario de Faruk:
"Mañana, yo y el 80% de la población del planeta vamos a irnos de la Tierra. El resto permanecerá, siguiendo a Zarkhov, que se dice profeta, promete el paraíso a los que se quedan, y habla de un destino horrible para los que parten. ¡Una locura! Por la degradación del medio ambiente el planeta no tardará en volverse inhabitable.
Pienso en Yone. La creé cuando estaba de moda concederle inteligencia a una sección de la propia mente. Es mi única amiga, me comprende mejor que nadie. La amo.
Ayer, descubrí que es zarkhovita. Me ofrecí a transferirla a alguien que no parte. Prefirió quedarse conmigo. Juro que no la entiendo...
(Nara, mi única enamorada, odia a Yone, dice que esa "cosa" me ama. Me reí. Rompimos, ya que jamás aceptaré delatar a Yone)".

Título original: Yone.
Traducción del portugués. Sergio Gaut vel Hartman

De cómo terminaron con el delito en Hípsila – Cristian Mitelman


Abrumados por los crímenes que castigaban la ciudad, los Sabios pensaron una estrategia. Decidieron que “no cometer” acciones como saquear, destruir el patrimonio público, golpear al vecino y demás sería considerado un grave delito. Las personas se lanzaron a todos los vejámenes pensados con la mejor excusa posible: la pena por negarse era más que severa.
Tiempo después, los Sabios decidieron morigerar los castigos y los ciudadanos, viendo el abismal descenso de la sanción (apenas una pequeña multa que podía pagarse en infinitas cuotas de centavos), acabaron por dejar las viejas tropelías. Si a tales actos los jueces les daban tan poca importancia, ¿qué podían valer realmente?
Cansada del robo y la indolencia, la gente acabó por dejar los viejos hábitos y acabó sintiéndose feliz de violar levemente la ley respetando a personas y patrimonios.

La noche de Asterión - Andrea González


Lentamente se oscurece el cielo y la mirada del minotauro extiende un manto de estrellas sobre la tierra. Estrellas de agua solificada y núcleo de perla. El suelo se estremece. Hace frío. La soledad y la noche son impenetrables. Sentado en su trono, el minotauro cierra los ojos. Recoge poco a poco así estrellas, y vuelve a emerger la luz que lo petrifica.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Acto reflejo - Fernando Andrés Puga


Me acerco a la ventana a ver morir el día. Hay un hombre de pie junto a la puerta del bar de enfrente. Tiene un maletín. Algo en su actitud me impide sacarle los ojos de encima. Mira su reloj pulsera; cada vez con más frecuencia. Parece que la espera será larga. ¿Quién será la que merece ser tan aguardada? Una mujer de la que apenas veo el perfil cruza la calle hacia él, parece hablarle al oído y se pierde entre las primeras sombras de la noche. Ahora mismo el hombre tiene la vista clavada en las agujas del reloj y alcanzo a leerle los labios. Está contando: nueve… ocho… siete… Sólo atino a taparme los oídos.

Día de la madre - Lilian Elphick


Querido diario:
Hoy destapé el WC con soda cáustica; lavé la ropa a mano (máquina descompuesta) y la planché. Preparé niños envueltos para diez familiares que me visitaron; los atendí; oí sus logros, penas, frustraciones; me maldije por no tener diez floreros para los diez ramos de flores. Lavé los platos; serví el postre y el café. Algunos durmieron siesta: los cubrí con una frazada. Más tarde, se fueron dejando una estela de migas, servilletas, restos de niños debajo de las alfombras. Las flores estaban hediondas; el tacho de basura estaba repleto. Tuve que trapear el piso con cloro, mientras el perro se cagaba en la entrada de la casa.
Estoy cansada. No sobró comida.
Ay, ya se me estaba olvidando, ¡qué cabeza!: debo deshacerme del veneno. Y a ti, querido, tendré que quemarte.

Círculo virtuoso – Sergio Gaut vel Hartman


Se enamoró de ella cuando supo que lo odiaba. Empezó a merodearla, le envió flores, un anillo de brillantes, pasajes para un crucero al Caribe. Ella, por supuesto, lo odiaba cada día más: pisoteaba las flores, le regalaba las joyas a la sirvienta, quemaba los pasajes. Y cuanto más lo odiaba ella, más la amaba él. La situación se hizo insostenible; no tuvieron más remedio que contraer matrimonio.

martes, 8 de noviembre de 2011

Última voluntad - Alejandro Ramírez Giraldo


Después de 969 años, Matusalén agonizaba. A su lado no tenía ningún familiar puesto que ninguno había resistido el trasegar de tantos siglos. La criada anónima, que humildemente le brindaba los últimos cuidados, había empezado a fingir de sordera cuando Matusalén le confesó que su última voluntad era escribir las memorias de su vida.

Tomado del blog: http://www.minicuento.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Curándose - Jorge X. Antares


Toda una vida con miedo deja secuelas. Miedo a no ser querido, a ser rechazado, a perder el control y el empleo y lanzar por la borda los ínfimos logros duramente ganados. Sintiéndose mal en todo momento, humillado de por vida. Menos mal que poco a poco se iba recuperando con la terapia. El primero fue difícil, el segundo un poco menos. El último fue casi una obra de arte. Al final se convertiría en un experto con el punzón.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Perfección fugaz – María del Pilar Jorge


La solipsita se sentía única, hermosa, perfecta, irrepetible: la responsabilidad de la existencia del universo, el girar de las esferas, el curso de los vientos, el flujo de las mareas, todo dependía de ella, o eso creía, al menos. El Guardián temió por la supervivencia de las especies y resolvió enfrentarla a la prueba suprema: los espejos. 
La solipsita se vio, a sí misma, repetida en cien imágenes. Los puños cerrados golpearon los espejos, una y otra vez, hasta romperlos. Cuando la sangre manchó los fragmentos de cientos de solipsitas, la criatura lloró por primera vez en su vida.

Sobre la autora: María del Pilar Jorge

Buen perro - Víctor Lorenzo Cinca


Dame la patita, le ordeno, y él obedece sin rechistar. No, la otra, insisto poniéndolo a prueba, y él acata de nuevo la orden. Ahora, como recompensa, nos vamos de paseo, le propongo, pero por mucho que lo intenta, no logra seguirme sólo con el impulso de las patas traseras. 

Tomado del blog: Realidades para Lelos

Renovarse o morir – Javier López


Si ya a finales del siglo XX las diferencias entre las computadoras gobernadas por el sistema operativo de la compañía Microsoft y las basadas en sistemas Mac eran grandes a favor de las segundas, en 2038 iban a hacerse abismales. 
Mientras los usuarios de la marca de la manzana podían disfrutar de menús y aplicaciones multimedia recibiendo ayuda directamente de una proyección ectoplásmica holográfica del mismísimo Steve Jobs, los usuarios de Pc debían seguir conformándose con el ya molesto y pasado de moda perrito de las aplicaciones de Office.

Sobre el autor: Javier López

Toing - Claudio G. del Castillo


–¿Me da una pomito de lágrimas artificiales?
–Queratitis seca, ¿eh? Mal bicho.
–Nada de eso, amigo; es que voy de camino al entierro de mi suegra y no sé si pueda… Ya sabe.
–¿Ha probado meterse el dedo en un ojo?
–Pues… no, la verdad. ¿Funcionará?
–¿Que si qué? Mire.
Toing.
–¡Jod…! ¡¿Pero usted es anormal?! ¡Joder! ¡Iiish!
–Nunca falla. ¿Lo hacemos con el otro?
 –¡Ni pens…!
Toing.
–¡Me cago en…! ¡Bfff! ¡¿Se… será posible?!
–¿Entonces? ¿Aún quiere sus lágrimas?
 –¡Desde luego, cretino, si tal parece… iiish... tal parece que estoy orinando! A este ritmo igual llego seco al entierro. ¡Ja!, ¿no lo acabo de decir?: ya paré de llor…
Toing-toing.


Acerca del autor:
Claudio G. del Castillo

viernes, 4 de noviembre de 2011

Curiosidad peligrosa - David Moreno


¿Y cuándo será el incendio? –preguntó con voz trémula.
¿Y dónde se producirá? –continuó.
¿Y llegarán a tiempo los bomberos?
¿Y morirá mucha gente?
A lo que la pitonisa, sosteniéndole concienzudamente la palma de la mano, le contestó en orden a sus dudas.
Ahora.
Aquí mismo.
No.
Una persona.
En ese momento, pálido y sudoroso, se acordó del letrero de la entrada. Pitonisa a sueldo con guadaña. Y el olor a gasolina se hizo insoportable.

Tomado de No Comments
Sobre el autor: David Moreno

Noche paralela - Víctor Lorenzo Cinca


La primera raya de la noche fue la que dibujó con el peine en su cabeza. La segunda fue la que estaba pintada en los ojos de aquella chica a la que no pudo convencer para que tomaran juntos una copa. La tercera, cuarta y quinta, las trazó con una tarjeta encima de un espejo, solo, en el coche. La sexta raya fue la continua del asfalto que no debió sobrepasar. La séptima es ésta, la que acompañada de un molesto pitido avanza hasta el infinito, verde y recta.

Tomado del blog: Realidades para Lelos

Último pecado - Fernando Puga


Tu mano suelta mi mano. Caigo al vacío. No me salvaste, tampoco te salvaste. El derrumbe termina por arrastrarnos a todos.
Yo, al paraíso como cualquier niño. Vos, al infierno de los homicidas. O los dos a la nada del polvo que el viento esparce entre la música de las esferas que ya no encuentra oídos que la escuchen.

Sobre el autor: Fernando Puga

Solo el polvo te cantará sus alabanzas – Sergio Gaut vel Hartman


Siempre había sido un tipo solitario, lo que le permitió celebrar el afortunado hecho de ser la última criatura viviente sobre el planeta Tierra. Había comida en abundancia, todos los libros del mundo, buena música... Por eso, cuando la luz se apagó mientras escuchaba el cuarteto Nº 4 de Bela Bartok y sonó el chirrido de una uña sobre el vinilo, supo que al otro día el sol saldría inútilmente.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El ario puro - Jesús Gómez Fernández


—Será alto, rubio, de ojos azules y, por supuesto, alemán —dijo el enano austro-judío que presidía la reunión.
—Libre de toda clase de vicios —continuó el obeso morfinómano mientras jugaba con un avioncito de plomo.
—Con un andar admirable —agregó el intelectual cojo.
—De contextura física perfecta y sin defectos —dijo el escuálido de anteojos.
Así fue pensado el hombre perfecto que poblaría el mundo.

Dos extraños - Graciela Sedran Castagnola.


Frente a mí está ahora un hombre que ha venido a charlar conmigo de nuestras cosas. Está sentado en la silla que le he ofrecido. Mejor dicho, no está sentado, al menos en el sentido pleno de la palabra. Está penosamente colgado de la silla, inclinado hacia adelante, siempre a punto de perder el equilibrio, tenso y agitado. Su cuerpo no está del todo en la silla, como no está del todo en lo que está diciendo. Está excitado contándome las tribulaciones de nuestro pasado. No está aquí. Aunque está en esa silla frente a mí, no está aquí. Si alargo el brazo podría tocarlo, pero no puedo. Frente a mí está ahora un extraño que ha venido a charlar conmigo de sus cosas.

La vida tal cual - Rafael Blanco Vázquez


—¿Sabés lo que te pasa a vos? –-le espetó ella, los ojos iracundos, los dientes apretados, los puños tensos.
—No, pero me lo vas a decir tú —machacó él.
—Que sos Tauro.
Y dicho esto, dando un portazo se metió en su habitación y se echó a llorar.

Sobre el autor: Rafael Blanco Vázquez

Día y hora D - David Moreno


Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Mi compañero y yo estamos preparados, escondidos en los barracones, a la espera de recibir la señal indicada.
Son las dos horas, veinte minutos y diez segundos. Nada ocurre. Quizá sean las transmisiones. O haya algún imprevisto.
Las cinco y cuarenta y cinco minutos. Mi compañero acaba de salir gateando a inspeccionar el terreno. Yo le cubro la retaguardia.
Quedan escasos segundos para que amanezca. Decido salir, con el fusil abriéndome camino. No hay nada en el frente. Ni enemigo, ni guerra. ¿Dónde estás compañero?

Tomado de"http://nocomentsno.blogspot.com/

lunes, 31 de octubre de 2011

Un filipino más – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Usted sabe por qué el ser humano siete mil millones nacido en el planeta Tierra vio la luz en Filipinas, el seis mil millones también y el ocho mil millones los imitará?
—No. ¿Usted lo sabe?
—Claro que lo sé. En Filipinas los niños no son paridos por mujeres.
—¡No me diga! ¿Y quién los pare?
—Los paren los hombres, quienes los portan por tiempo indefinido en el escroto. Cuando una pareja desea tener un hijo, el hombre eyacula al pequeño renacuajo, que por entonces no mide mucho más de un centímetro y lo coloca dentro de un repollo, de donde sale completamente formado nueve meses después. Por ese motivo afirmo que los filipinos son el termostato del mundo.
—¿Usted me está tomando para el churrete?
—¡Por supuesto! Pero póngase contento: si no lo hubiera hecho, este cuento no existiría.

Sobre el autor:

El mundo es un pañuelo - Rogelio Ramos Signes


Cuando en los campos de sembradío, en las selvas y en los desiertos no quedó espacio para la llegada de nuevos seres humanos, cuando todo fue un conglomerado de personas unas sobre otras, como un hormiguero acosado por las aguas, los científicos debieron replantearse el tema de la subsistencia. Los viajes interplanetarios habían fracasado una vez más, cerrándole las puertas al exilio voluntario, el control de la natalidad era imposible porque el esperma reproductor mutaba permanentemente, el espacio para la producción de alimentos se había reducido a un punto insignificante; algo había que hacer.
Por eso los científicos llegaron a la conclusión de que la única salida era manipular genéticamente las nuevas generaciones: ningún ser humano mediría más de cincuenta centímetros de alto. Fue la solución. Mejor dicho, será la solución definitiva cuando desaparezca de la faz de la Tierra el último de estos pocos gigantes que vamos quedando.

La punta del alfiler y los placeres del enjambre – Héctor Ranea


—¡Caramba, qué apretados estamos! —protestó el fantasma de cierto Lord. No era para menos, las puntas de alfiler estaban atestadas de ángeles y catervas de demonios. —¡Ya no hay espacio!
—¡Llegamos a ser más vivos que los que murieron en toda la historia! ¡Qué me cuenta! —le dijo la médium, en el intervalo entre sesiones de pedigüeños y viudos solitarios.
El Lord no contestó. Bastante poco le pagaba esta para su acto de seis veces por día, como para seguirla en el descanso. Se acomodó para dormir una siesta, pero el fantasma sin cabeza hizo aletear su capa y pudo vérselo desnudo.
—¡Mi madre! —dijo la médium. —Digo: ¡mi Lord! Jamás vi tanto bulto ocupando ese lugar. ¡Interesante!
—Duerma la siesta, m´hija. Con tantos habitantes en la Tierra hay que dominarse. Nos mataría tener progenie.
La médium esa noche tuvo sueños placenteros. Quién sabe qué fantasma le hiciera el favor.

Sobre el autor:

Encuentro - Christian Lisboa


Cuando llevaba meses (años, quizá) en la larga fila de los que esperaban reencarnar, Francis Fukuyama reconoció a Thomas Malthus. Le saludó con una reverencia y un tímido comentario:
—Esta fila es inmensa, maestro. Llevo mucho tiempo aquí, no entiendo cómo no le vi antes.
—Hay que estar atento, muchacho. Algunos se retiran y puedes saltar varios lugares—. Luego agregó, en tono sarcástico: —Parece ser que aún falta mucho para la llegada del último hombre, ¿eh?
Ignorando la ironía, Francis dijo:
—Mientras más gente puebla el mundo, parece ser que hay más almas disponibles. ¿Cómo se entiende eso? ¿De dónde salen?
—Ley de oferta y demanda, hijo. Recuerda que pueden venir de otros sistemas, además. ¿Leíste mis libros?
—¿Paquetes turísticos para almas de otras galaxias? Leí todos sus libros y no encontré nada de eso.
—Lee entre líneas, hijo— dijo Thomas mientras avanzaba treinta lugares.

Lleno - Fernando Puga


—¡Chofer! ¡Ya está repleto! ¡No caben más! ¡Oiga! Si no se baja nadie no levante más pasajeros.
¿Me hará caso? Espero que sí o terminaremos en el fondo del precipicio sin sobrevivientes.
Recuerdo cuando éramos unos cuantos y estábamos tan dispersos que ni sabíamos unos de los otros. ¡Cómo nos sorprendíamos cuando nos encontrábamos! ¿Cómo fue que acabamos como sardinas en lata?
Va siendo hora de empezar a eliminar algunos ¿no le parece, chofer? Terminemos con tanta vacuna preventiva, armémonos hasta los dientes y juguemos a la guerra sin eufemismos. ¡Basta de procrear, che! ¡Que la chusma pare de crecer! Quiero andar cómodo, estirar las piernas, comer como dios manda.
Si no puede ser, prefiero bajar. ¿Quién quiere viajar como cualquier hijo de vecino esperando que alguien descienda para poder sentarse?
—Abra, chofer. Acá termina mi travesía.

Sobre el autor: 

Solución extrema – María del Pilar Jorge


En el recinto de la asamblea, la discusión era acalorada. La superpoblación mundial alcanzaría su pico máximo el 31 de octubre de 2011 y las fuentes alimenticias eran insuficientes para saciar el hambre de toda la población. Se habían propuesto cientos de sugerencias: guerras provocadas, suicidio masivo inducido por líderes de sectas espirituales, exaltación de la antropofagia, liberar a los presos de las cárceles.
Por fin, uno de los representantes sugirió: —Estimulemos la creación de redes sociales en Internet.
—Pedazo de estúpido, ya existen, ¿Qué clase de solución es esa?
—Sí, existen, pero en las vigentes, las opciones son “me gusta” y “comentar”. Yo propongo un nuevo sitio, que brinde al usuario una tecnología más avanzada, con opciones que oscilen desde el actual “bloqueo” hasta “te corto una mano”, “te serrucho el piso”, “eliminación total”. Todas vendrían acompañadas por herramientas virtuales, lo único real serían los muertos, por supuesto.

Sobre la autora:

Solución - Christian Lisboa


Lucifer llegó a la oficina de Dios pasado el mediodía.
—Supe que abriste un concurso por el problema de sobrepoblación en tu modelito.
—Es verdad. El tercer planeta nuevamente está en peligro. Ahora están llegando a los siete mil millones de habitantes pseudo inteligentes.
—Muy por encima de la densidad media. Yo te puedo ayudar, y de paso ganar el concurso.
—Habla.
—Todos los días puedo escoger unos cincuenta mil de esos brutos para mi cena. En cincuenta años te soluciono el problema.
—Lo siento. Tu solución no es original. Tú mismo lo has hecho antes, con distintas excusas.
—Está bien. Pensaré otra cosa. Pero no podrás evitarles sufrimiento.
—Ya lo sé. —Dios cerró la puerta antes de que la olla a presión soltase el vapor. Estaba llena de humanos para el almuerzo, y no quería que el olor llegase a las narices de su visitante.

Conversación por celular escuchada en el bondi de larga distancia – Héctor Ranea


—¿Alguna vez viste fantasmas de gatos? ¡Ojo! Espectáculo fulero de ver, fuera de joda.
—…
—Los gatos negros tienen fantasmas transparentes, o casi. Nada que ver con eso de la risa que se desvanece en el aire. Pamplinas para niños. Se te cierra el upite, se te cierra. Y ni qué hablar de los gatos de cabeza chiquita, que se te aparecen jetones como boxeadores, te juro.
—…
—Yo no quiero verlos, pero con esto del treintaiuno de octubre, se están dando más avistamientos. Parece que no paran de llegar, tal vez para festejar algo.
—…
—¿Peor?
—…
—¿Siete mil millones de personas? ¡Ah!… Ahora entiendo… ¿Se estarán comiendo muchos gatos por todos lados?
—…
—Comprendo; claro, comprendo.

Sobre el autor:

Superpoblación – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Dice usted que puede ofrecer una solución eficaz al problema? —preguntó Amin Lagar-Saucedo, Secretario General de las Naciones Unidas.
—Absolutamente —respondió sin vacilar el hombre que había insistido con tanta tenacidad para ser recibido por el alto funcionario—. Hemos formado una asociación que se dedica total y exclusivamente a eso.
—¡Qué interesante!
—Lo es. Nos hemos puesto en contacto con una especie oriunda del cuarto planeta de HD 89744 y ellos nos han prometido ayuda para analizar nuestras dificultades y resolver el tema de la superpoblación cuanto antes.
—¡Eso es maravilloso! ¿Y cuando calcula usted que esos seres llegarán a nuestro mundo?
—La semana próxima, señor.
Lagar-Saucedo palmeó el hombro del visitante visiblemente emocionado. —Recuérdeme su nombre, por favor.
—Lecter, Hannibal Lecter.

Sobre el autor: