sábado, 28 de junio de 2008

Codicia verde - Damián Cés


CODICIA VERDE
Damián Cés

—Parecen rumiantes
—¡Son rumiantes!
—¡Que lejos que están de nosotros!
—El señor en su magnificencia supo separar a su rebaño.
Los frailes tomaban el té a la sombra.
No lejos de allí, un grupo de aborígenes de aspecto macilento transportaban las piedras que extraían de la mina de oro. Mascaban sin cesar hojas de coca.
De pronto se oyeron gritos. Un soldado traía a la rastra a uno de los indios.
—¡Repite a los padres lo que dijiste sobre esa porquería que mastican!
—Que es nuestro oro verde —contestó el indio, tembloroso.
Los esclavos fueron muriendo y el dorado mineral dejó de ser extraído mientras en su lugar se acumulaba una gigantesca parva de hojas.

Hablaba y hablaba... - Max Aub


HABLABA Y HABLABA...
Max Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

Un paciente en disminución - Macedonio Fernández


Un paciente en disminución
Macedonio Fernández

El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.

Proliferación - François Schnebelen


PROLIFERACIÓN
François Schnebelen

Una enfermedad genética muy rara destruyó mi existencia, recluyéndome de manera definitiva en esta habitación aislada del exterior. Estoy conectado a un complejo equipo que me mantiene con vida, mientras mis células proliferan, aumentan a un ritmo desconcertante.
Sólo un visitante, que pretende ser mi padre, viene a verme. Él me apoda afectuosamente “su pila de carne”. Papá cuida de mí, me dice que conserve la fe en el futuro, aunque yo ya no creo en nada.
Cada mañana, con la ayuda de un cuchillo afilado, él talla mi masa, elimina los sobrantes de carne, para luego presentarlos en los estantes de su carnicería.

Título original: Prolifération
Traducción del francés: GvH

Biocarburante - Olivier May


BIOCARBURANTE
Olivier May

—¿Es usted la señora Isa, nacida en 2007, que ayer cumplió cien años?
—¡Sí, gracias por la fiesta, director!
—De nada. Vengo a buscar el biocarburante para la caldera.
—¿Está faltando para calentar nuestro asilo de ancianos?
—No, porque desde hoy, según nuestros estatutos, ¡usted es el biocarburante!

Título original: Biocarburant
Traducción del francés: GvH
Ilustración original: Fred Buhler

La gran revelación – Sergio Gaut vel Hartman


Dick subió las escaleras a toda velocidad; estaba furioso. Abrió la puerta sin llamar y se metió en una buhardilla apestosa en la que un hippie de barba y anteojos acariciaba una guitarra de doce cuerdas.
—Resolvamos esto —dijo el escritor apoyando el puño sobre una mesa—: mis personajes no pueden burlarse de mí.
—Sos demasiado susceptible, flaco —dijo el hippie—. Bancátela.
—¡Ellos están tan muertos como yo o yo soy tan inmortal como ellos!
El hippie le arrancó un acorde sorprendente a la guitarra. —Quedate tranqui, flaco —dijo—; yo me ocupo. Y no jodas más, ¿estamos?
—¿A qué viene esa forma de hablar?
—Dios es argentino. ¿No estabas enterado?

viernes, 27 de junio de 2008

Viaje de ida - Eduardo M. Laens Aguiar


VIAJE DE IDA
Eduardo M. Laens Aguiar

El aparato político había sido derrocado y los líderes ardían en las hogueras populares, montadas de forma heterogénea a lo largo del país. Las llamas eran sostenidas agregando bolsas de basura a las piras, lo que dotaba a las ciudades de un ambiente brumoso, pesado y maloliente.
Cuando ya se extinguía el último de los gritos y la gente empezaba a mirarse entre sí, sin saber qué más hacer, algunos se encogieron de hombros y emprendieron el regreso a sus hogares.
Durante esa decadente peregrinación, más de uno se preguntó si la anarquía no sería una moda pasatista, como tantas otras.

La denuncia - Damián Cés


LA DENUNCIA
Damián Cés

Por su ubicación, la hoja en blanco fue testigo de los acontecimientos, pero fiel a su idiosincrasia, no lo iba a denunciar.
Pero la pluma, siempre solidaria e intachable, lo haría. No dejaría impune el crimen del plagiario. Así, tras un esfuerzo sobrehumano, largó la última gota que rubricó el nombre asesino, para luego, caer inerte sobre el papel.

Intimidad protegida - Jordi Cebrián


INTIMIDAD PROTEGIDA
Jordi Cebrián

Mi hija me pidió un cuento sobre ella, y, para inspirarme, decidí echar un vistazo a hurtadillas a su diario personal. Un día que ella había salido, entré en su habitación, y empezaron a sonar las alarmas. Estaba preparado para eso: desconectando un par de cables, las hice callar. Pero no contaba con el gas, ni con la trampa que golpeó mis tobillos. Tapándome la boca, alargué la mano hacia el cajón, pero algo me cayó encima. Salí huyendo, sin el diario y sin saber cómo se lo explicaría a Alba. Pero al menos ya tenía tema para un cuento.

Publicado en Cien Palabras
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El ramo - Liliana Savoia


EL RAMO
Liliana Savoia

Cuando sonó el timbre de la puerta estaba pintando. Respondió Con desgano a la llamada, pero su cara se iluminó al recibir un enorme ramo de camelias. El mensajero anunció que eran para la señorita de la casa y ella sintió una suerte de aleteo en su interior; se sentía halagada por aquella anónima entrega.
A partir de ese día, todos los martes recibía flores. Estaba intrigada, pero feliz de tener un admirador oculto. Finalmente, una tarde le trajeron el ramo acompañado de una tarjeta que decía: “Amelia, te amo, siempre tuyo, Jorge”. Dejó caer los pimpollos: ese era el nombre de la anterior inquilina.

Molinos del infierno - Adriana Alarco de Zadra


Nunca había podido creer que los molinos fueran gigantes hasta que corrió delante de ellos como alma que lleva el diablo.
Sí, eran ogros espantosos de madera y metal con aspas veloces que querían devorarlo. Por todas partes yacían cadáveres y restos putrefactos de anteriores visitantes al planeta maldito. Vio un portal a lo lejos y decidió gastar su última energía para llegar hasta aquel refugio que se encontraba lejos pero era la póstuma esperanza de sobrevivir a la catástrofe.
Casi no tuvo tiempo de observar el escrito encima de la entrada que le trajo antiguas reminiscencias: “¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”
Y luego se perdió en el laberinto.

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

La mascota - Carlos Feinstein


LA MASCOTA
Carlos Feinstein

Encontró el cachorro abandonado una lluviosa noche de invierno; mojado y enfermo. Lo curó y lo alimentó. Él fue el único que le brindó cuidados y cariño. No era un perro normal, demasiado musculoso, grande y feroz, como lo comprobó un ladrón que intentó robar a su dueño y murió destrozado. Siempre estaban juntos y el animal lo seguía unos pasos atrás.

El hombre falleció y fue condenado a la desdicha eterna. El señor del averno se estremeció al notar que junto a la nueva alma caminaba una criatura más monstruosa que cualquiera por él conocida, una espantosa bestia indestructible que respondía ciegamente al humano. Percibió, aterrorizado, que su fin también había llegado.

Sobre el autor: Carlos Feinstein

Neobestiario - Olga A. de Linares


NEOBESTIARIO
Olga A. de Linares

Muerta de risa, mi nieta se empeña en unir equivocadamente las piezas del juego didáctico.
La tiene sin cuidado la lógica, y junta la figura de un perro con la leyenda “Tiene grandes cuernos”. No conforme, añade debajo otra que asegura “Sale cuando llueve”.
Un nuevo bestiario medieval, surgido de esas pequeñas manos tiranas, se desparrama sobre la mesa del comedor, torciendo el rumbo de cualquier evolución natural.
Más tarde, me cercioro de cerrar bien todas las puertas y ventanas, me tranquilizan las rejas y cerrojos.
Temo que, cuando empiece a llover, la bestia cornuda o cualquier otro de los recién nacidos monstruos (que ya rondan por la calle), logren entrar en nuestra casa.

Desobedeciendo mandatos - Sergio Gaut vel Hartman


Ninguno de ellos escribía las reglas, ni definía el juego. No obstante, el más hosco y sombrío, un hombre completamente marginal, dijo de repente:
—Él sabe por qué maté a Runciter. —Y señaló a Geschenko—. Esto debe tener una explicación.
—Yo puedo decir muy bien quién es un monstruo. —Geschenko sonrió tenuemente—. Pero eso de los cadáveres es un mito.
—¿Que piensa usted, señorita Joyez? —insistió el hombre.
—Señor: ¿tendría la amabilidad de decirnos qué hace aquí?
—¡Soy el titiritero, carajo! ¡Ustedes deben plegarse a mis deseos!
Docenas de personajes empezaron a reír a carcajadas.
—Usted está muerto, señor Dick —dijo Joe Chip—, y todos nosotros somos inmortales.

Otro más - Eduardo M. Laens Aguiar


OTRO MÁS
Eduardo M. Laens Aguiar

Una avalancha de infortunados exigía su lugar en la historia, algunos más a fuerza de insistencia que de capacidad. Era lo usual, el promedio siempre buscaba reemplazar la calidad con bolsas rebosantes.
Pero Ismael, el contador de historias, sabía que para algunos menesteres sólo servía un intento; el mejor. Confiaba en que sus historias eran todas balas de plata, pero las repasó pensando con frialdad cual sería mejor ponderada a ojos del comité evaluador.
Entonces eligió el cuento del que cuenta, seguro del éxito de la empatía.
Cuando perdió, insultó a la nueva literatura, siempre culpable de no reconocer los verdaderos talentos.

La imagen lo es todo - Damián Cés


LA IMAGEN LO ES TODO
Damián Cés

—¡Pará! ¡No saltes! —gritó la mujer, desesperada.
—¿Por qué no? Estoy convencido de que el cuerpo es el espejo del alma, así que… no soy nada.
—Qué equivocado estás. Te conozco; sos una persona maravillosa.
—¿Sí?, decime entonces lo que ves en mí.
—Y… nada, por supuesto.
—Lo ves —dijo el hombre, y un alarido acompañó la caída.
—¡No, hombre invisible, no!

La pierna dormida - Enrique Anderson Imbert


LA PIERNA DORMIDA
Enrique Anderson Imbert

Esa mañana, al despertarse, Félix se miró las piernas, abiertas sobre la cama, y, ya dispuesto a levantarse, se dijo: "¿y si dejara la izquierda aquí?" Meditó un instante. "No, imposible; si echo la derecha al suelo, seguro que va a arrastrar también la izquierda, que lleva pegada. ¡Ea! Hagamos la prueba".
Y todo salió bien. Se fue al baño, saltando en un solo pie, mientras la pierna izquierda siguió dormida sobre las sabanas.

Conspiración — Jordi Cebrián


CONSPIRACIÓN
Jordi Cebrián

La conspiración lo abarcaba todo, y él conocía cada ramificación, cada influencia. Le llevó meses de investigación por Internet descubrir todas las conexiones y las sutiles redes de control que la conspiración tendía en cada centro de poder. No había decisión que se tomara, ya fuera en la Casa Blanca o en el Gremio de Taxistas, que no respondiera a un motivo oculto, a un propósito último conocido por muy pocos. Le faltaba sólo una pieza para completar el rompecabezas: la persona que manejaba todos los hilos. Hasta que un día, revolviendo los cajones de su mujer, halló la respuesta.

Publicado en Cien Palabras
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Expiación — Walter D. Böhmer


EXPIACIÓN
Walter D. Böhmer

Esperaban el transporte junto a una lluvia de estrellas, frágiles como los cuerpos que sus deseos habían deshecho. Toda cacería de brujas necesita sus sacrificios, y ellos lo eran, distintos a los ojos de los inquisidores.
Aguardaban entrelazados, cubiertos de miedos y desencantos, pero llenos de una esperanza que crecía y perduraba.
El rostro de él se reflejaba en el de ella, y ella se veía en él.
Descendió el aura, su transporte, su ejecutor.
Se besaron en un último reflejo, y explotaron en miles de esquirlas que desaparecieron libremente ante los ojos sorprendidos, estrellas flotando en la Vía Láctea.

Oscuridad - Jacques Fuentealba


OSCURIDAD
Jacques Fuentealba

—Tengo miedo —gime, entre mis brazos, mi hijo adoptivo—, tengo tanto miedo.
—Vamos, vamos —digo, acariciándole los cabellos, mi lengua tropezando con las palabras tranquilizadoras que debo decirle—. Mira, estás a salvo aquí, mi Principito, yo estoy contigo.
Deja de sollozar por unos minutos y alza sus grandes ojos hacia mí, como sorprendido por tanta ingenuidad.
—No comprendes, ellos se acercan, vienen a buscarme...
—¿Quiénes? —pregunto, por puro reflejo, mientras la garganta se me cierra porque ya conozco la respuesta.
La luz se encoge y se apaga. Una gran sombra cae sobre la casa, el pueblo, el mundo.
Afuera, el cielo está oscurecido por miles de naves.

Título original: Obscurité
Traducción del francés: Olga A. de Linares

En Castalia - Olga A. de Linares


EN CASTALIA
Olga A. de Linares

Allí están. Y uno, esperando mientras las señoritas se divierten.
¡Embobadas con ese músico de cuarta! ¿Que el tipo es todo un apolo? ¡Bueno, que se quede en el Olimpo y deje que un pobre mortal se las rebusque!
Pero se ve que al chabón le gusta ver a todas las ninfitas mirándolo con ojos de carnero degollado.
En cuanto termine el recital me van a oír... ¡Tarambanas!
¡Que no empiecen las trillizas con los versitos, que me muero de aburrimiento...!
Euterpe ya agarró la flautita, Erato, la lira, Cali desenrolla el pergamino...
¡No, no! ¡Basta de joda, chicas, a laburar!
¿Qué piensan que puede hacer un escritor con unas musas así de irresponsables?

El coleccionista de relojes - Joaquín Torres


EL COLECCIONISTA DE RELOJES
Joaquín Torres

Poseía casi un centenar de relojes: algunos de gran valor; otros, en cambio, apreciados sólo por alguien como él. Y aunque coleccionar aquellas piezas siempre le había llenado, en las últimas semanas un hecho insólito perturbaba su ánimo: sus relojes se paraban uno tras otro, y por más que intentaba darles cuerda, no conseguía ponerlos en marcha nuevamente. Buscando la explicación de tan singular fenómeno, apenas podía conciliar el sueño. Entonces, una noche, mientras escuchaba desde la cama el lento tic-tac del último reloj de la casa, lo comprendió por fin: en cuanto las manijas se detuvieran, su tiempo habría expirado.

Publicado en Las leyes del contorsionismo
http://www.lasleyesdelcontorsionismo.blogspot.com

Irrupción – Sergio Gaut vel Hartman


—¡Basta ya! —exclamó Dick entrando violentamente a mi estudio—. No me vuelvas a usar de personaje en tus engendritos, ¿entendiste? —Puso un dedo en mi sien. Yo no soy temerario y me encogí en la silla—. Buscate a uno local, a Borges, a Cortázar, a Saurio, no sé ni me importa, pero a mí dejame en paz, ¿está claro? —Me limité a mover la cabeza sin dejar de pensar en que la situación era tan bizarra que el dedo podía terminar disparando. Y era bizarra, nomás, porque Dick de pronto sonrió y puso una hoja sobre el escritorio—. Y te dejo un flash que escribí hace poco. Porque sigo escribiendo, ¿sabés?

Traición - Damián Cés


TRAICIÓN
Damián cés

El filo atravesó el cuello sin sangrarlo. Las manos, inútilmente, quisieron sujetar el rostro, en un vano intento para que lo mirase.
—¿Por qué?, si yo te amaba —gritó, sin ser escuchado.
Bastó que ella riera, lujuriosa, y tocara a su amante, para que el etéreo esposo se esfumara.

El viñedo - Liliana Savoia


EL VIÑEDO
Liliana Savoia

Los mosquitos lo torturaban. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las sogas que se le hundían en la carne. Un grito sofocado brotó de su garganta mientras pensaba cómo se había dejado convencer para realizar esa excursión a los viñedos que no estaba programada.
El atardecer cegaba sus ojos. No supo con certeza si fue en realidad que vio a las mujeres de anchos pies y arrugados rostros entibiar el vino fermentado con la saliva de las vírgenes y verterlo en su boca reseca para iniciar el ritual.
Atragantándose con la bebida, su cabeza colgó hacia atrás buscando la primera estrella. Todo era gritos y danzas. El olor ácido del alcohol indicaba el final del viaje.

Ars longa, vita brevis — Jordi Cebrián


ARS LONGA, VITA BREVIS
Jordi Cebrián

¿Cuántos cuentos caben en cien palabras? El anciano llevaba escritos miles, y siempre que acababa uno nuevo, anhelaba que ese cuento ya estuviera creado, y se lanzaba compulsivo a buscarlo entre los anteriores, hasta que lo dejaba, cansado e intranquilo, y se ponía a escribir otro. Con frenética creatividad, buscaba cada día completar el círculo, el momento en que el nuevo cuento fuera de nuevo el primero, el momento en que todo esté dicho, cuando en cien palabras ya no quepan más temores ni horrores que los ya contados, ni más historias ni mentiras que las que ya ha escrito.



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El juicio – René Avilés Fabila


EL JUICIO
René Avilés Fabila

Los responsables fueron apresados, juzgados y condenados. Ninguna de las pruebas presentadas por el abogado defensor pudo salvarlos de la prisión. Su delito —haber masacrado a Wagner— los condujo directo a la cárcel. Iban encabezados por el criminal director; de la orquesta sólo se salvaron dos violines y un oboísta, a quienes el jurado, integrado por críticos musicales, encontró inocentes durante aquella lamentable sesión musical que desafinó brutalmente.

De Fantasías en carrusel I

Blood Streep - Walter D. Böhmer


BLOOD STREEP
Walter D. Böhmer

Descubrió una mancha roja en el cuello de su camisa, inquieto y paranoico se metió en el baño. Trató de no hacer ruido, pero al parecer los sonidos se potenciaban dentro del cubículo. Intentó verse al espejo, pero no pudo, gruñó entre dientes; era nuevo y olvidaba algunas reglas. Se sacó la camisa, lavó el cuello, la tiró al cesto y sigilosamente se metió en la cama.
—¿Qué es esto? —le apuntó ofuscada Elena al pie de la cama con la camisa en la mano, mientras la llevaba a la boca para lamer el cuello de la prenda.
—¿Qué cosa amor? —dijo dormido.
—No te hagas el pelotudo. ¿Fuiste otra vez a ese Vampire’s Streep?

Asimilado - Olga A. de Linares


ASIMILADO
Olga A. de Linares

Aquel lobo había tomado todos los recaudos para que las ovejas no sospecharan de él.
Aprendió a balar sin acento, a fingir que amaba la ensalada de tréboles, a llevar con elegancia su lanudo disfraz.
La manada, demasiado hambrienta para semejante ejercicio de paciencia, bajó una noche hasta los corrales.
Él, por su mayor tamaño, les pareció la presa más conveniente.
Confiado en hacerlos cambiar de opinión, intentó revelarles su verdadera identidad.
Pero había pasado demasiado tiempo vestido con la piel de oveja, y sacársela le resultó imposible.
Y sus familiares, sordos a la desesperación de los balidos (perfectamente modulados, sin duda), echaron a perder su cuidadosa campaña de infiltración.

Químicamente impuro - Jacques Fuentealba


QUÍMICAMENTE IMPURO
Jacques Fuentealba

Ni siquiera en sus trips más alocados había contemplado un panorama parecido. Y el Gran Iniciado flotando, estirándose hacia el infinito... Se parecía íntimamente a él... y, en realidad, a cada ser humano nacido o por nacer.
—¿Así que morí? —dijo el escritor.
—No —contestó el Desconocido, sin abrir la boca.
—Entonces... ¿Logré convertirme en Dios?
—No... Mejor cambia de dealer.
El universo, tejido con relatos breves —chispas de vidas anónimas o estrafalarias— se desvaneció, y reapareció la playa de California dónde el autor deliraba.
Antes de hundirse en el silencio, Philip K. Dick oyó el eco de la voz del Gran Iniciado, inapelable:
—La próxima vez, trata de no cargarte con algo demasiado químicamente impuro.