lunes, 31 de octubre de 2011

Una menos - Fernando Puga



—Escuché por ahí que seremos siete mil millones. Dígame entonces, doctor… ¿por qué estoy sola? — lagrimeó la vieja actriz, famosa por su eterno programa televisivo, irreconocible detrás de tanta cirugía.
—¡Ay, querida mía! Es que vos ya sos más que humana. ¿Por qué no probás con los orangutanes? Ellos sabrán darte el calor que andás necesitando y valorarán tu particular belleza ¿no te parece?
—¡Gracias, doctor! Usted sí que sabe aconsejarme —sonrió ella mientras firmaba el enésimo cheque para cubrir los altos honorarios del especialista, preguntándose dónde encontrar esos galanes tan complacientes.

Sobre el autor:

El encargo – Javier López



Creo que mi editor quiere deshacerse de mí. Quizá hace ya tiempo que no le interesa lo que escribo, y por eso me pone a prueba, pidiéndome algo imposible de conseguir: escribir un relato con menos de 150 palabras y un final sorprendente. Él sabe bien que hasta ahora sólo he publicado novelas, y que ese género que llaman microrrelato nunca he podido ponerlo en práctica. Suficientemente bien conoce mi gusto por la descripción minuciosa y la prosa pausada, la acción detallada y la adjetivación prolija. De hecho, si esto fuera un microrrelato, ya llevaría agotadas la nada despreciable cifra de ciento una palabras (ciento cuatro al reflejar este hecho) y no he conseguido más que establecer someramente una trama, nada de interés. Así que no daré más rodeos, mañana le entregaré este escrito de 149 palabras, le diré que es un microrrelato, y que su final es… sorprendente.

Javier López

Contumaz – Sergio Gaut vel Hartman



—Escuche —dijo el guardián—: aquí no se pueden colgar poemas. Es un sitio para microficciones de cien palabras.
La mujer, indiferente, siguió colgando líneas como si se tratara de ropa recién lavada.
—¿Es sorda o qué?
La mujer se transformó en una solipsita del planeta Tausomi, pero siguió con su tarea, indiferente a todo.
—¡Oiga! ¿Se está burlando de mí?
El solipsita volvió a mutar, convirtiéndose ahora en un lápiz infinito. Las frases, inconexas y viscosas, se adherían a las rocas como lapas.
—Es inútil —dijo el guardián. Se transmutó en una gigantesca goma de borrar y empezó a trabajar.

Sergio Gaut vel Hartman

El escritor que espera - Sebastián Chilano


Sábado. Ocho de la mañana. En el televisor emiten uno de los pocos programas sobre literatura. Mejor no usar nombres, ni del programa ni de los protagonistas. Tres escritores hablan de un escritor legendario y olvidado que murió la semana pasada. Una de las mujeres habla. Dice: "Ahora vienen los diez años más difíciles de un escritor: sus primeros diez años de muerto. Si alguna editorial lo reedita vivirá, de lo contrario pasará al olvido". Me acuerdo del final de una famosa película donde el protagonista descubre que todo lo que le pasa le pasa porque está muerto. Salgo de la cama. Son las ocho y cuarto. Me miro en el espejo: ¿estoy muerto?

Acerca del autor:
Sebastián Chilano

Mío - Carolina Fernández



Al final, lo confieso, me di por vencida. Que se quede con él, al fin y al cabo así no lo quiero, no me interesa. Aunque es mío, digan lo que digan es mío. Porque fui yo quien pasó noches en vela por él, la que esperó pacientemente y lo aceptó desde el principio. Gracias a mi dedicación, se perfeccionó y llegó a ser lo que es. Ahora ella se lleva los laureles, lo reclama y se jacta ante todos porque lo tiene. Pero, les juro que es mío, ese poema lo escribí yo.

sábado, 29 de octubre de 2011

Desmadre en la isla de los escritores inéditos – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Se puede escribir una microficción a partir de un título elegido al azar?
—No lo creo no.
—Le apuesto mil dólares a que puedo.
—Acepto si el título lo pongo yo.
—De acuerdo. Ponga el título.
—“Desmadre en la isla de los escritores inéditos”. Ahora lo quiero ver. Me parece que se gastó mil dólares al divino botón.
—¿Está seguro?
—¿Me ve dudar?
—No lo veo dudar, pero tampoco lo veo ganando.
—¿No me ve ganando? Tampoco me veo perdiendo.
—Sin embargo, ha perdido.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde está el cuento?
—Mejor pregunte en qué parte del cuento está usted.
—¿En qué parte del cuento estoy? No responda una idiotez.
—No es ninguna idiotez. Está en la mejor parte del cuento, junto a mí, es coprotagonista. ¿Satisfecho? ¿Tiene efectivo o me hará un cheque?

Metamorfosis - Víctor Lorenzo Cinca


Después de leer a Ovidio, Apuleyo y Kafka, tras años de perseverantes y solitarias investigaciones, de miles de experimentos inútiles y ensayos fracasados, soportando las burlas de los pocos que conocían este ambicioso proyecto que había de situarme en la élite del mundo de la ciencia, hoy, por fin, he conseguido descifrar la fórmula que permite metamorfosear un ser humano en un perro. Lamentablemente, nadie comprende ahora mis ladridos.

Tomado de Realidades para Lelos

Simetrías – Héctor Ranea


—¿Te puedo decir una cosa? —y, sin esperar mi respuesta, me espetó: —Me cansan tus ficciones supuestamente literarias. Toda esa parafernalia (yo diría infernalia metaficcional) que vomitás por la yema de los dedos. Me pudre, me harta, me llena, me satura, me atesta. Estoy empachada de tus groserías, tus toscas palabras, elegidas de diccionarios ramplones, simples, absurdos. Así como absurdas son tus situaciones, tus dudas, tus argumentos estúpidos, mal trazados.
—¿Terminaste? Te digo que elegiste malos momentos para decir palabras que te condenen, pero éste es particularmente jodido para vos —le contesté.
—¿Por? —dijo con calculada sorna.
—Porque estoy escribiendo en mi libreta de papel y con lápiz. ¿Te puedo decir una cosa? —y, sin esperar su respuesta, le espeté: —El lápiz se borra con esto.
Y le mostré con calculada sorna una goma.

jueves, 27 de octubre de 2011

Políticamente correctos - Paloma Hidalgo


Entre tú y yo, te digo que es cierto, que no mentí cuando me preguntaron sobre lo que había visto. Es verdad que él lloraba desconsolado mientras ella le cosía a navajazos, es totalmente cierto que todos contemplamos la escena , unos con más tranquilidad, otros con menos, y no lo es menos que cada uno esperaba que el otro fuera a socorrerle, que la mayoría evitamos mancharnos las manos y que sólo uno intentó frenarla. Claro que no tiene mucho misterio, ya sabemos que los idealistas siempre están dispuestos a todo con tal de salir en la prensa, y si hubieran conseguido arrebatarle ese puñal asesino a la crisis, y nosotros, los demás partidos políticos le hubiéramos secundado, hoy no estaríamos de entierro, el estado del bienestar aún seguiría vivo y los nosotros no tendríamos futuro, ninguno.

Ilusiones - Víctor Lorenzo Cinca


Montó el negocio convencido de que sería un éxito total. El lugar era el idóneo, solitario y sin competencia; los clientes potenciales, cansados y sedientos, no podrían resistir la tentación y pagarían las consumiciones dejando jugosas propinas. Con un poco de suerte, acabaría abriendo franquicias por todo el planeta.Sin embargo, creyendo que se trataba de un espejismo, nadie se detuvo en su bar en medio del desierto.

Tomado de Realidades para Lelos

martes, 25 de octubre de 2011

Sindrome de la exjeta - Héctor Ranea


El prisionero de guerra yacía en una especie de mochila oscura y tibia. Coligió que lo había abducido un hediondo exjeta direnoch, los conocidos como piedras gurka por los copilotos como él. Tenía todo bajo control. Jamás podrían colocarles los venenos de conversión en adpadlar ni las presuntas violaciones virtuales que proyectarían en las carpas de los negetas ludíbrios. Todo lo que tenía que hacer era disparar la triagarra prostática que le había sugerido un astrónomo amigo para que el vientre se contrayese como los de los anofusil. Tenía que esperar el tercer grito del tal Gautman. La espera no dolía, incomodaba un poco el intento de taladrar la capa de megatitanio en la que estaba sentado.

Acerca de Héctor Ranea

En el camino - Anahí González


Hay una casa, en medio de algún lugar, de un bosque, donde una pequeña vieja muy arrugada y encorvada abre siempre la misma pesada puerta de madera y te recibe con flores silvestres, mermeladas caseras y una tostadora desde donde el pan salta a la mesa como chorros de agua a tu boca.
Las habitaciones son frescas en verano y con coloridos cubrecamas artesanales que huelen a historia, en el invierno.
Cuando abrís la ventana entra el mundo.
Yo sé que algún día voy a llegar. Mientras tanto voy pisando las uvas del incierto camino para no olvidar que bajo mis pies el suelo fluye como el vino a las copas.

Tomado de: Espejitos de colores

Último viaje - David Moreno


El tren está a punto de ponerse en marcha. Los últimos pasajeros en subir toman asiento. El de mi lado sigue vacío. Aprovecho y miro a través de la ventanilla del vagón. Como de costumbre, ahí permanece ella, en el andén, ondeando su melena negra azabache, dirigiendo sus ojos verde esmeralda hacia mí, susurrándome adiós con sus labios esponjosos y sujetando con su mano en alto una refulgente guadaña.
Cuando la estación se pierde en el horizonte, noto sorpresivamente, el tacto gélido de una mano. Esta vez, ha decidido acompañarnos.

Tomado de No Comments
Sobre el autor: David Moreno

Mamá no me mima - Fernando Puga


Mamá no juega con muñecas; no sabe. Cuando abre la puerta de la habitación es para apurarme con esa voz chillona que parece de gallina asustada. Cacarea frenética ante mi lentitud. Yo disfruto, ¡y cómo! Es que se pone nerviosa, se le hincha la cara y enrojece como brasa de carbón en la parrilla. El calor de sus mejillas se expande hasta mi cuerpo y también hasta mi alma. Me atraviesa ese calor y como ya entendí que es el único que tiene para darme, lo alimento con mi parsimonia exasperante. Llega un momento en que ya no aguanta más y me tira del brazo con brusquedad. Entonces ya no me gusta. Cierro los ojos con fuerza y espero la bofetada con la certeza de que todo terminará con un portazo y mis lágrimas abandonadas sobre la almohada. Mamá no sabe de muñecas; no juega.

Sobre el autor: Fernando Puga

domingo, 23 de octubre de 2011

Dilema existencial - Alejandro Ramírez Giraldo


El ángel me dice que no la mate, que la perdone una vez más. El diablo me dice que la mate, que esta es la enésima traición. El ángel me dice que es mi esposa y además la madre de mis hijos. El diablo me dice que era la mujer de otro hombre cuando se fue conmigo y que esos niños no se parecen a mí. El ángel me grita: ¡No, espera! El diablo me grita: ¡Muy bien, así tenía que ser! El angelito me dice: Por culpa de ese demonio. El diablo me dice: ¿Ese de blanco no era el confidente de tu mujer?

Tomado del blog: http://www.minicuento.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Papagayo simbólico – Héctor Ranea


Existe un Premio oculto al pájaro que sea capaz de reproducir las conversaciones escuchadas en el transcurso de su vida. No hace falta saber su nombre, pero la pieza que se otorga al vencedor es un Papagayo (en realidad, un Psittacus erithacus) de cristal de roca y piedra de Magnesia. Se otorga cada dos mil años. Se sabe de varios postulantes al mismo, entre ellos los relatores de las conversaciones de Sócrates con Xanthippe, las introspecciones de Lady Macbeth, las charlas de Einstein con Kafka en la Mansión Fanta, el Pacto de Guayaquil, las cavilaciones de Hermes Trismegisto, las memorias de quien registrara el nacimiento de Fulcanelli y las conversaciones de Borges con el espejo. La entrega del Premio promete ser alucinante. La última vez registrada fue en Pompeii y se organizó un excepcional festival de volcanes para celebrarlo. No se recuerda al ganador, sin embargo.

Segundo uso recreativo para el atrapamoscas - Agustín Fest


Los niños descubrieron que el atrapamoscas podía alimentarse de escorpiones y de pequeñas tarántulas, sólo que la lucha era lenta y aguerrida. A un precio de cinco dólares por atrapamoscas, más el costo de la pintura para darles a su guerrero un color distintivo, pasaban horas de diversión en los parques. Las apuestas solían ser por la mesada, los celulares, las consolas portátiles de videojuegos y, por supuesto, el atrapamoscas ganador. Los adultos, al principio, consideraban el juego cruel, asqueroso y muy costoso. No tardaron en imponer reglas civilizadas.

Pequeña metamorfosis - Cristian Mitelman


Saquean los templos. Debo ocultar la imagen de la diosa en el bosque. Me reciben las arboledas nocturnas y por fin entierro la imagen. El viento me trae las ásperas sílabas del idioma enemigo. Tras cubrir la tierra con desesperación, solicito auxilio a la diosa. La neblina cubre el bosque y una honda quietud me aferra. Cuando vuelve la luz de la luna, me he transformado en uno de los árboles. Comprendo que esta historia ha ocurrido y seguirá ocurriendo: no hay árbol que no sea un antiguo sacerdote de la divinidad.

Sobre el autor: Cristian Mitelman

viernes, 21 de octubre de 2011

Caminante – Héctor Ranea


Me bardean los teros porque les invado el territorio. Me ladran todos los perros con dueño. Dos lechuzas de vizcacheras me cagan a gritos cuando me les acerco para ver su madriguera. Todas las calandrias de las magnolias me picotean las orejas y me gritan cosas realmente urticantes. Me salpican de saliva los gatos soplándome de bronca. Hasta los caracoles me dejan una baba vidriosa llena de heces para que huela. Ni qué decir las chinches, las plantas de genciana, los barros del volcán cercano. Los rayos de Luna me lastiman el cuero acicalado. La luz del Sol me curte como planta de hiedra seca. Mientras, camino. Camino solo. Es una mierda ser el lobo del hombre. Una mierda.

Chance - Mónica Ortelli


Aparentemente estás jugado. Listo. Pero tal vez haya una posibilidad y lo vas a intentar.
Mirás al tipo en el piso: tiene un agujero en la cabeza. ¿Lo fusilaste o se suicidó? Los canas vociferan desde los techos.
“¡Vengan ustedes!,” gritás.
Y te reís. Estás loquito. ¡No sabés por qué! Quizá porque tomaste mucha merca, quizá por el arma en la mano. ¡Qué bien calza!.. Sentís seguridad (siempre te gustó la sensación). Ajustás los dedos a la culata, al gatillo: está liviana.
“¡La puta madre! ¿A quién le sacudí nueve veces? ¿A la yuta? ¿Qué carajo pasó?”
Entonces creés que se te revienta el pecho, que te morís…, justo cuando el milico tira de los pelos y otra vez saca tu cabeza del tacho. El aire se pelea con el agua que ya tenés adentro. Si tan sólo pudieras recordar qué mierda hiciste…

Tomado del blog Ni vara ni cuchillo

Génesis - Lucio Maggi


Antes jugaba. Un día leyó en el tratado de probabilística por Él mismo escrito que las posibilidades se equiparan en el infinito. Ahí se dió cuenta de que era al pedo seguir con los daditos: Su condenada perfección y Su maldito sentido de justicia le iban a impedir a Él dejar que su imaginario rival o Él mismo ganaran alguna vez. Lo condenaban a un aburridísimo, bilardiano y previsible empate perpetuo. Lo tiró a la mierda al cubilete. Y ahí comenzó el mundo. Al rato, cuando vió lo que había hecho, pensó que como había caído iba a quedar. Pensó también que estaba todo demasiado oscuro.
—Hágase la luz —dijo. Y la luz se hizo.

Curioso - Rafael Blanco Vázquez


Resulta curioso cómo empleaban la palabra inhumano para designar aquello exclusivamente humano.
(Esto mismo era muy humano, descargarse de culpa).
También resulta curioso cómo hacían exclusivamente propias características que no lo eran: se designaban a sí mismos como los mortales. Esto lo dejó escrito un tal Cioran, especialista en arrogancia humana.
(¿Existe una arrogancia que no sea humana?).
La experiencia del placer les estaba reservada, pero algunos decían: Ni hablar de follar por follar, no somos animales, nuestro objetivo es procrear.
Un tal Cyril Jumel dejó escrito: “Una mosca con cerebro seguiría buscando la mierda, pero sufriría por ello. Y lo negaría”.

Sobre el autor: Rafael Blanco Vázquez

miércoles, 19 de octubre de 2011

Las otras noches - Ruy Feben


El plan se trazó durante muchas noches: tras un discurso de furor patriota, el Candidato sería asesinado: sería mártir de un Partido que otras noches había sometido Anónimos a torturas indecibles.
El Candidato bajó del podio y recordó el brindis donde pactó con el Partido su propia muerte y la gloria. Oyó el disparo: su corazón como estampida de una turba. Cerró los ojos.
Los abrió de nuevo. No estaba junto al podio; su corazón aún trepidaba. Vio en la oscuridad una puerta abrirse, en el reflejo de la navaja su rostro parecía el de otro; con terror supo que el martirio le costaría una tortura Anónima cada noche, para siempre. La navaja se incrustó en su pecho.

Tomado de: http://elclaxon.arts-history.mx/

Hacia adelante - Héctor Ranea


Ese niño estaba ahí, sobre su camita tibia. La mujer se le acercó y miró sus labios, sus manos tan suaves que parecían transparentes. Lo alzó y lo acunó mirando a su alrededor cuando él hizo ruidos vocales. Empezó a caminar con el bebé en sus brazos, ya nadie podría detener su fuga hacia delante. Al cruzar la puerta estarían al fin libres, pero al salir una luz demasiado intensa la encegueció un instante y cuando pudo abrir los ojos nuevamente el cirujano la vio y le mostró el bebé
-La cesárea fue exitosa, señora. Todo está bien, ya.

Amistad - Ramón Colmenares


Desolada, llorosa, no atinaba siquiera a articular pensamiento u acción para salir de su desánimo. Así estaba cuando él la encontró y sin hallar las palabras que le sirvieran de bálsamo a su adolorida alma. Con ternura la abrazó, la tomó suavemente de los cabellos y le enseñó que en el espacio justo entre su hombro y cuello, cabe perfectamente un rostro, cuando requiere consuelo.

lunes, 17 de octubre de 2011

Perdido/encontrado – Héctor Ranea


—¡Ni que lo diga, señora! Justamente, a mí se me trabó una media… y aquí estoy —dijo la mujer con el capote rojo.
—¡Pero no va a comparar! El mío era un brazalete con diamantes.
—¿Se acuerda los quilates? –intervino el dependiente.
—¡Qué me voy a acordar! Me lo había regalado mi marido para la última Navidad.
—Eso fue hace pocos días —terció un pelado que hacía cola, como el resto.
—¡La última que pasamos juntos! Después murió, pobre. El público frente a las ventanillas se quejó con un murmullo.
La del capote, estupefacta, dijo:
—¿Se le trabó el brazalete justo donde a mí se me trabó la media?
—Justo, ¿por?
—Pero ¿cómo hizo? ¿En la escalera mecánica?
—Me habrá trabado mi marido.
—¿El muerto?
—¡El muerto, sí!
—Les recuerdo a todos. Ésta es la oficina de muertos en escaleras mecánicas —dijo el dependiente. Retumbó un murmullo.

Sobre el autor: Héctor Ranea

Objetos perdidos – Sergio Gaut vel Hartman


Recupere su sexualidad, decía el aviso. Fue en ese justo momento que el tipo recordó lo que había dejado olvidado. Salió corriendo, preocupado por la posibilidad de llegar tarde. Y llegó tarde, nomás: se le hizo trizas el corazón al ver a su mujer y a su amante devorando con fruición sus partes íntimas luego de guisarlas.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Hambre - René Avilés Fabila


Desperté con un apetito atroz e inaplazable; me dirigí a la cocina: el refrigerador estaba vacío; de una alacena obtuve un libro con docenas y docenas de sabrosísimas recetas; de inmediato lo herví en la olla a presión y luego puse la mesa dispuesto a darme un suculento banquete con sus páginas.

Sobre el autor: René Avilés Fabila

Lógica - Rafael Blanco Vázquez


Uno de los esbirros del gran jefe le dijo a su compañero:
—Me gustaría escribir un libro.
—¿Tienes la historia?
—Sería la historia de un tipo que no soporta salir de casa y de otro tipo que no soporta estar en casa. El primero es un intelectual, un reflexivo, un solitario. La gente le da mocos. El segundo es un activo, un tipo que necesita estar haciendo cosas rodeado de gente. La soledad le da acidez. Ambos quisieran ser quien no son, o sea el otro. Pero a su vez no les queda más remedio que estar orgullosos de lo que son. Y en esta dicotomía se les va la vida.
—Mola tu historia. ¿Por qué no la escribes?
—Pues porque soy gángster.
—Ah, claro.

Sobre el autor: Rafael Blanco Vázquez

Camino de la locura - Daniel Fernández


No hay tregua en el camino de la locura, cuando las cuerdas que te sujetan cada vez están más tensas, y los cimientos de la cordura comienzan a temblar. La luz se hace más brillante, pero a impulsos, viene y se va, y cada vez son más largos los ratos a oscuras, y es cuando las manos de la sinrazón se aprovechan, te empujan de un lado a otro. En los pocos momentos de lucidez pides ayuda, pero el mundo está sordo y no atiende a tu llamada de auxilio. Ahora, todo está perdido, y las resbaladizas paredes del pozo ya no te dejarán salir. Nunca.