jueves, 3 de diciembre de 2009

Yo, planta - Adriana Alarco de Zadra


¡Oh, no! ¡Me he convertido en una planta! Un vegetal que no se mueve de su sitio. ¡Mis brazos son hojas y mis piernas tallos! Abro la boca y los pétalos se zarandean. ¡No puede ser, debo estar soñando!
Lo que me queda es abrazar a cualquiera que pase por aquí; veo a una mosca. Abro mis pétalos sin sueños y la trago. Adiós, amigos, si pasan o pasean por el Jardín Botánico no dejen de visitarme. Quizás se queden sin un ojo, sin un dedo, sin nariz. Pero tendrán el placer de conocerme... íntimamente.

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

Zodiaco - Paloma Zubieta López


Era una gran fiesta. Ya entrado en copas, el centauro lanzó una flecha que rebotó en la balanza para después chocar contra el caparazón del cangrejo. A pesar del estruendo, el toro y el carnero ni se inmutaron, tan concentrados estaban en su plática sobre el joven del ánfora que trataba, sin mucho éxito, de seducir a la virgen. En una fuente, el alacrán mareaba a los peces con la intención de cazarlos. Los gemelos probaban la paciencia del león jalándole la cola al tiempo que el unicornio, en una esquina, mostraba signos severos de intoxicación alcohólica. Cuando el astrónomo miró por el telescopio, sufrió un sobresalto: la configuración de los cielos había cambiado por completo en un abrir y cerrar de ojos.

Tomado de: http://deesquinasyrincones.blogspot.com/

Pasajero del futuro – Héctor Ranea

Voy pensando en el último libro que he leído. Plantea la posibilidad de viajar en el tiempo por lapsos breves pero retornar sin memoria de haber jamás viajado. ¿Sería por eso que pierdo memoria de los asesinatos cometidos durante los infortunados viajes y la sangre en mis manos huele a sangre ajena, y que tal vez fui yo quien me mató tantas veces incontables en el futuro, en el pasado?

Un cuento – José Luis Zárate

Dios creó al mundo en seis días. Lo pobló de criaturas, paisajes, maravillas infinitas. Lo hizo para arrullar al niño que no se cansa de esas historias: el jardín, el diluvio, la torre que quería llegar desde el cuento hasta la casa del niño. Pidiendo, escuchando, imaginando, se duerme una vez más. Dios lo arropa, apaga la luz, sabe que tarde o temprano ya no le pedirán el cuento de las buenas noches. Los niños crecen y cuando este lo haga, cuando no pida más la historia de la creación: desapareceremos.

martes, 1 de diciembre de 2009

Ficcional – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Qué hace?
—Escribo ficciones. —El ciego mantuvo la vista en el fuego. No quería ser interrogado por aquel hombre que olía a salitre, ese habitante de las tierras blancas, podía adivinarlo, que había venido a reclamar un lugar en la trama de su primera novela.
—Eso imaginé. ¿Por qué no crea un personaje basado en mi vida? Ha sido muy rica, plena de emociones y aventuras.
—No me interesa —dijo el ciego—. Puedo dibujar seres y peripecias sin ver porque las imágenes del infierno permanecen en mi mente. Es inútil. No lo usaría de modelo bajo ninguna circunstancia.
—Es usted testarudo. ¿Qué espera de la vida? —agregó con acritud el visitante.
—Un milagro secreto —respondió el ciego. Permaneció unos segundos en silencio y luego movió la cabeza antes de pronunciar las últimas palabras—. Váyase. Acabo de tomar una decisión: no escribiré ninguna novela.

Sobre el terrorismo – Ruy Feben


Verde y negro, cuadro estático: el empleado prepara una hamburguesa, comensales entran y salen por la puerta, tras la ventana el día fluye. Ocurre cuando el video marca 13:20 25’36”: la pantalla se hace blanca (una luz, afuera), la imagen vibra, casi se va.
Pero vuelve. Afuera la gente corre (vemos pies, brazos sin rostro). Repta pánico. Un hombre (sangre, golpes, ropas rotas) entra furioso al local. Toma una, dos, tres hamburguesas. Cojea intempestivo a la puerta; le grita algo al empleado y luego sale. La cámara lo pierde, verde-negro, brazos-piernas.
-¿Qué te gritó?
-(Respondo al policía): “Voy a morirme hoy, puedo comer todas las grasas transque quiera”.


Tomado de: http://elclaxon.arts-history.mx/

De piedra - Paola Cescon


Me habían comentado que el dolor de un cólico renal es, para el género masculino, lo más parecido al trabajo de parto.
Helo ahí, golpea su cabeza contra la pared en una suerte de rito autista.
Su cuerpo está arrugado por las horas pasadas bajo el agua intentando amainar “tamaño padecimiento”. El rostro denota una intensa fatiga; la continua lamentación ha conseguido gracias al sostenutto, agujerear la membrana del tímpano (de mis dos ¿eh?).
La casa gira en torno a sus duchas, inyecciones y, a la espera de encontrar en la orina, pelela mediante, la tan desgraciada piedrita. Piedrita que no nace.
Y sigue la tortura marital durante una semana.
¿Que los hombres son superiores a las mujeres?
¡Andá a parir!


Tomado de http://ardenhembras.blogspot.com/

domingo, 29 de noviembre de 2009

Cristiana - Saturnino Rodríguez Riverón


Una señora flaquísima como espiga que avienta el aire, con un cuello de jirafa inquiridora y huesos terminales en un esqueleto a punto de desplomarse, asiste a la iglesia los sábados por la tarde, los domingos en la mañana, en las fiestas de guardar, muy preocupada en salvar su alma, porque sabe ciertamente que a su cuerpo se lo ha llevado el diablo. Casi a diario asiste a la iglesia, la morada de Dios, a sabiendas que el propietario no está en el hogar. Por eso es puntual. Si Dios estuviera verdaderamente en casa, le rebanaría la cabeza de un tajo a la hipócrita, sólo por pretenderse más cristiana que el propio Cristo.

El juego - Carlos Feinstein


Me atacó con piedras, me defendí con lanzas y flechas, pero usó cañones y contesté con artillería pesada, me envió tanques y los destruí con mi aviones de combate. Mis portaviones tuvieron la supremacía hasta que desplegó sus submarinos.
Miles de misiles intercontinentales se cruzaron con los suyos. Todo se destruyó, no quedó ninguno de nuestros soldados, unos seres inservibles que apenas sirven para un poco de diversión.
Es un juego raro, parece que nadie nunca gana, pero esperamos unos pocos miles de años y la nueva partida comienza.

Sobre el autor: Carlos Feinstein

El valor y el precio – Sergio Gaut vel Hartman


La muchacha de ojos verdes olió el perfume que le había obsequiado el extranjero.
—Es usted muy amable… ¿señor?
—David Cooperfield.
—¿El mago?
—No, y tampoco el personaje de Dickens. Soy el hombre del castillo de la colina y he venido a esta ciudad porque tengo un proceso pendiente.
—¿Es usted un asesino? —La muchacha de ojos verdes se tapó la boca con la mano
—No, señorita, apenas un hombre que cree en la seducción, pero eso tiene un precio, ¿no cree?
—Ya lo creo —dijo ella—. ¡Guardias!

viernes, 27 de noviembre de 2009

Sansona - Lilian Elphick



Él me agarró por la espalda, las manos tensas en mi pecho. Me gustó, no puedo negarlo. Sabía que mi codo guardaba toda la fuerza del mundo. Y así fue. Un golpe certero. Luego, el puño izquierdo voló hacia su ceja. Mis nudillos amaron esa valiente sangre. Tambaleó un poco, uppercut, mentón triturado. Tenía la navaja lista. La hubiera hundido en su yugular, pero preferí cortar mi larga trenza y lanzársela al hombrón que se revolcaba en el suelo.
Marimacho -gritó, con baba entre los dientes, cogiendo la trenza y devorándola.
En aquellos días de lluvia, me lavaba el pelo con cicuta, para no andar aleonada.

Tomado de: http://lilielphick.wordpress.com/

Espejo sin salida – Héctor Ranea



No le dirijo la palabra. Me hago el dormido pero exploro mentalmente todos los movimientos que hace, porque no sé si le provoco rechazo o simplemente me empuja para que no me de cuenta cuando el escruche, para sacarme algo que evidentemente le interesa. Siento que la sordidez de la situación generada por su locura me invade, haciendo que todos mis movimientos sean torpes y parezcan estudiados para molestarla. Nada puedo hacer por evitarlo porque ella allá, cerca de la ventana, está acercándoseme cada vez más.
Terminaremos por encontrarnos, para clavarme ella el puñal en una arteria y yo para escapar mirándome al espejo aunque sepa que ya todo es inútil. Ha matado mi imagen, ahora viene por mí.

No entiendes - Alejandro Ramírez Giraldo


¿Qué haces todavía aquí? Veo que no eres un hombre de palabra. Si no recuerdo mal habíamos quedado en que esto era una aventura, un pequeño placer, un gusto personal... o si quieres un error. No esperaba encontrarte y menos así, en esa posición indecente. ¿Los hombres no entienden lo que es una aventura...? ¿No es suficiente el dinero que te dejé sobre la mesa de noche? Pero veo que lo tomaste y lo pusiste a buen recaudo. ¡Por favor, puedes vestirte, no quiero nada contigo! Si quieres te pago una noche de sexo más, pero ni sueñes que pasaré otra noche contigo... Otro hombre me espera.


Tomado del blog: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Agonía del parto - Saturnino Rodríguez Riverón



El veterano autor de minicuentos hace horas permanece sentado, con el codo apoyado en su escritorio, tratando de extraerle el jugo a una cuartilla que, sin embargo, se resiste a ser hendida. Está ansioso por poner punto final en el primer y único párrafo de su fábula donde inconscientemente, no aparece ningún animal. Sólo el bicho de la impaciencia. Punto.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Instrucciones para mi entierro - Jordi Cebrián


No habrá oraciones en mi entierro, sólo los salmos antiguos que adjunto a esta carta. No habrá plegarias, pero podrán venir los reyes y los sacerdotes a llorar por mi. Quiero un panteón de mármol, sin imágenes ni inscripciones, con mi tumba en el centro. Quiero canciones cuando llegue el invierno. Quiero olor de incienso, con aroma de almizcle. Quiero trece velas a mi alrededor, siempre ardiendo. Quiero las más hermosas doncellas del templo velen mi féretro, que se turnen para que en mi panteón siempre haya alguna virgen. Y la tapa debe abrirse desde dentro, para cuando tenga hambre.

Una vida normal - Alejandro Ramírez Giraldo


Aquella fórmula ritual de todas las nupcias hasta que la muerte los separe es falsa... al menos en el caso de los dos ancianos que habitan en la casa antigua y derruida. Aun después de morir, estos dos ancianos se esfuerzan por llevar una vida normal y rutinaria, ajena al ruido y boato exterior.
En este momento las dos sombras cenan en silencio y discuten, sin furor, por el exceso de aliños en la sopa.


Tomado del blog: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Invasión inesperada – Sergio Gaut vel Hartman


Se contaban por millones. Cayeron sobre las ciudades de los humanos y las sepultaron bajo toneladas de materia en cuestión de minutos. Era una sustancia gris y corrosiva que disolvía la carne y la sangre con la misma facilidad con que derretía el acero y licuaba el hormigón. Doce horas después de iniciada la invasión el reinado del hombre (y la mujer) sobre el planeta Tierra había finalizado. Fue imposible resistir a un ataque planeado con astucia, ejecutado con pericia y resuelto con una eficacia que desmentía el escaso predicamento que habían tenido los atacantes, desde que el mundo era mundo.
Asombradas, casi estupefactas, las ratas y las cucarachas, eternas herederas al trono del imperio, se preguntaban si las palomas serían capaces de usufructuar su hazaña.

Errores informáticos - Jordi Cebrián


Algo se estropeo en el ordenador central, y la realidad empezó a resquebrajarse. La gente dejó de temer a las verdades, ya no se conformaban con mentiras nuevas, aunque se las explicaran con convicción y carisma. Desaparecieron banderas y totems, y el mundo buscó caminos nuevos, alejados de dioses y promesas póstumas. Los puritanos dejaron de reconcomerse por la felicidad ajena, y los sacerdotes confesaron sus mentiras. Se dejaba crecer a los niños aprendiendo de la libertad y el miedo. Hasta que los técnicos corrigieron el error, recuperaron el estado anterior, y todo fue de nuevo como debe ser.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Atajo - Héctor Ranea


En el camino vieron la indicación clara de que debían desviar hacia el sur. El sol estaba ya en borde del horizonte y entre maldiciones calcularon que ya no tendrían luz para manejar durante el resto del crepúsculo. En efecto, poco tiempo después, demasiado poco tiempo después, toda luz cesó cuando apenas alcanzaron a ver un cartel en malas condiciones que decía: Coto de Caza. Castillo Drácula.

Tris tras - José Luis Vasconcelos


El diminuto prestidigitador extrajo de su chistera una morsa albina que lanzaba icebergs por los ojos; luego apareció una mantis religiosa más grande que la fe.
El público festejaba los trucos del mago, hasta que una inmensa garra destruyó en un tris tras aquel singular circo de pulgas.

Culpable - Oriana Pickmann


El acusado, ciudadano de nacionalidad lituana, con residencia ilegal en nuestro país, espera su sentencia. Había atropellado, la noche del sábado, a dos ciclistas en acción temeraria e imprudente. Conducía, en total estado de ebriedad, un vehículo robado sin haber aprobado el examen de manejo. Se le procesaba, en la sala de delitos ambientales, por no haber usado gasolina sin plomo en el automóvil en cuestión.

Panes y peces – Sergio Gaut vel Hartman


—No hay mal que por bien no venga —soliloqueó el marciano—. Los terranos trajeron la sífilis, la folibrulosis y la corrupción a nuestro planeta; catástrofes y muerte, dolor y miseria. Pero al mismo tiempo son los promotores de excelentes emprendimientos; negocios como la venta de drogas exóticas, el desarrollo de la prostitución interespecies, el contrabando de armas de destrucción masiva y la música. Ah, la música ruidosa y delirante de los terranos, las estrellas planetarias de la canción, los espectáculos al aire libre en Sirte y los monumentales emporios discográficos moviendo trillones de solares. Aunque bien mirado, lo de la música sale sobrando. Los terranos no tardarán demasiado en descubrir que los marcianos somos sordos.

Cita – Joe Hell


Tarde. Siempre tarde.
A pesar de eso, aminoro la marcha y espero que el semáforo cambie a rojo para cruzar.
Del otro lado de la calle, un viejo cae hacia adelante.
Un cuervo grazna.
Un auto le pasa por encima sin detenerse.
No está más…
Parpadeo.
Ahí donde el cuerpo del viejo yacía hace un instante se yergue una mujer.
Aunque es magnífica, me produce un intenso malestar y deseo apartar los ojos de ella, pero no logro hacerlo… Mi corazón y mi alma me ruegan que huya, pero mis piernas rehúsan moverse.
Comprendo a mi pesar quién es ella… O mejor dicho qué es…
Avanza hacia mí, me hace un guiño.
Cuando pasa a mi lado, una voz extrañamente dulce resuena en mi cabeza.
Ella dice: “Hasta pronto”.

Título original: Rendez-vous
Traducción del francés: Olga Appiani de Linares

jueves, 19 de noviembre de 2009

La Guerra Divina (Deserción) - Sarko Medina Hinojosa

Iblis estaba cansado de matar ángeles musulmanes. Todos eran jenízaros de primera que combatían con las cuatro garras y tenían en las alas cuchillas afiladas de antimateria que desgarraban y desaparecían a sus soldados Íncubos. Lo peor era que violaban inmediatamente después a los Súcubos a su mando y engendraban nuevos soldados que salían diez mil por cuerpo preñado, destrozando de paso a la madre. Iblis estaba cansado de matarlos por oleadas para ver como en milisegundos volvían a nacer y atacar con esa ceguera de los que seguían a Dios bajo el nombre de Alá. Entonces pensó en desertar y de inmediato fue bajado de rango por su cobardía y volvió a ser un Súcubo listo para quedar embarazado. ¡Alabado sea el nombre de Alá!

El ojo y las narices — Saturnino Rodríguez Riverón

Para el ojo humano que señala y asiente, la parte visible del iceberg, esa montaña blanca de cristal helado, es la porción hermosa del evento, por más conocida. Sin embargo, los marinos desconfían de la proporción volumétrica oculta. Ellos saben que el bello espectáculo no les causará daño alguno; es el misterio, el enigma escondido bajo las aguas, lo que romperá sus narices.

Literaturas - Mónica Sánchez Escuer

Bosques enteros de árboles caídos, unos sobre otros. Moho entre las vetas, aire fresco buscando una salida entre las ramas. Bosques llenos de ecos, de pasos agigantados que buscan en el lodo dejar huella; pasos que quiebran hojas por el gusto de oír su canto moribundo. No van a ningún lado, son pisadas que nadie sigue, que se persiguen, se borran a sí mismas.
Pero ahí, quietecitas, como mariposas monarca durmiendo sobre troncos, están las palabras vivas. No hacen ruido. Su huella es la estela de colores que deja en tus ojos cuando vuelan. Palpitan en labios y lenguas. No temen a la muerte porque han nacido de su propia tumba.
Por ellas, sólo ellas, vale la pena tanto bosque.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/2009/10/literaturas.html

Nocturno de pasión - Antonio Cruz

El dramaturgo sonríe. La mirada verde y chispeante de la pelirroja lo ha seguido durante toda la actuación y él intuye la invitación que es tan vieja como el mundo.
Sospecha que su desfachatada elegancia ha hecho lo suyo. Es audaz y se sabe atractivo.
Camina hacia su camarín divertido y ansioso. Tiene la certeza de que en un rato ella gemirá en sus brazos.
Despierta atormentado por un frío espantoso. Algo lacera sus entrañas. Las sábanas están viscosas. Prende la luz y las ve teñidas de rojo.
Imagina el último acto de alguna de sus tragedias.
La pelirroja ya no está en escena.

martes, 17 de noviembre de 2009

Picegamorti — Jess Kaan


Zona: Distrito 8 – ex-Varsovia
Estado: contaminado
Objeto intervención: fallo personal androide
Modelo: Melchor 732LSI – Limpiador de sitios infectados
N°458-908
Puesta en servicio: 14/05/2014
Participante: Andrel N’goma
Estado: detenido
Transcripción de la intervención
—Melchor sentado en el parque Lazienki cerca de amasijo de cadáveres… Pedida autentificación: sin respuesta… Verificación habitual: Melchor operativo, ni problema de sistema ni mecánico detectados… Reinicialización del androide… Reboot del sistema. Sin respuesta.
—Buscar huellas de afecciones en el androide.
—Ninguna. Pedida retirada de la zona. Teme hostiles.
—Continuar investigaciones. Verificar memoria visual Melchor.
—Examen pendiente. Imágenes incoherentes.
—Aclare.
—Hombres y mujeres de otro siglo. Máscaras de pájaros de largos picos. ¿Venecia? Muchos muertos. ¿Peste? Despertar Melchor. Mensaje incoherente.
—Aclare.
—Maldito. Empezar de nuevo mismo trabajo. Recoger cadáveres y observar vacuidad humana. Demostrar potencia divina.
—Desconectar Melchor inmediatamente.
—Melchor autónomo. Melchor hostil. Desgarrón combinación.
(Fin transmisión).

Traducción del francés: Jacques Fuentealba

¿Era un sueño? - Alejandro Ramírez Giraldo


Cuando desperté, ella todavía estaba allí. ¡Ah, no era un sueño!, pensé. Ni la sangre, ni el cuchillo, ni la herida en el cuello. ¿Las razones? ¡Ah, esas sí hacían parte del sueño!


publicado en el blog: http://cuentominicuento.blogspot.com/

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Para no leer biografías - Saturnino Rodríguez Riverón




Cada cual aprende finalmente a vivir su propia vida; pero el aprendizaje es tan dificultoso como inexacto, y es poco probable que pueda comunicar sus experiencias a alguien con algún provecho, porque, al fin y al cabo, una vida es algo único e irrepetible.