lunes, 7 de febrero de 2011

Destino - Daniel Sánchez Bonet


No lo había pensado, pero el asesino, de improviso y en un acto de generosidad que no solía tener con sus víctimas, se acercó a la joven y le dijo en un tono desafiante:
-¡Piedra, papel o tijeras! ¡Tú, eliges!
Ella tragó saliva antes de contestar porque sus cuentas, desgraciadamente, eran demasiado lógicas para no cumplirse: si cojo piedra, me matará a pedradas, si elijo tijeras, lo hará a puñaladas. Pero, y si elijo papel…
Tres días después de dejarla marchar, una carta llegó a su buzón.
Envenenada.

Tomado del blog Microrrelatos a peso
Ganador del concurso microrrelatos Radio Castellón cadena SER segunda semana noviembre 2010

El Enigma de la Esfinge - Jesús Ademir Morales Rojas


Convencido de la inutilidad de existir me aventuro en La Máquina del Tiempo. Arribo al año deseado. Pronto estoy frente a esa casa tan conocida por mí. Es madrugada. Penetro por una ventana. El ruido de mi intrusión, aunque leve, es perceptible. Alguien en las sombras me interroga. Adivino ese rostro prácticamente idéntico al mío. Le golpeo el cráneo con mi arma. Cae. Se desangra. Tengo unos minutos. Son suficientes. Me desnudo. Entro en la alcoba. Latidos del corazón. ¡Por fin!. Una joven en la cama, en la oscuridad. Dice mi nombre. El mismo. Sí, soy yo. Todo está bien. Abrázame. Y así, sabiendo que es mi postrer deseo cumplido, me entrego a la ardorosa pasión que siempre soñé, fundido cuerpo a cuerpo con mi adorada madre.

Desigual batalla - Luisa Hurtado González


Como todas las mañanas, el niño descubrió que su castillo de arena había sido destruido por las olas.
Tras apretar los puños, tragarse las lágrimas y morderse los labios, dirigió una mirada de odio al agua que ya le lamía sus pies y juró defender como fuera la que iba a ser su obra definitiva.
Esa noche nadie le sintió salir del apartamento donde pasaba las vacaciones junto a su familia, nadie fue testigo de la desigual batalla de un niño armado con una espada de juguete luchando contra el mar, nadie lo vio.
Lo cierto es que nadie volvería a verlo, nunca.


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

Envidia - Fernando Sánchez Clelo

para Ana María Shua

La bella y sagaz bruja envenenó la manzana en su caldero y, disfrazada de anciana, engañó a su víctima para que mordiera la fruta deletérea. Inmediatamente voló al castillo sobre su escoba y frente al espejo preguntó exaltada.
—¡Espejo mágico, dime, ¿quién es el ser más inteligente de este mundo?!
—Isaac Newton —respondió reverberante ante el desconcierto de ella.
Newton no había muerto, el veneno sólo lo había enfermado de gravedad.

(Del libro No es nada vivir, BUAP 2005)

Ascensión - José Manuel Ortiz Soto


El hechicero acaba de morir. Los jóvenes varones de la tribu reclaman para sí la vacante. Según milenaria tradición, el elegido será aquel que devuelva al viejo y carcomido rostro del difunto la juventud perdida.
Tras cada intento fallido, uno a uno los aspirantes son sacrificados. Ungido con la sangre derramada en la hecatombe, un nuevo y apuesto hechicero resucita.

sábado, 5 de febrero de 2011

Lista de espera – Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman


Era un psicoanalista muy famoso, tanto que su prestigio lo precedía y cientos de obsesivos, depresivos y maníacos en general morían por hacer terapia con él. Pero eso no era motivo suficiente para que él ni loco diera de alta a algún paciente. Los mismos veinte ocupaban todos los turnos desde hacía varios lustros. Por eso no debe sorprenderte, oh, ingenuo lector, que la legión de perturbados sin esperanza que merodeaba a toda hora por los alrededores del consultorio, ansiosos por constatar alguna baja, y ser por fin admitidos, terminaran urdiendo planes descabellados para eliminar a sus competidores de diván de modo que parecieran accidentes.

Línea de razonamiento – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


El Papa sintió un roce maligno en el pie y no tuvo más remedio que sacarse el zapato. ¡Una papa! ¡Y qué irritado estaba el talón! Si se hubiera casado no tendría este problema. ¿Y si se eliminaba el celibato para resolverlo? ¡Absurdo! El Papa pensó intensamente en el tema y se imaginó cómo sería el matrimonio con una papa. No tardó en descartar las conclusiones derivadas de esa línea y encaminó sus reflexiones hacia la posibilidad de juntar todas las medias de santas y santos que dormían su sueño eterno en la sala de reliquias. ¿Qué podría suceder? Superponiendo todas las papas… ¡Eureka! En la pelota se iba a formar un agujero negro, sin lugar a dudas, y por ese agujero se introducirían los misioneros con su nave, todos convenientemente reducidos, preparados a conciencia para catequizar a las criaturas de los más recónditos planetas de todas las galaxias.

Potencial - Jorge X. Antares & Sergio Gaut vel Hartman


Todas las mañanas encontraba una nota cerca de mi cama, sobre la mesita de noche. Las notas hablaban de algo que se acercaba a mi hogar. En principio pensé en una broma de mi mujer, pero ella no tenía idea de qué se trataba. Un poco asustado, coloqué una webcam escondida en mi dormitorio, imaginando que podría sorprender al autor de los mensajes. Pero fue inútil. En un momento la superficie de la mesita estaba vacía y al siguiente la nota aparecía mágicamente. Lo peor de todo es que las notas indicaban la inminencia del hecho, lo que llevó nuestra angustia a un nivel intolerable. En un punto, no empecé a desear que la amenaza se concretara de una vez. Era más tolerable la idea de morir aplastado o baleado o degollado que el peso de aquella intimidación perpetua. Y por fin, un martes, la amenaza se concretó. 

Ficciofóbico – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


—En el cine —confesé— me escondo bajo las butacas y nunca veo la película. Voy para no parecer un tipo anormal, pero la ficción me produce un pánico imposible de describir.
—No se preocupe —respondió el más viejo de los tipos que me entrevistaron cuando me presenté para aspirar al puesto que ofrecían—, a nosotros sólo nos interesa que cumpla con el horario.
—Es un trabajo tranquilo —agregó el más joven.
—Es algo concreto, real, ¿verdad?
—¡Por supuesto! —aseguró el más viejo.
—Lo que ocurre es que el anuncio es un poco ambiguo. Ya les dije que la ficción me altera.
—Es tangible como este libro —dijo el más joven sonriendo al empujar hacia mí un volumen llamado Microficciones estúpidas.
—¿Y en qué consiste el trabajo?
—Será uno de los personajes de una novela —dijo el más viejo de los tipos.
—Pero absolutamente realista —agregó el más joven.

Hojas en blanco – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Lo descubrió la mujer, el almanaque de la tintorería no tenía años ni meses marcados. Era aparentemente una falla. Se disponía a tirarlo a la basura cuando vio que el 28 de marzo se materializaba delante de sus ojos. ¿Qué pasa con ese día? ¿Algún cumpleaños o aniversario? No recordaba nada.
—¿Qué pasa el 28 de marzo, viejo?
El hombre reflexionó. —No sé, nada.
La mujer empezó a vigilar el almanaque. Pasó febrero y al iniciarse marzo la hoja de abril se iluminó en el casillero del 9.
—Ahora marca un día en marzo y otro en abril —dijo la mujer.
El hombre se encogió de hombros. —No sé nada.
Llegó el 27 y la mujer, que adelgazaba a ojos vista, no hacía otra cosa que mirar el almanaque. Murió a las seis de la mañana y nunca se enteró de que el marido falleció el 9 de abril.

Ciberótico – Oriana Pickmann & Sergio Gaut vel Hartman


Decidí, sin inspiración alguna, ponerme a escribir. Mis dedos se deslizaron sin ningún tipo de ritmo por el teclado, pero siempre suavemente. Y aunque tenía las manos frías, mi computadora empezó a gemir, haciéndome notar que disfrutaba. Aparentemente, yo estaba presionando las teclas correctas, ya que no tardé en advertir que ciertas palabras, que no eran las que estaba escribiendo, se hilvanaban formando una secuencia coherente.
—Soy tu puta, tu sucia esclava; destrózame, párteme al medio.
Sin embargo, este fantástico curso de los hechos, provocado por la erotización de mi equipo, no fue nada comparado con lo que ocurrió cuando mi esposa entró a mi estudio sin golpear y leyó lo que aparecía escrito en el monitor.
Hace tres meses que estoy separado; mi mujer nunca creyó mi versión de los hechos. Para colmo de males, mi computadora conoció a un ordenador de la OEA y acaba de abandonarme.

No comieron perdices – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


No pasa un día sin que se me caiga alguna parte del cuerpo. Un dedo, un brazo. La gente me ayuda al principio, pero después comienzan a decirme que soy un descuidado.
—¡Oiga! —grita un guardia urbano haciendo flamear mi pie derecho—. No deje sus partes tiradas en cualquier lado. ¿No se da cuenta que los niños se impresionan cuando ven personas mutiladas?
No puedo decirle que se equivoca, que no son mutilaciones, pero no lo hago porque ayer perdí la lengua y casi todos los dientes. Sigo mi marcha y mi cabeza rueda a un lado. No sin dificultad, la pateo con fuerza y rompo la vidriera de una florería. La vendedora sale a la calle, furiosa, pero al verme se enamora de lo que queda de mí, nos vamos a vivir juntos y somos felices hasta que muere de disrupción molecular maligna, una semana más tarde. 

La insoportable levedad - Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


—Me discriminan —dijo Ana.
—¿Te discriminan otras mujeres o los hombres?
—Todos; piensan que si me invitan a cenar tienen derecho a disfrutar de mi cuerpo, que es muy bonito por cierto; muchos me dejaron porque después de una semana no acepte ir a la cama.
—¿Y por qué no aceptás y listo?
—Es por culpa del insoportable de Enrique. Cada vez que piensa que estoy con otro, me manda decapitar y termino vagando como una tarada en pena por la casa con la cabeza en la mano. Un verdadero espanto, te juro.

Abajo los preceptos - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Estaba segura de que el hermoso príncipe de Camilendia no tenía otro objetivo en la vida que hacerme esposa de su hija Lavandia. Como siempre, las hembras dragón tenemos que aparecer para apagar el fuego, pero presentía que mi destino estaba en encender alguno, y si no era el del Ducado de Camilendia, podría ser el del bosque de Camilendia, aunque luego me echasen los zopilotencidos para tratar de destruirme. Sabía cómo enfrentarlos. No me habían criado para supervisar calderos.
Así fue como me decidí y volé hasta la cima del monte Gilipondia desde donde me lancé en picado sobre el bosque. ¡Qué bello espectáculo! Los guardianes del bosque, en lugar de arrojarse sobre mí, huyeron despavoridos, y la masa vegetal se convirtió en una tea. Luego, satisfecha de mi transgresión, fui en busca de un macho dragón para copular y reírme de los mandatos y las costumbres ancestrales.

Escrito en un cuaderno - Guillermo Rossini & Sergio Gaut vel Hartman


La tapa del cuaderno estaba descolorida. El hombre lo abrió con cuidado y empezó a escribir. Desde la otra mesa, yo lo observaba con atención y sorpresa: a medida que la mano se movía, su figura iba desvaneciéndose. Primero, alrededor de la cabeza se formó una especie de halo grisáceo y luego todo el cuerpo adquirió una tonalidad cenicienta a la vez que el bar se hacía más nítido y real. Llegado un punto, el hombre, por entonces apenas una transparencia, miró hacia donde yo estaba y me guiñó el ojo.
—¿Qué se siente? —dijo.
—¿Me habla a mí?
—Sí, a usted, aunque podría tutearte.
—¿Nos conocemos?
—Yo te conozco. Te acabo de dar vida. Sos el personaje de esta microficción.
Tragué con dificultad. Eso sólo podía significar una cosa. Y no me gustó en absoluto.

No todos los invasores son iguales – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Todos los que comieron esa carne, murieron, comandante.
—¿Venenosa o envenenada?
—Lo ignoramos, comandante. Los biólogos están trabajando con los forenses para determinar qué ocurrió. Si quiere mi opinión, están como si hubieran bebido líquido momificador.
Cada vez que llegamos a un planeta habitado se producen situaciones similares. ¿Es que nunca vamos a aprender de nuestros errores?
—En este caso, comandante, ¡ejem! N-no sólo habitado; si me permite, también levemente civilizado…
—¿Cómo se atreve a decir eso? ¡Queda bajo arresto! Esas… criaturas no son civilizadas… ¿Qué clase de civilización infiere usted de seres que contaminan su propio planeta, se matan entre sí para detentar poder con excusas banales y otras aberraciones por el estilo.

Ruedas - Liliana Mabel Savoia & Sergio Gaut vel Hartman


—Miré a esos cuatro seres, y observé que junto a ellos, en el suelo, había varias ruedas, una dentro de la otra. Las ruedas tenían el color del topacio y cuando se movían iban de costado, sin volverse. Los aros eran altos y espantosos, y estaban llenos de ojos a su alrededor. Y cuando los seres vivientes caminaban, las ruedas andaban junto a ellos; y cuando los seres vivientes se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban.
—Muchachos, lo hizo otra vez.
—Se movían en la dirección que el espíritu les ordenaba que anduviesen, y las ruedas también se levantaban tras ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas, lo juro.
—¿Qué tomó?
—Vaya a saber. Alguna mezcla de yuyos y cereales destilados. Yavhé le dijo que no bebiera esos mejunjes, pero él no; es muy testarudo.
—Llamaré al jefe para que lo castigue.

El organismo aterrador – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


Ayer comenzaron los ruidos, de madrugada. Mi casa siempre había sido un lugar tranquilo, donde para dormir en paz solo se necesita estar cansado. Apartada y silenciosa, nunca me molestó el tráfico o los vecinos. Pero la de anoche fue una noche que no voy olvidar. Cuando comenzaba a capturar el sueño, de las paredes comenzaron a surgir ruidos aterradores, y aunque soy un hombre escéptico, me puse a pensar si mi casa no estaría embrujada. ¿Y si lo está? ¿Qué puedo hacer para remediar eso? Prendí la luz, busqué la guía telefónica y llamé a un brujo de turno.
—Emergencias sobrenaturales. ¿En qué puedo ayudarle?
—De las paredes —balbuceé— comenzaron a surgir ruidos aterradores.
—¿Cómo de seres espantosos que se proponen comerle el seso?
—Algo así. ¿Sabe usted que puede ser eso?
—Que olvidó apagar el televisor. Están pasando La noche de los muertos vivos de George Romero.

Nano – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Si me corto, no sale sangre, sino un montón de tipos pequeños, que se caen al suelo y que a duras penas pueden ponerse de pie. Invariablemente, antes de que se diseminen por la sala, los aplasto apoyando la suela del zapato izquierdo (no sé por qué jamás uso el derecho) sobre la masa semoviente y me quedo contemplando cómo los cuerpos agonizantes supuran humores blancos, vítreos, glaucos, ambarinos. Luego, resentido, intoxicado por la envidia, me dejo caer en el sillón que perteneció a mi abuela y tiendo la mano hacia el cuchillo para repetir la operación, atravesado por una ridícula esperanza.

No puede ser – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


Gabriel Santos hizo girar el lápiz entre sus dedos y observó a su interlocutor soñadoramente. 
—¿Se da cuenta Bohemundo?
—¿Si me doy cuenta de qué?
—Algunas cosas pueden ser y otras no.
—¡Chocolate por la noticia! Pero ¿de qué cosas habla?
—De cosas como esta.
—¿Esta? ¿Esta microficción?
—Exacto. Es imposible porque yo no la he pensado. Y heme aquí hablando con usted, el personaje. ¿Se da cuenta?
—¿No será que la está escribiendo ahora, justo en este momento?
—Imposible. Ayer morí y hoy me enterraron.
Bohemundo contempló a Santos con expresión aterrada. —Entonces sí que estamos fritos —dijo.

Urgente ataque de Andrómeda – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


El Samonta, Juglarísimo de Andrómeda, se enemistó con el payador Minotauro, que le había robado un poncho en un asado comunitario de la feria del Libro Galáctico. Toda la nebulosa se retobó y preparó una invasión de órdago para recuperarlo. Cayeron de los cielos como plaga de langosta, directo, porque los de Andrómeda ni naves necesitan y estaban como agua para mate cordobés, recalientes. Invadieron primero los planetas limítrofes y se comieron todo el papel que había, por lo que la cultura humana no digitalizada desapareció de repente. Fue un malón de antología.
—¿Se da cuenta de lo que hizo, irresponsable? —El Sumo Editor increpó al Samonta—. Afectaron a todo el Planeta.
—No nos importa el Planeta —replicó Samonta—, ni el Alfa Guara, ni el Taurus, ni los cojones de Norma; ahora todo será de Andrómeda hasta el fin de los tiempos.
Y así fue.

jueves, 3 de febrero de 2011

Un pésimo despertar - Sergio Gaut vel Hartman


Cuando Ernest Hemingway despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso dinosaurio. La noche anterior, borracho como una cuba de batista, no sólo no había podido vender los zapatos de bebé con poco uso que heredara de Franz Kafka, sino que, además, los pescadores de pez espada le habían hecho pagar las copas. Y allí no terminaban las desventuras del recio escritor: Augusto Monterroso lo estaba apuntando con una pistola nueve milímetros, decidido a dirimir, de una vez por todas, la primacía en aquel asunto de la microficción más breve etcétera.

Sergio Gaut vel Hartman

El sueño — Claudio Leonel Siadore Gut


El abogado arreglaba la grifería, había goteado durante siglos, la grifería. Un aguacero sobre el tren por el que íbamos rodeados de expedientes. Estabas en algún lado, pero eras otra, y él no había notado tu presencia.
—El sueño expande el tiempo —renegó con la furia de una cascada.
—Si sos vago el último instante de tu vida se expansiona en un sueño, no vas, por lo citado, al Cielo. Resolución.
Sonreí porque lo descifré, pero él miró por el ojo de buey del camarote. Mar, blanco y negro, viejo.
—El agua es tiempo, se me agúa la sopor —vapor.
Sabía que el sueño culminaba y sazoné la angustia con sudor. Creo que abrí los ojos entonces. Era de noche y te habías ido, o no viniste. La grifería goteaba, y nada volvió a tener sentido.

No duermo - Fernando Puga


No duermo. No quiero. Ya sé que si no duermo viene el diablo blanco y ¡zas! me come la patita. Pero si duermo... Si duermo se llena el cuarto de niños perdidos que no encuentran la entrada a este mundo nuestro y piden mi ayuda. Se agolpan, se empujan, se atolondran, no respetan turnos ni excepciones. Ocupan todos mis predios vacíos y me ahogan en las aguas de sus ojos. Es mucho. Prefiero al diablo blanco; es un loco conocido.

K, el mar y los sueños I - Jesús Ademir Morales Rojas


K aguardaba junto al mar deseando contemplar lo más inmenso. Luego de mucho tiempo el paciente se fue difuminando por la espera, hasta que se perdió con la última luz del sol. K nunca se percató que las olas configuraban un muro gigantesco y Todo más allá de él quedó sin ser develado, para siempre.


Jesús Ademir Morales Rojas

Sueños versus software - Jorge Sánchez Quintero


El dragón fue abatido en pleno vuelo, las mujeres sensuales fueron perseguidas y cazadas una a una, el hombre de arena había perecido.
Finalmente los programas de cómputo habían acabado con los únicos que se les oponían; ahora ellos serían los únicos señores de la realidad virtual.
Los hombres nunca supieron lo que había ocurrido, tan sólo que desde ese día jamás volvieron a soñar. Tuvieron que conformarse con remplazar aquel mundo onírico con programas de software.

Mirando dormir a una mujer (fragmento) - Juan Forn


En medio del acto sexual, un hombre repara en que le ha sacado unas gotas de sangre al pecho de su amada, no entiende cómo. Ella tampoco, cuando él se lo hace ver después del orgasmo: ni siquiera puede localizar el punto de donde salieron esas gotas de sangre. En la vida de ese hombre, esa joven terminará siendo únicamente ese momento: aquel en el que aprendió que los labios pueden, si son lo suficientemente suaves, sacar sangre del cuerpo amado sin que duela, más bien al contrario.


tomado de Página12

martes, 1 de febrero de 2011

Pecado de frivolidad – Sergio Gaut vel Hartman


Cuando la hermana Teresa vio los frasquitos de champú y acondicionador para el cabello que el hotel ponía a su disposición, lamentó haber renunciado a su vocación para abrazar la carrera religiosa. Por ser una Esclava de María, le estaba vedado usar productos de belleza y sólo muy ocasionalmente, cuando la Orden la enviaba a un congreso, tenía la ocasión de ponerse en contacto con aquella frivolidad en estado puro. Llegado este punto, sabía que el pecado era inevitable y que a la noche, antes de irse a dormir, se maquillaría como una bataclana para mirarse cien veces al espejo, antes de barrer con todo rastro de cosméticos. Sin embargo, lo que más lamentaba, era tener que confesarse el padre Germán, y ser amonestada por el viejo mariquita, que hubiera dado su mano derecha por una caja llena de productos de Revlon, Max Factor o Artez Westerley.

Sergio Gaut vel Hartman

La próxima estación - Javier López


Acababa de bajarme del tren y lo que veía en aquella estación no me gustaba nada. Así que decidí emprender el camino de regreso:

—Si lo desea, puede poner una reclamación o lo que estime oportuno. Pero, por favor, deje la ventanilla libre para otros pasajeros —me indicó el vendedor de billetes tras una acalorada discusión.
—No quiero reclamar nada. Solo quiero que me cambie el billete por uno de vuelta a la estación más próxima. Y si no puede, me lo vende y lo pagaré —insistí.
—Ya le he dicho que los billetes no admiten devolución. Y tampoco estoy autorizado para venderle uno de vuelta —el tono de su voz iba en aumento.
—¿Cómo que no? ¿Puede decirme por qué?
—Porque éste es el tren de la vida, y solo hay billete de ida. Y ahora apártese de la ventanilla, o me veré obligado a llamar a seguridad.


Javier López

La campaña - Raúl Sánchez Quiles


Preparad los caballos más veloces, convocad a los guerreros más leales y reunid a los arqueros más certeros. Pulid los yelmos y las espadas; lubricad las picas y los escudos; afilad las hachas y las dagas, y sacad lustro a los estandartes. Hoy, al amanecer, quiero todas las catapultas, las torres de asedio y los arietes en las afueras del castillo. Empieza una nueva campaña. Quiero todo dispuesto para partir hacia la conquista de mundos nuevos, derribar imperios y derrocar monarcas débiles. Vamos a ampliar las fronteras de nuestro reino con la fuerza de nuestras armas. Y con la firme voluntad de nuestro pueblo sometido.

Tomado de Hiperbreves, S.A.