domingo, 13 de marzo de 2011

La reina de la noche - Paloma Hidalgo



Envuelta en su crisálida se sentía protegida, no había tormenta que la mojase ni sol de mediodía que estropeara su piel. Se acostumbró a ver el mundo tras el brillo lechoso de su cárcel de seda; un buen día el reloj biológico marcó la hora de  salir, el mundo de colores y sensaciones que ante ella aparecía le daba tanto miedo que no pudo abrir sus alas. Llegó la noche, el terciopelo de su oscuridad la atraía. Y se dio cuenta de que era una polilla en el cuerpo de una mariposa. La reina de la noche espera ilusionada que un entomólogo encuentre la solución a su problema.

Paloma Hidalgo

Una vieja amistad - Luisa Hurtado González


-Es la princesa que habita tus sueños la que ahora te habla.
Y frente al espejo, la mujer ahoga un grito llevándose la mano a los labios.
-¿Te acuerdas?
Sí, claro. Es su amiga invisible, la que había desaparecido cuando creyó enamorarse del hombre que ya empieza a aporrear la puerta.
-¿Se puede saber qué haces?
La mujer, asustada, teme que él entre en el pequeño baño y logre, como ya hizo antes, que todos sus sueños desaparezcan.
-No temas, él nunca podrá verme.
Antes de abrir la puerta la mujer mira de nuevo hacia el espejo, dibuja una sonrisa infantil en el rostro y añade, justo al final, una mirada delirante que tiñe a la imagen de espanto y hace que la joven ahogue, también ella, un grito.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

Ecos - Jesús Ademir Morales Rojas


Cuando K golpeaba el portón del Castillo para que lo dejaran entrar, siempre escuchaba que abrían, sí, pero la puerta posterior. Cuando iba hacía allí, la encontraba cerrada. Pensó entonces cambiar de estrategia y llamar primero a esa puerta accesoria. Pero era ahora la principal la que se abría. Entonces K, desesperado, se arriesgó a tocar una de las puertas y correr lo más rápido posible a la otra, tocar allí y regresar de nuevo hasta lograr su objetivo. Tanto lo intentó y tan fútilmente, que en uno de esos recorridos cayó al suelo, rendido. Entonces, escuchó como alguien con su voz agradecía en la puerta en donde no estaba, y pasaba dentro del Castillo. Estupefacto, se arrastró hacía allí. No había nadie.


Tras bambalinas – Héctor Ranea


—¡Hagamos la luz! —grité, pero no pasó nada.
—¡Hagan la luz! —. Vuelta a no tener respuesta.
—¡Vagos de morondanga, hagan algo, la luz o algo! —. Silencio por toda respuesta.
—¿Voy a tener que hacer la luz yo, ...acaso? —pregunto sin tener respuesta. Además, aunque no les veo la cara en la oscuridad, adivino sus risas. ¡Vagos!
—¿Quién carajo va a hacer la luz, me pueden decir? —. Otra vez, puro silencio.
—Bueno ¡basta! ¡Me cansé! ¡Que se haga la luz! —y la luz, única voluntariosa, se hizo a sí misma. Al principio no fue sencillo, primero tuvo que construir una perturbación acá, otra más allá, modelar una inflación, imaginar algunas cosas y desprenderse de algo de vacío para que hubiera todo. Fue arduo para ella sola, pero los otros vagos no hicieron ni mierda. Eso sí, a la hora de repartirse dividendos son los primeros. ¡Ángeles!

Batalla racial - Víctor Lorenzo Cinca



A pesar de la dureza del ataque y la inferioridad numérica de sus tropas, el rey conseguía resistir el asedio sin arrojar la toalla. No se doblegó cuando la caballería y la infantería resultaron aniquiladas casi al completo, víctimas de una calculada maniobra ofensiva rival. Ni cuando las torres de la muralla se desmoronaron dejando un flanco abierto que permitía la entrada enemiga. Aun así, con el ejército mermado, hicieron lo imposible para defenderse. Pero cuando llegó el mensajero anunciando que habían asesinado a la reina en una emboscada, calculó las escasas posibilidades de vencer sin la ayuda de su esposa y se rindió. Cayó al suelo y las blancas ganaron.


Tomado de Realidades para Lelos

El Puzzle - Luisa Hurtado González



Todos me recordaban a Juan. Las manos de Enrique, la picardía de los ojos de Andrés, los chistes de Santiago, el modo de andar de Pepe, la medio sonrisa en la cara de Paco, los silencios de Víctor en medio de una frase, la inclinación de la cabeza de Eduardo cuando encendía un cigarro, el pelo siempre revuelto de Javier, las miradas poco disimuladas de Sancho hacia mis piernas, sí, ésas también eran de Juan, el guiño travieso de Abel después de la broma, el modo en que Fernando me cedía la silla, los sesudos discursos de Pedro, la conversación intrascendente de Jorge, la forma en que Alfonso abrazaba mi cintura para bailar juntos,... Estando con todos ellos, he estado con él y he disfrutado de todos sus encantos, de uno en uno. ¿Qué ha habido de malo en mi modo de actuar? ¿Qué es lo que tanto daño le ha hecho en mi comportamiento? ¿Por qué él no ha podido reconocerse, como yo lo hacía, en todos ellos?

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

sábado, 12 de marzo de 2011

Reconstrucción – Héctor Ranea


Encontré el limpiador que buscaba. Froté todo lo de vidrio antes de que llegara Eugenia. Todas las mujeres del barrio me aplaudieron por la limpieza. Esa noche, aunque bajó mucho la temperatura en casa, no pasamos frío con todo lo que hicimos en la cama.
A la mañana siguiente, ella me miró extrañada y dijo algo sobre los vidrios.
—Están demasiado transparentes.
No le di importancia. Me puse el casco para ir en moto a trabajar; me dijo:
—Está sucio.
Entonces le pasé el limpiador de vidrios, al cabo de lo cual volvió a repetirme:
—Está demasiado transparente.
Salí raudo. A mitad de camino un mosquito se estrelló en mi ojo, lo que hizo salirme del camino, estrellarme contra un árbol. Mientras me llevaban en ambulancia, el mosquito me dijo:
—¿Por qué tu casco no tenía vidrio?
Ahí caí en la cuenta.

Héctor Ranea

El destino es mutante – Sergio Gaut vel Hartman


Otto Schickelgruber, el hijo de Hitler, quería ser pintor como el padre, pero el arte no se le daba. Un día, paseando por la rambla de Mar del Plata, se dijo: “Seré director de cine como mi madre, la gran Leni Riefenstahl”. Se mudó a Hollywood y luego de realizar las tareas más humillantes y despreciables para ser considerado por los hermanos Warner, consiguió dinero suficiente y logró filmar un musical con Gene Kelly, que había perdido las dos piernas en Corea y por entonces zapateaba con las manos. La película se llamó El triunfo de la voluntad y ganó ocho Oscars.

Sergio Gaut vel Hartman

Rutina – Alejandro Domínguez


Lo había hecho unas quinientas cincuenta o quinientas sesenta veces pero ya no lo disfrutaba. Él era la sensación, nadie recibía más aplausos. Al principio era puro placer, pura emoción; la adrenalina escurría por todo el cuerpo. Ahora sólo era rutina estar parado ahí esperando el estruendo; luego el impacto. 
Ésta sería la última vez, estaba decidido. Se colocó en su marca. La gente estaba de pie; nadie quería perderse ese momento. Tres, dos, uno… El disparo del cañón impacto directamente en su abdomen, él permaneció inmóvil.

Compulsión - Silvia D'Imperio


Empezaba de un modo silencioso, apenas un cosquilleo en el cuello, menos que un soplo. O un mechón de pelo que se salía de lugar.
Lo percibía, y estaba perdida. Su caminar se hacía desparejo, el corazón se aceleraba un poco. Se detenía a mirar por el rabillo del ojo, a espiar, como si alguien la estuviera siguiendo. O mejor dicho, para asegurarse que nadie conocido la observaba.
Entraba a una tienda, así, vigilando. Sacaba de las perchas una o dos cosas, siempre que nadie se acercara a atenderla: tenía que ser a solas. A escondidas.
Casi nunca probaba nada.
Pagaba y salía apuradísima.
Volvía corriendo a su casa a guardar todo para que nadie lo viera…
Y así gastó montañas de pesos, para tapar un agujero vergonzoso que, de todos modos, seguía torturándola con su presencia.

miércoles, 9 de marzo de 2011

San Martín - Luisa Hurtado González


Deshacerse de un cadáver no es fácil, se dijo. Quizás por eso él prefirió las palizas y las amenazas.
Ahora que su marido yacía inerte en mitad de la cocina comprendía el problema al que se enfrentaba.
Estuvo a punto de dejarse aplastar por los gritos de años que aún retumbaban en su mente, cuando vio la sangre que empezaba a fluir por uno de sus oídos. Tenía que actuar rápido.
Recordó entonces a Maruja, su vecina del quinto interior, ella había participado en alguna que otra matanza, ella sabría como descuartizar a un cerdo.


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

Arsénico y nueces – Pablo Matteuci


Fue por casualidad que Felisa Antúnez se enteró de que el arsénico tenía un sabor y un aroma parecidos a las nueces. Los años de violencia sufridos al lado de un marido desmedidamente golpeador, encontraron en ese instante el cauce, la salida que creyó más conveniente.
Su plan se redujo, entonces, a dos pasos: el primero, tal vez el más difícil, conseguir el arsénico; el segundo, prepararle a su marido una rica “torta de nueces”.

El juicio final - Jorge Sánchez Quintero



El día del juicio final llegó a la Tierra.
Como estaba escrito, los muertos resucitaron y junto con ellos sus viejas rencillas y odios.
Los viejos enemigos se vieron cara a cara nuevamente y los vivos tomaron partido por uno o por otro.
Pronto se reinició una encarnizada batalla de todos contra todos.
Ya no fueron necesarias las plagas restantes para acabar con la humanidad.

Hambre – Jesús Esnaola Moraza


Para que no se enteren de que me he marchado he sido muy cuidadoso. Repaso mis movimientos. He recogido los jarrones con las flores que se habían ido al suelo, incluso el tiesto con geranios que, seguro, trajo la abuela Modesta, siempre tan generosa. He limpiado de polvo los marcos de las fotos del abuelo Paco y la tía Matilde, con la manga de la chaqueta. Me he dado cuenta de que había dejado la lápida un poco desplazada y la he empujado para que encajara. Perfecto. Lo malo es que este apetito de carne fresca con que he despertado no me va a ayudar a pasar desapercibido.

lunes, 7 de marzo de 2011

El precio de la independencia – Sergio Gaut vel Hartman


Cuando se pusieron de moda los cochecitos de bebé autopropulsados, nadie imaginó que se produciría una revolución en las costumbres como la de los sesentas del siglo veinte, cuando se modificaron la sexualidad, los gustos musicales y la ropa. La idea original había sido facilitar la socialización de los pequeños y fomentar su independencia. Pero en cuanto los guachitos le tomaron el gusto al asunto ya no hubo forma de pararlos. Desde entonces, tanto puede tocarte ser la madre de un bantú de cabello rizado, de una criatura de ojos rasgados o de un nórdico de las costas del ámbar. Los registros civiles comenzaron a usar siglas para identificar a los recién nacidos y la policía reprimió manifestaciones de conservadores ultramontanos que pretendían que las cosas volvieran a ser como en los viejos tiempos. Los infantes, encantados; nadie le niega un dulce o un helado a su nuevo hijo.

Pacto - Claudio Leonel Siadore Gut


Terapia intensiva. Mi consciencia gota a gota se abrió paso entre hierros oxidados y viejos cerámicos. “¡Morfina!”. El enfermero ha sido generoso. “¡Más morfina!”. La última noche que recuerdo me hicieron una propuesta seductora: todo el placer que pueda soportar a cambio de mi vida. Cuatro mujeres me elevaron al verdadero gozo, con carne, mente, ama y muerte. El doctor, como buen burócrata del Cielo, dijo que fue un delirio, y que me autoflagelé. “Es peligroso que salga de esta institución”, mi voz se dispersa, “estoy muerto, en mi casa quedaron cinco cadáveres con cuatro fantasmas”.

Él respondió con un laberinto de frases escépticas. Dejé que desvaríe. Quedó en mi cuerpo el pacto escrito con uñas y sangre que invoca a los cuatro demonios del placer. Puedo elevarme sobre el mundo, trascender la humanidad cuando quiera, donde sea, y volver, a costo de nada. De nada.

Caminantes indelebles – Héctor Ranea


Los dos caminantes venían de lejos, el del lado de la calle frenó poco antes de la entrada al callejón.
—Hasta acá te alcanza la tinta; acá me quedo, Alex.
—Mañana te sigo dibujando, Rip.
—Cuidado con la lluvia.
—No te preocupes, eres indeleble.
—¿No irás a dibujar a Blondie esta noche, verdad?
—No te angusties, mañana a primera hora te termino. Palabra.
—Más te vale.
—Levanto a Drake y sigo a casa. Despreocúpate. ¿No está Desmond por acá?
—No; tampoco alcanzó la tinta para él. ¿Seguro que no nos traicionas con Blondie?
—Te dije que no. Mañana paso.
La lluvia era intensa. Alex no vio el árbol o no lo pudo ver. Rip Kirby espera en un callejón de Westport, leyendo la última aventura de Flash Gordon. La tinta es de muy buena calidad, su fantasma es visible desde 1956.

FIN - Claudia Sánchez



Abandonando la duda a la suave brisa que corría a sus espadas, atravesó el hueco en el espejo. Allí miró hacia atrás y vio cómo su casa comenzaba a desintegrarse por el viento, ahora huracanado. Entonces divisó a la joven. Escribía arrebujada en el sofá del extraño salón donde se hallaba. No parecía percatarse de su llegada. Algo familiar en sus gestos la indujo a pensar en algún parentesco. "¿Habré viajado en el tiempo?, ¿Habré muerto y ahora soy un fantasma?". Avanzó con lentitud y se detuvo detrás de la muchacha. Apenas alcanzó a leer las últimas palabras escritas en azul: "... la casa, finalmente fue arrasada por el huracán y de su dueña, jamás se volvió a saber". FIN.

sábado, 5 de marzo de 2011

El sabio y el hambre - José Vicente Ortuño

El sabio Rasputila, aburrido y hambriento caminaba bajo el sol por una senda polvorienta. Para ejercitar su mente recitaba versos que aprendió en su niñez:

“Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.”

Hizo un alto, se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con un pañuelo ajado, mientras, seguía recordando los versos de Calderón de la Barca:

“¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.”

Rasputila se volvió. Tras él no caminaba otro sabio, sino su pobre aprendiz que, con la cara demacrada por el hambre, lo miraba con admiración.

Psycho - Javier López

Psycho

Al principio no puedo asegurar que lo escuchara, pero tuve esa extraña sensación de presencia que todos hemos sentido alguna vez. Fue de la misma manera que cuando alguien se sitúa detrás de nosotros, y aún así somos capaces de percibirlo sin haberlo escuchado.
Me vino a la mente Hitchcock y la inevitable "Psycho". La escena en la que Marion Crane es asesinada en la ducha. Y mi corazón empezó a latir, porque ya no eran sensaciones vagas, ahora escuchaba pisadas tan reales como la sombra que se proyectaba tras la cortina de plástico de la bañera.
Llenándome de valor, temblándome el pulso, aparté la cortina. Entonces lo vi claro. Ese tipo no venía a asesinarme. Bien vestido y armado solo con un portapapeles, no podía ser otro que un representante de la sociedad de autores, pretendiendo cobrarme el canon por tararear "Let it be" mientras me duchaba.

Noche - Javier Arnau

Hoy la noche ha nacido bella. Bajo una luna brillante como hacía tiempo que no se veía, las estrellas han ido apareciendo acompasadamente al ritmo de un tierna canción de amor. Los astros crean su propia melodía, y enardecen el corazón de los habitantes de este lúgubre mundo. Hoy la luna nos ha mirado a la cara con afecto, y nuestras almas se han acercado a ella, siguiendo el camino marcado por los luceros que son su fíbula. En nuestro recorrido, encontramos infinidad de seres que han sentido la llamada y, como ellos, cantamos bajo la luz de la majestuosa Selene.
Hoy el crepúsculo ha sido primoroso, y con su galanura nos ha embelesado.

Filósofo - María del Pilar Jorge

Anonadado por el grotesco espectáculo, el policía se acercó al hombre desnudo, que paseaba por la vereda su obesa figura. Lo increpó duramente, degenerado fue lo más suave que le dijo.
El hombre simplemente le sonrió, mientras contestaba: 
—Al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen.

jueves, 3 de marzo de 2011

Cuentos de la abuela - Claudia Sánchez


Las almas de los que no habían sido enterrados, en aquella época, parecían tener menos importancia que las de los muertos, vistos los rezos, misas y responsos de las que eran objeto. Fue cuando don Braulio Contrera, en medio de su velorio, se sentó de golpe en su cajón y dijo “¿Qué pasa aquí carajo, por qué no están todos trabajando?”, cuando el pueblo unánimemente decidió abolir las misas de muertos, velorios y entierros y dedicar las plegarias a la salud de los vivos. Y cuando alguno moría, derechito al fogón iba.

Intromisión - Silvia D'Imperio


Cuando yo era una niña adoraba sentarme entre las mujeres grandes a escuchar sus conversaciones. No recuerdo nada de lo que hablaban.
Me gustaba la energía circulante entre ellas, la intimidad.
Me gustaba ser una mujer más.
Pero mi mamá siempre decía:
—¡Ya está ésta otra vez en el medio!
Y ahora es ella la que, cuando llegan mis amigas, se sienta entre todas y nos escucha hablar. Y habla también. Mucho habla. Tanto que ahora la que se enoja soy yo.

Una ventana abierta - Alicia Fernández de Polido


Tendida sobre la cama articulada, que tiene la elemental capacidad de erguirte o de tenderte por cualquiera de sus puntos medios o extremos, alcancé a ver el amanecer gris a través de la ventana abierta en la pared opuesta.

Sujeta al colchón por cables, electrodos, tubos plásticos, sueros, sedantes y consignas más o menos dulces, más o menos severas de mis guardianes, sentí la necesidad de la suprema libertad. Entonces, dejé mis huesos abandonados allí y salí a buscarla, sola y desnuda, más allá de las fronteras.

Tomado del blog de autores santiagueños En Los Esteros

Víctima - María Pía Danielsen


Colocó su corazón en una rústica caja de madera.
Ella lo miraba a través de ojos acuosos.
Inexorablemente repetía la ceremonia convertida en culto: si labios húmedos presionaban el órgano vital sacudiéndole las púas, retornaba al exilio.
Lo habían mordido una vez y nunca más se repetiría tamaña afrenta.
En la caja de madera con tapizado de cilicio languidecía el corazón indemne a todo dolor. Excepto al del propio desamor.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

martes, 1 de marzo de 2011

Cabezonería - David Moreno


La bala, en la sien y la víctima, en el suelo. Ya van diez esta tarde. Y lo peor es que hasta que no atine no va a parar. Desde que le conté a mi hijo la leyenda de Guillermo Tell se ha empeñado en emularle, pero en versión western. En vez de manzanas, botellas de whisky; en vez de arco y flechas, revólver Colt 45.
Empezó ensayando con sus amigos y como no tenía muchos, ahora ninguno, le tocó el turno a la familia. Tras el último disparo, su perro y yo, temblorosos, nos miramos. ¿Quién será el próximo?

Tomado de No Comments
David Moreno

Agresión injustificada - Sergio Gaut vel Hartman


—No entiendo por qué me odian —le dijo el magnate a su médico. Él se limitaba a ser el dueño de empresas de comunicaciones, siderúrgicas, clubes de fútbol, pozos y refinerías de petróleo, fábricas de autos, de alimentos, de ropa, de calzado, de clínicas, de escuelas. Una corte de adulones pretendía que le dieran el Premio Nobel de Platino y se le concediera el título de Emperador de la Tierra—. En serio, no lo entiendo —repitió tras ser salvajemente agredido por una multitud de marginales que tampoco entendían por qué el magnate los odiaba con tanta saña.

Mínimos - Oriana Pickmann


Él se llamaba Expedito. Ella, Benita.
Su relación estaba basada en el cariño. Era casi imposible escuchar una conversación en la que faltaran los diminutivos.
—Cariñito, ¿tienes hambrecita? ¿Quieres que te prepare comidita?
—Uy, vidita mía, me has leído los pensamientos. Traigo un apetito...
Incluso para las cosas más simples, los mimos se transmitían con palabras.
—¿Qué tal te fue en el trabajito, amorcito mío?
—Este jefecito nuevo, va a acabar con todos nosotros. Nos está haciendo la vida a cuadritos.
Con el transcurrir de los años en común, la rutina fue haciendo espacio para el aburrimiento y, este último, para el fastidio.
Después de la última pelea que tuvieron, en la que los insultos y uno que otro plato roto marcaron el final de la relación, ella decidió marcharse.
—¡Maldito! —exclamó, tirando un portazo tras de sí.

Los buenos días - José Manuel Ortiz Soto


Me despertó la punzada en el oído mezclada con tu nombre. Tu sabor era tan real que supuse era el remanente de un sueño e hice todo lo posible por rescatarlo del olvido. Habría sido preferible dormir otro rato: fue terriblemente doloroso verte salir entre un estruendo de dientes rotos y luxaciones maxilares, tomar tu ropa y marcharte después como si nada.