viernes, 17 de diciembre de 2010

Promesas- Héctor Ranea



Cuando se me apareció en el estudio, me caí de culo. Alto, trigueño, manazas de gigante, semidesnudo y, sobre todo, color dinosaurio. El tipo, sin decir agua va, me dice, muy suelto de cuerpo:
—Ahora me tiene que satisfacer los tres deseos
—¿De qué carajo hablás? ¿Quién carajo sos? ¡Rajá de acá marioneta de Jalouín o llamo a la cana!
—No. Usted tiene que satisfacerme. Eso dice la tapa del recipiente.
Amagué llamar a la policía pero ¡qué podía hacer yo! pequeña y menuda frente a ese hombrón tremendo. Grité, pero no pude zafar de sus brazos.
—¡Soltame, salame podrido!
El tipo me arrastró afuera y me sacó del departamento. Yo gritaba desesperada pero nadie parecía oírme. Por fin, me sacó del recipiente. Efectivamente, afuera decía: “Genia adentro, sus 3 deseos 3 serán satisfechos. Frote y entre.”
Hacía mucho que no salía de mi hermetismo. Lastimó cumplir, pero poco.