
ERÓTICAMENTE
María del Pilar Jorge
Cansada del protocolo, Diana se escapó del palacio por la puerta de servicio. Era de noche. Caminó hacia el río.
Lo encontró en una calle estrecha y empedrada. Alto, enjuto, llevaba un maletín oscuro. La saludó: en sus labios se dibujaba una extraña sonrisa. Sus anchas manos la acariciaron. Temblaba. Luego la soltó y se alejó unos pasos.
—Debo irme, princesa.
—¡Tu nombre! Quiero volverte a ver.
—Me llamaban Jack y regresaré por ti. Te buscaré en París, alguna noche, en el puente Alma.
Luego, subió a su moto y se alejó calle abajo.

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